Maldita CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

Erzsébet esperó en la sala de su fortaleza de Presburgo, eran los primeros días de septiembre.

Había reaccionado con una lucidez renovada.

Los últimos acontecimientos la habían despabilado, había entendido, después de todo, que podía ser procesada, que podían endilgarle eso, las culpas, las responsabilidades, los estigmas.

Comprendió que podía llegarle la hora de perder todo y el corazón se le aceleró, perder la vida, ¿había tenido una?

, perder la alegría, ¿la misma que sentía el mundo?

, perder la belleza. Y sintió una puntada en el medio del pecho, el dolor dentro de su laberinto.

Había convocado a los funcionarios pertinentes a su casa, había decidido redactar su testamento, quería asegurarse de distribuir, como correspondía, los bienes entre sus descendientes.

Llegaron los once dignatarios del trono, Erzsébet los recibió rodeada por algunos miembros de su personal. Les indicó que se sentaran, ella se dispuso a leer, en voz alta, lo que había escrito:

3 de septiembre de 1610, Presburgo

Yo, Erzsébet Báthory, viuda del noble Ferencz Nádasdy, declaro encontrarme en mal estado de salud y avanzada edad, por lo que ya no deseo cumplir con las obligaciones del mundo material.

He decidido dividir los bienes de mi esposo, así como los míos, en tres partes, incluyendo el regalo de bodas, el castillo de Čachtice, en partes iguales. Nombro a mi hijo Pavel como propietario y poseedor de los bienes, hasta que mis hijas y sus esposos se reúnan para llegar a un acuerdo.

Les solicito a mis hijas y yernos que no intervengan en la posesión de Pavel de Sárvár, Kapuvár, (86) Lockenhaus y Kanizsay (87) antes de que alcance la mayoría de edad.

Me avengo con todas las de la ley, para que se cumpla, y sin más…

La condesa cumplió con todos los requisitos legales para que nadie pudiera impugnarlo, y lo hizo frente a los hombres del rey para que el tesoro real no se atreviera a confiscarle sus bienes, si se transformaba en una convicta criminal.

Y quiso quedarse sola, en la más completa soledad, para enfrentar lo que se venía. Ella podría con todo, y les haría frente como siempre había sucedido. Miró hacia adelante y solo vio el bruto brillo de la eternidad, y quiso extirparse de sí la humedad de las tinieblas.

Le llegó información de los movimientos de Thurzó.

En cada una de sus residencias tenía una corte de adulones fascinados con llevarle chismes a la señora.

Los tenía bien comprados. Y así se enteró de que el palatino perseguía a sus sirvientes en busca de carroña, supo que uno de sus súbditos le había cortado la pata del caballo a un borracho llamado Gaspar Tataj, y se había armado una gresca descomunal.

Como si un canto de sangre eterna le hubiera subido hasta los ojos, Erzsébet le escribió al palatino para informarle, con antelación, sobre todo el asunto, porque “si mi sirviente hubiera hecho daño a Tataj, lo habría castigado conforme a la ley, pero toda la culpa es de Tataj.

Solicito que Vuestra Señoría ordene el castigo y ejecución pertinentes…”

. La condesa dejaba en claro que sabía algo por sus sirvientes y que Tataj, como subordinado de Thurzó, se había atrevido a decir algo en su contra.

Algo se tramaba en su contra, lo sabía bien.

A fines de octubre emprendió el regreso a Čachtice en sus carruajes.

Tenía todo bajo control, ya nadie podría intimidarla.

Viajaba con el testamento sellado y escondido cuidadosamente en su cofre, el mismo donde dormía el apunte de sus presas, de sus amadas jovencitas, de sus niñas de vida trunca que le habían donado, a ella, la eternidad.

Marchaba con los ojos negros de cólera, esa furia que la mantenía viva, a veces a fuego lento, otras abrasada, vivita y felina, lenta pero con la misma capacidad de asombro de sus tiempos infantes, en todos los casos, con el miedo a la extinción.

Ella, el ángel negro que sobrevolaba las puertas del infierno tan enigmático.

* * *

La madrugada previa a la Nochebuena, Erzsébet descendió a la celda subterránea del castillo, la que albergaba las pociones, los utensilios secretos, las herramientas infernales, la parafernalia de hierro, siempre listos para calmar los apetitos de la dama.

Sobre un madero descansaban las hierbas mágicas, las plantas de los Cárpatos de tallos jugosos y frutos brillantes, los capullos de rosas desvaídas y también las de morados intensos, y las canastas de pétalos desangrados, prestos a cocinarse en los fuegos,

para luego transformase en los menjunjes divinos que pintarían su cuerpo para sellar el pacto.

La condesa se quitó las ropas, también la piel de zorro que gustaba de ostentar, y Majorova embebió un paño en la olla que se cocinaba sobre el brasero y recorrió la desnudez de la señora.

Erzsébet dio comienzo a un murmullo inquietante, el conjuro infernal o celestial, poco le importaba.

Ella se elevaba por sobre todos, hundía en el oprobio a sus enemigos con esa plegaria aprendida en la oscuridad de los bosques.

Ahora y aquí, yo sola, nada más que yo, arrojada en el seno tan suntuoso, mi dios hará que tenga la fuerza de sobrevivir a mil muertes, bien despierta en este abismo de glorias, dame las fuerzas para padecer este goce sobrehumano, viviré sin dejar de ser y gimo, y vivo más, todavía más.

Y cúmpleme mis pedidos, una larga noche mortal para el Habsburgo desleal, Matías infecto, y contra el gran palatino Thurzó, y el Rojo Magyeri y todos aquellos que busquen mi perjuicio.

Me veo capturada por la felicidad, por la luz…

, repetía Erzsébet con la mirada perdida.

Y pasó la Navidad sola, acompañada por su corte impiadosa que le había cumplido las razones de su vida.

Le habían traído algunas campesinas ingenuas y las habían encerrado en los sótanos, aguardando su hora señalada, ese mismo instante que eligiera la condesa para calmar su ansia.

Nunca era suficiente, los impulsos llegaban o no, pero había que estar listos.

Y arrastró sus espectros hasta ahí sin esperar o prever el final de sus noches, llevando adelante sus días helados, su vida helada.

¿Cómo había sucedido todo hasta ese instante, y por qué aún todo era tan desolado?

Erzsébet celebraba esos últimos días del año, esas fiestas luminosas pero tan oscuras, y las sintió ajenas. Y tuvo sed, mucha sed.

Vio la desnudez de su alma echando maleficios. Cubrió su mente de nubes y buscó no verse sin reino, sin poder, sin furor. Ella, siempre reina.

* * *

Después de Navidad, el Parlamento de Viena tomó la decisión tan temida por varios.

En los tres días previos se habían ocupado de atender los reclamos de la aldea de Čachtice, además de la denuncia del pastor Magyeri.

Diligente, Matías II envió a un emisario a Presburgo con un mensaje para el palatino.

Le ordenaba que se presentara inmediatamente en el castillo para enterarse, por sí mismo, qué era lo que ocurría dentro de esos muros de piedra, que abriera una investigación y castigara a los culpables. Fuera quien fuese.

Thurzó partió rumbo a Čachtice con su séquito, entre los que se encontraban los yernos de Báthory y el tutor de Pavel, el hijo menor de la condesa. Llegaron el 30 de diciembre por la mañana al castillo. Erzsébet no estaba allí, pero lo que vieron fue aterrador.

Custodiados por hombres provistos de antorchas, que conocían los laberintos secretos del castillo, descendieron por unas escaleras hasta llegar a los sótanos, desde donde llegaba una emanación pútrida.

Thurzó, Zrínyi y Dugreth debieron cubrirse las fauces con sendos pañuelos, pues les fue imposible respirar.

Y entonces se adentraron a una sala con los muros salpicados de sangre, una “doncella de hierro” en un rincón, y vieron las celdas donde encarcelaban a las jovencitas, con paredes de piedra estrechas y bajas, y las bifurcaciones del subterráneo,

una que conducía hacia las colinas y la otra que iba hacia la aldea y llegaba a los sótanos del castillo menor.

Postrada sobre el suelo había una moza desnuda con la carne destrozada, la melena sucia y arrancada a mechones, estaba muerta; en otro de los recovecos, encontraron a unas mujeres en plena faena de tortura a unas niñas, junto a un joven enjuto que las asistía.

—¡Vigilen a estos monstruos y encarcélenlos hasta que se les aplique la ley! —ordenó el palatino.

Afuera, cerca de la entrada del castillo, encontraron a una joven en plena agonía que había logrado escapar del sacrificio.

A su lado, otra muerta por las múltiples heridas y torturas.

Además, había una niña sentada, martirizada y herida, y otra atada con tanta fuerza que la soga había roto la carne, lista para ser torturada.

—¡Busquen a Báthory, a esa maldita mujer, a esa mujer infernal, y que comparezca! —gritó Thurzó.

Los hombres del palatino se dirigieron a la casa solariega.

Allí estaba Erzsébet, comiendo tan tranquila.

Se sorprendió al verlos llegar y cuando intentaron acercársele opuso resistencia.

Pero no hubo caso, la tomaron de los brazos y la llevaron hacia donde aguardaba el palatino.

Detrás, entre las sombras, estaban sus yernos.

—Erzsébet, condesa de Báthory, señora de Čachtice, que Dios perdone tus crímenes, te condeno a prisión perpetua en tu propio castillo.

La dama miró a Zrínyi y a Drugeth con desesperación. No entendía qué estaba sucediendo, la impunidad con la que había vivido parecía estar llegando a su fin. Sus yernos intentaron donarle un poco de calma desde donde estaban.

—¡Ha llegado tu momento, noble señora, de que te deshagas de tus conjuros del averno! —gritó el Rojo, desencajado.

Erzsébet buscó su talismán, el que escondía en sus bolsillos, el que le había ofrecido como garante de vida una de sus brujas, pero no lo encontró.

Le faltó el aire, creyó sucumbir, escuchó el estruendo de la caída de la sangre, desde su corazón inmenso, que ardía en su propio fuego, dominada por un ataque de rabia.

—¿Y cuando ya no tenga más sangre para recibir? —susurró, en un hilo de voz.

El palatino ordenó que pasara la noche encerrada en una habitación segura y custodiada. Al día siguiente sería encarcelada entre las piedras. La servidumbre cómplice sería juzgada en Bytča, hacia donde partirían a la brevedad.