CAPÍTULO IV
Los deberes familiares reclamaron a Erzsébet, que debió cerrar los postigos de su residencia vienesa para trasladarse a Presburgo. Sus hijas la aguardaban en el palacio de su propiedad, hacía tiempo que no se veían.
Los preparativos para el viaje duraron varios días.
El aseo del carruaje principal fue la tarea más encomiable, debía brillar más que las piedras preciosas de la corona imperial, y reacondicionar, además, los cojines de terciopelo para que las horas de viaje no entumecieran los huesos de la condesa.
Hasta último momento hubo que controlar el estado de los cascos de los cuatro caballos que tirarían del carruaje, no fuera que sucumbieran por los caminos.
Detrás y en fila, seguirían los cinco coches que alojarían a la servidumbre, el equipaje, a la infinidad de regalos para repartir por aquí y por allá, a las costureras que atenderían el vestuario de la condesa y a sus favoritos.
Partieron rumbo al este, escoltados por un grupo de hajdúk (76) en la vanguardia y otro en la retaguardia. La condesa Báthory debía ir bien custodiada, cualquier tipo de peligros acechaban los caminos.
Antes de partir convocó al castellano y a los sirvientes, que quedarían al cuidado del palacete.
—Espero que a mi regreso, que será de un momento a otro, habrán cumplido con mis órdenes.
Se despidió, sin antes controlar, con Dorkó e Ilona, el destino de los cuerpos descompuestos de las sacrificadas.
—¿Me retiro tranquila?
—Como siempre, mi señora. Me he encargado de todo.
Ficzkó había amontonado algunos cadáveres, negros como el carbón por la sangre coagulada de sus cuerpos, en una carretilla y, entre gallos y medianoche, los había enterrado lejos de allí.
Dorkó, en tanto, había arrastrado de los pelos al resto hacia los sótanos, acumulando muerte y hedores que deberían soportar los cancerberos de turno.
¿Pero la respiración se le había detenido a todas?
¿Todos los cuerpos habían dejado de vivir?
La comitiva partió rauda y atravesó los caminos sin ningún contratiempo.
La condesa espiaba a la escolta, de tanto en tanto, con la mirada encendida.
Aquellos campesinos orgullosos, integrantes del ejército de Bocksai —el señor del condado de Bihar que había encabezado un golpe contra el emperador—, que se convertían al catolicismo despertaban su curiosidad.
Erzsébet los había seducido con alguna falsa promesa, trayéndolos bajo su tutela.
Qué apuestos, qué gallardos, cuánta prestancia, mascullaba la inquieta señora.
Fueron horas de un paso tardo en las que la condesa aprovechó para dejarse llevar por su imaginación, o tan solo para dormitar un poco.
Unas pocas leguas antes de llegar, la marcha fue aminorando y el hajdúk que lideraba la comitiva se acercó a la ventanilla del carruaje e hizo la consulta de rigor.
—Condesa, ¿cuál será la entrada elegida esta vez?
La ciudad amurallada tenía cuatro puertas principales para controlar el acceso y evitar que fuera traspasada por indeseables: la de San Miguel, (77) la de Lorenzo, situada al este, la puerta de Pescadores y la Vydriza, a la que todos llamaban “de Viena”.
—¿Qué es esa pregunta? ¿Aún no te has enterado cuál es la puerta que merezco? —respondió Erzsébet, destemplada.
Los grandes señores y los reyes entraban a Presburgo por el camino de Viena.
Llegaran desde donde llegaran, los Báthory hacían su entrada triunfal por la puerta de honores, aun cuando hubiese que atravesar, apenas se trasponía, el barrio de las mujerzuelas.
Erzsébet era entrometida, corría apenas la cortinilla de brocado que le permitía mantener la privacidad cuando se veía instada a hacerlo y vagaba con la vista por la morería prohibida.
Quién sabría, tal vez encontrara algo que le despertara el interés y diera cuenta del mismo, camuflaje de por medio, en otro momento.
A continuación, aparecieron las calles mejor puestas, las más vitales, las alegres y ruidosas, las habitadas por una incipiente burguesía, dueños de viñedos y amantes del buen vino. La condesa sonrió y se prometió una visita uno de aquellos días.
La algarabía comenzó a decrecer cuando se aproximaron a la judería de Presburgo.
Debían abrir la verja, pues se mantenía cerrada en cuanto caía la tarde; los judíos no tenían libre acceso por la ciudadela y el ambiente, por allí, era completamente diferente.
A grito pelado, los hajdúks obligaron a sus habitantes a que entraran a sus casas y no salieran hasta que pasara la comitiva de la condesa.
Erzsébet no soportaba los trajes sin color de esa gente pálida y triste que la reverenciaba al verla pasar.
Las melenas y las barbas largas de los judíos le parecían repulsivas y mugrientas.
—¡Sáquenme ese gentío de la vista! —exigió la condesa con gesto de asco.
Siguieron por la calle larga, la que iba de una puerta a la otra.
A varios solares de allí, despuntaba la torre donde se sometía a los peores tormentos a los criminales de toda estofa, y que ejercía el control frente a todo tipo de padecimientos.
En las cercanías, se apostaba Divoký Muž, (78) la espaciosa posada que albergaba a los diplomáticos que visitaban Viena cuando debían hacer negocios o a los señores de las comarcas aledañas que no poseían castillo en Presburgo.
Erzsébet era la feliz poseedora de uno, pero prefería instalarse en la posada junto a su séquito, y así vivir la vida con mayor libertad de acción.
Tenía un piso entero a su disposición; en cambio, los hajdúks, los criados y sus favoritos se alojaban en cuartos ubicados en los fondos del patio, cerca de las cuadras.
—Acomoden los bártulos ustedes; yo, en tanto, me dirijo al palacio a encontrarme con mis hijas. Luego vuelvo a la posada.
La condesa golpeó, con suavidad, el techo del carruaje, ordenando al conductor el destino final.
Llegaron a la residencia Báthory, descendió acompañada por la Majorova, que no la abandonaba ni a sol ni a sombra, y entró.
Caía la tarde, la servidumbre comenzaba a encender las velas, la penumbra persistía.
Anna y Katalina escucharon unos ruidos y se asomaron desde uno de los salones. Vieron una silueta que avanzaba por el estrecho corredor y la reconocieron en el acto.
—¡Mamá! —exclamaron y corrieron a su encuentro. Erzsébet abrazó a una y a la otra, y luego se alejó para contemplarlas.
—¿Y tu esposo? —le preguntó a Anna, y ella respondió que se había quedado en Croacia porque tenía deberes que cumplir.
—Acomódate, madre, que las habitaciones están preparadas. ¿Y los criados? —Katalina no soltaba a su madre.
Pero había un problema, Erzsébet no quería a su prole cerca.
No permitía que ninguno de sus hijos fuera testigo de sus procederes.
Eran sus decisiones y prefería mantenerlas para sí.
Y ni que hablar de la familia que se adhería por motivos de enlace obligado.
Todas esas heridas abiertas en otros, en otras y en todas, que a ella la embriagaban, podían provocar un vahído o algo más en su cara descendencia.
Tampoco estaba para engendrar provocaciones en sus hijas, por más adultas que ellas fueran. Ni qué hablar de su niño.
—Ah, hijas queridas, nunca sabrán lo difícil que es sujetar, continuamente, las riendas del mundo. Tengo un sinfín de obligaciones, necesito recibir a una cantidad de delegados y no quiero perturbarlas con todo eso.
Anna asintió con decoro, era la mayor, conocía a su madre al dedillo; Katalina, en cambio, mantenía los mohines de niña, aunque estaba presta a contraer matrimonio con György Drugeth.
Erzsébet le prometió que se ocuparía de todos los preparativos de la boda, como había hecho con su hermana.
La casadera sonrió con una alegría pocas veces vista y le pidió que se celebrara en Sárvár, el castillo favorito de su amado papá.
La condesa se quedó de una pieza, era el castillo odiado.
Sintió como si un espasmo estuviera dispuesto a violarla y estuvo a punto de negarse enfáticamente, pero se ablandó y le concedió el pedido.
Abrazó a Katalina y se despidió en un solo movimiento.
No se daba permiso a exhibir sus debilidades.
Ya en la posada pudo ser ella misma, a quien poco y nada le importaba lo que pensaran de ella, ella, la bestia, la que desprecia las leyes, la que gusta de contemplar el desenfreno del universo y el propio, la que asiste a la combinación de los abismos, la que se ve obligada,
y con puro asentimiento, a ser cómplice de toda especie de profanaciones.
Erzsébet empezó con los preparativos de la boda de su hija desde las enormes habitaciones del Divoký Muž.
Pero no solo se encargó de eso, se hizo de las mejores telas, encajes y botones, y ordenó que le confeccionaran un amplio guardarropas para engalanar las fiestas que tenía por delante.
Quiso dejar de lado los atavíos que usaba en las colinas para adornarse con el último grito de la moda.
Recibió, también, a una infinidad de mensajeros y emisarios que le traían misivas de distintos señoríos, reclamando su presencia en tal reunión o fiesta, a las que se negaba o aceptaba, dependiendo de sus ganas y humores, y de quién viniera el convite.
Mientras tanto, sus servidores más secretos llevaban adelante otros menesteres.
Los hajdúks salían por las noches, deambulaban de taberna en taberna, y luego iban con la información a Dorkó acerca de los parroquianos y de las jóvenes campesinas que hubieran llegado a la comarca, ávidas de encontrar colocación.
También reclutaban entre el vasallaje de los grandes señores: nunca se sabía, tal vez aparecía alguna muchacha con ansias de cambiar su destino.
La condesa, cuando tenía ganas, se subía al carruaje de gala y era trasladada a alguna fiesta ofrecida en el palacio de la familia con la que estaba emparentada. La recibían con canciones compuestas por cíngaros en su honor, en las que se destacaba su belleza. Su presencia causaba agitación.
—¡Demasiado tiempo ha estado alejada de nosotros, oh sol del universo, bienvenida nuestra Erzsébet Báthory! —la recibían con veneración.
La palidez de la condesa dejaba sin aliento a la multitud. Su paso legendario, y aquel gesto de distancia que abrasaba, cautivaba a todos los presentes.
* * *