Capítulo 15
«Existen lazos cuya fuerza no reside en la presencia constante, sino en la incapacidad absoluta de ser ignorados cuando la distancia intenta imponerse».
Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .
E l sábado despertó con una resaca monumental.
Darragh abrió los ojos despacio, cegado por un hilo de luz que se colaba entre las cortinas, y tardó un par de segundos en ubicarse.
Estaba tendido en la cama, vestido con la ropa de la noche anterior, encogido de lado y con un brazo rodeando a Clara, que dormía a pierna suelta, despeinada, usando su hombro de almohada y roncando bajito.
Se zafó con muchísimo cuidado para no despertarla. La cabeza le dolía como si le clavaran agujas en las sienes y tenía la boca tan seca que le costaba tragar. Con el cuerpo agarrotado, se arrastró hasta el baño, se dio una ducha caliente a oscuras, para no lastimarse los ojos, y se cambió de ropa.
Cuando salió secándose el pelo con la toalla, Clara ya estaba sentada en el borde de la cama, sujetándose la cabeza con las dos manos y murmurando maldiciones.
—Siento como si me hubiera atropellado un camión —dijo sin levantar la cabeza, con la voz ronca.
—Nos ha atropellado a los dos —respondió Darragh, pasándole una botella de agua precintada—. Vístete y salgamos a por un café bien cargado antes de que me desplome. Necesitamos aire y algo de comer.
—Pagaría por los bollos de arándanos de tu madre —suspiró Clara.
—Le diremos que los haga el próximo sábado y nos hartaremos.
—¡Hecho!
Unos minutos después, ya listos para bajar, Darragh cogió el móvil de la mesilla para guardárselo en el bolsillo.
Al encender la pantalla tuvo que entrecerrar los ojos; el panel de notificaciones era una maraña interminable de llamadas perdidas y mensajes sin abrir.
Todos de Sean. Las llamadas habían seguido a intervalos regulares durante casi toda la madrugada.
Clara, que acababa de atarse las zapatillas, sacó su móvil del bolso para mirar la hora y soltó un gruñido.
—Vaya —comentó, enseñándole la pantalla—. A mí también me tiene el teléfono frito. Tengo unas seis llamadas suyas y varios mensajes preguntando qué hacemos, dónde estamos y por qué no le coges el teléfono.
Darragh miró su móvil con una mezcla de cansancio, rabia y abatimiento. La presión constante de Sean empezaba a resultarle asfixiante, sobre todo después de lo hablado la noche anterior y de saber que, mientras Sean no dejaba de acosarlos, en Kilkenny paseaba tan tranquilo con otra persona.
—Puede que se sienta culpable —aventuró, con un suspiro.
Clara lo observó un segundo en silencio. De pronto, los ojos le brillaron con una chispa de malicia resacosa.
—Espera un momento —dijo, agarrándolo del brazo y arrastrándolo hacia el pasillo del hotel—. Si tanto quiere saber qué hacemos en Dublín, vamos a dejar que lo vea.
Apenas salieron al vestíbulo, Clara le echó el ojo a un chico bastante guapo que esperaba junto a recepción.
Sin pensárselo un segundo, se acercó con su mejor sonrisa de turista despistada, le preguntó con toda amabilidad si podía hacerse una foto con ellos y, antes de que Darragh pudiera reaccionar o protestar, ya los había juntado a los tres frente a la cámara.
El chico, divertido por el morro que le echaba ella, posó sonriente con un brazo sobre los hombros de Darragh.
Clara inmortalizó el momento, escribió un texto rápido en la pantalla — De ligoteo por Dublín con el mejor amigo del mundo — y subió la foto a sus historias de Instagram, sabiendo perfectamente quién sería el primero en verla.
—Listo —dijo con una carcajada maliciosa mientras guardaba el móvil—. Que rabie un poco. Se lo tiene más que merecido por marearte.
Darragh no pudo evitar reírse entre dientes.
—Estás loca —dijo, negando con la cabeza, aunque no consiguió borrar la sonrisa.
—Hoy no somos dos personas tristes con mal de amores —sentenció Clara, guiñándole un ojo—. Somos dos personas increíbles con todo el día por delante.
Acto seguido, volvió a sacar el móvil y lo apagó. Darragh la imitó sin pensárselo dos veces.
Entre risas, salieron a la calle en busca de una cafetería tranquila donde mitigar la resaca.
Después de desayunar y de echar a los restos de la resaca con varios cafés bien cargados, salieron a buscar aire fresco y acabaron deambulando por el centro de Dublín sin rumbo fijo.
O eso creía Darragh, hasta que Clara lo agarró de la manga frente a un portal estrecho entre dos tiendas de George's Street.
Sobre la puerta, un letrero de madera desgastada con letras doradas anunciaba Lecturas de Tarot y Antiguas Mancias.
—De ninguna manera —protestó Darragh, dando un paso atrás y clavando los talones en las baldosas.
—¡Por favor, por favor! —suplicó ella, juntando las palmas con ojos dramáticos—. Necesito saber si tengo algún futuro con Finn o si estoy perdiendo el tiempo de forma vergonzosa. Solo serán diez minutos. Si la pitonisa me dice que no tengo posibilidades, al menos podré pasar página.
—Es una farsante, te dirá cuatro vaguedades que le valen a cualquiera —protestó él, aunque la mirada suplicante de su amiga acabó venciéndolo—.
Está bien, pero como intente venderme una piedra mística para el mal de amores, nos vamos.
No es por dármelas de experto, pero seguro que de eso sé más que ella.
Subieron por una escalera de caracol estrecha que olía intensamente a incienso de sándalo y lavanda.
La habitación del piso de arriba era un espacio oscuro, iluminado por velas y sofocado por alfombras mullidas.
Tras una mesa redonda cubierta con un mantel de terciopelo morado los esperaba una mujer de mediana edad, con túnica oscura y anillos en casi todos los dedos.
Era demasiado tópico para que Darragh pudiera tomárselo en serio. Había estudiado a fondo el valor de las piedras y el folclore mágico de Irlanda, y lo que aquella mujer exhibía era el cliché más trillado y menos autóctono que existía.
Clara se sentó enfrente, ansiosa, mientras Darragh se quedaba de pie tras su silla, con los brazos cruzados y una ceja levantada, dispuesto a mantener intacto su escepticismo.
La mujer barajó unas cartas gastadas sin quitarle los ojos de encima a Clara.
—¿Qué busca tu alma en este lugar, querida? —preguntó con voz grave y pausada.
—Quiero saber sobre el amor —soltó ella sin rodeos—. Hay un chico... Quiero saber si hay alguna posibilidad entre nosotros.
La mujer cortó el mazo y puso tres cartas sobre la mesa. En la primera había un caballero con una espada; en la segunda, una torre quebrada por un rayo; en la tercera, un anciano con un farol. Contempló las cartas en un silencio interminable, con el ceño fruncido.
—Veo fuego, sí... hay algo vivo ahí —sentenció, tocando la carta del anciano y luego la del caballero—.
Hay posibilidades, niña, la chispa existe.
Pero él está atrapado en un dilema de lealtades.
Siente que dar ese paso hacia ti sería traicionar a alguien o romper un pacto no escrito.
Si quieres que esa puerta se abra, no basta con empujar, tendrás que derribarla y obligarle a decidir qué lealtad pesa más en su vida.
Clara se irguió en la silla, entornando los ojos entre la sorpresa y una nueva chispa de esperanza.
Darragh le apretó suavemente el hombro, dándole vueltas en silencio a la ironía de aquellas palabras, pero la tarotista aún no había terminado.
De pronto levantó la vista, ignoró a Clara y clavó sus ojos oscuros directamente en él.
—Tú —dijo, señalándolo con un dedo cargado de plata.
—Yo solo soy el acompañante —respondió él.
—No se puede acompañar a nadie cuando llevas a tu propia sombra pisándote los talones —insistió ella, destapando de golpe otra carta y golpeando la mesa con el nudillo.
Era Los Enamorados , pero al revés—. Hay una corriente violenta a tu alrededor.
Alguien muy cercano... alguien de quien intentas huir, pero cuyo nombre llevas tatuado bajo la piel.
Darragh se sintió incómodo. Todo su escepticismo se evaporó de golpe.
—Se hace el duro, pero ese alguien no deja de buscarlo —intervino Clara, olvidándose de su pena por un segundo, con la chispa recuperada en los ojos.
—El destino de esa persona no es alejarse, por mucho que corra —continuó la pitonisa, fijando la mirada en la de Darragh—. Hay un nudo entre vosotros que solo se desatará cuando dejéis de pelear contra el nudo mismo. Y ese hombre está dispuesto a romper la cuerda si no le abres la puerta.
Darragh tragó saliva, con el calor de la habitación pegado a la nuca. Sacó deprisa un billete, lo dejó sobre el terciopelo y agarró a Clara de la mano.
—Gracias, ha sido muy ilustrativo, pero nos vamos.
Salieron a la calle a paso ligero. En cuanto estuvieron a salvo en la acera, bajo la luz del mediodía, Clara estalló en una carcajada tan ruidosa que la contagió a toda la calle.
—¡Te ha calado! —exclamó, dándole un codazo feliz—. «¡Alguien de quien intentas huir, pero llevas tatuado en la piel!» ¡Madre mía, Sean tendría que haberle pagado una comisión a esa señora!
—Ha sido pura casualidad —protestó él, sonrojado—. Eso se lo dirá a cualquiera que entre con cara de amargado.
Darragh intentó olvidarse de lo que había dicho la tarotista y, sobre todo, que Clara también lo hiciera, así que la sobornó con comida.
Compraron un par de hamburguesas enormes con patatas en un puesto callejero y caminaron hasta el parque de St. Stephen's Green.
El sol de la tarde filtraba una luz dorada y agradable entre los árboles.
Se dejaron caer sobre la hierba fresca, se descalzaron y abrieron los envoltorios. Tras la tensión de la lectura, el parque les ofreció una calma perfecta.
—Bueno —dijo Clara, mordiendo la hamburguesa con la boca medio llena—. Al menos ya sé que, por mucho que yo haga, es Finn quien tiene que decidir. Un problema menos. Ahora me centraré en buscarme un irlandés guapísimo y con barba para el verano.
—Esa es la actitud —sonrió Darragh, recostándose sobre los codos en la hierba y saboreando el momento.
Durante las dos horas siguientes, el tiempo pareció detenerse.
Comieron, tomaron el sol y cotillearon sin piedad sobre la gente que paseaba por los senderos.
Le inventaron una historia de espionaje internacional a un señor mayor que daba de comer a los patos y decidieron que una pareja que discutía junto a la fuente estaba debatiendo si adoptar un perro o un gato.
Por primera vez en semanas, Darragh no sintió ni la presión del trabajo ni el peso constante de la incertidumbre sobre lo que había entre Sean y él.
Con el teléfono apagado y Clara riéndose a su lado sobre la hierba, la vida en Dublín se sentía ligera, sencilla y en paz.