CAPÍTULO VII #3
El atractivo principal de Piešt’any no eran las cuarenta y seis habitaciones y los dos inmensos salones listos para la celebración perpetua, eran sus lodos y manantiales medicinales, donde Erzsébet se perdía para lograr la belleza eterna de su rostro y de su cuerpo.
Esas aguas milagrosas eran populares desde tiempos inmemoriales.
El rey de reyes, Matías Corvino, las había visitado, y el médico polaco Johann Crato de Kraffheim, que había servido a varios emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, había mencionado sus beneficios.
El cirujano personal del papa Sixto V, Andrea Baccius Elpidianus, también las había destacado.
En el siglo XV, los baños de Piešt’any habían pertenecido a los descendientes de un obispo de nombre Thurzó y le cobraban unas monedas a todo aquel que buscara los provechos de sus lodos.
Los hedonistas se internaban en sus hoyos, a la vera del río Vág, que solo les dejaba la cabeza a la intemperie.
Los resultados eran magníficos, pero algún que otro contratiempo tampoco había faltado.
Entre los repetidos asedios de los turcos en la zona, no habían necesitado más que arrancar a los buscadores de placer de las aguas para matarlos, o tal vez degollarlos en un solo movimiento.
—Madre, me apetecería tomar unos baños contigo. Ha llegado mi hora, creo —le expresó Anna, buscando complicidad.
—Pues claro que sí.
Erzsébet iba a introducir a su hija en sus rituales estéticos. ¿Estaba, la mayor, para recibir el cetro de la encarnación de la fuerza resistente, de la supervivencia, de la eternidad?
Había enviado, unos días previos, a un grupo de sirvientas comandadas por Dorkó para que verificara que todo estuviera en condiciones, que los cuerpos helados, si los hubiera, aunque sabía que esto era así, yacieran en los sótanos de la residencia a la espera de sus descansos eternos.
La comitiva chica arribó a la casa y, detrás, la escolta variopinta, que colaboraría para sumar número en los banquetes y los bailes. Anna y Miklós fueron acomodados en los confines de la casa, en las últimas habitaciones, las más alejadas, las que quedaban fuera del circuito de Erzsébet.
Por la mañana, la condesa daba comienzo a su ritual de cuidados.
Se montaba en su litera y la cruzaban, por el puente de maderos, hasta la otra orilla del Vág, donde la esperaba el manantial de aguas calientes.
Cubierta por un parasol para protegerle la piel de los rayos flamígeros y envuelta por unas telas pesadas, se sumergía en el lodazal de las aguas mágicas.
Erzsébet estaba a poco de cumplir cincuenta años, empezaba a sufrir dolores en las articulaciones, heredados de los Báthory, y también padecía de gota, y allí buscaba la cura a sus males.
Prefería internarse sola en el rito de la eterna juventud.
Los baños hacían su efecto, Erzsébet mantenía la lozanía intacta y parecía haber encontrado el método perfecto para acorralar a la aterradora vejez.
Los que se atrevían, entre quienes estaba su hija, se preparaban en las tiendas blancas instaladas en las cercanías y replicaban la ceremonia del vigor.
El yerno observaba, desde lejos, esa especie de baile pagano: los baños, los banquetes, los silencios y el murmullo desconocido.
Miklós no terminaba de entender a su suegra, su ansia por mantener un esplendor que se le escapaba por entre los dedos, ese envión sin fuerza, melancólico y abandonado, en la aplicación constante de cataplasmas de belladona, sus pactos solitarios, los canturreos sonámbulos, los estados hipnóticos,
el calor suave que soplaba en todo su cuerpo.
No tendrás más que lamerme la espalda.
La escuchaba murmurar.
Soy la arquera perfecta, ellas mi blanco.
Insistía su suegra y Miklós se inquietaba cada vez más. Cuando Anna repetía alguno de los gestos de su madre, o comentaba con gusto alguno de sus dichos, él se entristecía.
Cuando la visita llegó a su fin y debieron empezar a organizar el equipaje para la partida, Erzsébet convocó a Dorkó para que le prepararan la calesa.
Quería rodearse de varias jovencitas, ella misma se sentía más joven que nunca.
Pero su arpía favorita le trajo la respuesta tan temida, las doncellas no estaban en condiciones, se encontraban demasiado débiles o muertas.
—Pero ¿qué es esto? ¿Acaso se han excedido en el cumplimiento de mis órdenes? Estoy un poco cansada de esta existencia incomprendida —la regañó.
Le trajeron a la menos desmayada para que la acompañara en esas leguas. Partió Erzsébet, aullando que no se le acercaran, que tenía garras y dientes, y que sabría cómo usarlos.
En la casa quedaron las moribundas a cargo de Dorkó, ella se encargaría de todo. Algunas ya habían sido lanzadas al foso; las que salieron a flote, habían sido puestas a cubierto bajo algunos cultivos, entre las raíces y las zanahorias.
Antes de partir hacia su castillo, Miklós había salido a dar un paseo con su lebrel, mientras Anna se aprestaba en el carruaje.
El perro de caza había desaparecido de su vista y Miklós lo llamó con su silbato.
Al rato, apareció con un jirón de carne de niña entre las fauces.
Un terror, ya no infundado, lo aplastó como un alud.
¿Era verdad lo que se decía? Prefirió hacerse a silencio.
83 Confederación de Horner.