Maldita Magia (Magia 2)
© inepub.com
Capítulo 1
«En la antigua tradición celta, los umbrales de tiempo (el amanecer, el crepúsculo y los límites entre estaciones) son considerados “tiempos fuera del tiempo”.
Se creía que en estos instantes el velo entre mundos se volvía tan delgado que las coincidencias dejaban de ser azar para convertirse en presagios».
Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .
L o primero que hizo Darragh al abrir los ojos fue coger el móvil de la mesilla, donde llevaba toda la noche cargándose, y echar un vistazo a las redes.
Eso de promocionar sus libros haciéndose influencer estaba resultando bastante más complicado de lo que había imaginado.
Durante años había vivido en el anonimato, hasta que su agente le sugirió que se diera a conocer y, en cuanto lo hizo, las ventas y los seguidores se dispararon.
Suspiró al ver el aluvión de notificaciones pendientes y se levantó a por una dosis de café antes de prepararse para ir al trabajo que de verdad le daba de comer, la biblioteca.
Era bibliotecario en Kilkenny y, una vez al mes, le tocaba también llevar la biblioteca móvil que recorría todo el condado.
Le encantaba su trabajo, pero lo que de verdad le apasionaba era el mundo esotérico, y por eso escribía sobre el poder de las velas y los cristales o sobre la historia de las brujas en Irlanda.
Hasta hacía unas semanas, muy poca gente sabía que detrás del seudónimo de Asphodelus Walsh se escondía el bibliotecario de la ciudad.
Había temido que, al salir a la luz su identidad, se armara un desastre; pero no solo no ocurrió nada de eso, sino que los lectores, intrigados por conocer a la persona que firmaba esos libros, se interesaron todavía más.
Clara, su mejor amiga, estaba convencida de que la mayoría de sus lectores eran mujeres y de que la explicación era sencilla, por su aspecto.
Darragh las había defendido, pero tanto Clara como su agente insistían en que parte del éxito se debía a su atractivo.
Según ellas, los pelirrojos eran irresistibles.
Fuera como fuese, vendía mucho más de lo que se habría atrevido a soñar unos meses atrás e incluso le habían ofrecido hacer entrevistas en podcasts de historia de Irlanda y folclore.
Aquella mañana estaba tras el mostrador de madera que ocupaba el centro de la biblioteca, enfrascado en una pila de libros de historia local que tenía que catalogar antes del mediodía, cuando se abrió la puerta principal.
No hizo falta que levantara la vista. Reconocería en cualquier parte el paso firme de los botines de Clara Kelly sobre las baldosas del vestíbulo.
Su amiga avanzó entre las estanterías con la soltura de quien se conoce el sitio de memoria.
Llevaba una chaqueta de pana con manchas de pintura en el puño y la melena pelirroja, más caoba que la de él, recogida en un moño atravesado por un lápiz del número cuatro.
Cualquiera que los viera juntos habría jurado que eran familia, los dos pelirrojos y con la piel salpicada de pecas.
—Buenos días al autor más cotizado del condado —dijo Clara al llegar, apoyando los codos en la madera desgastada por los años—. ¿Tienes cinco minutos para tus admiradores o tengo que pedir cita a tu agente?
Darragh no pudo evitar sonreír, aunque intentó disimularlo mientras se colocaba las gafas de leer. Era demasiado presumido para llevarlas puestas todo el día.
—Baja la voz, Clara —susurró, señalando las mesas donde tres estudiantes intentaban concentrarse—. Esto es una biblioteca.
—Perdón —dijo ella, con una mano en el pecho—. No quería interrumpir al gran Asphodelus Walsh en sus labores.
Una garganta se aclaró a sus espaldas. Mary, la bibliotecaria veterana, acababa de salir de la sección de cartografía, con la falda por debajo de las rodillas, las gafas colgadas de una cadena sobre el pecho y una mirada severa. Se la clavó a Clara y luego la desvió hacia Darragh.
—Señorita Kelly —dijo, en un tono firme pero adecuado al lugar—. Le recuerdo que esto es un espacio de estudio, no la plaza del mercado.
—Lo siento, señorita Morrigan —respondió Clara con una sonrisa que no consiguió ablandar a la mujer—. Solo venía a hacerle una consulta a Darragh sobre un documento que necesito para uno de mis trabajos.
Mary resopló, se recolocó el montón de mapas que llevaba bajo el brazo y se marchó hacia el archivo central, no sin dedicarle antes una última mirada de advertencia a la pareja. Darragh esperó a que desapareciera tras la puerta del fondo para taparse la cara con las manos.
—Mientes fatal —le dijo a Clara, aunque los ojos le brillaban de diversión—. Lleva toda la mañana buscando una excusa para endosarme un turno doble en la biblioteca móvil el mes que viene. Como me mande a la costa un día de lluvia, será por tu culpa.
—Pero si Mary te adora —replicó Clara, dándole un golpecito en el brazo—. Eres su favorito desde que le ordenaste la sección de botánica. Y no he venido a meterte en líos, sino a ver cómo llevas lo de ser famoso.
—Mal —admitió él mientras escaneaba el código de barras de un libro sobre la peste negra—. El móvil no para. No sé de dónde sacan tiempo los demás para estar todo el día en redes; yo apenas consigo prepararme un café por las mañanas.
Clara se echó hacia atrás y se puso una mano en la cadera.
—Eso te pasa por haber guardado el misterio tanto tiempo. Ya te dije que, cuando se supiera que el místico Asphodelus Walsh era en realidad un bibliotecario pelirrojo, de ojos verdes y con cara de buena persona, el público se iba a volver loco. Y no me equivocaba.
—No es por eso —protestó él, bajando otra vez la voz al notar la sombra de Mary cerca del catálogo—. Mis lectoras aprecian las propiedades de los cristales y el rigor histórico de mis textos sobre las brujas irlandesas.
—Claro, y los tres mil «me gusta» de tu última foto con un ramo de lavanda son por tus conocimientos de botánica —dijo Clara, riéndose—. El misterio vende, pero un escritor guapo vende más.
Darragh puso los ojos en blanco, aunque el rubor de las mejillas lo delató. Para cambiar de tema, señaló la carpeta de cartón que Clara llevaba bajo el brazo.
—¿Qué traes ahí? ¿Es lo que tienes que entregar a la editorial?
A ella se le iluminó la cara en cuanto empezó a hablar de sus proyectos. Abrió la carpeta sobre el mostrador y le mostró varias láminas pintadas a la acuarela.
—El borrador del cuento nuevo —explicó, pasando los bocetos—.
El texto ya está terminado y esta semana entrego los originales.
Va de un tejoncito que vive en los bosques de Glendalough y le tiene miedo a la oscuridad, así que se pone a coleccionar luciérnagas en frascos de cristal para fabricarse una lámpara.
—Eso suena un poco cruel —comentó él, y se ganó una mirada de reproche.
Para hacerse el despistado, se inclinó sobre el mostrador a mirar los dibujos.
El trazo era cuidadoso, el pelaje del tejón parecía suave y la luz de las luciérnagas destacaba sobre el papel.
Clara no solo ilustraba libros ajenos, también escribía sus propios cuentos infantiles, con una sensibilidad que encandilaba tanto a niños como a adultos.
—Es precioso —dijo, rozando el borde de una lámina con la yema del dedo para no mancharla—. El contraste entre los oscuros del bosque y el dorado de la luz es una maravilla. En cuanto salga, vas a agotar la edición.
—Eso espero, porque mi hermano me ha dicho tres veces esta semana que debería buscarme un trabajo con ingresos fijos —contestó ella con una mueca mientras recogía las láminas.
Al oír hablar de su hermano, Darragh se puso tenso, y Clara lo notó al instante.
—Y hablando de mi hermano —continuó, con un tono de inocencia fingida y un brillo travieso en los ojos—.
Ayer me preguntó si le habías dicho algo del programa del instituto para el mes cultural.
Dice que, ahora que eres una celebridad local, igual te animas a dar la charla sobre folclore celta que sugirió la dirección.
Darragh resopló y se interesó de pronto por el sello de la biblioteca que descansaba sobre la mesa.
—Sabe perfectamente que la biblioteca colabora con el instituto todos los años. Si quiere confirmar fechas, que mande un correo oficial al registro en vez de enviarme recados contigo.
—Anda ya, ni que fuerais a pelearos si coincidís en un aula —dijo Clara entre risas—. El instituto acabó hace diez años. Ya va siendo hora de que superéis esa rivalidad por ver quién sacaba mejores notas en historia.
—No era una rivalidad. Él era un creído que se pensaba el dueño del lugar porque jugaba en el equipo de fútbol —replicó Darragh.
—Y tú eras ese alumno que corregía a los profesores en mitad de la clase —añadió ella con un guiño—. Hacíais una pareja, como mínimo, curiosa.
Antes de que pudiera responder, una sombra volvió a caer sobre el mostrador. Mary había vuelto con un par de carpetas en las manos.
—Señorita Kelly —dijo, mirando el lápiz que le sujetaba el moño—. Si ya ha terminado de usar las instalaciones como salón de té, le agradecería que dejara al señor Murphy volver a sus tareas. Tenemos tres cajas de donaciones esperando en el depósito.
—Entendido, señorita Morrigan —respondió Clara mientras guardaba las acuarelas—. Ya me voy.
Se volvió hacia su amigo, le guiñó un ojo y le habló en voz baja:
—Nos vemos luego para el té. Procura que no te sancionen por sonreír.
Darragh negó con la cabeza mientras la veía salir a la calle. Luego miró a Mary, que seguía con las cejas levantadas.
—A trabajar, señor Murphy —dijo la bibliotecaria antes de darse la vuelta.
—¿Sabes, Mary? No te van a pagar más por vigilar a tus compañeros —le soltó él mientras cogía el siguiente libro de la pila y pensaba en cómo esquivar a Sean Kelly cuando la dichosa charla del instituto fuera inevitable.