Maldita CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

Apenas puso pie en Bytča, Erzsébet exigió que la instalaran en los aposentos más alejados del palacio.

No quería moscas zumbándole alrededor, le urgían la ausencia de testigos y la serenidad que le regalaba la soledad.

Llegaron con la celebración ya empezada, sus ceremonias secretas la habían demorado.

No dio explicaciones, tampoco se las pidieron, se aceptaban las condiciones de la condesa de Báthory.

Fueron cientos de cientos los invitados a la boda de la hija de Thurzó.

El padre orgulloso gastó cerca de diez mil florines en muebles, ropaje, joyas y puesta a punto para la fiesta.

Había contratado veinte cocineros para la confección de los mejores platos, ya no del reino, sino del mundo: debía demostrar que estaba en condiciones de ocupar el cargo que tenía, además de disputar próximos ascensos en la escalera del poder.

Mandó a confeccionar el uniforme de gala para la guardia de cuatrocientos hajdúks dispuesta en la entrada del castillo para recibir a los invitados.

Fueron desde los arzobispos más destacados del Reino de Hungría hasta algunos mandatarios de Moravia y Bohemia, Austria y Polonia, ocho dignatarios de las dos Iglesias y treinta y seis representantes de los condados de mayor y menor importancia.

El príncipe Juan Cristián de Silesia, de los ducados de Liegnitz y Brieg, líder de la facción protestante y resistente anti-Habsburgo, había abandonado el ostracismo de su palacio para llegar acompañado de su comitiva de doscientos hajdúks.

También fue parte de la celebración el cardenal Ferencz Forgách, protegé del archiduque de Habsburgo y enemigo acérrimo de los protestantes.

Matías le había encomendado, entre los gritos y susurros de las intrigas, que averiguara, como quien no quería la cosa, qué se decía de la condesa de Báthory, ya que circulaban algunas habladurías acerca del comportamiento un tanto dudoso de la señora.

El cardenal aceptó sin vacilaciones, no le gustaba demasiado la condesa, era calvinista o eso decían, y por si eso fuera poco, comentaban que practicaba la brujería.

El padre de la novia tuvo que cerrar las comarcas de los alrededores para alojar a los cerca de tres mil criados, entre los propios y los de los invitados, y los cuatro mil quinientos caballos que galoparon hasta Bytča.

Hubo divertimento para todos los gustos en la boda de Judith y András: torneos donde los equipos de caballeros se enfrentaban con el mismo vigor de una batalla a sable y fuego, concursos de jabalina y ballesta, batidas de osos, siempre las más concurridas, juegos de frontón y de ajedrez;

y las noches se reservaban para los pantagruélicos banquetes, en los que no escaseaba ningún plato.

Ninguna de las opciones diurnas despertaban el interés de la condesa.

Miraba a su alrededor y revoleaba los ojos con impaciencia.

Prefería levantarse al alba, protegerse del frío invernal, calentar el cuerpo con pan embebido en vino hirviendo con azúcar, clavo y canela, y prepararse para salir de caza, acompañada por una cantidad de sabuesos entrenados para hincar sus dientes a todo animal que correteara por ahí.

Erzsébet temblaba de placer enfrentando al viento helado sobre su cara, parecía una fuerza de la naturaleza deslizándose a través de la nieve, al galope, con la pluma blanca de su sombrero flameando contra el azul intenso del cielo.

Avanzaba y los aromas del bosque la embriagaban, el crujido de los cascos contra el suelo, los intermitentes aullidos de algún lobo lejano la perseguían hasta las lindes del espeso bosque, cuyos abedules estaban tan unidos entre sí que había que perforarlos.

Con las brumas matinales disipadas y el rostro lloroso, la condesa encontraba, allí, el sostén contra todas las adversidades.

Al caer la tarde, regresaba al castillo y se encerraba en su recámara para que la alistaran para el banquete.

Deslizaban sobre su cuerpo el vestido de terciopelo blanco, el tocado del mismo color, remarcaban el contorno de sus ojos con un polvo negro como el ala de un cuervo y frotaban sus labios con un ungüento de pétalos de rosas.

Ingresaba al salón y, al verla, se hacía un silencio estremecedor.

Erzsébet ocupaba un lugar de privilegio sentada al lado de Thurzó, que ocupaba la cabecera de la mesa, y frente a la esposa y madre de la novia.

La otra Erzsébet le sacaba conversación, con la sonrisa congelada en la boca, más por temor que por afecto.

Los comensales le temían, la condesa de Báthory era inasible.

En un momento regalaba miradas candorosas para transformarse, al mismo tiempo, en una arpía presta a la amenaza.

“¿Cómo se encuentra la familia?”.

“¿Y los hijos?”.

“Qué bonita la veo, señora”.

“Enséñenos la fórmula”.

“¿Cuál es su secreto?”.

Vomitaban demasiado cerca. Erzsébet movía apenas la cabeza fingiendo que escuchaba. Pero no atendía, solo le tomaba la mano a Thurzó y a él sí le dedicaba una sonrisa.

—Estimada condesa, ¿la ha servido bien la hija de mi amiga, la noble Helena Hernáthová? —preguntó una dama, envuelta en oropeles, y de voz bien colocada.

Báthory la escrutó y detuvo el tiempo. ¿Quién era ese andrajo chismoso que intentaba perturbar su fiesta?

—No recuerdo bien, pero creo que la pobre feneció de muerte natural. Ya no está entre nosotros.

La curiosa ahogó un grito con la mano y logró que todos la miraran.

—Qué debilidad la de algunas damiselas que me han sido ofrecidas para que las eduque y formen parte de mi corte. Varias han muerto por la peste, una desgracia, sin duda.

Se levantó y caminó con paso felino hasta la otra punta de la mesa, donde se encontraban sus hijas acompañadas por sus maridos.

Anna y Kato le hicieron un lugar y se acomodó entre ellas.

¿Por qué la molestaban con esos asuntos esa noche que solo tenía ganas de celebrar?

¿Para qué escarbaban en la hondura de sus cavilaciones?

Lo único que quería era que la dejaran navegar por las aguas de su destino, a través de una marejada creciente de gloriosos actos.

Y recordó cuando aquel soldado a su orden, con antigüedad y esmero, le había traído a una niña de trece años para que trabajara para ella.

Cuánta alegría al comienzo, cuánto candor la de aquella pequeña, pero todo se acaba, vida cruel, y la ofrenda se había debilitado y deprimido.

El soldado, solícito, había reclamado que la quitaran del servicio, pero ella se había negado.

Que no le sacaran su tesoro, por más mustio que se encontrara.

Había sido una agradable estancia en Ecsed, tierra de su infancia, el sitio de sus padres, y ahora de ella.

Cuando los recuerdos no bastaron, la comitiva hubo de emprender la partida y en uno de los coches metieron a la niña rota.

Tenía las manos quemadas, alguien le preguntó qué le había pasado, y la niña balbuceó que le habían colocado papel entre los dedos y le habían prendido fuego.

Solicitó que le dieran algo de beber, hacía cinco días que no tomaba nada.

Le ofrecieron unas cerezas, pero no sobrevivió.

Erzsébet se preguntó si la muerte habría sido instantánea.

—Hijas queridas, cuando acabe esta fiesta, nos vamos a Čachtice a darnos unos baños rejuvenecedores en Piešt’any, ¿qué les parece? Esto ya se ha convertido en un aburrimiento. Y ustedes, Miklós y György, vienen con nosotras. No acepto un no como respuesta.

Las besó en ambas mejillas y se retiró.

* * *

Aquella serenidad inquietante que había dominado el territorio húngaro los últimos tiempos empezó a resquebrajarse en los primeros meses de 1608.

Los ciudadanos de a pie abandonaron el reclamo de paciencia de sus amos y desoyeron la idea de que ya todo se acomodaría; mientras que los grandes señores prefirieron la conspiración a cielo abierto.

Las grescas se extendieron hacia algunas regiones de Moravia y de Austria, y el archiduque de Habsburgo aprovechó el estadio de confusión para acercarse a la oposición en la lucha por el poder contra el desarmado emperador.

Con las orejas bien abiertas para escuchar las recomendaciones del cardenal Klesl, Matías se unió a la díscola Dieta de Hungría, que marcó un antes y un después en la política del reino.

La asamblea dividió el parlamento en dos cámaras, la de Magnates —la cámara alta para la nobleza— y la de Representantes —cámara baja—, buscando garantizar una tolerancia religiosa para los protestantes.

A puertas cerradas, negoció un apoyo de los nobles y se comprometió a garantizar sus privilegios dentro del reino.

También se plegó a los Estados de Alta y Baja Austria en Presburgo y a la nobleza protestante, y luego en Moravia, poco después.

En el mes de abril, marchó hacia Praga donde se habían instalado Rodolfo y su corte.

Sin impedimento a la vista, sitió la ciudad imperial.

Aunque no logró convencer por completo a los estados bohemios, Matías conminó a su hermano a negociar y firmar un tratado de paz, que recién se logró en junio.

Que sí, que no, quiero esto, os doy aquello, todo concluyó en una redistribución del poder.

Rodolfo conservó Bohemia, Silecia y Lusacia, y Matías recibió Hungría, Austria y Moravia.

La toma del poder no se llevó adelante según el protocolo habitual.

Corrían nuevos tiempos, el soberano era bien diferente.

Matías había prometido mucho pero garantizado poco, así que los privilegios de los estamentos no serían dados hasta que le rindieran homenaje oficialmente.

Todo por escrito, ungidme con la corona porque si no, nones.

Intentó revertir el orden establecido, pero le respondieron con la Disputa del Homenaje.

Dado que la mayoría de los estamentos en Austria y Moravia eran protestantes, los nobles formaron la poderosa Horner Bund, (83) una coalición integrada, en su mayoría, por nobles protestantes para defender sus derechos religiosos y políticos frente al archiduque.

El 19 de noviembre de 1608, el archiduque Matías fue coronado rey de Hungría, Austria y Moravia. Esperaba, agazapado, la unción del Imperio. Para eso, faltaba un poco.

Debía rodearse de aliados. Con el arzobispo bajo su ala, solamente, no se sentía a salvo. Los desleales siempre estaban bien despiertos, ya sabía él de esas cosas. Y cuanto más cercanos en línea sucesoria o familiares directos, tanto más.

—¿Qué debo hacer, mi estimado Melchior?