Maldita CAPÍTULO VI #2
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CAPÍTULO VI #2

Erzsébet abandonaba Čachtice, había pasado una temporada hermética en su fortaleza favorita, con mañanas de paseos por los bosques, pactos secretos y no tanto, y gritos con eco en la soledad ansiada.

Se había llegado hasta allí luego de acomodar algunas cuestiones en Sárvár.

Había entregado a Benedikt Bicsérdy, el castellano a cargo de la fortificación, tres fincas abandonadas en los pueblos de Hegyfalu y Vášska, a pocas leguas del castillo y ciento diez florines por sus fieles servicios.

Daba por hecho que la paga silenciaba a su lacayo.

La condesa reposaba en su carruaje, envuelta, de la cabeza a los pies, en pieles de marta, sobre el asiento mullido de cojines tapizados en oso y zorro. Era el animal vivo entre tantos muertos, su corazón latía, mantenía el ronroneo de un gato salvaje, entregado a una calma previa a la tempestad.

Era fines de noviembre, aún no se había precipitado el frío gélido del invierno, pero el paisaje viraba demasiado al blanco, el camino real se encontraba tapizado de nieve aunque todavía se podía circular, siempre con sumo cuidado.

Erzsébet abandonaba la vista lejos de allí, la paciencia ya la había abandonado desde hacía algunas horas.

De tanto en tanto, perseguía con los ojos el rabo peludo de alguna ardilla frenética o un cervatillo fugitivo que pintaba de naranja el telón blanquecino, las voces de los petirrojos y los mirlos interrumpían el ensimismamiento que la dominaba.

Pero el traqueteo cadencioso del carruaje contra la capa liviana de nieve empezó a destemplarla.

Faltaba mucho hasta el destino, demasiado, se aburría, se encontraba de malhumor, basta, ansiaba llegar, detenerse, descansar, la puntada en la cabeza, otra en el pecho.

Sin embargo, tal vez fuera peor el arribo, la presencia de desconocidos que la observarían como si quisieran raptarle el alma, deformar sus muecas para confirmarle que ya no era la jovenzuela intrépida que había sido y perseguirla para apropiarse de su receta con el más allá;

¿estaría su amado Rodolfo?

, rogaba que, en su lugar, el invitado imperial no fuera el inefable Matías.

—¡Deténganse! —gritó la condesa y la caravana se detuvo.— ¡Traigan a la sirvienta!

Y escupió un nombre a la vista de todos.

Precisaba, en ese instante, a aquella con quien abrasarse en el ardor de su estado, ir a su encuentro con una única condición: que tuviera menos de catorce años.

Ilona y Dorkó apuraron la marcha, buscaron a la solicitada y la empujaron adentro del carruaje.

La niña lloraba con desesperación, sabía a lo que se atenía.

—¿Por qué te estremeces de miedo? —le preguntó Erzsébet y la atrajo hacia donde descansaba.

Apriétame contra tu cuerpo, ángel del infierno, no temas, no te haré daño…, le sugería sin decirle nada, mientras la jovencita intentaba alejarse de allí.

Tienes razón, niña, desconfía de mí, sobre todo si eres bella…

La tomó de los brazos regordetes y la acercó hasta adherírsela al cuerpo, le respiró encima, hundió sus uñas en la carne virgen hasta lastimarla, la mordió aquí, allá, descubriendo lo tapado, en un estado de completo frenesí hasta que cayó rendida con los ojos entrecerrados y fuera del mundo.

Las damas de compañía se arrojaron sobre el cuerpo inerte de la condesa, sabiendo que debían asistirla en aquel, su trance de siempre.

La joven campesina, aprovechando que nadie le prestaba atención, se deslizó fuera de la carroza y, con todo el sigilo que se le hizo posible, salió de allí.

Y corrió, como pudo, a guarecerse entre la maleza del bosque, tapizada por ínfimas margaritas, destempladamente inmóviles.

Tras unas horas, cuando Erzsébet recobró la conciencia por completo, preguntó por la campesina. Aquí, o allá, le respondieron, pero no apareció.

—¡Búsquenla!

Y salieron los sabuesos tras la presa. El día ya perdía brillo, el atardecer los obligó a encender las antorchas para encontrar a la malherida.

La niña se había puesto a cubierto, con el frío de la nieve para curar los agujeros sanguinolentos y la carne viva.

Al escuchar las zancadas de sus perseguidores, se echó a correr.

Pero fue apresada y llevada a comparecer frente a la condesa.

Con la cabellera al viento y respirando el aliento helado del viento, Erzsébet lideró la procesión hacia la margen del río Vág.

Dorkó e Ilona llevaron a la campesina una de cada brazo; detrás, una turba de lacayos guarecía la retaguardia.

Un hosco silencio se cernió sobre el paisaje solitario y tenebroso.

La dama le quitó las prendas que apenas la cubrían y la abandonó en una completa desnudez.

—Échenle agua helada…

Lo hicieron. La niña se dobló de dolor.

—Otra vez…

Volvieron a hacerlo. El cuerpo empezó a virarse al violáceo.

—Más…

Erzsébet se arremangó, un calor nuevo la bañó de sudor, sintió el torrente de su propia sangre y se le aceleró el pulso.

Dio media vuelta, sin antes ordenar que la sepultaran cuando acabaran con ella.

Marchó rumbo al carruaje, la fiesta la esperaba.

Estaba impulsada por la claridad que le otorgaba el frío, la ayudaba a pensar, a sentirse liviana pero con sed de desastre.

Eran ella y su capacidad de herir que se fundían con el mundo. Solo buscaba el terror del mal. Se mordió el labio hasta sangrar.

81 Equivalente a conde.

82 Antigua moneda de reserva clave en Europa, su valor equivalía al florín de oro italiano.