Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

«Los antiguos textos ocultos afirmaban que las palabras escritas bajo un seudónimo guardaban el poder del deseo reprimido de su autor. Al leerlas, otra persona no solo leía una historia, sino que inhalaba la esencia oculta y los pensamientos verdaderos de quien las había trazado».

Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .

L os seis días siguientes a la noche del pub se le hicieron a Darragh exasperantemente lentos.

No supo nada de Sean, ni siquiera lo vio de lejos por el pueblo.

No es que esperara un mensaje ni una llamada; ni siquiera estaba seguro de que Sean tuviera su número.

Pero ese silencio, y la ausencia total de encuentros casuales después de tantas coincidencias seguidas, le resultaba casi desconcertante.

El recuerdo del paseo nocturno hasta su portal, el olor a madera y cítricos pegado a su ropa y la firmeza del brazo de Sean sobre sus hombros en el pub seguían quitándole el sueño.

Sobre todo, la seriedad con la que Sean le había respondido cuando hablaron de lo que pudiera pensar la gente, y esa leve sorpresa en sus ojos cuando él le dio las gracias al despedirse.

El viernes por la tarde, la biblioteca estaba casi vacía; la mayoría de la gente ya había empezado el fin de semana. Darragh estaba tras el mostrador de recepción, catalogando un lote de novedades y revisando en el sistema las devoluciones pendientes del día.

Faltaba poco para la hora de cierre cuando alguien entró.

Levantó la vista de la pantalla sin pensar, con su sonrisa profesional ya preparada, pero se le congeló a medio camino.

Sean se acercaba con un libro en las manos. Llevaba una chaqueta oscura, una mano en el bolsillo y caminaba como si el lugar fuera suyo.

A Darragh se le aceleró el pulso de inmediato. Se obligó a que no se le notara, aunque el corazón le iba a mil.

Sean llegó al mostrador y se detuvo frente a él.

—Buenas tardes —saludó, con una leve inclinación de cabeza y esa sonrisa burlona que Darragh estaba seguro de que guardaba solo para él.

—Buenas tardes, Sean —respondió, intentando sonar tan neutro y profesional como pudo—. ¿En qué puedo ayudarte?

En lugar de contestar, Sean dejó el libro sobre el mostrador y lo deslizó unos centímetros hacia él.

—Vengo a devolver esto. Si no me equivoco, hoy vencía el plazo.

Darragh miró el libro. El borde de la cubierta estaba impecable, igual que cuando se lo había entregado.

De golpe, las preguntas se le amontonaron en la cabeza, ¿se lo habría leído de verdad o solo lo había dejado criando polvo en la mesilla de noche?

¿Se habría metido en sus leyendas y su simbología?

Y, si lo había hecho, ¿le había gustado?

¿Habría valorado el trabajo de investigación que había detrás?

Alargó la mano para coger el ejemplar y sintió una extraña descarga cuando sus dedos rozaron la cubierta que Sean acababa de soltar.

—Justo a tiempo —comentó, levantando la vista para sostenerle la mirada—. Un día más y te habría caído una penalización por retraso.

—Soy demasiado responsable para llegar tarde —repuso Sean con una sonrisa irónica, apoyando un codo en el mostrador e inclinándose un poco hacia él.

Darragh pasó el código de barras por el escáner y el pitido electrónico rompió un instante el silencio de la sala. Dejó el libro a un lado, pero los ojos se le iban una y otra vez hacia el tomo. No pudo contener más la curiosidad.

—Y bien... —empezó, intentando sonar casual—. ¿Qué tal?

Sean arqueó una ceja, disfrutando del momento.

—¿Qué tal el qué?

—El libro, Sean. ¿Lo has leído o solo ha servido de adorno en tu mesilla durante tres semanas?

Sean soltó una risita baja que resonó en la sala silenciosa. Se cruzó de brazos, sin perder la postura relajada.

—Lo he leído —afirmó, sosteniéndole la mirada—. Entero.

A Darragh se le encogió el estómago. Imaginarse a alguien como Sean desentrañando pasajes sobre folclore antiguo, ritos y la historia oculta de su tierra le provocaba una sensación extraña y fascinante.

—¿Y? —insistió, ladeando la cabeza—. No me dejes con la duda. ¿Has hecho alguno de los rituales o me vas a decir que lo esotérico no va contigo?

—Admito que al principio era escéptico —confesó Sean, marcando las palabras—.

Pensaba que no pasaría de un puñado de viejas supersticiones.

Pero cómo entrelaza los hechos históricos con el misticismo antiguo...

la verdad es que engancha. Hay algo en esas creencias sobre el destino y los lazos invisibles que cuesta ignorar. Pero no, no he hecho ningún ritual.

Hizo una pausa, se inclinó un poco más sobre el mostrador y bajó la voz.

—Hay ciertos capítulos sobre los antiguos simbolismos que resultan bastante reveladores. Ahora entiendo perfectamente por qué pusiste esa cara cuando te pedí el libro. No te hacía ninguna gracia que me lo llevara, ¿verdad?

A Darragh se le aceleró otra vez el pulso. Muchas de aquellas viejas leyendas hablaban de vínculos inevitables, verdades ocultas y fuerzas que escapaban a la razón, y todo aquello cobraba un matiz casi eléctrico con la dinámica que había entre ellos.

—Solo me pareció una elección... curiosa para ti, Sean. Nada más —respondió, aunque la leve vacilación de su voz lo delató.

—Si tú lo dices —sonrió Sean, con esa mirada intensa que parecía leerle el pensamiento—. En cualquier caso, ha valido la pena leerlo.

—Me alegro —murmuró Darragh, notando cómo le subía el calor a las mejillas por su cercanía.

—Gracias. Me llevaré todos los libros del señor Walsh, por favor —pidió Sean, muy serio.

—¿Todos?

Sean asintió con una sonrisa de suficiencia que, para disgusto de Darragh, le pareció muy sexi.

—Solo puedes llevarte ocho por carné durante tres semanas.

—Entonces me llevo los ocho que me des. Elige los mejores para mí.

Era una petición de lo más normal, pero en labios de Sean Darragh sintió que significaba mucho más de lo evidente.

Al cruzar la puerta de su piso, Darragh notó que los hombros se le destensaban de golpe.

Dejó las llaves en el recibidor y se dejó caer en el sofá unos segundos, con un largo suspiro.

La semana en la biblioteca lo había dejado agotado, sobre todo la última media hora, con la visita inesperada de Sean y esa montaña de libros de Asphodelus Walsh que se había llevado bajo el brazo.

El móvil sonó en su bolsillo. Era Clara.

—Dime que estás listo para salir esta noche. Finn dice que hay buen ambiente en el centro.

Darragh sonrió con cansancio y apoyó la cabeza en el respaldo.

—Ni de broma. Estoy reventado y mañana desayuno en casa de mis padres. Hoy toca ducha, cena rápida y no moverme del sofá hasta que sea hora de acostarme.

—Eres un aburrido —protestó ella, sin malicia—. Vale, te perdono por esta vez. ¡Pero el sábado no te escapas!

—Ya veremos.

Tras colgar, se dio una ducha caliente que le sentó de maravilla. Se puso ropa cómoda, un pantalón de chándal desgastado y una camiseta ancha, se preparó un sándwich en la cocina y encendió la tele para tener algún programa de fondo que hiciera de ruido blanco.

Cuando todo estuvo como quería, se acomodó en el sofá, dio el primer bocado a la cena y, justo entonces, la pantalla del móvil, sobre la mesa de centro, se iluminó con una vibración corta.

Echó un vistazo distraído, pero al ver el nombre se atragantó.

Tenía guardado el número de Sean desde hacía tiempo, se lo había dado Clara, por si alguna vez no conseguía localizarla a ella. Nunca lo había usado, y tampoco había pensado que Sean tuviera el suyo, aunque seguramente lo había conseguido del mismo modo.

Lo que no esperaba en absoluto era que Sean le escribiera y, mucho menos, un viernes por la noche.

Con el corazón desbocado, cogió el móvil y abrió el mensaje:

«Ya he empezado el segundo. Dado que tengo el privilegio de poder hablar directamente con el autor, ¿el señor Walsh acepta preguntas sobre su obra o prefiere guardar el secreto de sumario?»

Darragh se quedó petrificado en el sofá, con el móvil temblándole entre las manos y el sándwich olvidado en el plato.