Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

«Hay momentos en que las palabras resultan insuficientes para sostener una verdad que pugna por salir. En la tradición del secreto compartido, un gesto audaz a la vista de todos no busca la provocación, sino sellar con actos aquello que los labios no se habían atrevido a nombrar».

Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .

E l ambiente del pub era cálido y acogedor, con el olor de siempre a madera vieja, cerveza negra y a esa lluvia constante que en Irlanda nunca daba tregua.

De fondo se oían risas en la barra, el tintineo de las pintas y una guitarra acústica.

Esa noche no tocaba un grupo, sino un cantante solista que tenía a medio local pendiente de su voz y de sus canciones animadas.

El grupo al completo se había acomodado alrededor de una de las mesas altas del rincón.

Tras la intensa mañana en casa de los padres de Darragh, Sean había soltado entre risas que los amigos de verdad celebran el trabajo bien hecho con una buena pinta en la mano, y había organizado la salida sin hacer caso de sus protestas.

Darragh daba un trago a su cerveza mientras observaba a Sean.

Lejos de la actitud distante o sobreprotectora de otras ocasiones, esa noche estaba completamente relajado.

Debatía de deportes con Finn, bromeaba con Jamie y con Peter e incluso le seguía el juego a Clara con cariño.

Pero, aunque repartía su atención con todo el grupo, Darragh no podía ignorar la tensión que había entre ellos.

Cada poco, sus miradas se cruzaban por encima de la mesa.

Con la segunda pinta ya haciendo mella en los nervios, Darragh se encaminó al fondo del local para ir al baño.

Acababa de lavarse las manos y salía al estrecho pasillo que conectaba los aseos con la sala principal cuando una figura le cortó el paso de golpe.

Conor, la pesadilla de su existencia, llevaba un vaso medio vacío en la mano, la mirada algo extraviada y un olor a alcohol que delataba, desde lejos, que se había pasado horas pegado a la barra.

—Hola, guapo —lo saludó, arrastrando las sílabas y apoyándose con pesadez en la pared, tapando el pasillo con los hombros—. A ver si hay suerte y esta vez no te me escapas.

—Conor —respondió Darragh, dando instintivamente un paso atrás y manteniendo la voz neutra—. Tengo que volver a la mesa con los demás. Déjame pasar.

—Venga ya, no te hagas el difícil —insistió Conor, invadiendo su espacio—. Llevo semanas intentando que quedemos para tomar algo a solas y no haces más que darme largas.

—No son largas. Ya te he dicho que no me interesa. Por favor, apártate.

—¿No te interesa o sigues jugando a hacerte el duro?

—espetó Conor, frunciendo el ceño, cada vez más insistente—.

Sé perfectamente que no estás saliendo con Sean.

Todo el mundo sabe que lo vuestro es un cuento chino para salir del paso.

Deja de huir de mí de una maldita vez, Darragh.

Sé que te gusto, se te nota a leguas cuando me miras.

Darragh retrocedió otra vez hasta notar la pared en la espalda. Conor ya era incómodo un día normal, pero ebrio, terco y físicamente intimidante en aquel rincón apartado estaba pasándose de todas las líneas.

—Eso no es verdad. Lo único que tienes que entender es que no estoy interesado en ti —dijo con firmeza, mientras buscaba disimuladamente una salida por encima del hombro de Conor.

—No te creo —lo desafió este, acorralándolo un poco más con una sonrisa de borracho.

—Creo que ha quedado bastante claro lo que te ha dicho —interrumpió una voz profunda y helada desde la entrada del pasillo.

Sean avanzó hacia ellos con paso firme y pausado. No gritó ni amenazó a Conor, pero su sola presencia llenó el espacio con una autoridad que hizo que este se sobresaltara y se girara de golpe.

—Vaya, el novio de mentira al rescate —se burló Conor, intentando mantener la chulería—. Venga ya, Kelly, no engañas a nadie. Todos sabemos que lo vuestro es puro cuento.

Sean ni se molestó en responderle. Lo ignoró como si fuera transparente y dio dos zancadas largas hasta plantarse frente a Darragh. Sus ojos se encontraron en una conversación muda de apenas un segundo, como pidiéndole permiso, antes de que cerrara el último resquicio de aire entre los dos.

Con una lentitud deliberada, Sean le llevó una mano a la nuca y enredó los dedos en su pelo con firmeza, pero sin brusquedad, mientras la otra se posaba en su cintura y lo pegaba por completo a su cuerpo. Y lo besó.

No fue un roce rápido para salir del paso ni un teatro superficial.

Fue un beso de verdad. Los labios de Sean buscaron los de Darragh con una urgencia contenida que lo dejó sin aliento.

Un gemido pequeño, de sorpresa, se le ahogó en la garganta al notar el contraste entre el aire frío del pasillo y el calor arrollador del cuerpo de Sean pegado al suyo.

Lejos de apartarse, a Darragh le flaquearon las piernas.

Cerró los ojos y se entregó al contacto, rodeó los hombros de Sean con los brazos y respondió a aquel ritmo lento y envolvente.

La mano de la cintura lo arrastraba hacia él, firme, mientras el pulgar de Sean le acariciaba suavemente la línea de la mandíbula.

El mundo se redujo al roce de sus labios, a sus respiraciones acompasadas y al latido desbocado en el pecho de Darragh.

Cuando Sean por fin se separó, lo hizo con una lentitud tortuosa, rozándole un segundo más la comisura de la boca antes de apartar la cara lo justo para mirarlo.

Después se giró hacia Conor, que se había quedado petrificado, con el vaso a medio levantar y el rostro pálido por lo que acababa de presenciar.

—¿Te ha quedado lo bastante claro ahora —preguntó Sean en un susurro gélido— o necesitas alguna prueba más para dejarlo en paz?

Conor tragó saliva, desorientado. Miró a Sean, luego a Darragh, que intentaba recuperar el aire todavía apoyado en el pecho de Sean, y, sin articular palabra, dio media vuelta y desapareció a paso rápido hacia su rincón de la barra.

Darragh se quedó inmóvil un instante, con el corazón a mil y las mejillas ardiendo. Los labios le escocían, gratamente, por la intensidad del beso.

—Vaya —consiguió decir, con la voz notablemente más grave y entrecortada—. Para ser solo amigos, tienes una forma muy dramática de resolver los conflictos.

Sean sonrió despacio, sin apartar del todo la mano de su cintura. Los ojos le brillaban con un matiz oscuro e intenso.

—Te dije que no me gustaba que te molestaran —murmuró, inclinándose apenas hacia su oído—. Y, además, llevaba toda la maldita mañana deseando hacer eso.

Cuando volvieron a la mesa unos minutos después, el grupo seguía animado, aunque el regreso de Conor a la barra con cara de pocos amigos no había pasado desapercibido para Clara.

—¿Ha pasado algo? —preguntó en voz baja al ver llegar a su hermano y a Darragh, que venía bastante más callado y con un ligero rubor en las mejillas.

—Nada, un malentendido en el pasillo que ya está resuelto —respondió Sean con naturalidad, sentándose de nuevo junto a Darragh y pasándole un brazo, como quien no quiere la cosa, por el respaldo de la silla.

Darragh dio un trago largo a su cerveza para disimular la agitación que el beso no le había quitado de encima.

Intentó unirse a la conversación y comportarse con naturalidad, pero durante el resto de la noche el roce disimulado de la rodilla de Sean contra la suya bajo la mesa le fue dejando claro que lo ocurrido en aquel pasillo no había sido solo un numerito para espantar a Conor.

Hacia la medianoche, el grupo empezó a despedirse en la puerta del pub. Tras decir adiós a los demás, Sean echó a andar junto a Darragh hacia su casa, bajo la luz tenue de las farolas. La noche era fresca y el silencio de las calles resultaba reconfortante.

Al llegar al portal de Darragh, los dos se detuvieron.

—Gracias por lo de antes —dijo Darragh, metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta y mirándolo a los ojos—. Y por lo de hoy en casa de mis padres.

Sean dio un paso hacia él, acortando la distancia como había hecho horas antes en el pasillo, aunque esta vez mucho más relajado.

—No tienes que darme las gracias —dijo, levantando una mano para acariciarle la mejilla con el dorso de los dedos—. Te lo dije esta mañana en el jardín y te lo repito, lo digo en serio, no estoy jugando.

Darragh sostuvo su mirada, sintiendo que las barreras que había levantado durante diez años acababan de venirse abajo.

—Lo sé —murmuró—. A lo mejor es eso lo que más me asusta.

Sean esbozó una sonrisa sincera y radiante, se inclinó y le dio un beso suave en los labios, esta vez sin público y sin prisa, antes de dar un paso atrás.

—Descansa.

Darragh se quedó en el portal viéndolo alejarse en la penumbra, sabiendo que ya no podría esconder lo que sentía tras una vieja enemistad adolescente.