Maldita CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

En abril de 1606 arrancaron del trono a Rodolfo II, lo declararon, definitivamente, demente. Tras interminables componendas e intrigas por demás eficaces, los hermanos regios volaron al emperador del trono y colocaron a Matías como cabeza de familia y cerebro mandante para las cuestiones de Estado.

El hermanísimo había preferido no darle cara a Rodolfo, pero la intervención del obispo Klesl, el monje negro del archiduque, había sido decisiva.

De origen humilde, Klesl se había forjado una carrera demostrando ser un estratega brillante y sagaz a través de todos los frentes.

Nacido luterano, hubo de convertirse ingresando en la Compañía de Jesús para ascender, a la velocidad del meteoro, en la jerarquía del clero católico.

Bien acomodado en la cátedra episcopal de Wiener Neustadt, llegó su momento y se le ofreció la administración general de la Contrarreforma en territorio austríaco, para luego ser nombrado rector de la Universidad de Viena y, finalmente, cardenal y obispo de Viena.

Fue el mejor representante que tuvo la tensa línea contrarreformista, y demostró ser un eximio exponente en el arribismo social.

Este fue el alimento para convertirse en el receptáculo del odio de la nobleza protestante.

Al principio, se acomodó en el bando político de Rodolfo II, pero a medida que los acontecimientos fueron horadándole el poder al monarca y los conflictos entre los hermanos tomaran estado público, Klesl pegó el salto y abrazó a Matías, que lo recibió con los brazos abiertos.

Con los susurros del obispo en la oreja, Matías arremetió con vehemencia.

Se la tenía jurada a su hermano. No solo el deterioro mental de Rodolfo II, que lo había tomado casi por completo, había sido el argumento perfecto para quitárselo de encima, el golpe de gracia fue que no hubiera tenido descendencia lícita.

El odio entre los hermanos se hizo manifiesto, pero un asunto de señoras también caló hondo entre ellos.

El nombre del trofeo en cuestión fue Anna del Tirol, la archiduquesa de Austria y miembro de la rama tirolesa de la Casa de Habsburgo.

La grácil Annette había nacido en Innsbruck, en 1585, hija de Fernando II, archiduque de Austria Anterior y conde del Tirol, y su segunda esposa Ana Catalina Gonzaga.

Había pasado su infancia en la corte de Innsbruck, que se había convertido en el centro de la cultura renacentista.

Rodeada de artistas, la pequeña Anna demostró que tenía un talento musical magnífico y, aprovechando sus ganas, le regalaron un clavicordio y un profesor que le impartiera las obligadas clases.

La niña se había criado en un ambiente católico estricto.

Su madre se apuntaba en cuanta peregrinación encontrara, pero no llevaba a Annette.

La salud de la pequeña no era de lo mejor.

En una de las tantas ofrendas a Dios, Ana Catalina decidió fundar un convento para las Siervas de María, religiosas de la Tercera Orden Servita, de la cual era miembro.

Ávida por entregarse al claustro de una vez y para siempre, doña Ana Catalina quiso antes colocar a su hija, y no en el monasterio.

Unos años antes, en 1603, el rey viudo Segismundo III de Polonia había enviado su propuesta.

Sin embargo, Rodolfo II, primo hermano de Anna, rechazó la moción y a su vez expresó que por qué no y que sería tanto mejor que fuera él el esposo de la princesa.

Nada mejor que todo quedara en familia. De inmediato envió al pintor favorito de la Corte de Praga a Innsbruck para que retratara a su futura emperatriz.

La suegra en ciernes pegó el grito en el cielo y le puso freno al resto de propuestas de matrimonio que había para la joven.

La desgracia siempre se hace presente y Rodolfo II, a poco de recibir el retrato, descartó el pedido imperial. Matías, ni lerdo ni perezoso, también empezó a cortejarla y algún tiempo después Rodolfo permitió el matrimonio de su hermano con su otrora prometida.

Sin la corona y los oropeles encima, Matías se encargó de las cuestiones de estado.

Negoció la Paz de Zsitvatorok, el tratado que puso fin a la guerra turca de trece años entre el Imperio otomano y la monarquía de los Habsburgo, y acabó con el levantamiento de István Bocskai.

Por medio del pacto se prohibían las campañas de saqueo turcas en el territorio de la Hungría Real y se estipulaba que los asentamientos húngaros en dominio otomano podían recaudar impuestos por sí mismos mediante jueces de aldea.

También puso fin al conflicto de Hungría a través del Tratado de Viena, firmado entre el voivoda de Transilvania István Bocskai y el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que seguía siendo Rodolfo II aún en los papeles, aunque no en los hechos.

Se les otorgaba a los húngaros todos los derechos y privilegios constitucionales y religiosos, y garantizaba a los transilvanos la elección de sus propios voivodas independientes en el futuro.

El año llegaba a su fin y el archiduque de Austria amasaba el poderío en su puño. Matías empezaba a fantasear con la grandeza de su imperio. Ante todo, debía poner orden. El caos que había construido su hermano, a fuerza de demencia y excesos, estaba presto a terminar.

* * *

Como todas las mañanas, Erzsébet se dispuso a leer la correspondencia que le llegaba de distintos puntos de la región y otras comarcas, e incluso de otros reinos.

Era una costumbre que la buscaran para engalanar, con su presencia, tal fiesta o algún que otro aniversario, o quien sabe encontrar cualquier excusa para mirarla de cerca y así confirmar el velo de misterio que la cubría.

Cada tanto, el destinatario le despertaba curiosidad y respondía, pero muchas veces las esquelas ardían en el bracero tras un bostezo discreto.

La única que llamó su atención, esa vez, fue la que firmaban György Thurzó y su segunda esposa, su homónima Czóbor, con quien además compartía lazos de sangre, convidándola a la boda de Judith, la segunda hija del matrimonio.

¿Qué sería de la vida del amable Thurzó, el estrecho camarada de su difunto esposo, con quien había elegido compartir un ir y venir de misivas, un ir y venir de palabras bonitas, un ir y venir de conversaciones de lustre, una tensión permanente y, por qué no, alguna fantasía hecha realidad?

Qué magnífica correspondencia habían compartido.

Las letras formaban palabras que cobraban sentido en el papel y creaban imágenes en su mente tumultuosa: con sus suaves labios le besaba el rostro, el pecho y todas las partes de su cuerpo de hombre.

Había disfrutado con creces de aquella relación epistolar en la que había encendido su sensibilidad, y adivinado, por medio de sus palabras, un corazón oprimido desbordante de ternura.

Erzsébet entreabrió sus piernas, desconociendo, una vez más, lo que era el pudor.

Sin embargo, el intercambio se había ido deshilachando hasta brillar por su ausencia, tal vez por la boda con la otra Erzsébet, de quien estaba profundamente enamorado. Lo único que el hombre quería era consentir a su amada esposa.

En abril de 1606, poco antes de ser encerrado, el emperador Rodolfo II lo había ungido con el título de gróf, (81) marcando así la inauguración del otorgamiento de título nobiliario al estilo germano en Hungría, y destacando su estatus rimbombante a través del reino.

Ese honor, sumado a su competencia administrativa, además de la lealtad que tenía hacia los Habsburgo, lo colocaron en una posición destacada para ocupar los más altos puestos gubernamentales.

Y como cualquier caballero con ansias de acumular y cuidar muy bien de sus logros, gustaba de ponerlos en exhibición. Y qué mejor que celebrar la boda de su niña con el adecuado András Jakussith de Orbova en el castillo de Bytča, a la vera del río Vág.

Thurzó se había encargado de remozar la propiedad construida, inicialmente entre 1571 y 1574, por su padre.

Pero las calamidades de la vida habían tocado a la familia intentando hundirla en la pobreza, aunque no lo habían logrado.

Unos forajidos habían ingresado al castillo para saquearlo y, atrevidos, habían pedido la suculenta suma de ochenta mil gulden (82) de rescate.

György, poseedor de una mina de oro, entre tanto había juntado las monedas y pagado.

Los bandidos se habían retirado del castillo, pero antes lo prendieron fuego.

Su querido palacio no quedaría así, usó su fortuna y mucho más, y lo reconstruyó con todo el boato.

Bytča se convirtió en el lugar de residencia de su amada esposa y, además, el sitio ideal para celebrar fiestas, incluso las bodas de todas sus hijas.

La casa señorial de estilo renacentista, inicialmente construida como una fortificación acuática, estaba emplazada en el centro de la ciudad sobre una leve loma.

El gróf había ordenado que se demolieran casi todos los muros de la planta baja, quería una estancia inmensa, soñaba con el salón de baile.

En el primer piso mandó a construir un gran vestíbulo de paredes de piedra y vigas pesadas de vivos colores all’italiana.

Las paredes estaban vestidas con tapices grandiosos, de terciopelo y damasco.

Una mesa interminable ocupaba uno de los extremos de la habitación, rodeada de largas banquetas con cojines bordados.

Las alcobas se replicaban por aquí y por allá, destacando alguna que otra con mayores dimensiones, listas para la familia y los invitados de honor.

La condesa, ensimismada, aceptó el convite.

Invitaban a toda su familia, ¿por qué habría de rechazar la propuesta?

Sus hijas y esposos irían por sus medios, el marido de Anna, Miklós Zrínyi, estaba emparentado en primera línea con Thurzó, todo quedaba en familia.

Pavel tenía diez años, le faltaban dos para llegar a la mayoría de edad, no estaba tan segura de que fuera uno más en la fiesta de los adultos.

Su hijo estaba en Sárvár con su inefable tutor, ¿o en Léka?

¿Tal vez en Presburgo? ¿O en alguno de sus otros castillos? Le fallaba la memoria.

Con los carruajes de punta en blanco, un equipaje para demasiados meses y una corte interminable, la columna descendió por el sendero escarpado que unía el castillo con la comarca.