Capítulo 4
«En la mitología gaélica, el aroma de la madera de cedro y del espino quemado se utilizaba en los ritos de purificación. Se creía que el perfume de ciertas especies sagradas despejaba la mente de ilusiones y obligaba a las personas a mostrar su verdadera naturaleza ante quienes las rodeaban».
Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .
D os días después del encontronazo en la biblioteca, Darragh seguía intentando convencerse de que la visita de Sean había sido algo puntual. Pero lo de que se hubiera llevado su libro no dejaba de rondarle la cabeza.
Aquella noche de viernes, el viento helado empujaba a casi todo el pueblo a refugiarse en casa o en el calor de The Rusty Anchor , el pub más concurrido de la zona.
Darragh no pensaba quedarse a tomar nada, había llamado antes para encargar su cena y la de Clara, y solo esperaba junto a la barra a que le prepararan el pedido.
Mientras esperaba, una palmada franca le cayó en el hombro.
—¡Darragh! Qué sorpresa verte por aquí un viernes a estas horas —dijo una voz grave y resonante.
Se volvió y se encontró de frente con Finn O'Sullivan.
Habían sido compañeros de clase en el instituto, y Finn siempre había conservado esa cercanía despreocupada.
Ahora era profesor de educación física en el mismo centro donde trabajaba Sean, y su presencia imponía todavía más; alto, de complexión atlética tras años de deporte, con el pelo oscuro un poco despeinado y unos ojos verdes que atraían miradas sin que él se molestara en darse cuenta.
Aquella noche no era distinta. Al otro lado de la barra, la nueva camarera que atendía los pedidos para llevar no paraba de sonreírle mientras limpiaba una copa, tardando mucho más de lo necesario para quedarse a su alcance.
Finn, ajeno a todo o ya acostumbrado a no darse por enterado, se limitó a dedicarle a Darragh una sonrisa.
—Hola, Finn. Solo he venido a recoger la cena —respondió este, abrochándose la chaqueta.
—Yo estoy igual, me ha tocado turno de avituallamiento —bromeó Finn, apoyando un brazo en la barra—. Oye, hablando de trabajo... El otro día salió tu nombre en la sala de profesores. Sean me contó que te había pedido material en la biblioteca para su clase de historia regional.
A Darragh se le tensó la nuca al oír el nombre de Sean soltado con tanta naturalidad. Disimuló mirando la pizarra con el menú del día.
—Ah, sí —murmuró, vago a propósito—. Pasó buscando unas fuentes. Nada del otro mundo.
—Pues no sonaba a nada del otro mundo —insistió Finn con una risa ligera, sin mala intención—.
Me dijo que estaba intentando convencerte para que fueras al instituto a hablarles a sus alumnos de tus investigaciones sobre historia y tradiciones locales.
Que sería una clase fantástica. ¿Al final vas a ir o le has dado esquinazo?
Darragh puso cara de póquer, como si la idea le resultara ajena.
—Ya sabes cómo es la gente aquí; dicen muchas cosas y no todas son ciertas —contestó, haciéndose el loco—. En la biblioteca hay un jaleo con las reservas que no me deja tiempo para compromisos externos. Y, de todas formas, esas peticiones tienen que hacerse por la vía oficial.
Finn lo observó un segundo con curiosidad, pero no insistió. En ese momento la camarera se acercó con una bolsa de papel humeante y la dejó frente a él, inclinándose más de la cuenta.
—Aquí tienes, Finn. Bien caliente, como te gusta —dijo, mirándolo fijamente.
—Muchas gracias, Aoife. Eres un sol —contestó él, pagando con toda amabilidad, sin enterarse del tono, o sin querer enterarse.
Darragh presenció la escena entre divertido e incrédulo.
Era fascinante cómo Finn arrancaba suspiros a su paso sin el menor esfuerzo y seguía tan al margen de la atención que despertaba.
Si Clara supiera que estaba allí mismo, tan atractivo y tan ajeno a todo, se inventaría cualquier excusa para presentarse, aunque fuera ella quien lo había mandado a él a recoger la cena.
Antes de que pudiera coger su propia bolsa, el móvil empezó a vibrarle en el bolsillo. Era Clara.
—Dime, Clara.
—¿Se puede saber en qué siglo te has quedado atascado, Darragh? —retumbó la voz impaciente de su amiga—. Dijiste que tardabas diez minutos y la comida se va a quedar más fría que el mar en invierno. Como me traigas las patatas blandas, no te lo perdono.
Darragh suspiró, aunque no pudo evitar sonreír, resignado.
—Ya tengo las bolsas. En cinco minutos estoy ahí, no te desesperes.
—Más te vale. Date prisa. —Y colgó sin más.
Darragh guardó el móvil y cogió la bolsa que la camarera acababa de dejar para él.
—Órdenes de arriba —le dijo a Finn a modo de despedida—. Clara se pone borde cuando tiene hambre.
Al oír ese nombre, a Finn le brillaron los ojos un instante.
—Pues no te entretengo —sonrió, dándole una palmada en la espalda mientras cogía su paquete—. Saluda a Clara de mi parte. Nos vemos por el pueblo, Darragh.
—Cuídate, Finn.
Salió del pub y el aire frío de la noche le golpeó la cara.
Mientras caminaba deprisa hacia el coche con las bolsas, la conversación le daba vueltas en la cabeza.
¿Desde cuándo andaba Sean Kelly contando en la sala de profesores que quería invitarlo a dar una charla en su clase?
La idea le parecía tan absurda como inquietante.
Darragh aparcó frente a la casa de su amiga y subió los tres peldaños del porche con las bolsas bien agarradas para que no se enfriaran. Apenas tuvo que llamar con los nudillos; la puerta se abrió casi enseguida.
El recibidor era un fiel reflejo de su dueña, un torbellino de actividad y un desastre entrañable.
Un abrigo colgaba del respaldo de una silla, había unas botas junto al paragüero y, sobre la mesa de la entrada, se amontonaban bocetos, tazas de té a medio beber y agendas abiertas por páginas al azar.
Para Darragh, que necesitaba que cada cosa tuviera su sitio, entrar allí era un ejercicio de contención.
—¡Por fin! Pensaba que te habías ido a cultivar las patatas —protestó Clara, quitándole las bolsas con una agilidad pasmosa para llevárselas directamente a la cocina.
—La comida rápida de The Rusty Anchor tiene sus tiempos —respondió él, quitándose la chaqueta y buscándole un hueco en el perchero, entre la montaña de bufandas de ella—. Además, me he encontrado en la barra con un conocido que tenía embobada a la camarera.
Clara reapareció en el arco de la cocina, repartiendo los envases por la mesa y apartando sin miramientos carpetas con pruebas de personajes y rotuladores desperdigados.
—¿Quién? ¿Algún vecino cotilla, para variar?
—No exactamente. Me he topado con Finn.
Clara se quedó paralizada con el bote de sriracha en la mano. Levantó la cabeza despacio y clavó los ojos en los de Darragh con una intensidad casi teatral.
—¿Finn? ¿Finn O'Sullivan? ¿El que mide casi dos metros y tiene la maldita costumbre de parecer un modelo hasta en chándal?
—El mismo —asintió él con una sonrisa, sentándose a la mesa tras hacer sitio a su comida—. Estaba recogiendo su cena.
—¡No me lo puedo creer! —exclamó ella, llevándose las manos a la cabeza y dejando caer los hombros con un dramatismo desmesurado—.
Tenía que haber ido yo. ¿Por qué te habré mandado a ti?
Habría tenido la excusa perfecta para charlar con él un viernes por la noche.
Habríamos comentado el tiempo, la comida para llevar...
A lo mejor hasta se habría ofrecido a compartirla...
—Bueno, le he dicho que se te enfriaba la cena y que te pones borde cuando tienes hambre —comentó Darragh mientras pinchaba una patata.
—¡Darragh! —le recriminó ella con los ojos como platos—. ¿Le has dicho eso de mí? Eres una causa perdida para las relaciones humanas, te lo juro. ¿Y qué ha dicho él? ¿Se ha reído? ¿Ha puesto cara de espanto?
—Se ha reído. Y me ha dicho que te mande recuerdos.
El enfado de Clara se evaporó al instante. Se quedó callada un par de segundos, asimilándolo, mientras una sonrisa pequeña se le instalaba en los labios.
—¿Ha dicho eso? ¿«Saluda a Clara»?
—Palabra por palabra. Aunque antes hemos tenido que ver cómo la camarera intentaba llamar su atención enseñándole hasta el carné de conducir, y él ni se ha enterado. Es ciego para esas cosas.
—No es ciego —corrigió Clara, ya recuperada, sentándose frente a él y abriendo su recipiente—. Es que tiene el listón alto. Y hablando de gente insoportable... ¿te ha vuelto a dar la lata mi hermano?
Darragh suspiró, acordándose de lo que le había contado Finn.
—Finn me ha dicho que Sean anda pregonando en la sala de profesores que me va a invitar a dar una charla a sus alumnos sobre mis investigaciones.
Clara soltó una carcajada.
—Menudo provocador, mi mellizo. Sabe exactamente qué tecla tocar para sacarte de quicio.
—No lo hace por eso, sino para demostrar que es mejor que yo.
—Ya no estáis en clase. No podéis comparar notas —se quejó Clara.
—Precisamente. ¿Cómo va a demostrar que sabe más que yo si no me hace ir a su clase?
Clara lo miró fijamente, como si sopesara decir algo más. Al final, fuera lo que fuese lo que estaba pensando, decidió callárselo.
—Estas patatas están buenísimas.
—Totalmente de acuerdo —contestó Darragh, aliviado de que Sean no fuera el tema de la noche.