CAPÍTULO VIII #2
—Me gustaría poder bajar las armas de una vez y para siempre.
Erzsébet deambulaba por sus habitaciones, en Sárvár.
La seguían, a una distancia prudencial, Dorkó, Ilona y una criada nueva a la que intentaban adiestrar pero con poca esperanza.
Su ama les había exigido que inspeccionaran los sótanos, que sepultaran el exceso, que le recogieran algo de sangre porque necesitaba ponerse blanca, más blanca, blanca su faz, blanca, blanca, y que arrojaran lo que ya no le era útil,
y guardaran lo necesario y salieran a los bosques a recolectar hojas, tintas, carozos, tierra crujiente, vapores espesos.
—Porque es verdad que ya me encuentro un poco cansada de esta existencia tan asediada.
Báthory estaba cubierta de desconfianzas, arropada de presentimientos, dominada por una memoria pesada, impura, ausente de remordimientos.
Algo intuía y no sabía qué era, se dejaba llevar por una fuerza vital más fuerte que ella.
Y la inefable Majorova, que no la dejaba ni a sol ni a sombra, le prometió la pócima definitiva, la de los furores, aquella que le otorgaría, al fin, el baño eterno.
—Necesito mi yo de noche. El día me hiere, deténganme el tiempo que me duele la carne viva. Tengo calambres en las muñecas.
Y de su boca se escurrió un hilo de sangre.
La tomaron de los brazos y la llevaron para adentro.
La condesa no se encontraba del todo bien.
Hacía un tiempo que caía en estados de sopor, en una suerte de trances de magnitud que sus doncellas desconocían.
Los de antes, los de siempre, se mantenían; los que la rescataban de los accesos de furia, los de la sed de sangre, del hambre de tortura, persistían.
Pero estos últimos eran nuevos. Como si se despidiera de algo, como si el mundo le quemara, para entrar en un estado de superstición delirante, aún más que el de costumbre.
—¿Darían el pellejo por mí? —interpelaba, jadeante, como único consuelo.
Asentían sus adláteres con frenesí, le tenían un miedo descomunal. Y les ordenó que la bañaran, que necesitaba agua fresca sobre el cuerpo tan ardiente, tan desapacible, tan desnudo, a pesar de su corazón helado. Y le prepararon la tinaja, se internó, se estremeció. Y entendió tantas cosas.
Como por arte de magia, aunque después entendió que no era así, aparecieron sus hijas en pleno baño.
—Mamita, nos urge una noticia —escupieron Anna y Kato, con la cara desencajada, y escrutaron a la servidumbre para que se retiraran. La condesa levantó la mano y echo a todas de allí.
—¿Pero qué hacen aquí? ¿Y sus maridos, dónde están?
—Eso no importa, madre. Estamos aquí para advertirte de unos asuntos desconcertantes que llegan de Presburgo.
Erzsébet se incorporó un poco, su cuerpo chorreaba agua. Y las hermanas Nádasdy le detallaron lo que se habían enterado: que el palatino Thurzó había encomendado una investigación en su contra. La acusaban de haber torturado y matado a un número enorme de jóvenes.
—¿De dónde sacan semejante dislate? —Erzsébet salió de la tina prendida fuego.
—Miklós ha escuchado algo.
—¿El sobrino de Thurzó?
Y obvió decirle a Anna que además era su marido. Las preguntas le salían de las entrañas, como si estuvieran impregnadas de sangre.
—Pero él lo descree, madre. No creemos nada de todo eso. —Y dio unos pasos hacia donde estaba, erguida y desnuda, su madre. Erzsébet alzo la mano para detenerla.
—Toda esa gentuza quiere lo que es mío, lo que es de ustedes, lo que nos pertenece. Asaltantes, nos quieren esquilmar. Pero no lo lograrán.
La cabeza de Erzsébet se llenó de pensamientos irritados, caprichosos como ánimas, inciertos, sentencias que se arremolinaron en una confusión enloquecida.
“No se volverán en mi contra, no se hundirán como espinas envenenadas en mi pecho, no se lo permitiré, ni a él ni a nadie”, balbuceaba mientras se secaba.
—No se preocupen, que son sangre de mi sangre, que ellos van a encontrarse con lo peor de mí.
* * *
La investigación dio comienzo a fines de marzo.
El primero en actuar fue el protonotario Andrej Keresztúra, quien interrogó a treinta y cuatro testigos, la gran mayoría de Nové Mesto nad Váhom.
(85) Notablemente, Erzsébet no se apersonó en la comarca de Čachtice, la condesa brillaba por su ausencia, nadie sabía dónde se encontraba.
El protonotario Mojžis escuchó a dieciocho testigos y sus testimonios fueron más específicos que los tomados por Keresztúra.
Fueron los empleados de la finca y los habitantes de la sede de la familia Nádasdy en Sárvár y sus alrededores quienes testificaron.
También atendió a doscientos veinticuatro testigos de Čachtice, Vrbové, Beckov, Kostoliany y de pueblos aledaños.
El segundo castellano de Sárvár, Gregor Paisjártó, declaró estar al tanto de que las niñas eran trasladadas, a través de una puerta negra de hierro macizo, para ser enterradas en ataúdes entre cánticos estridentes, pero que desconocía cómo habían muerto.
Testificó que hubo unas trescientas asesinadas y que habían sido torturadas previamente.
Declararon taberneros, súbditos, clérigos, un administrador de la iglesia y un noble.
Tres hombres afirmaron que Báthory había matado a dos niñas y las había enterrado en Kostoliany; otro afirmó saber de, al menos, una muerte misteriosa; un sirviente confesó que la condesa había asesinado, con extrema crueldad, a dos jovencitas de la nobleza,
primero azotándolas y luego sumergiéndolas en el agua helada del río, cerca del castillo de Strečno.
Un arrendatario declaró que el castellano provisional de la finca de Čachtice le había encargado a uno de sus hombres que le consiguiera medicamentos de una farmacia de Trnava.
El médico local afirmó que la pócima podría haber matado a cien personas.
Los testigos comparecían y hablaban. Los dichos eran escalofriantes. La inmersión de las niñas en agua helada era la práctica más frecuente. El preboste de Novomětsky, Štefan Röci, habló de doscientas víctimas, un empleado declaró que conocía a más de cien.
La recopilación de testimonios era primordial y precedía a un posible juicio. Thurzó debía asegurarse de pruebas suficientes y contundentes para decidir sobre el grado de culpabilidad o inocencia. Necesitaba más, más, mucho más.
Un testigo de la aldea de Dienesfalva declaró que había escuchado cómo la condesa había asesinado, de forma terrible, a la hija del señor Stefan Szolthai, y a las dos hijas de Gabor Szitkey.
Y no conforme, agregó que, por orden de Báthory, una de sus arpías había torturado a una muchacha en el camino de Ecsed y enterrada casi viva.
El palatino envió la información a Viena.
En el acta confirmaba que consideraba todo aquello como un suceso grave y que la condesa había asesinado a trescientas niñas.
El rey le ordenó que continuara con la investigación y le exigió más información sobre el caso y, desde ya, la toma de medidas enérgicas.
Thurzó se sintió entre la espada y la pared.
Les envió una copia de la carta del monarca a Pavel, el hijo menor de la condesa, y a sus dos yernos.
El 7 de junio, Miklós Zrínyi y György Drugeth comparecieron en la sede de Szatmár para reunirse con el palatino.
—Lamento tanto lo que está sucediendo, caballeros —expresó Thurzó con un gesto desencajado. Se le hacía difícil enfrentar a su sobrino y al otro joven, a quien también consideraba de la familia.— Pero entenderán a lo que plantamos cara, en este caso.
Los yernos se revolvieron en las sillas, hacían cuentas, refrendaban, en su memoria, alguna palabra o hecho que los ayudara a descubrir el origen del mal de su suegra.
Les parecía inverosímil, o más cierto que nada.
Drugeth estaba conmocionado, veneraba a Erzsébet, pensaba en su Kato, en el derrumbe que esto significaría para ella, su madre querida, su madre única, y no podía tragar de la desesperación.
Zrínyi, en cambio, era frío como el hielo, meticuloso hasta el último detalle en las cuestiones patrimoniales.
—No me importa lo que haya hecho, quiero las cuentas claras.
Sabes a lo que me refiero. No puede ser culpada de nada, no puede ser expuesta al escarnio público.
Y lo digo por sus hijos y su patrimonio.
No debes llevarla al estrado. Hablo por boca de Anna —sentenció Miklós—.
Y te agrego, en el más completo de los secretos, que enviaré a mis hombres a Čachtice a mediados de diciembre para que ocupen el castillo.
—Refrendo lo que dice mi cuñado.
—Intentaré protegerla lo más que pueda, pero todo tiene un límite, señores. ¿Han leído lo que les envié? ¿Entendieron de lo que se la acusa?
—No tenemos más que decir, tampoco escucharemos lo que sigue, Majestad.
Los cuñados se retiraron de la sede con paso firme. Intentaban mantener el temple, a pesar de los acontecimientos. Todo aquello era una locura, no entendían cómo habían llegado hasta ahí.
Thurzó se tomó la frente. Necesitaba reflexionar, organizar su cabeza, atemperar los humores y no dejarse llevar por el pesimismo.
Erzsébet estaba cercada, había cometido los crímenes más horrendos que cualquier ser humano pudiera cometer.
¿Pero era posible? Esa mujer, la esfinge más imponente que había conocido, por la que había prometido todo y más, con la que, con solo mirarla, el cuerpo se le llenaba de temblores y el mundo se doblegaba, ¿era capaz? La tristeza lo embargó.
84 Antigua moneda grande de plata que circuló extensamente en Europa, especialmente en Alemania, desde principios del siglo XVI hasta el siglo XIX.
85 Situada en la región de Trenčin, en Eslovaquia, cerca del río Vág.