Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

«El distanciamiento deliberado rara vez produce el silencio deseado; con frecuencia, no hace más que amplificar el ruido de aquello que se intenta esquivar».

Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .

E l traqueteo constante del tren hacia Dublín debería haber sido relajante, pero a Darragh solo le servía de ruido de fondo para su propio desorden mental.

Sentado junto a la ventanilla, miraba cómo el paisaje se escurría a toda velocidad e intentaba convencerse de que haber aceptado aquel viaje no era una locura.

Frente a él, su amiga revisaba algo en el móvil con una sonrisa satisfecha, disfrutando sin disimulo del comienzo del fin de semana.

La paz duró poco. El teléfono de Darragh empezó a vibrar sobre la mesita que compartían y rompió la tranquilidad del viaje. Bajó la vista a la pantalla encendida y vio el nombre de Sean.

No movió ni un músculo. Apretó la mandíbula y esperó a que la vibración parara sola.

Apenas un par de segundos después de quedarse en silencio, la pantalla volvió a encenderse con otra llamada del mismo remitente, y luego otra más.

Clara arqueó una ceja y apartó por fin los ojos de su móvil. Señaló con la barbilla el aparato que no paraba de temblar.

—¿No piensas cogerlo? —preguntó, ladeando la cabeza—. ¿Por qué te llama tanto mi hermano?

Darragh suspiró, cogió el teléfono y lo puso bocabajo, intentando quitarle importancia.

—No es nada —respondió, con la voz lo más neutra que pudo—. Lleva un par de días intentando dar conmigo, pero no tengo ganas de hablar con él. Por cierto... ¿le has dicho a Sean que veníamos a Dublín?

Clara soltó una carcajada tan alegre que un par de pasajeros de las filas de delante se giraron. Se acomodó en el asiento con cara de absoluta picardía y se cruzó de brazos.

—¡Hombre, claro que se lo he dicho! —exclamó con total naturalidad—. Anoche me llamó para preguntarme si sabía algo de ti, porque habías desaparecido, así que le conté nuestros planes.

Darragh sintió un tirón seco en el estómago.

—¿Qué planes?

—Pues la verdad —dijo ella, guiñándole un ojo—. Que este fin de semana nos íbamos los dos a Dublín a quemar la noche y a buscarnos un buen ligue que animara la escapada.

Darragh cerró los ojos un instante, con un ardor repentino en la nuca.

De golpe, todo cobró sentido. La insistencia de las llamadas no era simple interés, era la reacción inmediata y visceral a la bomba que Clara le había soltado.

Pero, si lo sabía desde la noche anterior, ¿por qué no se había pasado por la biblioteca a verlo?

Si tantas ganas tenía, esa habría sido su mejor opción.

Apartó el pensamiento y se centró en lo que le decía su amiga.

—¿Son palabras literales? —preguntó, asombrado por la sinceridad descabellada de Clara.

—Punto por punto —confirmó ella—. Y, por las veces que está sonando ese teléfono, diría que mi querido hermano quiere asegurarse de que le he dicho la verdad.

El móvil volvió a vibrar. Darragh miró el aparato bocabajo, atrapado entre la rabia por la intromisión de Sean y la inquietante certeza de que, estuviera donde estuviera, a Sean se lo llevaban los demonios pensando en lo que él iba a hacer esa noche en Dublín.

Lo cual no tenía sentido, teniendo en cuenta que Sean ya tenía con quién pasear por Kilkenny.

Llegar a Dublín, dejar las maletas en el hotel y salir a buscar la primera pinta fue todo uno.

Pero la intención de arrasar la noche de Temple Bar se desinfló enseguida.

El ruido de los pubs abarrotados, las risas de los turistas y la música en directo a todo volumen no los distrajeron; al contrario, solo amplificaron el agotamiento que los dos arrastraban desde hacía días.

Cuando quisieron darse cuenta, habían dejado atrás la multitud y volvían a la quietud de la habitación con un par de botellas de vino barato compradas a última hora en una tienda abierta las veinticuatro horas.

Se quitaron los zapatos, abrieron la primera botella y acabaron sentados en la moqueta, con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en la cama, dejando que el alcohol les adormeciera las preocupaciones.

Clara, con el vaso a medio llenar entre las manos y el pelo revuelto cayéndole sobre la cara, miraba fijamente el techo mientras se desahogaba con su mejor amigo.

—Es desesperante. De verdad, te lo digo, desesperante —arrastró las palabras, con un gesto exagerado que casi le hace volcar el vino—.

Llevo tanto tiempo intentando que me mire de otra manera que ya no sé qué más hacer.

Me arreglo, busco excusas para quedarme a solas con él, le lanzo indirectas que hasta un ciego pillaría...

y nada. Finn me trata como a una amiga. Me da una rabia estar tan colgada de alguien que no se entera de nada.

Darragh, recostado a su lado con la espalda contra el colchón, dio un trago largo y soltó una risa cansada.

—Al menos a ti te trata con cariño —murmuró, con la voz cada vez más grave y lenta por el vino—. Al menos sabes a qué atenerte. Conmigo todo es un juego cruel de contradicciones que me está volviendo loco.

Clara giró la cabeza y lo miró parpadeando despacio, medio confundida por el alcohol y por sus palabras.

—¿De quién estás hablando exactamente? —preguntó, frunciendo el ceño con curiosidad de borracha—. ¿De mi hermano?

Darragh apretó los labios contra el borde del vaso, dudando. Pero la imagen de aquel martes en Kilkenny le volvió a la cabeza.

—El martes lo vi por el pueblo —soltó—. El tipo no ha parado de llamarme como un loco desde que le dijiste que veníamos a Dublín, pero el domingo me invitó a cenar y se trajo a Finn, y el martes, mientras yo estaba hecho un trapo, lo vi paseando tan tranquilo por la calle principal con una rubia.

Hablaban, se reían, como una pareja. Me pasé días dándole vueltas a lo que pasó entre nosotros en el pasillo del pub, comiéndome la cabeza por ese beso, para acabar descubriendo que a él le da exactamente igual.

Un día me arrincona contra una pared y me hace creer que le gusto, y unos días después sale con una rubia como si nada hubiera pasado.

Se hizo el silencio en la habitación. Clara se incorporó despacio, apoyó las palmas en el suelo y le clavó una mirada fija, extrañamente despejada pese a la borrachera.

—No me puedo creer que cenaras con Finn y no me invitaras.

—¿Qué parte de «creí que iba a cenar a solas con Sean y se trajo a su mejor amigo» no has entendido?

Ella asintió, como si acabara de comprender la gravedad del asunto.

—¿Por fin me vas a contar que te gusta mi hermano?

Él se quedó inmóvil, observando el movimiento del líquido granate dentro del vaso.

Durante diez años había escondido ese sentimiento bajo el orgullo, las discusiones tontas y las distancias de seguridad.

Pero allí, en la penumbra de una habitación cualquiera de Dublín, con la cabeza dándole vueltas por el vino y las cervezas, ya no le quedaban fuerzas para seguir sosteniendo la mentira.

Exhaló un suspiro, dejó caer la cabeza contra el colchón y cerró los ojos.

—Sí —respondió en un hilo de voz—. Me gusta tu hermano. Me gusta desde hace más tiempo del que quiero admitir, y me da un miedo horrible.

Apenas terminó de flotar la confesión, Clara soltó un gemido ahogado y rompió a llorar de golpe. Se tapó la cara con las manos, con los hombros temblando en un llanto incontenible, desbordada por el alcohol y las emociones a flor de piel.

Darragh abrió los ojos, sobresaltado, y la miró desconcertado mientras intentaba incorporarse.

—Clara, ¿por qué lloras? Si no quieres que me guste, me olvidaré de él. Te lo prometo. Tú eres más importante.

—No lloro por eso. Lloro porque eres un imbécil monumental, pero te quiero —exclamó entre sollozos, secándose las lágrimas con la manga del jersey—.

Lloro porque estoy borrachísima, porque lo de Finn me duele un montón, porque la vida es una mierda.

¡Y porque por fin lo has dicho en voz alta!

Llevo años, ¡años!, esperando a que me lo cuentes.

Sin avisar, se abalanzó sobre él en un abrazo patoso y eufórico que hizo tambalear la copa de Darragh y derramó un par de gotas rojas en la moqueta. Atrapado bajo el peso de su amiga y del cansancio acumulado, acabó devolviéndole el abrazo y olvidándose del vino.

Soltó una risa floja y amarga contra el hombro de Clara, con la sensación de que, aunque su vida sentimental fuera un desastre, al menos esa noche el peso del secreto era un poco más fácil de llevar.