Capítulo 13
«La sombra de la duda es capaz de distorsionar la percepción más firme. En la tradición del presagio, cuando un lazo no se consolida en la certeza, el alma tiende a interpretar el silencio del otro como la confirmación de su propio abandono».
Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .
L a cena del domingo había sido una prueba de resistencia que Darragh no pensaba repetir.
Ver aparecer a Finn cuando esperaba estar a solas con Sean le había parecido humillante.
Durante toda la velada, el ambiente se había mantenido tenso tras una fachada de buen rollo.
Sean hablaba con naturalidad, Finn aportaba su dinamismo habitual y él apenas contestaba con monosílabos, incómodo en un escenario que no esperaba.
En cuanto terminaron los platos principales y se saldó la cuenta, se levantó sin dar margen a la conversación.
Sean intentó detenerlo y ofrecerse a acompañarlo a casa, pero Darragh ya iba camino de la puerta y rechazó la oferta con una sequedad que rozaba lo grosero, antes de perderse en la noche fresca del centro.
Desde esa misma noche, la distancia no hizo más que pesar más.
El teléfono se convirtió en una fuente constante de inquietud sobre el escritorio.
Sean le había escrito un par de mensajes durante los primeros días de la semana.
El primero, breve, para preguntarle si había llegado bien tras su huida repentina; el segundo, la tarde del lunes, para saber si pensaba contestarle en algún momento.
Darragh los leyó todos y no respondió a ninguno.
Dejó que las notificaciones se acumularan, convencido de que cualquier gesto solo avivaría la confusión que lo dominaba desde el beso del pub.
Necesitaba tiempo para procesar lo ocurrido y reconstruir las defensas que Sean había derribado con tanta facilidad.
El martes por la tarde, sin embargo, el intento de mantener la cabeza fría saltó por los aires.
Darragh salía de la librería del centro con un par de libros bajo el brazo cuando vio a Sean caminando por la calle principal, apenas unos metros por delante.
La escena bastó para clavarlo en el sitio.
No iba solo, lo acompañaba una chica alta, rubia, con chaqueta de cuero, con la que charlaba animadamente.
No había ningún gesto explícitamente cariñoso, ni manos entrelazadas ni abrazos fuera de lugar, pero la soltura con la que ella se reía de lo que él decía y la forma natural en que Sean la escuchaba delataban una complicidad evidente.
Darragh se dio la vuelta de inmediato y se ocultó tras un escaparate para que no lo vieran.
Notó una punzada dolorosa en la boca del estómago.
Apoyó la espalda en la fachada y cerró los ojos un instante, sintiéndose profundamente ridículo.
Estaba claro que el único que le había dado importancia al beso y a las palabras de Sean era él.
Apretó los dientes, se ajustó los libros contra el costado y echó a andar a paso rápido en dirección contraria, decidido a volver a casa, aunque tuviera que dar una vuelta absurdamente larga para no cruzarse con ellos.
Un par de días después, la apatía de Darragh era evidente.
Intentaba cumplir con su jornada en la biblioteca, pero su cabeza seguía anclada en la tarde del martes y en la imagen de Sean paseando con aquella chica.
Apenas avanzaba con el archivo ni con los libros devueltos; se pasaba las horas arrastrando los pies entre las estanterías, con un cansancio que no había forma de quitarse de encima.
—Sabía que te encontraría aquí, pegado a las estanterías —dijo su mejor amiga, y le dio un susto de muerte.
Estaba tan enfrascado en su desgana que ni se había dado cuenta de que Clara se le acercaba. Parpadeó, intentando recomponerse.
—Es mi trabajo.
—Tu trabajo no es pasear como un alma en pena.
—Muy graciosa.
—Lo sé, pero no me distraigas con piropos. Llevas días con cara de perro apaleado y apenas te dejas ver. Mi hermano me ha dicho que te ha mandado varios mensajes y que no das señales de vida. Te conozco, Darragh. Tienes ojeras y mala cara. ¿Qué te pasa?
—No me pasa nada —mintió, recolocando el lomo de un libro para no mirarla—. Es solo cansancio. Llevo demasiadas horas con el borrador del libro nuevo, no duermo bien y aquí estoy saturado. Eso es todo.
Clara se apoyó en el lateral de la estantería.
—¿Cansancio? Lo que te pasa es que te ahogas en tus propios pensamientos, como siempre —sentenció con un gesto teatral—. ¿Sabes lo que necesitas de verdad? Una cita, una cita de las buenas, desconectar y dejar de comportarte como si tuvieras ochenta años.
Darragh se tensó, se llevó un dedo a los labios y miró alrededor.
—Baja la voz, por favor, que estoy trabajando.
—Me da igual —siguió ella—. Este fin de semana nos vamos a Dublín.
Los dos. —Antes de que pudiera protestar, le cerró la puerta—.
He dicho que nos vamos y no acepto un no.
Cogeremos una habitación, saldremos por Temple Bar y ligaremos como posesos hasta que se te olvide lo que sea que te trae de cabeza. Te vendrá de maravilla.
—Clara, yo no voy a ir a Dublín, y tú no quieres ligar con nadie, a ti te gusta Finn.
—¡Darragh! —un carraspeo seco desde el mostrador cortó la protesta.
Mary los miraba por encima de las gafas con cara de pocos amigos.
—No levante la voz, señor Murphy. Tenemos que dar ejemplo —lo reprendió en voz baja pero severa—. Sabe perfectamente que la zona de consulta no es para ponerse a cotillear. O bajan el volumen o les pido que salgan fuera.
—Ya está bien, Mary. Soy perfectamente capaz de hacer mi trabajo sin tu intervención constante —replicó, para sorpresa de todos—. Si hay que llamar la atención a algún visitante que no sabe guardar silencio, ya me ocupo yo. Y si soy yo quien levanta un poco la voz, será por algo.
Lo normal era que asintiera y callara. Muy pocas veces le había contestado.
Clara lo miró entre admirada y sorprendida. Cuando pudo reaccionar, le dedicó a Mary una sonrisa inocente y se volvió hacia Darragh.
—Está decidido —susurró—. Nos vamos el viernes. Prepara la maleta, que te voy a sacar de esta cueva quieras o no.
Darragh la vio alejarse hacia la salida sin poder articular palabra, sabiendo que, cuando a Clara se le metía algo entre ceja y ceja, no había forma de hacerla cambiar de opinión.
Ni siquiera se inmutó ante las miradas molestas y ofendidas de Mary. No iba a sentirse culpable. Mary no era su jefa, sino su compañera, y no pensaba permitir que siguiera mangoneándolo.
—Te sienta bien estar depre —dijo una voz a su lado.
Se giró y se encontró con la sonrisa orgullosa de Brian.
—No estoy depre, y Mary se lo ha buscado.
El chico levantó las manos, con las palmas abiertas.
—Conmigo no cuentes para defenderla —dijo, todavía con la risita en los labios.
—¡Bien! —zanjó Darragh, dándose la vuelta y alejándose de todos.