Maldita CAPÍTULO IV #2
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CAPÍTULO IV #2

Fueron semanas que se convirtieron en meses en Presburgo, hasta que finalizaron los preparativos para la boda de su hija Katalina.

Fruzsina, su consuegra, había colaborado ampliamente, tenía sus razones.

El derrotero de su único varón —también tenía una hija mujer, María— había sido turbulento, por no decir dramático.

Su querido György III regía los condados de Zemplén y Ung, (79) pero en 1600, pocos años atrás, había recibido una sentencia letal para el clan: el joven heredero debía entregar el castillo que tenía en Trebišov, además del resto de sus pertenencias que, por cierto, no eran pocas.

Los Drugeth conformaban una destacadísima familia del Reino de Hungría, y ese, tal vez, había sido el motivo principal para que Erzsébet lo aceptara como yerno.

Su hija mayor se había desposado con un importante letrado que se había educado en la Universidad de Bolonia, y era sobrino del amigo de su difunto esposo, Thurzó, además de pariente propio.

Pero el joven Drugeth había vivido, en carne propia, situaciones inquietantes.

La razón por la que le habían reclamado todo era porque lo acusaban de haber desplegado un conato de violencia contra los nobles de seis condados, especialmente contra los señores Pedro Zokoly y Simon Bánóci.

Pero la verdad había sido otra. Los delatores habían querido aprovecharse de las propiedades en cuestión, y para eso habían sobornado a la vieja criada de la madre de György.

La sirvienta y el soborno habían escapado rumbo al dominio de Eufrozina Török, la viuda de István Drugeth, familiar del clan y, bajo la promesa de que no la mandaran de vuelta a su antigua ama, les habría revelado un secreto mortal: que György no era el verdadero hijo de sus padres.

Con los ojos alzados al cielo, la anciana había confesado que el pequeñín, mientras jugaban, se le había caído de las manos y, tras el golpazo contra el piso, había abandonado este mundo.

Desesperada, su madre se había encerrado en la alcoba y declarado que su hijo sufría una enfermedad.

A los días, había salido y regresado con un niño de un villorrio cercano, haciéndolo pasar por propio.

En la oscuridad de la noche, había enterrado al auténtico.

Al enterarse de semejante historia, la condesa Török le había contado todo a su hijo Valentino, primo dilecto de György.

El joven conde había entendido que si esto era verdad, todas las propiedades de György le pertenecían.

Se hizo de armas y, con tres mil hombres, atacó el castillo de Úzhgorod, donde estaban la condesa y sus hijos.

La resistencia había sido brutal y los Drugeth pudieron escapar a Polonia.

El conde Valentino I, indignado, hubo de solicitarle una solución inmediata al emperador.

Rodolfo II lo llamó al orden y lo convocó a Presburgo de inmediato.

El archiduque Matías —el hermano de Rodolfo— y otros nobles defendieron a Valentino frente al emperador, y este lo perdonó.

Las discusiones fueron y vinieron, las exigencias espurias continuaron hasta que el archiduque defendió al vilipendiado György ante la Cámara y este se presentó frente al emperador.

Se ganó sus favores y le devolvieron, al fin, las propiedades en discusión.

Pero de lo que no se enteró porque nadie quiso contarle fue que el nombre de su prometida había servido de salvoconducto.

Rodolfo II se había enterado de que el joven estaba comprometido con la hija de su querida amiga Erzsébet Báthory.

Ese nombre borró todos los inconvenientes.

La viuda de Drugeth, la intrépida Fruzsina, se puso a disposición y entregó hasta lo que no tenía para concertar la boda. Mientras Erzsébet organizaba lo que le competía, la madre del novio duplicó esfuerzos y demostró estar a la altura de las circunstancias.

Cuando las fanfarrias anunciaron la boda de Katalina Nádasdy y György III Drugeth con fecha y lugar, la condesa pegó el grito para organizar la partida.

Pero quienes se llevaron la peor parte fueron sus favoritas, que debieron limpiar la faena consuetudinaria de la señora.

Hubo que enterrar o rematar a las jovencitas que no habían sido bendecidas por una muerte instantánea, para luego esconder los cadáveres, pues Báthory había despertado de un letargo inquietante.

—La muerte no es de mi propiedad, estimadas. Todas morís sin cesar, así que concluid lo que yo empiezo y disfrutad del sacrificio. El breve momento que nos separa del vacío tiene la delicadeza de un sueño.

La condesa había torturado a una joven que no llegaba a los catorce años, apuñalándola con cuchillos y quemándola al rojo vivo.

La niña había estado en pésimo estado y muerto a los pocos días.

Y así con varias más con las que se había abierto camino, arrastrada por una especie de fiebre entusiasta en los primeros días, para luego transformarse en un témpano y conminarlas a que se hincaran frente a ella, en un impulso desesperado, para concederles el instante de la crueldad divina.

Entre el tormento y el éxtasis, ya no hubo una tregua de moderación, Erzsébet estaba desatada.

El fruto venenoso de la sensualidad se le había hecho más nítido, la penetraba de un modo silencioso, más callado que la noche más vacía.

—Ella viaja conmigo. —Y señaló a una joven alemana, muy discreta, que se había convertido en la especial.

Cerraron la portezuela de la carroza y partieron rumbo a Sárvár.

Pero antes de llegar a destino se detuvieron en el camino.

Era imperativo resolver un problema con el que no habían contado.

En el último de los coches viajaban varias malheridas, dos alemanas no habían resistido los flagelos infligidos por la condesa.

Erzsébet las había apuñalado con su daga dilecta en Presburgo, intentando disciplinarlas, vaya a saber cuáles habían sido las rebeldías.

La caravana hizo un alto y Ficzkó, asistido por las leales de siempre, descendió con los cadáveres y, meta pala y fuerza, las enterraron a la vera de un sendero bajo la mirada de todos.

Mientras tanto, a varias leguas de allí, en la residencia de Augustinerstrasse, en Viena, no todo se había desarrollado como era de esperar.

En el sótano donde habían alojado a una buena cantidad de cadáveres, algunos movimientos empezaron a demostrar que no todas las jóvenes estaban muertas.

Dos niñas judías, con el cuerpo mancillado de hematomas y sangre coagulada, entreabrieron como pudieron los ojos y se enteraron de que volvían a la vida.

El olor a putrefacción de la carne las llevó a la náusea y vomitaron, provocándoles dolores intensos en los cuerpecitos.

Una de ellas se encontraba mejor y ayudó a la otra a incorporarse.

Como pudieron, se acercaron a una cuba que contenía algo de agua, aunque bastante sucia, y se higienizaron.

Cuidándose una a la otra y cubriendo sus desnudeces con lo que hallaron por ahí, subieron los peldaños intentando ser invisibles, abrieron la puerta y se dieron a la fuga.

No tuvieron tiempo de pensar, tampoco lo intentaron, eran libres, estaban vivas, habían escapado de las fauces de la cristiana más temida y secreta.

76 “Haiduque”, en húngaro, tipo de infantería irregular campesina. Tenían una reputación que iba desde bandidos hasta luchadores de la libertad, según el momento, el lugar y el enemigo.

77 La única de las cuatro puertas medievales que se conserva en la actualidad, hoy coronada por una torre de estilo barroco de cincuenta y un metros de altura.

78 “El Hombre Salvaje”, en eslovaco.

79 Fueron unidades administrativas fundamentales del Reino de Hungría, situados, en la actualidad, en la región noreste del país, y parte de Eslovaquia y Ucrania.