Capítulo 12
«En la antigua cosmovisión celta, el Anam Cara designaba la unión ineludible de dos almas.
El vínculo no dependía de la elección, sino del reconocimiento.
Cuando dos presencias destinadas se cruzaban, el espacio entre ellas perdía su distancia habitual y la voluntad mortal quedaba subordinada al lazo».
Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .
D arragh se despertó con el recuerdo del cuerpo de Sean pegado al suyo y la marca de sus labios en la boca. Se pasó la mano por la cara, intentando espantarlo, pero las sensaciones seguían tan vivas que no hubo manera de borrarlas.
Se sirvió un café cargado y se encerró en el despacho.
Su espacio de trabajo tenía el orden estricto de quien se pasa horas con textos antiguos; estanterías llenas de tomos sobre folclore irlandés, carpetas de archivo y cuadernos manuscritos alineados con precisión matemática sobre la mesa.
Era su refugio, el único lugar donde sentía que controlaba su vida.
Se sentó frente al portátil. Tenía que entregar el borrador del nuevo libro, sobre la simbología de las uniones y la magia vinculante en la Irlanda precristiana, pero le costaba concentrarse.
Dejó la taza a un lado y abrió la carpeta donde guardaba las traducciones de viejos manuscritos celtas que había ido recopilando con los años.
Se detuvo en la sección dedicada al Anam Cara y al Ceangal Anam , el nudo del alma.
En el folclore irlandés, estas uniones no se trataban como un romance idílico ni como una simple coincidencia.
En las crónicas tradicionales, la magia de una pareja destinada se describía como una fuerza antigua, tangible y a menudo incómoda.
Según las fuentes, cuando dos personas unidas por este lazo se encontraban, sus auras se entrelazaban sin pedir permiso y borraban cualquier barrera racional.
Releyó el párrafo que él mismo había escrito semanas atrás.
Explicaba cómo los celtas atribuían a estas parejas síntomas muy concretos, un golpe de calor en la piel al menor contacto, el pulso desbocado con solo cruzar una mirada, una atracción gravitatoria que desafiaba la lógica y una inquietud física constante cuando se reprimía el vínculo.
Las historias advertían de que, si una de las partes intentaba ignorar la conexión o negar la magia que encerraba, la tensión acumulada acabaría estallando en impulsos incontrolables.
Se recostó en la silla y soltó el aire despacio. Intentó concentrarse en la redacción, pero la imagen del beso en el pasillo del pub hacía que nada de lo que escribía tuviera sentido.
Le molestaba la facilidad con la que Sean le alteraba la compostura, y que el recuerdo de sus manos en la cintura lo distrajera hasta de su trabajo.
El teléfono vibró sobre el escritorio y rompió el silencio. En la pantalla apareció el nombre de Sean.
No contestó. Se quedó quieto, mirando cómo parpadeaba el móvil sobre la mesa hasta que la llamada se cortó y volvió la calma.
Unos segundos después, el móvil se iluminó con un mensaje:
«Cenemos juntos».
Lo dejó bocabajo. Cogió el bolígrafo, se inclinó sobre las notas del Ceangal Anam y empezó a anotar correcciones al margen, refugiándose en el trabajo para poner distancia antes de tener que volver a mirar a Sean a los ojos.
Un par de horas después, mientras corregía un párrafo sobre las supersticiones asociadas al Ceangal Anam , el teléfono volvió a sonar. Esta vez no dejó que se perdiera la llamada. Suspiró y descolgó.
—Pensaba que te habías quedado sordo —dijo la voz de Sean.
—Estaba trabajando —respondió, procurando sonar lo más tranquilo posible.
—Me lo imagino. Por eso te llamo. Necesitas desconectar un rato. He pensado que podríamos cenar juntos esta noche. ¿Te parece que pase a buscarte a las ocho?
Darragh se quedó callado un segundo. La propuesta sonaba a cita en toda regla, a la oportunidad inevitable de hablar del beso del pasillo y de todo lo que llevaba flotando en el aire desde el desayuno en casa de sus padres.
El estómago se le encogió, entre la expectación y el miedo a no saber cómo manejar esa conversación.
—Está bien —accedió, resignado a dar la cara—. A las ocho.
A la hora acordada, bajó a la entrada. Sean ya lo esperaba en el coche, con el motor en marcha. Darragh abrió la puerta del copiloto y se subió.
—Hola —dijo, abrochándose el cinturón.
—Hola —contestó Sean, mirándolo un segundo con esa intensidad que siempre lo ponía nervioso.
El trayecto transcurrió en silencio, roto solo por la música que salía de los altavoces; la voz de Hozier aligerando el ambiente.
Sean aparcó cerca de un pequeño restaurante del centro y caminaron juntos hasta la entrada. Darragh iba nervioso; no sabía qué esperar de la cena.
El camarero los acomodó en una mesa redonda del fondo, en un rincón apartado que invitaba a la confidencia. Darragh iba a sentarse cuando reparó en que sobre la mesa ya había una jarra de agua y tres copas.
Frunció el ceño. Antes de que pudiera preguntar nada, se abrió la puerta del local y Finn cruzó el comedor saludando con la mano.
—Siento el retraso, me ha pillado tráfico en la entrada del pueblo —dijo con su dinamismo de siempre, tirando de una silla para sentarse sin ceremonias entre los dos—. Sean me ha dicho hace un rato que habíais quedado a cenar y me ha parecido un planazo. Llevaba días a base de comida rápida.
Darragh se quedó helado. Clavó los ojos en Finn y luego giró despacio la cabeza hacia Sean.
Sean le devolvió la mirada con calma absoluta y sin rastro de disculpa.
—Le dije a Finn que le vendría bien despejarse un poco —comentó con tono casual, haciéndole un gesto al camarero para que trajera la carta—. Y así aprovechamos para ponernos al día.
Lo mismo que le había dicho a él.
Darragh apretó la mandíbula en silencio y se sentó. La decepción y el desconcierto se le atragantaron. Se había pasado el día preparándose para volver a verlo, para afrontar lo que significaba el beso, lo que Sean le había dicho... solo para descubrir que era el único que le daba vueltas.
Durante la primera parte de la cena, Finn cargó casi con toda la conversación.
Habló del trabajo, de los proyectos que tenía entre manos y de historias recientes, ajeno a la tensión de la mesa.
Sean intervenía con soltura, respondía a su amigo, contaba su día y se comportaba con total normalidad.
Aun así, de vez en cuando buscaba los ojos de Darragh, y observaba en silencio su compostura contenida.
Darragh se limitó a guardar las formas, hablando solo cuando era imprescindible.
Intentaba disimular la incomodidad, pero la jugada de Sean le parecía una cobardía o una provocación calculada, y no sabía cuál de las dos.
Lo que lo llevaba a la pregunta de fondo, ¿por qué había cambiado todo entre ellos si no pensaba mantenerlo?
—Bueno, ¿y vosotros dos qué tal? —preguntó Finn de repente, pinchando algo de su plato—. Anoche os perdisteis un buen rato en el pasillo del pub. Cuando volvisteis a la mesa parecíais salidos de un interrogatorio.
Darragh se tensó y dejó los cubiertos en el plato. Apretó los labios antes de responder, pero Sean se le adelantó con total soltura.
—Hubo un pequeño contratiempo con Conor, nada importante —dijo, dando un trago de vino sin apartar la vista de Darragh—. Solo tuvimos que recordarle que no se molesta a quien no quiere que lo molesten.
—Ese tipo es un pesado —asintió Finn, sin darle más vueltas—. Me alegro de que lo pararas.
A Darragh le ardieron las mejillas. La frialdad con la que Sean despachaba el episodio, reduciendo a un simple contratiempo lo que para él había sido un terremoto, cerró cualquier rendija por la que hablar.
Cuando llegaron el postre y el café, el ambiente se le hacía insostenible.
La estrategia de Sean había funcionado, había esquivado cualquier reproche y cualquier explicación y había dejado a Darragh atrapado en la incertidumbre.
Apretó la servilleta sobre la mesa, deseando que la velada terminara cuanto antes, para huir de allí y no volver a caer en un juego de expectativas que él solito se había montado.
Después de pagar, se puso en pie deprisa y se despidió de los dos con la excusa de que quería caminar para bajar la comida. Se marchó antes de que les diera tiempo a protestar.