Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

«El ritual del camino compartido dictaba que dos personas que recorrían juntas un trayecto al amanecer sincronizaban sus ritmos y sus auras. Para los antiguos druidas, avanzar hombro con hombro al despuntar el día transformaba a los viejos rivales en aliados inseparables».

Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .

E l timbre del portal sonó puntual a las ocho de la mañana. Darragh, que llevaba diez minutos dando vueltas por el salón, estirando los gemelos y comprobando que los cordones de las zapatillas estuvieran bien atados, sintió un brinco en el estómago.

Bajó las escaleras de dos en dos y abrió la puerta.

Sean estaba apoyado en la fachada, con ropa deportiva oscura que le marcaba los hombros y el torso, unos auriculares colgados del cuello y el pelo ligeramente despeinado. Parecía fresco como una lechuga, a pesar de la hora.

—Puntual como un reloj suizo —saludó, mirándolo de arriba abajo con aprobación—. Veo que te has tomado en serio lo de no hacerme esperar.

—No quería darte la oportunidad de arrepentirte y salir huyendo —replicó Darragh, saliendo al aire fresco de la mañana y cerrando tras de sí—. Aunque, si vas a mantener esa cara de suficiencia todo el camino, me pensaré lo de dejarte atrás.

—¿Dejarme atrás tú a mí? —Sean soltó una carcajada mientras empezaban a trotar a ritmo suave por la acera vacía—. Por favor. Tengo más masa muscular en una pierna que tú en todo el cuerpo.

—Masa muscular que te va a pesar en cuanto apretemos el paso —le pinchó Darragh, ladeando la cabeza con una sonrisa—. Tus músculos sirven para mover sacos de abono en el jardín de mi padre, pero aquí lo que cuenta es la agilidad. Y en eso te saco varios kilómetros de ventaja.

Salieron del casco urbano rumbo a la carretera comarcal que llevaba a casa de los padres de Darragh. Según iban sumando metros, la conversación fue apagándose de forma natural para acompasarse a la respiración, pero la tensión eléctrica entre ellos seguía tan viva como la noche del pub.

Pronto quedó claro que el pique era real, pero sorprendentemente cómodo. Sean tenía una zancada potente, un ritmo constante y una resistencia envidiable fruto de horas de gimnasio, pero Darragh era ligero, rápido y dominaba las pendientes con la soltura de la práctica.

Al llegar a una cuesta pronunciada, Darragh apretó el paso sin esfuerzo y le sacó dos metros de ventaja.

—Oye, amigo —protestó Sean a su espalda, con la voz algo entrecortada, pero manteniendo el tipo—. Tengo entendido que los colegas no dejan tirados a sus compañeros en la primera cuesta. Es una regla básica de la amistad.

Darragh frenó un poco para ponerse a su altura y lo miró de reojo, divertido.

—Los verdaderos amigos tampoco presumen de masa muscular antes de empezar a correr. Además, me estoy adaptando a tu ritmo lento por pura cortesía.

—¿Lento? —Sean arqueó una ceja y le lanzó una mirada desafiante—. ¿Te recuerdo que los amigos tampoco se burlan de las debilidades del otro? Se supone que se apoyan.

—Se supone que de momento solo eres un proyecto, pero vale —sonrió Darragh, aflojando para correr hombro con hombro, con el calor del cuerpo de Sean a pocos centímetros del suyo—. Te apoyaré. Pero si te da flato a mitad de camino, no pienso llevarte en brazos hasta casa de mis padres.

—Genial, me quedo muy tranquilo con el valor que le das a nuestro proyecto de amistad —dijo Sean, remarcando la palabra «proyecto» con un tono desganado.

Darragh rio de buena gana, pero no contestó.

Entre pulla y pulla, el camino se les pasó volando.

Se entendían bien en movimiento y encontraron un ritmo cómodo para los dos.

Darragh no recordaba la última vez que había disfrutado tanto de un entrenamiento; la presencia de Sean, en lugar de resultar incómoda o molesta, se sentía natural.

Había una complicidad nueva, un espacio seguro donde las pullas ya no buscaban herir, sino acercarlos.

Cuando divisaron a lo lejos la entrada de la casa de sus padres, con la verja de madera y el amplio jardín delantero, ambos redujeron la marcha hasta quedarse caminando para recuperar el aliento.

Sean apoyó las manos en las caderas y respiró hondo, secándose el sudor de la frente con el reverso de la muñeca.

—Tengo que admitirlo —dijo, mirando a Darragh con un destello de admiración sincera—. Eres rápido.

—Y tú no has muerto en el intento, lo que supera mis expectativas —respondió Darragh, aunque el corazón le latía con fuerza y no solo por el esfuerzo—. No ha estado mal para ser nuestra primera salida como amigos.

—¿Ya no somos un proyecto? —preguntó Sean, dando un paso hacia la entrada y clavando los ojos en los de Darragh.

—Acabo de ascenderte —se rio Darragh, indicándole el camino hacia la puerta—. Solo como deferencia por lo que te espera.

—¿A qué te refieres?

—Vas a tener que convencer a mi madre de que no somos pareja.

Sean se detuvo en seco y lo miró sorprendido. No tuvo tiempo de preguntar, porque Deirdre salió toda sonrisas a recibirlos.

Avanzó por el camino de grava con los brazos abiertos y una sonrisa resplandeciente. Llevaba delantal y traía consigo un aroma embriagador a pan recién horneado y canela.

—¡Pero bueno! ¡Mirad qué dos atletas más guapos! —exclamó, plantándose frente a ellos y mirando a Sean como si fuera un trofeo de caza—. ¡Sean, cielo! Qué alegría tenerte aquí. Feargal me dijo que vendrías, pero no me imaginaba que vinieras tan... en forma.

Sean, que aún estaba procesando la última frase de Darragh, parpadeó un par de veces y forzó una sonrisa encantadora, cambiando el chip a la velocidad de la luz.

—Buenos días, señora Murphy. Es un placer volver a verla. Perdone que me presente así, un poco sudado por la carrera...

—¡Ay, por favor! Ni señora Murphy ni nada, llámame Deirdre.

Y no digas tonterías, el ejercicio te sienta de maravilla.

¡Mírate, si pareces sacado de una revista de deportes!

—Le dio una palmadita afectuosa en el brazo, apreciando visiblemente el bíceps, antes de lanzarle a su hijo una mirada llena de significado—.

Darragh, hay que ver lo callado que te lo tenías. Qué sorpresa tan agradable.

A Darragh le ardían las orejas. Miró en busca de auxilio hacia el porche, donde apareció su padre con una pala en la mano y cara de llevar toda la mañana esperando ese momento.

—Deirdre, déjalos respirar, que vienen de correr cinco kilómetros, no de ganar el maratón de Nueva York —intervino, acercándose con paso tranquilo y una sonrisa socarrona.

—¡Feargal! Solo le estoy dando la bienvenida a nuestro invitado —protestó ella, cruzándose de brazos, aunque sin perder la sonrisa entusiasmada—. He preparado el desayuno. Hay tostadas, fruta, zumo recién exprimido y he horneado tres tandas de bollos de arándanos...

—¿Tres tandas? —la interrumpió Darragh, atónito—. Mamá, solo somos cuatro. No comemos tanto.

—Más vale que sobre que no que falte —lo cortó ella.

Y volvió a centrar toda su atención en Sean, inclinándose hacia él—.

Dime, querido, ¿tienes alguna alergia? ¿Te gusta el café solo o con leche?

¿Hay alguna fruta que prefieras? Porque, si necesitas algo en especial, puedo ir un momento a la tienda.

—Mamá, por favor, que lo vas a asustar —suspiró Darragh, llevándose una mano a la cara.

Sean soltó una risita baja, disfrutando del apuro de Darragh.

—Cualquier cosa estará perfecta, Deirdre, de verdad. Los bollos huelen de maravilla.

—¿Lo ves, Darragh? Un chico educado y con buen gusto —sentenció su madre, encantada—. Venga, adentro a lavaros las manos. Tenéis la mesa puesta.

—Un momento, Deirdre —intervino Feargal, guiñándole un ojo a su hijo con disimulo—. Antes de que lo rellenes de carbohidratos, tengo que asegurarme de que este muchacho está capacitado para el trabajo pesado. A ver, Sean... ¿qué tal se te da mover sacos de compost de cincuenta kilos?

—Papá —advirtió Darragh.

—He venido a trabajar —respondió Sean, sacando pecho con una sonrisa desafiante y mirando de reojo a Darragh—. Con la masa muscular que tengo en las piernas, y como bien dice su hijo, mover esos sacos va a ser un paseo.

—¡Me gusta este chico! —exclamó Feargal, riéndose y dándole un golpecito en el hombro—. ¡Rápido, servidle café antes de que se arrepienta y eche a correr!

Deirdre agarró a Sean del brazo y lo guio hacia la casa como a un invitado de honor, dejando a Darragh unos pasos atrás.

Feargal se puso a la altura de su hijo y le dio un codazo suave.

—Te dije que mantendría el perímetro, pero tu madre ya le ha echado el ojo —murmuró, divertido—. Y debo admitir que el muchacho se defiende bien.

—No le des cuerda, papá —suspiró Darragh, aunque la sonrisa de su cara delataba que, en el fondo, la situación le parecía maravillosa—. Ya te dije que lo nuestro es platónico.