Capítulo 8
«La tradición esotérica de la luz de medianoche sostiene que los intercambios que ocurren en la oscuridad entre el día que muere y el que nace están protegidos, y permiten a los interlocutores decirse verdades que jamás se atreverían a pronunciar a la luz del sol».
Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .
D arragh se quedó mirando el mensaje durante varios segundos. Dejó el sándwich en el plato; de pronto se le había cerrado el estómago.
Lo releyó tres veces.
Se recostó en el sofá y soltó un resoplido a medias entre la risa y la incredulidad. Había algo ridículamente intimidante en la forma de escribir de Sean, incluso a través de una pantalla. Sabía medir las palabras justo para dejarlo sin aire.
Escribió una respuesta, la borró, redactó otra intentando sonar relajado y por fin la mandó, antes de que las dudas lo llevaran a tirar el móvil a la basura.
Darragh: El señor Walsh suele cobrar por las tutorías privadas, pero por ser tú hará una excepción. ¿Ya vas por el segundo? No me digas que te has vuelto adicto a los ritos mágicos irlandeses.
La respuesta tardó menos de medio minuto. Los tres puntitos parpadeando en la pantalla le aceleraron otra vez el pulso.
Sean: Digamos que el estilo de cierto autor consigue que los ritos resulten creíbles y entretenidos. Aunque admito que tengo mis dudas sobre la veracidad del capítulo cuatro. ¿De verdad crees en eso de las sincronicidades o era solo un recurso literario para hacer el libro más interesante?
Darragh sonrió de lado, con una calidez repentina extendiéndosele por el pecho. Se acomodó entre los cojines, cruzó las piernas y sujetó el móvil con las dos manos.
Darragh: Todo lo que escribo tiene detrás una investigación. Las sincronicidades no son invento mío: en la tradición celta se pensaba que, cuando dos personas no paraban de cruzarse, no era casualidad, sino el universo apretando tuercas.
Sean: Interesante. ¿Y qué opina el autor de esas tuercas? ¿Crees en las casualidades o en que hay cosas difíciles de esquivar?
Darragh se mordió el labio, releyendo la frase una y otra vez. Sabía que Sean no hablaba solo de folclore. Hablaba de ellos dos, de la larga y confusa historia que compartían.
Darragh: Opino que a veces la gente le echa la culpa al destino para no admitir que busca esas casualidades a propósito.
Sean: ¿Me estás acusando de buscarte a propósito?
Darragh: Tú has sido el que ha venido hoy a mi trabajo a llevarse todos mis libros...
Sean: Punto para ti.
Darragh: Me alegra que seas capaz de reconocer la verdad.
Sean: Me ofende y me entristece a la vez la mala opinión que tienes de mí.
Darragh: En el instituto eras un idiota creído.
Sean: Puede que no te hayas dado cuenta, pero he madurado mucho en diez años.
Darragh: Si tú lo dices.
Sean: Lo digo porque es verdad.
Darragh: Tendré que creerte.
Sean: O puedes tomarte la molestia de conocerme mejor. Llámame raro, pero creo que es la mejor forma de superar los prejuicios.
Darragh: ¿Quieres que te conozca?
Sean: Qué va, solo te lo ofrezco para darte conversación.
Darragh: Divertidísimo.
Sean: ¿Qué piensas? ¿Aceptas?
Darragh: ¿En qué consiste conocerte mejor?
Sean: Lo típico entre amigos: salir a cenar, tomar unas pintas, ir al cine, correr...
Darragh: Supongo que puedo hacerlo.
Sean: Maravilloso. Mañana paso a recogerte para una carrera matutina y luego me uno a ti y a tu familia en el desayuno. Seguro que Feargal agradece un par de manos más para el jardín.
Darragh: No olvides que mi madre se emocionará con una boca más que alimentar.
Estaba sorprendido y encantado con el giro de la conversación. Sean quería salir con él e incluso ir a su casa. Era raro e increíble a partes iguales.
Sean: Ves qué fácil es ser mi amigo.
Darragh: Si tú lo dices... tendré que creerte, proyecto de amigo.
Sean: Eso ha dolido. Creía que ya lo éramos.
Darragh: De momento lo dejamos en proyecto. No te emociones antes de tiempo.
Sean: De momento no suena tan mal. Nos vemos mañana. ¡Que descanses!
Darragh: Y tú.
Darragh dejó el móvil sobre el pecho y se quedó mirando el techo del salón, con el rumor lejano de la tele de fondo y una sonrisa tonta en los labios.
Iba a hacerse amigo de Sean. No conocido, amigo.
Aunque, siendo sinceros, a él le habría gustado ser otra cosa, pero como comienzo, amigos estaba bien.
Se quedó unos segundos mirando la pantalla, asimilando lo que acababa de pasar y todo lo que implicaba.
La sonrisa seguía ahí cuando un fogonazo de pánico le cruzó la cabeza.
«Mañana paso a recogerte para una carrera matutina y luego me uno a ti y a tu familia en el desayuno...»
Sean acababa de autoinvitarse al desayuno familiar y a echar una mano a su padre en el jardín. Todo muy bien, si no fuera por...
—¡Madre mía! —murmuró, incorporándose de golpe.
Su madre iba a estar encantada, de eso no tenía ninguna duda, pero le iba a resultar imposible no especular sobre su relación con Sean.
Darragh conocía de sobra su radar ultrasensible para detectar cualquier atisbo de vida sentimental en él.
Si aparecía a desayunar un sábado con Sean Kelly, alto, escultural y ridículamente atractivo, no vería a un simple amigo echando una mano con los rosales.
Vería una boda en ciernes, manteles de lino y nietos en el horizonte.
Y las preguntas indiscretas que le lanzaría a Sean prometían ser legendarias.
Necesitaba control de daños. Y solo había una persona capaz de levantar un cordón de seguridad alrededor de su madre.
Buscó el contacto de su padre y marcó. El tono sonó cuatro veces antes de que una voz profunda y pausada respondiera.
—Darragh, hijo. ¿Pasa algo? A estas horas solo llamas si te has dejado las llaves o si necesitas que vaya a sacarte de la cárcel.
Darragh soltó una risotada.
—Hola, papá. Nada de cárcel... de momento, aunque no lo descartes del todo. Te llamo por lo de mañana.
—Dime. Tu madre ya tiene hecha la lista de la compra y ha preparado masa de bollos para alimentar a un batallón.
—De eso quería hablarte —se frotó la nuca, buscando las palabras—. Mañana iré a desayunar, pero... no iré solo.
Se hizo un breve silencio. Darragh casi podía oír las neuronas de su padre trabajando a toda máquina.
—¿Viene Clara contigo?
—No. Viene un chico. Sean. Su hermano. Vamos a salir a correr temprano y me ha dicho que luego se pasará a desayunar y a echarnos una mano en el jardín.
Un silencio todavía más largo se apoderó de la llamada.
—Papá, ¿sigues ahí?
—Estoy procesando, hijo —respondió Feargal, y Darragh percibió claramente la sonrisa socarrona en su voz—.
A ver si lo he entendido. Vas a traer a casa a un muchacho alto como un pino, a las nueve de la mañana de un sábado, los dos en ropa de deporte, ¿y encima se ofrece a trabajar gratis en mis frutales?
Y, para más señas, es el mellizo de tu mejor amiga, el mismo chico con el que no te has llevado bien en tu vida.
—Papá, por favor, no empieces tú también.
—Yo no he dicho nada. Solo digo que me parece raro que de repente te lleves de maravilla con tu archienemigo de la adolescencia. Por lo demás, la mano de obra gratis para el jardín siempre es bienvenida.
—No somos archienemigos. De hecho, puede que seamos amigos —se apresuró a aclarar.
—¿Puede?
—Estamos trabajando en ello.
—De acuerdo —dijo su padre, en tono burlón.
—Lo que necesito es que frenes a mamá antes de que me haga el tercer grado o empiece a sacar el álbum de fotos de cuando tenía cinco años. Sabes cómo se pone cuando le llevo a alguien.
Feargal soltó una carcajada rotunda que retumbó en el altavoz.
—Hijo, me pides un imposible. Detener a tu madre cuando huele la más mínima oportunidad de emparejarte es como intentar parar un tren de mercancías con un tirachinas.
—Papá, te lo suplico. Mi relación con Sean es platónica. Contrólala.
—Está bien, está bien —cedió su padre, con tono conspirador—. Haré lo que pueda. Montaré un perímetro de seguridad alrededor de la cafetera. Pero no te prometo nada si el chaval comete el error de alabar los bollos caseros; en ese caso, estará perdido.
—Con que evites que le pregunte por sus intenciones a largo plazo me doy por satisfecho.
—Hecho. Mantendré a tu madre entretenida... pero a cambio me vas a dejar a ese tal Sean un par de horas en el patio. Esos sacos de abono no se mueven solos, y él tiene brazos de sobra para hacerlo.
Darragh puso los ojos en blanco, aunque sonrió, reconfortado por la complicidad de su padre.
—Trato hecho. Nos vemos mañana, papá.
—Descansa. Y dile a tu amigo que traiga ropa de faena si de verdad quiere ganarse nuestra aprobación.
—¡Papá! —protestó.
Su padre colgó riéndose.
Darragh dejó el móvil en la mesa de centro y echó la cabeza hacia atrás contra el sofá. La que se iba a montar a la mañana siguiente prometía ser memorable, pero al menos ya tenía un aliado en el campo de juego.