Capítulo 5
«La sincronicidad defendía que los encuentros fortuitos en caminos o encrucijadas nunca debían ignorarse. Según los viejos textos, cruzarse con alguien tres veces seguidas sin haberlo planeado marcaba el inicio de una alianza o de un cambio inevitable en la vida de ambos».
Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .
E l aire fresco de la mañana del sábado le despejaba la cabeza a Darragh a cada zancada.
Salir a correr a primera hora era su válvula de escape, la forma perfecta de sacudirse el cansancio de la semana en la biblioteca y, sobre todo, de dejar atrás el runrún constante sobre Sean y sus últimos encuentros.
Hacía apenas tres días que se había llevado el libro y, aunque le molestaba admitirlo, no saber si lo había leído ni qué le había parecido lo tenía más nervioso de lo que reconocería jamás.
Aceleró siguiendo su ruta de todos los sábados, que terminaba en la casita con jardín de sus padres. Era una tradición no escrita desde el día en que se independizó. A veces Clara se les unía después de hacer sus recados de la mañana, pero ese sábado iba solo.
Al cruzar la pequeña verja de madera del jardín delantero vio a su padre, Feargal Murphy, inclinado sobre los rosales con unas tijeras de podar enormes y sus inseparables guantes de cuero gastados.
—Hijo, llegas dos minutos tarde —le saludó sin enderezarse del todo, con una sonrisa afectuosa bajo la gorra de lana—. Ya pensaba que te habías quedado en casa.
—Iba con el viento en contra al subir la cuesta, papá —respondió Darragh, recuperando el aliento con las manos en las rodillas—. Dame diez minutos para estirar y te echo una mano con lo que necesites.
—Pasa primero, que tu madre lleva media hora pendiente del timbre. Si no te metes un buen desayuno entre pecho y espalda antes de tocar el cortacésped, se enfadará conmigo.
Darragh sonrió, se desató las zapatillas en el porche y abrió la puerta trasera. La cocina de los Murphy olía a café recién molido, tostadas con mantequilla y panceta caliente.
Deirdre Murphy estaba de espaldas, removiendo unos huevos revueltos y tarareando una vieja canción de la radio. Al oír la puerta se giró con una sonrisa radiante y los brazos abiertos.
—¡Ahí está mi chico! —exclamó, acercándose a darle un abrazo que él le devolvió de buena gana—. Estás helado, cariño. Siéntate, que esto ya casi está.
—Hola, mamá. Huele de maravilla.
—Como debe ser —respondió Deirdre, sirviéndole una taza humeante y poniéndole delante un plato generoso de tostadas de pan casero con huevos—. Te he puesto extra de mermelada de mora, de la que hicimos juntos.
Darragh se acomodó a la mesa de madera pulida, disfrutando del calor de la cocina. Feargal entró en ese momento, tras lavarse las manos en el fregadero, y se sentó con su propia taza de café.
—¿Y bien? ¿Qué tal la semana en la biblioteca? —preguntó Deirdre, con los codos sobre la mesa y su habitual interés—. Mucho movimiento de libros, supongo. ¿Y en lo personal qué tal? Darragh, cariño... ¿tienes novio ya o sigues con la agenda reservada para los tomos antiguos?
Darragh casi se atraganta con el primer sorbo de café. Dejó la taza en el plato con cuidado, conteniendo un suspiro divertido.
—Mamá, por favor, ya hemos hablado de esto. Estoy muy ocupado con la biblioteca y con mis investigaciones. No tengo tiempo para andar buscando pareja, aunque eso no quiere decir que, si aparece alguien, no vaya a estar interesado —añadió, encogiéndose de hombros.
Feargal soltó una risa baja mientras untaba mantequilla en su tostada.
—Déjalo en paz —intervino, saliendo al rescate de su hijo con un guiño—.
El muchacho es joven, guapo como su madre y tiene la vida por delante.
Ya tendrá tiempo de comprometerse, complicarse la existencia y tener a alguien que le reproche que deje los calcetines fuera del cubo de la ropa sucia.
Ahora que disfrute de su independencia, que salga, que conozca gente y se lo pase bien.
—No le estoy metiendo prisa, Feargal —protestó ella con un gesto dramático—. Solo digo que me encantaría verlo con un buen chico a su lado. Alguien simpático, alto, que lo cuide y que no sea un estirado. Clara me contó el otro día que había un par de chicos interesantes rondándolo.
—Si te fías de las historias de Clara, apañados vamos —replicó Darragh entre risas, agradeciendo en silencio la intervención de su padre—. Y te aseguro que mi vida afectiva está tranquila y bajo control. Sin sobresaltos.
—Bueno, mientras seas feliz, aunque te quedes soltero hasta los cincuenta —sentenció Feargal, levantándose y dándole una palmada afectuosa en el hombro—. Pero de podar el jardín no te libra ni la soltería ni el matrimonio. Vamos fuera, que esos setos no se recortan solos.
—Ahora te sigo, papá.
Deirdre miró a su hijo mientras él terminaba el café, con una sonrisa llena de ternura.
Que Darragh fuera gay nunca había sido tema de debate ni de drama en aquella casa; desde el día en que se lo contó, años atrás, sus padres lo habían abrazado con la misma naturalidad y el mismo cariño incondicional con que afrontaban todo lo demás en su vida.
—No me hagas mucho caso a mí, pero a tu padre tampoco —le susurró su madre con picardía mientras le recogía el plato—. Solo quiero que no te cierres a las sorpresas, cariño. A veces las mejores cosas llegan justo cuando uno jura que está demasiado ocupado para ellas.
Darragh negó con la cabeza, sonriendo ante tanta insistencia.
—Lo tendré en cuenta, mamá. Te lo prometo.
Se levantó, se puso los guantes de trabajo y las botas que su padre le había dejado junto a la puerta y salió al jardín soleado, con la sensación de que, al menos allí, el mundo era un lugar sencillo, seguro y extrañamente en paz.
Tras un par de horas de poda y charla tranquila en el jardín, Darragh se despidió de sus padres con la satisfacción del deber cumplido. Había pasado media mañana sin darse cuenta.
Decidió volver a casa a paso ligero para aprovechar el paseo. El único problema era que, entre el atracón de desayuno, el café extra y las horas de trabajo manual, el cuerpo le pedía a gritos una ducha caliente y un sofá, no más ejercicio.
Estaba a tres manzanas de su calle, bordeando el parque municipal, cuando el ritmo de unas zapatillas contra el asfalto a su espalda le hizo girar la cabeza.
Una figura atlética, con ropa deportiva ajustada y un cortavientos gris, lo adelantó con una zancada fluida y elegante.
Al reconocer a Darragh, Sean no desaprovechó la ocasión, redujo un poco la marcha, giró la cabeza por encima del hombro y le lanzó una sonrisa cargada de esa ironía tan suya, sin perder apenas el aliento.
—¿Qué te pasa, ya estás cansado? —dijo, echándole un vistazo de arriba abajo—. Te veo un poco pesado hoy. ¿Se te está haciendo cuesta arriba el paseíto?
A Darragh se le encendió la sangre. Olvidó por completo que ya había hecho su carrera de primera hora, que tenía el estómago lleno con el desayuno de su madre y que los músculos le protestaban por el ejercicio y la poda. Su orgullo, como siempre que Sean andaba cerca, se puso al volante.
—Paso de tus tonterías, Sean —soltó entre dientes. Y, sin pensárselo dos veces, aceleró hasta ponerse a su altura y ajustó el ritmo a su zancada.
—Cuidado, no te vaya a dar un tirón —se burló Sean, mirándolo de reojo con evidente diversión—.
Sé perfectamente que vienes de casa de tus padres.
Conozco tus rutinas, Darragh. Vienes de hartarte de las tostadas con mantequilla de Deirdre y de trabajar en el jardín con Feargal.
Como intentes seguir mi ritmo, vas a acabar echando el desayuno.
—Puedo seguirte perfectamente —aseguró Darragh, molesto, aunque el estómago le daba un vuelco peligroso a cada pisada. Mantener el mentón alto y la vista al frente le estaba costando un esfuerzo titánico.
—Ya veo, ya... Se nota lo cómodo que vas —sonrió Sean.
Pero, a pesar de la pulla, Darragh notó un cambio sutil.
Sean, que solía correr a un ritmo bastante más exigente, acortó la zancada.
Lo disimuló ajustándose la manga del cortavientos, pero bajó la velocidad lo justo para que Darragh no se quedara atrás ni tuviera que reventarse los pulmones por mantenerse a su lado.
Siguieron corriendo juntos en un silencio tenso, aunque curiosamente acompasado, durante un par de manzanas. Sus respiraciones marcaban el compás sobre la acera. Con el orgullo a salvo y el pulso por las nubes, Darragh agradeció aquella tregua tácita, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
En el cruce donde se separaban sus caminos, Sean fue el primero en frenar, pasó a un trote suave y acabó parándose con las manos en las caderas, apenas sudado.
Darragh se detuvo dos pasos más allá y tuvo que doblarse un poco, con las manos en las rodillas, para coger aire con la mayor discreción posible.
—No ha estado mal para ir con el estómago lleno —comentó Sean, con una leve inclinación de cabeza, recuperando el aliento con una facilidad exasperante.
Darragh se irguió despacio, con su mejor cara de póquer, y se secó una gota de sudor de la frente.
—Podría haber seguido dos kilómetros más —mintió sin pestañear.
Sean soltó una carcajada y sacudió la cabeza.
—Claro que sí. Lo que tú digas. Nos vemos pronto... Y no te olvides de estirar, a ver si el lunes no vas a poder levantarte a coger los libros de los estantes altos.
Sin esperar respuesta, le guiñó un ojo, se dio la vuelta y reanudó la marcha con paso ágil, perdiéndose calle abajo. Darragh se quedó apoyado en una farola para recuperar el aire, viéndolo alejarse y preguntándose por enésima vez por qué le resultaba tan imposible no entrar al trapo con Sean Kelly.