Maldita CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

El reverendo Ponikenus había recibido una encomienda desde la capital que esperaba desde hacía varios días.

El presbítero de la iglesia principal de Presburgo le enviaba, al fin, las cajas con libros sagrados que le habían prometido.

Había intentado emprender el viaje para hacerse de los mismos, pero le había sido imposible.

Agradecido, le abrió los brazos al envío.

Se dirigió hacia la modesta habitación que oficiaba de biblioteca con los bártulos y lanzó un bufido.

Hacía meses, sino años, que nadie había pasado un trapo por ahí.

El polvo se había acumulado sobre los lomos de los libros, era imposible ver qué descansaba en esos estantes.

Con una desidia importante, pasó el plumero provocando una estampida de tierra que acabó en su garganta dándole un ataque de tos.

Y tal fue la convulsa que una de las criadas se apersonó para verificar si el pastor estaba más muerto que vivo.

—Reverendo, ¿qué pasa aquí? ¿Qué es esta polvareda?

—Debo hacerle un lugar a estos libros. —Le indicó las cajas mientras intentaba serenarse.

—Permítame ayudarlo.

Y con una competencia que Ponikenus no tenía, se dispuso a quitar los libros de la biblioteca para pasarles el trapo y luego acomodarlos. Cuando le llegó el turno al sector superior, acercó una banqueta y trepó, y empezó a quitarlos de a uno. Pero se topó con algo inesperado.

—Señor pastor, aquí detrás hay un libro escondido, o algo que se le parece. —La criada lo tomó y se quedó mirándolo, expectante.

—A ver, muéstrame eso.

János se lo quitó de la mano y lo escrutó de arriba abajo.

Se apartó un poco y se dio cuenta de que era el diario de András Barosius, intacto tras su muerte.

Se sentó y se dispuso a leerlo. En la primera parte, en latín, el pastor relataba los sucesos de la comarca, la alegría de los nacimientos, las penas que traían las muertes, pero que aquello era la ley de la vida, las plagas y las pestes y sus remedios,

las fiestas de guardar y las celebraciones de la parroquia.

Sin embargo, en las últimas páginas, lejos de la crónica amable, aparecieron otras alusiones.

He recibido la orden, y ya sabemos de parte de quién, de enterrar bajo la iglesia, en una sola noche y en el más completo de los silencios, a nueve muchachas del castillo, muertas en las circunstancias más tenebrosas…

Los ojos del reverendo se abrieron como platos.

Los cadáveres se encontraban desangrados, esos pobres cuerpos de mujer, demasiado jóvenes para morir, demasiado extraño…

Ponikenus se revolvió en la silla.

Y no pude soportarlo, me negué a cumplir con los pedidos reiterados al constatar que la condesa me presentaba los cuerpecitos con las venas desgarradas…

El joven pastor levantó la vista del cuadernillo y confirmó las dudas que corroían su mente.

Demasiadas muchachas muertas en circunstancias desconocidas…

János empezó a poner en duda los motivos de la separación de András de su puesto eclesiástico.

Le habían dicho, al entrar, que le tocaba reemplazar al anciano muerto, que había cumplido con honra su lugar de trabajo.

¿Y si lo habían asesinado? ¿Entonces, era verdad que se lo habían quitado de encima porque era un testigo con pruebas contundentes?

El reverendo Ponikenus decidió que investigaría más, que no abandonaría el testimonio que tenía entre manos, y se lo debía al valiente Barosius.

Salió de allí y fue en busca de su criado más leal.

No quería continuar solo con la investigación, y menos descender a las catacumbas de la iglesia.

Sabía que allí abajo se encontraba la cripta y la tumba del conde Kristóf Országh de Giath, consejero real y juez supremo del Reino de Hungría, fallecido en octubre de 1567.

El castillo y la aldea le habían pertenecido antes de pasar a manos de los Nádasdy.

El pastor descendió a la cripta custodiado por su criado.

Caminaron en silencio, János con la palabra de Dios en mente para no correr despavorido, hasta que llegaron a la imponente tumba del noble.

Apilados alrededor del féretro de Országh había una gran cantidad de cajas de madera sin barnizar con cadáveres de jovencitas en estado de descomposición. Era imposible respirar.

Se alejaron como pudieron. Ponikenus apuró el paso hacia su celda.

Guardó el cuadernillo de András bajo siete llaves.

Debía denunciar todo aquello, tal vez escribirle a las altas jerarquías eclesiásticas para confesarles todo lo que sabía, por qué no al dignatario de la Iglesia y superintendente en Bytča, Elías Lanyi, y ponerlo al tanto de todo. Pero ¿y si interceptaban la esquela?

Las dudas volvieron a perseguirlo, el halo de la condesa de Báthory lo dejaba sin aire, sus días continuaron de sobresalto en sobresalto.

Hasta que un día resolvió que no podía tragarse semejante bola de muerte.

Montó su caballo y se dirigió rumbo a Presburgo para elevar la queja.

Pero no pudo llegar. La condesa tenía un séquito de adulonas y chismosas a sueldo, siempre prestas a la persecución y al rejunte de información de aquí, de allá y de más allá.

János fue interceptado en el camino por una turba de campesinas que lo azotaron a preguntas. Logró convertirse en mudo, no delatarse, y regresó a la parroquia. Se hincó frente al altar y se entregó a la devoción.

* * *

Thurzó volvió a leer el acta que le había llegado de Viena. Necesitaba constatar que no se había equivocado, que la vista no empezaba a jugarle una mala pasada, que lo escrito, escrito estaba y que las palabras de Matías II eran fidedignas.

Hacía unos meses, György Thurzó había sido elegido palatino de la Alta Hungría, transformando su posición en la más importante del reino, luego de la del rey.

Había sido elegido por la Dieta, esto ponía en evidencia la creciente influencia de los nobles en los estratos más altos de poder.

Pero también contaba con la estima y la confianza del rey, que destacaba, siempre que podía, su bravura y honradez.

Matías II se había sacado de encima —gracias a las presiones de su favorito Klesl— a todo aquel que caminara entre sombras para rodearse de iluminados.

Pero esto tenía sus consecuencias. Los pedidos del rey no eran solicitudes candorosas, solo órdenes estrictas, imposibles de ignorar.

Encomiendo la investigación inmediata de los actos espurios llevados a cabo por la condesa Erzsébet de Báthory, viuda de Nádasdy, y cometidos contra el sexo femenino…

El palatino cerró los ojos, hubiera querido no leer, o hacerse el desentendido, o poder olvidar.

Pero no le fue posible. Entonces era cierto.

Lo que había escuchado por ahí no era el chisme malicioso de personas con ganas de vilipendiar la reputación de cualquiera que no les cayera en gracia.

¿El rumor que gritaba que su querida amiga era la artífice de un sinfín de atrocidades a jóvenes de escasa edad, era cierto?

Le parecía inconcebible, no Erzsébet, no sois capaz de eso, ¿o estaba lejos de la verdad?

Había escuchado que las víctimas, parecía, eran campesinas, pues entonces hagamos la vista gorda.

Todo noble que se precie tiene la potestad de hacer lo que le plazca con la vida, y con el cuerpo, y con la cabeza, y con la carne de sus vasallos.

… y por lo visto y oído la señora habría violado los principios básicos del derecho medieval húngaro. Asesinar y torturar a doncellas nobles le está penado por la ley. Ejecutadla ahora mismo…

Entonces había más. Levantó la vista al cielo.

Se preguntaba si era pertinente hacerse el distraído con los dichos del rey.

De tanto en tanto, avanzaban las conspiraciones desde Viena.

Algunos integrantes del séquito del Habsburgo lo tenían entre ceja y ceja.

Thurzó pertenecía a una de las familias protestantes más poderosas de la Alta Hungría, mientras que el rey y su corte eran católicos.

El principal instigador contra las funciones del palatino era el cardenal Forgách, que empezaba a organizar una facción para desprestigiarlo y, si fuera posible, deponerlo.

Cavilaba Thurzó, desesperado: no podía ser, la viuda de su amigo querido, quien le había encomendado en su lecho de muerte que la protegiera de los contratiempos que pudieran surgir.

Y él era un hombre de palabra. Aunque algo había escuchado, al pasar, acerca de las celdas subterráneas de Čachtice y las muertes, y la sangre, y el diabólico séquito de sirvientas a su orden, prestas ejecutoras de ceremonias que hubiera preferido no atender. No, Erzsébet, no.

Algo le habían murmurado, que el alcaide del pueblo y el pastor habían revelado el descubrimiento de hechos concretos, que cuatro cadáveres de jovencitas, con huellas de tortura en la carne,

habían sido arrojadas al frío helado de la nieve desde la cima de las murallas para que los lobos dieran cuenta de ellos.

Se decía que los ayudantes de la condesa no se atrevían a pasear por el pueblo, ni siquiera a la luz del día y sin escolta, pues sabían que los pobladores los detestaban y podían recibir pedradas.

El tutor del pequeño Pavel había informado a la Dieta de Hungría y a Matías II de lo que sucedía en Sárvár.

Había planteado su preocupación acerca de las niñas desaparecidas y las muertes sospechosas, pero el asunto tomó otras dimensiones al desvelar que las víctimas eran nobles.

Y lo peor llegó cuando el rey se enfrentó a unas deudas financieras con la finca de Báthory que superaban los setenta mil táleros. (84)

Thurzó entendió que estaba obligado a dirigir una investigación de los acontecimientos. Estaba cercado, no podía eludir sus obligaciones. Tampoco olvidaba que su sobrino estaba casado con la hija mayor de Erzsébet, debía asegurarse de conservar las propiedades de la familia, nunca se sabía.

Veinte días después de haber recibido la orden del rey, el palatino encargó a algunos miembros ejecutivos del tribunal tabular de Presburgo que él presidía que dieran comienzo a la investigación en los castillos de Nitra, Trenčin y Tekov, y también en las sedes de Mošon, Šopron, Váš, Ráb,

Vesprém y Zala.

Debía asegurarse de las pruebas suficientes y contundentes para llevarla al estrado. Solo entonces le sería posible decidir el grado de culpabilidad o inocencia de la condesa. Los interrogatorios debían ser confidenciales y secretos. No podían arriesgarse.

* * *