Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

«En las antiguas leyes de hospitalidad de la isla, la mesa compartida era un círculo sagrado donde romper el pan con un extraño no solo bendecía el hogar, sino que deshacía las viejas rencillas.

Las madres y matriarcas del clan poseían el don ancestral de leer la verdad en los ojos de un invitado antes de que este hubiera terminado su primera copa».

Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .

E l aroma a café recién hecho inundaba el comedor, mezclado con el de los bollos que Deirdre había horneado para un regimiento.

La mesa estaba abarrotada con jarras de zumo, fruta cortada, tostadas, mermeladas caseras y, en el centro, ocupando el lugar de honor, la famosa bandeja de bollos de arándanos.

Sean se había lavado las manos en el aseo de abajo y parecía sorprendentemente cómodo, sentado frente a Darragh y al lado de Deirdre.

—Sírvete sin miedo, querido, que estás en tu casa —insistió Deirdre, acercándole la fuente por tercera vez en menos de cinco minutos—. A tu edad hay que comer bien, y más si haces tanto ejercicio.

Darragh se atragantó, pero Sean ni se inmutó.

—Están deliciosos. Hacía tiempo que no probaba nada tan rico —comentó.

Darragh ahogó un gemido de desesperación en su taza de café. Sean acababa de cometer el error supremo número uno, alabar la repostería de su madre.

Ella apoyó los codos en la mesa, con las manos entrelazadas bajo la barbilla, radiante de felicidad, y clavó los ojos en su invitado con una intensidad capaz de intimidar a cualquiera.

—Ay, qué encanto de chico —suspiró—. Sabes, hacía muchísimos años que Darragh no traía a nadie a desayunar un sábado, sin contar a tu hermana, claro. Y cuéntame, ¿a qué te dedicas exactamente?

—Soy profesor de historia en el instituto donde estudiamos todos —respondió Sean con soltura y una sonrisa impecable.

—Educando a jóvenes, qué bonito —asintió ella, lanzando una miradita de reojo a su hijo, que intentaba volverse invisible tras una tostada—. ¿Y vives solo en el centro o compartes piso?

—Mamá... —intervino Darragh, dejando la taza en el plato con más fuerza de la que pretendía—. Déjalo desayunar tranquilo, parece que le estás haciendo una entrevista de trabajo.

—¡Pero si solo le doy conversación! No seas exagerado —se defendió ella con fingida inocencia—. Sean no se está quejando. ¿A que no?

—Para nada —sonrió él, mirando a Darragh con un destello travieso—. Vivo solo, en un apartamento cerca del parque.

—¿Lo ves, Darragh? ¡Un apartamento para él solo! —exclamó Deirdre, triunfante—. Independiente, centrado y con buen trabajo. Y dime, querido, con lo apuesto que eres, ¿no hay ninguna chica, o chico, esperando a que le invites a salir este fin de semana?

Feargal, que untaba mantequilla en su tostada al otro lado de la mesa, soltó una carcajada que disimuló con una tos y miró a su hijo con cara de culpable.

A Darragh el calor le subió del cuello a la raíz del pelo.

—Mamá —protestó, a punto de saltar de la silla.

Pero Sean ni se inmutó. Se acomodó, apoyó los antebrazos en la mesa y miró directamente a Deirdre antes de desviar los ojos hacia Darragh con una sonrisa lenta y enigmática.

—La verdad es que ahora mismo no salgo con nadie —admitió en tono confidencial—. He estado muy centrado en el trabajo, pero últimamente me he dado cuenta de que me apetece recuperar el tiempo perdido con las personas que valen la pena. Digamos que estoy abierto a ver qué pasa.

Deirdre abrió mucho los ojos, conteniendo un suspiro de satisfacción mientras miraba a su hijo como si le hubiera tocado la lotería.

—Qué idea más maravillosa —exclamó, dándole una palmadita en la mano a Sean—. A veces hay personas que han estado ahí siempre y de repente... ¡zas!, las ves con otros ojos.

—Mamá, por favor, déjalo desayunar —pidió Darragh, nervioso.

Feargal soltó una risa baja y se levantó, dándole una palmada en la espalda a Sean.

—Bueno, mejor nos ponemos manos a la obra antes de que mi mujer te busque fecha de boda y a mi hijo le dé un colapso de vergüenza.

—¡Papá! —protestó Darragh.

—¿Qué? Esos sacos de abono no se mueven solos.

—A sus órdenes, señor Murphy —se rio Sean, poniéndose en pie con agilidad.

El jardín olía a tierra húmeda y a césped recién cortado.

A pesar del fresco de la mañana, Sean se había quitado la sudadera y la había dejado doblada sobre un tocón, quedándose en una camiseta de tirantes que no hacía sino resaltar el esfuerzo de sus hombros cada vez que levantaba uno de los pesados sacos de compost.

Feargal los había llevado a la parte trasera de la finca, donde había un pequeño cobertizo para las herramientas.

—Voy a por los guantes de repuesto y la carretilla pequeña —anunció, echando un vistazo de aprobación al montón de sacos que Sean ya había alineado junto al invernadero—. No os matéis, que esto es para entretenernos, no para batir ningún récord.

En cuanto los pasos de Feargal se alejaron, el silencio cayó sobre el jardín.

Darragh, con un rastrillo en la mano y cara de intentar parecer útil, miró de reojo a Sean. Este se secó el sudor de la frente con el antebrazo y soltó un bufido divertido antes de volverse.

—No me habías advertido de que tu madre tenía dotes de detective privado —comentó con una sonrisa de medio lado, con las manos en las caderas—. Ha faltado poco para que me pidiera la declaración de la renta y un certificado de antecedentes penales.

Darragh puso los ojos en blanco, notando cómo se ruborizaba.

—Te lo advertí antes de entrar, pero preferiste no escucharme —replicó, apoyándose en el rastrillo—. Mi madre ve una boda en cuanto le presento a alguien que no sea Clara. Y tú, en vez de ayudarme a frenarla, le has seguido el juego de la forma más descarada.

—¿Seguirle el juego? —Sean arqueó una ceja y dio un par de pasos hacia él—. Solo he respondido a sus preguntas con total sinceridad.

Darragh frunció el ceño y le sostuvo la mirada, nervioso por eso de «con total sinceridad».

—Ah, ¿sí? ¿Lo de que estás abierto a ver qué pasa y quieres recuperar el tiempo perdido con «personas que valen la pena» era sinceridad pura? ¿O solo querías ver cómo me salía humo por las orejas?

Sean guardó silencio un par de segundos. La sonrisa burlona de siempre se le suavizó y dio paso a una expresión mucho más abierta y honesta. Acortó la poca distancia que los separaba hasta quedarse a un metro de Darragh, con los hombros relajados.

—Un poco de las dos cosas, no voy a mentirte —admitió en voz más baja—. Me encanta verte acalorado. Pero lo que le he dicho a tu madre no era ningún teatro.

Darragh se quedó inmóvil, apretando el rastrillo con más fuerza de la necesaria.

—Sean...

—Hablo en serio —lo interrumpió con suavidad, clavando los ojos en los suyos—. Durante diez años hemos actuado como si fuéramos dos desconocidos con un pasado incómodo. No quiero eso. Eres el mejor amigo de mi hermana y quiero que también seas el mío.

—¿Quieres que sea tu mejor amigo? —preguntó él con sorna.

—No, de momento me conformo con que seas mi amigo. No he venido hoy a correr ni a mover sacos de compost solo por hacer ejercicio. He venido porque quería estar contigo.

La confesión quedó flotando entre ellos, sincera y directa. A Darragh se le encogió el estómago y fue incapaz de apartar la mirada.

—No sé qué decirte —murmuró, bajando la voz—. Para alguien que decía que éramos simples amigos, estás jugando muy fuerte.

—Ya te dije que los amigos se apoyan —respondió Sean, con esa media sonrisa de nuevo—. Y que quería conocerte mejor. ¿Aceptas el paquete completo o vas a salir corriendo otra vez?

Antes de que Darragh pudiera contestar, el crujido de la grava anunció a Feargal, que reapareció empujando la carretilla con un par de guantes de cuero bajo el brazo.

—¡Aquí están! —anunció, ignorando la tensión entre ellos como si nada—. A ver, chicos, ¿por dónde empezamos a cavar?

Sean le guiñó un ojo a Darragh a escondidas antes de volverse hacia Feargal con una soltura envidiable.

—Por donde usted diga. Estoy listo.

Darragh se quedó un segundo parado, respirando hondo el aire fresco del jardín mientras veía a Sean coger la pala. La mañana acababa de volverse infinitamente más interesante de lo que había imaginado al despertarse.