CAPÍTULO V #2
cuando soplo este veneno fuera de ti.
La condesa contemplaba sin ver y una niebla espesa ofuscaba sus ojos, que destilaban un brillo nuevo. Su corazón, al que se había ocupado de emparedar para no exhibirse débil, latía como una manada en estampida. Tuvo un hambre desmedido, era una famélica que se devoraba a sí misma.
Era una mañana templada, un sol perezoso entibiaba el ejido. El ritual se llevaba a cabo a plena luz del día. Erzsébet no guardaba las formas, poco le importaba. Todo empezaba a desordenarse, pero ella hacía caso omiso.
Las torturas, los sacrificios, tenían su raíz en el amor, solo la belleza hacía tolerable la vida. Amar era sangrar, la sangre de otras, la sangre viva, la sangre tierna, embriagada de sangre y, cuando le faltaba, dolía.
* * *
La condesa resolvió, sin demasiadas vacilaciones, que se quedaría una temporada en Sárvár.
El castillo que le producía mala entraña, que le había traído pésimos recuerdos, había dejado de oprimirla.
Pues entonces hubo que evacuar a los familiares cercanos, que no eran más que su hijo menor.
Sus niñas, desposadas ya, no eran el problema.
La contrariedad suprema era el tutor de Pavel, que le ponía los pelos de punta.
El metido ponía ojos de plegaria constante, buscando lavarse el ánima con aguas benditas, pero ella le veía los hilos.
El Rojo tenía el alma negra y ella era clarividente.
Quedó sola en el castillo, con su corte y el castellano, la servidumbre y un séquito de nobles que colaboraban en el juego de palacio: la señora opulenta que vive la gran vida. Y Erzsébet Báthory lo era.
Pero los cimientos del castillo devinieron en tembladeral y los contratiempos se multiplicaron.
El 25 de julio de 1605, su hermano István abandonó la vida a los cincuenta años, y demasiado lejos de allí.
No estaba para traslados monumentales, con procesión y todo, así que prefirió el responso en la intimidad.
Guardó el pesar de la ausencia eterna de su hermano para ella misma.
Una vez más, la impenetrable voluntad de la vida le arrebataba la existencia de un familiar cercano, y ella no estaba dispuesta a enfrentarse al mundo.
En su testamento, István le dejó a su hermana el castillo de Füzer, la imponente fortaleza que databa del siglo XIII, en el extremo noreste de Hungría. Sin embargo, aquello no le fue suficiente, nada saciaba la necesidad de dinero de Erzsébet.
A los tres días de la muerte de su hermano, se dispuso a hacerle un reclamo a quien correspondiere.
Con su letra exquisita, en latín, le escribió al Spectabili et Magnifico domino Ruperdo ab Ellinsky, Cesar Regio Mattis Consiliario, que no era otro que el consejero de Matías de Habsburgo, Ruprecht Ellinsky, solicitándole bienes y favores.
Más que una solicitud fue una exigencia.
Y firmó la misiva con Erzsébet Báthory, viuda.
El requerimiento llegó a buen puerto y la condesa adquirió parte de la finca del castillo de Devín, al oeste de Presburgo, como garantía de un préstamo de dieciocho mil monedas de oro al monarca.
Pero no fue suficiente y continuó con los pedidos, que escalaron en arrogancia hasta concluir en órdenes.
No reconocía rangos, se creía con potestad de exigirle a Dios.
El dinero no llegaba y no encontró otra alternativa que desprenderse de algunos bienes. Vendió algunos de los tantos castillos que poseía, pero la ganancia tuvo las de perder: la falta del diezmo de las propiedades vendidas. La furia arreció sobre la condesa.
La cosa fue de mal en peor. En agosto, las tropas de los estados checos y moravos comenzaron con un asedio constante a la región eslovaca.
Eligieron para la arremetida, entre tantos más, el castillo de Čachtice: lo incendiaron y saquearon toda la zona adyacente.
El mayor botín lo lograron en el castillo de la condesa.
Se llevaron oro, plata, piedras preciosas, perlas, anillos, botones de gran valor, cadenas, sables de plata ornamentados, diversas túnicas bordadas y miles de monedas, tantas, que algunos escuderos no pudieron ni cargarlas.
En octubre estalló la rebelión en Hungría.
Con la excusa de los dimes y diretes entre católicos y protestantes, el noble húngaro István Bocksai lideró una revuelta contra la aplanadora contrarreforma religiosa impuesta por Rodolfo II.
Se hizo nombrar voivoda de Transilvania en la asamblea de Szerencs y poco después fue proclamado voivoda de Hungría.
Para dormir tranquilo, Bocksai aceptó la ayuda militar del Imperio otomano, cuyos líderes, encantados por la confianza, azuzaron el caos y entregaron monedas a los hajdúks para hacerle frente al emperador enclenque.
Las afueras de Viena eran un caos, Presburgo y Neustadt (80) no se quedaron atrás. Estaban cercadas, el peligro acechaba. La guarnición imperial se sentía amenazada y tenía sus razones.
La condesa Báthory aguantaba el temporal en Sárvár.
Casi no salía de sus habitaciones, sabía que la sola mención de su apellido podía encender todo tipo de animosidades.
Su primo Segismundo y su tío András habían ocupado el trono de Transilvania, uno después del otro, con poquísimos honores.
Habían demostrado ser pésimos gobernantes.
Ni la boda de Segismundo con la sobrina de Rodolfo II, María Cristina de Habsburgo, lo habían ayudado a atemperar pareceres.
Aquellos Báthory eran la mismísima infamia.
Erzsébet estaba encerrada. Lo único que hacía era escribir y escribir. Reclamaba a cuanto consejero del emperador, ministro o quien fuera el envío urgente de dinero. Era viuda, estaba sola y era mujer. Entre palabra y signo de exclamación, la señora sonreía con sorna.
80 Localidad histórica situada en la Baja Austria, a unos cincuenta kilómetros al sur de Viena.