Maldita CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

Katalina se mantenía erguida, estiraba el cuello como si buscara acariciar el cielo con su cara de princesa, porque así se sentía: envuelta por un halo divino que la conduciría a su nueva vida.

Una multitud de doncellas la vestía con las mejores galas que una novia de la nobleza magiar pudiera pretender.

Sedas, colores, tramas y piedras dispuestos a cubrir su preciosa piel, como custodios del paso trascendente que daría en unas pocas horas.

Anna participaba del ritual dando órdenes, pero también siendo la protagonista de la entrega de los honores de la familia.

Ese lugar no le pertenecía, su madre era la figura que debía engalanar el rito, pero brillaba por su ausencia.

Y era eso, precisamente, lo que evidenciaba la falta.

Cuando Erzsébet Báthory estaba en un lugar, su presencia refulgía, pero cuando estaba ausente, su sombra resplandecía con la misma fuerza.

Pues la condesa había arribado al castillo unos días atrás, abrazado a una hija, a la otra, al más pequeño y, sin más, como un espectro, había desaparecido de la vista de todos, nadie sabía dónde estaba.

—Te ves preciosa, Kato, en este, tu día. Estás igualita a madre, sus mismos ojos, como si se los hubieras arrancado —murmuró Annetta, contemplando a su hermana.

Katalina intentó una sonrisa, sin embargo, la mueca se quedó a mitad de camino.

¿Dónde se encontraba su madre? ¿Por qué no la acompañaba en la ceremonia más importante de su vida?

No la entendía, a veces presentía que nada le era suficiente, que —ay, no quería ahondar en esos pensamientos, el corazón le daba un vuelco ante la mínima idea— su madre se le figuraba como un ave rapaz, amante ciega de la carne ajena, con esas maneras feroces, inmediatas, sin prudencia,

ofreciéndose a los golpes de la vida sin condiciones.

¡Oh, no! ¿Cómo podía pensar semejante despropósito?

Y producto del azar, o de un milagro absurdo, entre el murmullo de las damas de compañía y el movimiento de las telas, Erzsébet hizo su entrada en la habitación como una tormenta de verano.

—Afuera todas de aquí, sola yo con mis hijas —ordenó la condesa y salieron en tropel. Katalina aplaudió con el mismo gesto que hacía cuando niña, y Anna resopló.

—Déjame contemplarte, hija querida. —Y la tomó de las mejillas con suavidad—. Ah, tu preciosa piel, custodiada religiosamente por el tiempo benevolente, y que ahora será entregada a tu nuevo estadio de honra por medio del enlace con Drugeth.

Siguió mirándola, perdida en el recuerdo embriagador de su propia juventud, de aquella tersura tensa, de las redondeces que desconocen las líneas, esas rajaduras malévolas, la profundidad de las marcas.

Ay, la memoria y sus trampas, ojalá la perdiera de una buena vez para no sucumbir a su asedio.

Y no quiso convertir a su hija en una rival, la duplicación de sí misma, aunque con toda la vida por delante.

Porque ella era la insignia que le disputaría el arrinconamiento al tiempo y saldría intacta, y no la rozaría el manto pesado de la vejez.

Había hecho un pacto y era la vencedora.

—¿Qué te había sucedido, madre? —le preguntó Anna—. Hube de ocupar tu sitio con los afeites de Kato, y estimo que no me han salido bien.

—Hijita mía, has hecho lo que has podido, aquí estoy yo para darle el toque final.

Y Erzsébet se concentró en el ritual, el mismo que su madre le había ofrendado a ella, igual que ella le había entregado a Anna.

Murmuró los conjuros mientras colocaba los talismanes y acariciaba las partes del cuerpo virgen de Katalina para cubrirlas de abundancia.

La novia lloraba en un rapto de emoción.

—Vierte todas las lágrimas, niña mía, junto a mí. Y le prohíbo a vuestro futuro esposo que sea el artífice de algún dolor, pues se las verá conmigo.

Cuando la ceremonia íntima acabó, las tres salieron de allí. Debían dirigirse al santuario donde se celebraría la boda. Las doncellas rodearon a la novia y emprendieron el camino por los corredores. Entre las sombras, una voz intervino la columna de mujeres, convocando a una sola.

—Condesa Báthory, me urge decirle unas palabras.

Confundido entre unos tapices, el presbítero Magyari la llamó con un leve gesto de mano. Erzsébet levantó una ceja y se encomendó al reclamo.

—Es la boda de mi hija, espero que la urgencia lo valga.

—Me han contado que una de las criadas de su dominio ha cometido un asesinato, y sabe bien que eso es un crimen.

El Rojo y la condesa se escrutaron en silencio durante unos segundos que parecieron horas. ¿Qué sabía ese hombre? ¿De qué era responsable aquella mujer? Se estudiaron a la velocidad del rayo, cada cual pensando lo peor del otro, dispuestos a entregarse la palma del mal.

—Poco entiende, ministro, de mi corte, tal vez precise que le explique todo, caigo de sopor. Ningún delito ha cometido mi criada, pues me ha defendido de alguna afrenta. La defiendo hasta las últimas instancias, ese fue su deber y, en cambio, merece una gratificación.

Se dio media vuelta y continuó su camino rumbo al enlace de su hija. El rito se llevó adelante con toda la pompa. Y luego llegó la hora del banquete, que se demoraría hasta que las velas dejaran de arder para volverse a encender y persistir con la comilona y el exceso.

Reían y bebían, tragaban lo que se les servía y las mejillas se encendían, mientras los cuerpos y las mentes se aflojaban.

Erzsébet se entonaba con un licor destilado especialmente para ella, mientras observaba todo con sus ojos de lince.

Su consuegra, sentada a su lado, le conversaba y seguía y decía y abarrotaba los silencios, impidiéndole al mundo un segundo de paz.

Báthory, catatónica, miraba hacia adelante.

Fruzsina, con ánimo de agradar, le recomendó que prestara atención a los caballeros disponibles, que una nunca sabía, que tal vez podía volverse a casar con algún viudo portentoso.

—Soy mujer de mi marido. No necesito otro hombre para sostener la vida, señora.

Helada, se levantó y, sin dar explicaciones, salió de allí.

La viuda de Drugeth atinó a una mueca impávida, el resto de los comensales no se enteró de nada.

Salvo el tutor de Pavel, que había perseguido los movimientos de la condesa con la prestancia de un espía.

El presbítero Magyari había tomado la decisión.

En cuanto tuviera un momento, le escribiría al destacadísimo ministro luterano Mihály Zvonarics para consultarle acerca de los manejos de la viuda de Nádasdy, su otrora querido mentor, a quien le debía casi todo.

Consideraba que la condesa Báthory debía ser expulsada de la comunidad religiosa. Para empezar a hablar.

* * *

Sintió un cosquilleo en las entrañas. Corriendo, llegó hasta sus aposentos y, de un golpe, cerró la puerta.

La condesa estaba sola y el estruendo de la felicidad de la fiesta lastimaba sus oídos.

Dio vueltas por la habitación y, con el candelabro en la mano, se acercó hasta el inmenso espejo de pie que ocupaba una buena parte de una de las paredes.

Se detuvo frente a su reflejo y lo que vio le resultó abominable.

Unas manchas negras teñían la cara que no reconocía, una sombra de mil años, un despojo horrendo.

Tomó una piedra del piso y la arrojó contra el espejo, rompiéndolo en mil pedazos.

Gritó con una voz que no reconoció y llamó a su personal que deambulaba siempre a tiro, como insectos viscosos.

—¡Tráiganme! ¡Provéanme! ¡Socorro! —exclamó Erzsébet y todos supieron qué era lo que pedía. Intercambiaron miradas de espanto, temían lo peor, el castillo estaba colmado de gente. Trataron de apaciguar su alma, de ofrecerle indulgencia y piedad, les fue pésimo.

—¡Ustedes no tienen ningún derecho a decirme que no debo revelar lo que siento! ¡Ustedes me obligan a sufrir tormentos inauditos en este injusto secuestro!

“Y largo, demasiado largo”, mascullaba Erzsébet, que se sentía encerrada en un cuerpo que no le pertenecía, en unos años que no le correspondían, en una desesperación que la perseguía y estaba demasiado cerca.

La condesa cubrió los destellos de los ropajes de fiesta con su capa negra y arrió a sus vasallos bestiales fuera de allí.

Debían cubrirla, agazaparla, aunque si esto no sucedía, ya nada le importaba.

La fila india salió al patio circular y marchó hacia una de las tantas puertas de hierro.

En el camino, tomaron a dos niñas que circulaban por ahí y descendieron hacia el hermetismo de la habitación.

Erzsébet tomó una pinza y, en un giro, le rompió tres dedos a una de ellas.

Luego blandió una tenaza y encontró el pedazo de carne que anhelaba.

Hizo uso de distintos instrumentos de suplicio contra los cuerpos, que intentaron defenderse como pudieron.

Los gritos que les arrancó, con cada tortura que les infligía, no la conmovieron ni un ápice.

La abundante sangre que corrió la hizo sonreír, el progresivo debilitamiento de las niñas la llevó a temblar de excitación.

La condesa estaba rodeada por sus cancerberos, testigos fidedignos de todos sus actos, pero actuaba como si estuviera en la más completa soledad.

Se sentía en el mayor control de sus cabales, no había perdido la razón, no existía en ella el resentimiento, no había dejado de amar, se deslizaba en un trance sagrado.

Sus ojos buscaron las marcas de las cicatrices y se arrodilló entre los cuerpos y les palpó la carne viva con suavidad, con ternura, quién sabe, con amor.

Ordenó a sus secuaces que las quitaran de allí, que las enterraran en las inmediaciones del castillo.

Las envolvieron con unas cobijas mugrientas, las arrojaron como trasto viejo a una carretilla y emprendieron la marcha hacia la inhumación en una especie de cortejo clandestino hasta que llegaron al sitio elegido.

Ficzkó comenzó con la pala contra la tierra hasta lograr la profundidad necesaria.

Dorkó e Ilona Jo se encargaron de arrojar los cuerpos al hoyo y, de a poco, fueron cubriéndolos con tierra.

Erzsébet, que había permanecido a varios pasos del sitio donde se llevaba adelante la sepultura, se acercó sigilosa.

Tomó un puñado de guijarros y los lanzó, de a uno, mientras, apenas, balbuceó su rezo pagano:

Solo yo conozco un arroyo que fluye,

y las nueve víboras que lo saben también.

Crezcan las hierbas de sus raíces;

Entonces los mares dividen,

y cede el agua salada