Capítulo 6
«El concepto de anam cara (literalmente, “amigo del alma”) en el misticismo celta describe un vínculo donde no existen los secretos. Al encontrar a tu anam cara , tu verdadero ser es descubierto y comprendido sin necesidad de máscaras, y tu camino cambia para siempre».
Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .
P ara Clara, quedarse en casa un sábado por la noche era una pérdida de tiempo y de juventud que no pensaba permitirse.
Había insistido tanto durante toda la tarde que Darragh, harto de oírla y con los músculos todavía algo agarrotados de la carrera, acabó cediendo.
Como ninguno de los dos quería conducir, se decidieron por The Harp y, presidiendo el centro del grupo, con un brazo en el respaldo y una cerveza en la mano, Sean Kelly.
—Clara, no. Busquemos otro sitio —intentó frenarla, aunque sabía que era imposible apartarla de la posibilidad de pasar un rato con Finn.
—Ni hablar. Mis pies no aguantan ni diez minutos más con estos tacones y no pienso desaprovechar la ocasión de sentarme con ellos —replicó ella, decidida.
Antes de que pudiera protestar, ya estaba saludándolos.
Finn fue el primero en verlos y les hizo un gesto con la mano para que se acercaran.
Darragh suspiró sin que se notara. La ilusión de su amiga por compartir mesa con Finn le impidió estropearle el plan, así que tragó saliva y aceptó su destino.
—¡Pero si es la mejor compañía del pueblo! —exclamó Jamie, haciéndoles sitio mientras Clara se acomodaba, feliz, en el extremo más cercano al profesor de gimnasia.
Darragh acabó sentado entre Peter y el propio Sean, cuyo hombro le rozaba casi sin querer por lo estrecho del hueco.
—Vaya, qué sorpresa tan agradable —murmuró Sean junto a su oreja, con esa voz baja y burlona que le erizaba la piel—. Dos veces en un mismo día. Si no fuera tan magnánimo, pensaría que me sigues.
—Clara me ha traído a rastras, si quieres saberlo —contestó Darragh, sin mirarlo, mientras pedía una ronda al camarero que pasaba.
La música animaba el local y la conversación fluía entre risas, bromas sobre el trabajo y chismes del pueblo. Pero la calma duró poco. A mitad de la segunda canción, una camarera se abrió paso entre la gente y dejó una pinta de cerveza negra justo delante de Darragh.
Él frunció el ceño.
—Perdona, yo no he pedido esto.
—Te la manda alguien desde la barra —sonrió la chica, señalando con la barbilla hacia el fondo del local.
Darragh siguió la indicación y reconoció enseguida la silueta apoyada allí, Conor.
Un tipo del pueblo, un par de años mayor que ellos, que llevaba meses detrás de él sin entender la diferencia entre ser amable y estar interesado.
Al cruzarse sus miradas, Conor alzó su copa con una sonrisa cargada de intención.
—Mierda, Conor... —murmuró Clara, tensa, borrándosele la sonrisa de golpe—. Ese pesado otra vez, no.
—¿Quién es ese? —preguntó Peter, ladeando la cabeza.
—Uno insoportable que no entiende que un no es un no —explicó Clara, preocupada, mirando a su amigo, que apretaba los dientes mientras Conor echaba a andar hacia su mesa—. Darragh, esto no puede seguir así.
Buscando algo rápido para ahuyentarlo, Clara se volvió hacia Peter, que estaba sentado justo a la izquierda de su amigo.
—Peter, hazme un favor —le pidió deprisa—. Pásale el brazo por los hombros. Como si fuerais pareja, a ver si así el baboso este se entera de una vez y lo deja en paz.
Peter, algo desconcertado pero dispuesto a colaborar, empezó a levantar el brazo. Pero, antes de que su mano llegara a rozar la espalda de Darragh, alguien se le adelantó.
Sean, que no había apartado los ojos de la escena, levantó el brazo con un movimiento firme y fluido, lo posó sobre los hombros de Darragh y lo atrajo hacia su costado, pegándolo a él con un gesto lleno de posesividad, con la mano cerca del cuello de su chaqueta.
Fue tan rápido y contundente que toda la mesa se quedó en silencio.
Darragh se quedó rígido, notando el calor del pecho de Sean contra su espalda y el peso firme de su brazo.
Cuando Conor llegó al reservado dispuesto a hablar, se encontró de frente con la mirada fría y desafiante de Sean Kelly, que apretó a Darragh un poco más contra su cuerpo.
—¿Se te ha perdido algo por aquí, Conor? —preguntó, con un tono helado que cortaba el aire.
Conor parpadeó un par de veces ante la imagen de Sean sujetando a Darragh con esa firmeza. Tras unos segundos incómodos, masculló una disculpa absurda sobre haberse acercado a saludar y dio media vuelta.
Aunque el peligro había pasado, Sean no retiró el brazo.
De hecho, durante la hora siguiente no se despegó de Darragh ni un milímetro.
Si alguien preguntaba, tenía una excusa impecable, hacía de pantalla por si a Conor se le ocurría volver a ponerse pesado.
Pero para Darragh aquella cercanía constante se convirtió en una tortura sutil.
Con cada risa de Sean, el pecho le vibraba contra su espalda.
Su calor lo envolvía y el olor fresco de su perfume, una mezcla de madera y cítricos suaves, amenazaba con marearlo más que la cerveza.
Cada vez que Sean se inclinaba para decirle algo al oído por encima de la música, el roce de sus labios le provocaba un escalofrío difícil de disimular.
Cuando el pub empezó a vaciarse y la banda tocó su última canción, llegó la hora de irse. En la acera, el grupo se fue despidiendo.
—Finn, ¿te importa acompañar a Clara a casa? —pidió Sean, con un tono casual pero firme—. Es tarde y prefiero que no vuelva sola.
Clara abrió los ojos como platos y disimuló a duras penas un salto de alegría mientras se ajustaba el abrigo.
—Claro, no hay problema —asintió Finn con una sonrisa tranquila.
—¿Y tú qué vas a hacer? —intervino Clara, mirando a su hermano con curiosidad.
—Yo acompaño a Darragh —sentenció Sean, acomodándose la chaqueta—. Por si a Conor le ha dado por quedarse merodeando cerca de su portal.
Darragh estuvo a punto de protestar, de decir que sabía cuidarse solo, pero la idea de caminar a solas con Sean por la calle en silencio le aceleró el pulso de un modo extrañamente tentador.
El trayecto fue tranquilo. Las calles del pueblo estaban desiertas y el sonido de sus pasos marcaba un ritmo pausado.
—Sean... —empezó Darragh tras un rato, metiendo las manos en los bolsillos—. Sobre lo de antes... ¿No te preocupa que la gente del pueblo empiece a hablar de ti?
Sean ladeó la cabeza y lo miró de reojo.
—¿Hablar de qué, exactamente?
—De nosotros. De que nos hayan visto tan juntos en el reservado. La gente cotillea, esto es un pueblo pequeño y tú eres profesor en el instituto. ¿No te molesta lo que puedan pensar?
Sean lo miró con seriedad. Darragh no recordaba haberlo visto nunca tan serio.
—Me trae sin cuidado lo que piense la gente. Si quieren inventarse historias, que se las inventen. Tengo cosas bastante más importantes de las que preocuparme que la opinión de cuatro cotillas.
Darragh esperó unos segundos a que añadiera algo más, alguna aclaración sobre sus preferencias, pero Sean siguió mirando al frente. Y eso lo dejó con la duda.
Recordó entonces una conversación que había tenido con Clara tiempo atrás.
Ella le había confesado que estaba convencida de que su hermano era bisexual.
«Él nunca me ha preguntado si soy heterosexual, así que yo no tengo por qué preguntarle si es bi», le había dicho con total naturalidad.
Darragh no se atrevió a sacar el tema en voz alta, pero, mientras caminaban bajo las farolas, no pudo evitar darle vueltas a la lógica de su amiga.
Era un razonamiento absurdo y aplastante a la vez, pero encajaba con Sean, de los que dan por hecho que no le deben explicaciones a nadie sobre su vida privada.
Y aunque se muriera por saber la respuesta, sabía que no tenía derecho a preguntar.
Se encogió de hombros por dentro. Tampoco importaba demasiado, él no tenía ninguna intención de dar ningún paso.
Se detuvieron frente al portal de Darragh. Sean se adelantó hacia la entrada y quedó a pocos centímetros de él. Le dio una palmadita en el hombro y dejó la mano allí un segundo más de lo necesario.
—Ya estás a salvo en casa. Descansa.
—Buenas noches, Sean —murmuró Darragh—. Y gracias.
Sean pareció sorprendido de que se lo agradeciera.
Darragh le ofreció una sonrisa sincera, que Sean le devolvió un segundo antes de darse la vuelta y alejarse con su andar seguro por la calle desierta, dejándolo en la puerta con el corazón mucho más acelerado de lo normal y con más preguntas que respuestas.