Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

«Las thin places (“lugares delgados”) son sitios sagrados de la geografía celta donde el velo entre lo terrenal y lo divino se vuelve casi transparente.

Aunque los antiguos sabios los buscaban para comulgar con los dioses y los ancestros, las leyendas locales aseguran que también alteran el destino humano, haciendo que las almas conectadas por el hilo del tiempo sientan un tirón magnético e inexplicable antes de cruzarse».

Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .

L a mesa redonda del rincón que ocupaban Darragh y Clara conservaba los restos de la cena que habían compartido al terminar la jornada.

Él tenía la espalda apoyada en el respaldo de madera y la pinta en la mano, y escuchaba a su amiga contar cómo había ido la impresión de sus láminas.

El ambiente del pub invitaba a charlar sin prisa.

—Te juro que el impresor casi se carga la tirada porque no daba con el tono exacto del pelaje del tejón —se quejó Clara, empujando hacia él la última hamburguesa que quedaba en el plato del centro.

—Menos mal que eres una mujer de carácter y sabes exigir lo que necesitas —respondió él, dejando la cerveza para coger el plato—. Sin esa insistencia tuya, tus lectores habrían recibido un tejón del color equivocado.

Clara soltó una carcajada corta y cruzó los brazos sobre el borde de la mesa.

—Si no supiera que me quieres, pensaría que te estás riendo de mí.

—¿Yooooo? —preguntó él, poniendo cara de inocente.

Ella se rio sin tomárselo en serio. Al fin y al cabo, era verdad que podía ser muy exigente con su trabajo y con todo lo que le importaba.

—Me alegro de que hayas desconectado un rato del teléfono. Esta tarde pensaba que te iba a dar algo con tantas notificaciones —contraatacó.

—Intento llevarlo lo mejor que puedo —admitió Darragh con una sonrisa mientras compartía el postre con ella—. Lo he dejado en la mochila para no mirarlo cada vez que suena.

La charla siguió tranquila hasta que una figura alta que cruzaba el local hacia la barra les llamó la atención a los dos.

Sean Kelly, con una chaqueta oscura sobre una camiseta gris y la cartera en la mano, esperaba a que el camarero le entregara la bolsa de comida para llevar que había encargado por teléfono.

Al girarse hacia la puerta con el pedido en los brazos, sus ojos azules se toparon con la mesa del rincón, donde su hermana y Darragh lo observaban en silencio. Sin pensárselo, se colocó la bolsa bajo el brazo y fue hacia ellos con paso decidido.

—Vaya, qué sorpresa encontraros aquí —comentó con sorna, a sabiendas de que allí cenaban juntos casi todas las noches. Se detuvo junto a la mesa y miró a Darragh, divertido—. No sabía que las celebridades de la literatura cenaban en los mismos sitios que el resto de los mortales.

Darragh se enderezó de inmediato.

—Es un local público —respondió con sequedad—. Venimos mucho, aunque algunos preferimos cenar tranquilos, sin interrupciones.

Sean arqueó una ceja, lejos de ofenderse, y la comisura de los labios se le curvó en una sonrisa que dejaba claro lo mucho que se estaba divirtiendo.

—Veo que sigues igual de simpático —dijo, mirando a su hermana—. No sé cómo consigues que no te contagie el mal humor, Clara.

—Es un don que he desarrollado a base de práctica —contestó ella, guiñándole un ojo—. ¿Y tú qué haces por aquí con tanta comida?

—He quedado con los chicos para jugar al póquer en casa, como todas las semanas —explicó, levantando un poco la bolsa de papel, de la que salía olor a patatas fritas—. Esta vez me toca poner la cena.

Darragh mantenía la vista clavada en la mesa y recogía sus cosas con movimientos lentos para no tener que mirarlo.

—Pues no te entretenemos más —dijo, seco—. Tus amigos estarán esperando, y nosotros íbamos a pedir la cuenta.

Sean soltó una risita suave que le marcó las arrugas alrededor de los ojos. Disfrutaba con la incomodidad que el mejor amigo de su hermana no sabía disimular.

—Sin prisas, Murphy, aunque te agradezco que te preocupes por mi puntualidad —dijo, retrocediendo un paso sin dejar de mirarlo—. De todas formas, nos veremos pronto. Tenemos que cerrar los detalles de la charla del instituto.

Darragh apretó los labios sin contestar y observó cómo Sean se despedía de Clara con un gesto cariñoso antes de dirigirse a la salida.

Darragh entró en casa con ganas de dar por terminado un día que se había complicado después de la cena.

Dejó las llaves sobre la cómoda del recibidor y se fue directo al dormitorio.

Puso el móvil, que había dejado en silencio para evitar distracciones, en la mesilla de noche; encendió la lamparita y apagó la luz del techo.

Se quitó los zapatos, se dio una ducha rápida y, ya con el pijama puesto, volvió a la habitación dispuesto a dormir.

Pero, por cansado que estuviera, no lo consiguió. Su cabeza se lanzó a dar vueltas, y el protagonista de todas ellas era su antiguo compañero de clase.

Con Clara todo era fácil. Su amistad era sincera y reconfortante, y había ido creciendo con los años hasta que la consideró parte de su familia.

Se entendían con una mirada, respetaban los silencios del otro y compartían un sentido del humor que les permitía ser ellos mismos, sin máscaras ni exigencias.

Con Sean, en cambio, pasaba justo lo contrario.

Se recolocó sobre la almohada, irritado por lo mucho que aquel hombre alteraba su compostura habitual.

Le sacaba de quicio cómo lo miraba cuando se cruzaban, con esa ironía constante que parecía poner a prueba su paciencia en cuanto intercambiaban dos frases, por banales que fueran.

Le molestaba el tono tan seguro con el que le hablaba.

Y, lo más raro, le fastidiaba todavía más la idea de que un día pasara de largo y lo ignorara; una rabia igual de tonta que no sabía cómo justificar ante sí mismo.

Se quedó boca arriba, con la vista clavada en un techo que la oscuridad total hacía invisible.

No entendía de dónde le salía aquella inquietud, que le acompañaba desde la tarde, ni por qué las pullas de Sean lo descolocaban tan deprisa.

Y le fastidiaba admitir que la idea de dar una charla en su clase sobre folclore irlandés le tentaba más de lo que estaba dispuesto a reconocer.

Recordar la adolescencia tampoco ayudaba, porque entonces las cosas entre ellos no habían ido mejor.

Los dos sacaban notas excelentes, pero Sean, además, era un deportista popular que aprovechaba cualquier ocasión para picarle con las calificaciones.

Lo que para uno era un simple pasatiempo, para Darragh era cuestión de vida o muerte, tenía que superarlo.

Aquella rivalidad de las aulas había sobrevivido al paso de los años y a veces sentía que cada gesto de Sean estaba pensado para sacarlo de sus casillas.

Y, sin embargo, deseaba que se mantuviera lejos y, al mismo tiempo, esperaba con una rara impaciencia el siguiente encuentro.

Esa contradicción le pinchaba de pura frustración consigo mismo.

Harto de dar vueltas a lo mismo sin llegar a ninguna parte, suspiró hondo y cerró los ojos para cortar la espiral que amenazaba con mantenerlo despierto hasta el amanecer.

Obligó a su mente a centrarse en el esquema del próximo libro que pensaba escribir como Asphodelus Walsh, las propiedades que atribuiría a cada tipo de cristal en el nuevo volumen, la estructura de los capítulos sobre el folclore ancestral de la isla, las fuentes históricas que consultaría al día siguiente en las estanterías de la biblioteca.

Con la cabeza puesta en lo único que le apasionaba y que le devolvía el control, acabó quedándose dormido en la oscuridad de su cuarto.