Maldita CAPÍTULO VII #2
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CAPÍTULO VII #2

Matías le había pedido a su ministro favorito, el arzobispo de Viena, Klesl, que lo acompañara en su paseo matinal por los jardines de Hofburg. Podían conversar tranquilos, sin comitivas alrededor, siempre atentas para sacarle provecho a alguna información.

—Quítese de encima al oscuro de Liechtenstein, Excelencia. Nada bueno sale de él.

Karl von Liechtenstein había sido consejero privado de Rodolfo II y, tras la disputa entre los hermanos, el bohemio supo arrimarse al ejido triunfante y le rindió honores.

Aprovechó los momentos de vacilación del Habsburgo y lo conminó a entregar el oro y el moro a los Estados aliados para lograr su cometido.

Klesl se opuso desde el primer día, pero Matías lo nombró príncipe hereditario en muestra de gratitud. El arzobispo hervía de furia.

—Algunos pactos son necesarios, Klesl. —El monarca se tomó las manos por detrás y miró hacia abajo.

—Mi recomendación sería que se rodeara de hombres más transparentes, Excelencia. En un combate desigual, siempre es mejor tener un enemigo conocido que uno por conocer.

Matías detuvo la marcha y lo escrutó. Estaba intranquilo, había llegado hasta ese lugar peleando contra lo más turbio de la condición humana.

Las ambiciones de todos, incluso las suyas, no conocían de límites y sabía que corría riesgos, aunque no los buscara.

A pesar de que los otomanos parecían dormidos, tenía claro que esas gentes aullaban en silencio a la busca de todo.

Y ni qué hablar de los magiares, aliados desvergonzados, protagonistas, desde los siglos de los siglos, de violencias decadentes, que tanto desprecio habían engendrado en su familia.

Pero él estaba allí para conciliar, para quitar de en medio a los macabros, para sacar de las calles a los crueles y horripilantes, perderles el miedo a los devoradores del mal. Porque él era el bien.

—¿Has pensado en alguien?

—Claro que sí. Tenemos un problema demasiado cerca, Majestad. El voivoda de Transilvania —señaló Klesl y se cruzó de brazos.

—¿Gábor Báthory? ¿De ese estamos hablando?

—Del mismo, Majestad. Su apetito no se detiene, deberíamos ponerle un coto.

El sobrino de la condesa, que no llegaba a los veinte años, a lo único que aspiraba en la vida era a ocupar tronos. El poder lo encendía y estaba dispuesto a todo para conservarlo. La ética y la moral lo tenían sin cuidado, marcaba el paso con sus propias leyes.

—Y creo saber quién puede ser el elegido —insistió Klesl, que ya tenía todo pensado—. ¿Se acuerda de György Thurzó, gróf de Praga y caballero intachable?

—Pues claro que lo recuerdo, pero ya está en funciones. No veo cómo podremos modificar, nosotros, los nombramientos.

—En una de las tantas conciliaciones que ha firmado, Majestad, a partir de ahora está habilitado a nombrar a los palatinos de Hungría. La Dieta eligió a István Illésházy, pero, quién sabe, los vientos podrían cambiar el rumbo y beneficiar a Thurzó.

—Me gusta, estimado, me gusta.

El profundo malestar que había sentido el soberano los últimos días se disipó. El mundo dejaba de ser una fantasía melancólica para convertirse en una realidad posible. Y bien rodeado, estaba listo para asestar el golpe de gracia.

* * *

—Pastor Ponikenus, comparezca frente a la señora ahora mismo. La condesa Báthory lo necesita.

Dorota giró como trompo y cruzó la puerta de la sacristía.

No tenía tiempo para esperarlo, su ama la aguardaba y sabía bien que él la perseguiría hasta el castillo.

Las órdenes estaban para ser cumplidas, sobre todo si salían de boca de la dama de Čachtice.

Ponikenus había sustituido al anciano Barosius, que había vivido hasta los ochenta y cinco años, en la parroquia del pueblo.

Se ocupaba, como su antecesor, de todas las cuestiones prácticas de sus habitantes, no solo de las religiosas.

Y también compartía con Barosius la veneración de los pobladores, sujetos bajo el ala del luteranismo que hacía de todos fieles y sumisos al yugo del Señor.

El pastor joven no había escuchado los consejos del anterior, tampoco había hurgado entre sus pocas cosas, aún amontonadas en un rincón de la sacristía.

Ya se haría de tiempo para arrojar todo por ahí, o tal vez encontrara algún secreto bien guardado.

No era el momento, debía enfrentar a la condesa, que seguramente le haría uno de sus insólitos pedidos.

—Cuánta tardanza, reverendo. No tenemos tiempo, preciso que cumpla esta noche con algunos entierros de honor. Mi hija mayor y mi yerno están llegando en estos días y quiero solucionar este problema de inmediato.

No era la primera vez que Erzsébet le hacía esos requerimientos.

Que llevara adelante estos sepulcros, de solemnidad y urgencia, de esta joven y de esta, y de aquellas, y bendecid este montículo, colmadlo de cruces y ofrendas, cumplid, cumplid, cumplid, bajo el ojo vigilante de mis vicarias en este mundo, mis Dorkó, Majorova y Jo.

Jamás aceptó una duda como respuesta, porque las hubo; el incisivo Janós, de tanto en tanto vacilaba, pero después seguía adelante con los cumplimientos.

Había escuchado, por aquí y allá, alguna que otra cosa que se decía de la señora: que era cruel, mala, feroz con sus sirvientas, incluso que se le iba la mano, pero él había preferido hacer oídos sordos.

Porque si aquello hubiera sido cierto, Barosius se lo habría anticipado, y nada.

La dama de Čachtice era culta, era una señora, y los que hablaban eran campesinos brutos.

—Quiero que guarde en un hoyo el cuerpo helado de Ilona Harczy. Mi servidumbre le facilitará el cadáver, que guarda silencio mortal en el sótano.

Erzsébet lo miró fijo, el pastor se quedó de una pieza.

La grácil jovencita de la Baja Hungría había cantado los salmos en la iglesia, ofreciendo a la Tierra el don que le había regalado Dios, y las baladas tristes, cuando la condesa tenía ganas de celebrar.

Hasta que llegó el día que recibió el abrazo de la muerte que la desangró para empapar a Báthory.

Mutilada y envuelta en un sudario, ahora Erzsébet quería honrarla.

—Deseo para ella un funeral como se merece, y que para despedirla, su sermón anuncie que su muerte es el castigo por su desobediencia.

—Me niego rotundamente —expresó el pastor, aterrado.

—No se meta en los asuntos de mi castillo, no me meteré yo en los de su iglesia.

Y sin querer, le recordó los beneficios que tenía gracias al desprendimiento generoso de sus manos.

¿O hacía falta repetirle los ocho florines de oro anuales que recibía?

¿Y los más de cuarenta quintales de trigo?

¿Y las diez jarras inmensas de vino? Y que no olvidara que los campos de la parroquia eran de su propiedad.

—Esta misma noche.

Al día siguiente, Anna y su esposo arribaron al castillo.

Llegaron equipados para una estadía de una semana.

Los baúles, de tantos que eran, viajaron en otro coche, detrás de la pareja.

Iban a pasar unos días en Čachtice y luego bajarían hasta la casa solariega de Piešt’any, a cuatro leguas de allí, el sitio elegido para el verdadero descanso.

Descendieron con todo el boato aprendido durante años y se dispusieron a franquear la inmensidad de la entrada, pero fueron interceptados por la tromba de las sirvientas.

Que la señora vuestra madre ya sale a recibiros, y saldréis todos campantes hacia la casa de verano, que aquí hace calor, o frío, o no estaréis a gusto, y tal fue el mareo de palabras y de voces que Anna y Miklós asintieron sin titubear.

—¡Hijos queridos! ¡Dichosos mis ojos de volver a verlos! —Erzsébet apareció de la nada, tomó a cada uno del brazo y enfiló hacia el carruaje—. Salgamos de aquí que no soporto el desorden, vayamos rumbo a la belleza de nuestro solar.

Lo que omitió, como siempre, era que en el castillo yacían demasiadas víctimas de sus torturas y aún no habían organizado sus estancias, dónde ponerlas, si abandonarlas a mejor o peor vida, ni la limpieza de los sótanos, anegados de sangre, ni acomodado esa falta de orden que tanto daño le hacía.

Y sobre todo, no quería que su hija y su yerno fueran testigos de sus actos.

Quería seguir siendo “la dama de la nieve” para su prole, más que la de la noche negra, necesitaba anclarse donde no existían ni el tiempo ni el lugar.

Corría el mes de septiembre y los últimos calores de verano proveían de un clima perfecto para unos cuantos días en la residencia, a unas pocas leguas de Čachtice.