Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

«Los nudos celtas no tienen principio ni fin. En el esoterismo tradicional simbolizan el bucle eterno del destino, la memoria y las deudas pendientes. Se decía que, si un lazo del pasado no se resolvía con verdad, el universo seguiría atando a las mismas dos personas en un ciclo sin fin».

Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .

D arragh estaba en el pasillo de narrativa, subido a una escalerilla de dos peldaños, intentando encajar tres volúmenes encuadernados en el estante de arriba.

Iba concentrado en lo suyo cuando una leve corriente de aire, un inconfundible olor a lluvia y un perfume masculino que conocía bien le avisaron de que alguien acababa de pararse a su lado.

Para su fastidio, no necesitó girarse para saber quién era.

—Esa escalera no parece muy firme —dijo una voz familiar—. Sería una pena que el bibliotecario estrella sufriera un accidente laboral. Aunque, pensándolo bien, igual el golpe te mejoraba el carácter.

Darragh cerró los ojos un segundo, suspiró y bajó despacio los dos peldaños antes de volverse.

Sean Kelly estaba apoyado en la estantería de enfrente, con las manos en los bolsillos de su chaqueta barbour y una sonrisa de suficiencia.

—Mi carácter está perfectamente, gracias —dijo Darragh, tranquilo, aunque se cruzó de brazos—. Pero dime, ¿te has perdido buscando la sección de libros de texto? ¿Puedo ayudarte en algo?

—La verdad es que sí —respondió Sean, dando un paso adelante y ladeando la cabeza—. Necesito ayuda para encontrar un libro concreto.

Darragh levantó una ceja, escéptico.

—Hay un catálogo digital justo en la entrada. Un ordenador con un programa bastante intuitivo, incluso para ti.

—Ya, pero el catálogo no tiene tu encanto personal —sonrió Sean, acercándose a la estantería que Darragh acababa de ordenar.

Pasó el índice por el lomo de un ejemplar recién colocado—.

Además, que yo sepa, cobras un sueldo público.

Tu deber es atender a los ciudadanos que buscan lectura.

Y hoy yo soy un usuario muy necesitado de orientación.

Darragh apretó los dientes. Que Sean le interrumpiera el turno le resultaba, a partes iguales, molesto e interesante, y eso era lo que más le molestaba.

—Dime qué buscas antes de que me acuerde de que puedo pedirte que abandones la sala por entorpecer el trabajo del personal.

—Busco lo último de Asphodelus Walsh —dijo Sean, con un tono que pretendía ser inocente aunque en sus ojos bailaba la provocación—. Sé que acaba de salir y tengo entendido que habéis recibido algún ejemplar para préstamo.

A Darragh se le heló la sangre un instante, aunque lo disimuló con una mueca de desdén. Que Sean fuera a la biblioteca a pedir su libro, el que había escrito bajo seudónimo, era un dardo directo al orgullo.

—¿Asphodelus Walsh? —repitió, esforzándose por sonar neutro—. Creía que alguien como tú solo leía biografías de reyes muertos y tratados sobre la Edad Media. ¿Desde cuándo te interesa lo esotérico?

—Un buen historiador debe tener la mente abierta a la mitología y al folclore —contestó Sean con soltura, acercándose un paso más—.

Y, sobre todo, me tienta el ahorro. ¿Para qué voy a gastarme veintitantos euros en la librería del centro si puedo hacer que me lo gestiones tú, gratis?

Es la ventaja de tener a un profesional tan competente al volante del servicio público.

Esa tacañería fingida y el tonito mordaz le tensaron la mandíbula. Le hervía la sangre al imaginar a Sean leyendo sus palabras, hojeando sus páginas y destripándolas sin haber pagado ni un céntimo, y encima obligándolo a él a tramitar el préstamo.

—Acompáñame al mostrador de reservas, por favor —murmuró con una frialdad muy profesional, echando a andar por el pasillo—. Voy a comprobar si el ejemplar está disponible o si, por desgracia para ti, hay una larga lista de espera.

—Qué amable —murmuró Sean, siguiéndole de cerca—. Si sigues tratándome tan bien, voy a empezar a pedirte recomendaciones todos los días.

Durante el trayecto y la búsqueda en la base de datos, el pasillo se convirtió en un campo de batalla.

Cada vez que Darragh tecleaba, soltaba un comentario ácido sobre el criterio literario de Sean, y el profesor de historia respondía con réplicas rápidas, poniendo en duda su capacidad para juzgar los gustos de los usuarios y lanzando pullas de doble sentido sobre las ganas que tenía de leer el libro.

Era un toma y daca habitual entre ellos, cargado de ironía, en el que ninguno estaba dispuesto a ceder un palmo.

La tensión se palpaba tanto que no tardó en llamar la atención del resto del personal.

Mary llevaba un buen rato observando la escena desde el otro extremo de la sala, con la sospecha de quien lleva cuarenta años trabajando allí. Se acercó a paso lento pero firme y se detuvo junto al mostrador, colocándose las gafas y mirando alternativamente a Darragh y a Sean.

—Señor Murphy —intervino, con la voz justa para cortar en seco una réplica mordaz de Sean—. ¿Hay algún problema con este usuario?

—Ninguno, Mary —respondió Darragh enseguida, enderezándose tras la pantalla—. El señor Kelly solo estaba... tramitando el préstamo de un libro.

Mary miró a Sean de arriba abajo, sin dejarse engañar lo más mínimo.

—Ya —dijo, arqueando una ceja hacia Darragh—. Es que me preguntaba por qué los mellizos Kelly están tan empeñados últimamente en entorpecer tu trabajo. Primero la hermana, que se pasó por aquí ayer mismo, y ahora él.

Sean dejó escapar una risita.

—No hay nada que discutir, Mary —dijo Darragh, sin mirarlo—. Ya le estaba tramitando el préstamo al señor Kelly.

—Perfecto —concluyó Mary, y se dio la vuelta.

Cuando la bibliotecaria regresó a su puesto, Sean cogió el ejemplar de Asphodelus Walsh que Darragh acababa de registrar y lo contempló unos segundos, con un brillo de diversión y victoria en los ojos.

—Bueno, bibliotecario —dijo en voz baja, sopesando el libro con una lentitud exasperante—. Me lo llevo para mi lectura nocturna. A ver si el famoso Walsh es tan interesante como dicen... o si sus fans solo lo siguen por su aspecto.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y echó a andar hacia la salida, sin ninguna prisa.

Darragh se quedó inmóvil tras el mostrador hasta que oyó cerrarse la puerta principal.

Entonces soltó el aire de golpe y se pasó una mano por la cara, intentando recomponer la compostura profesional y el pulso.

Fue entonces cuando notó otra sombra a su lado. Brian, con un carro lleno de libros por clasificar, se había parado a su izquierda. Miraba hacia la puerta por la que acababa de salir Sean y, después, a Darragh, con una mezcla de curiosidad descarada y sorpresa.

—Menudo elemento —comentó en tono confidencial, apoyando los codos en el manillar del carro.

—Un dolor de cabeza, eso es lo que es —refunfuñó Darragh, recolocando los papeles del mostrador para disimular los nervios.

Brian ladeó la cabeza con una sonrisa socarrona que no presagiaba nada bueno.

—¿Es tu novio?

Darragh se quedó de piedra. Los papeles casi se le escurrieron de los dedos. Se giró hacia su compañero con los ojos como platos.

—¿Perdona? ¿Qué tontería es esa, Brian? Es Sean Kelly. Y no, no es nada mío, y mucho menos... eso.

Brian soltó una risita y se encogió de hombros con la naturalidad de su edad.

—Oye, no te pongas así, que solo preguntaba. Es que llevaba ahí diez minutos y juraría que estabais coqueteando. Con tanta miradita, tanta pulla, cómo os medíais... Parecía una escena de novela romántica.

Darragh se quedó sin palabras, notando que el calor le subía a las mejillas, esta vez no por el trabajo sino por pura estupefacción.

—No estábamos coqueteando —espetó, pronunciando la palabra como si fuera un insulto—. Estábamos discutiendo. Es un usuario insoportable y un provocador. Y ahora, si no te importa, vuelve a colocar esos libros antes de que le pida a Mary que te asigne la revisión del inventario del sótano.

—Vale, vale, entendido —dijo Brian, levantando las manos en son de paz, aunque la sonrisa burlona no se le borró mientras se alejaba con el carro—. Lo que tú digas, jefe.

Darragh se quedó solo tras el mostrador, intentando concentrarse en la pantalla. Pero la imagen de Sean llevándose su libro y la pregunta de Brian se le habían quedado clavadas en la cabeza.