CAPÍTULO III #2
Los pocos que mantuvieron su libertad buscaron refugio en la sinagoga Or-Sarua, en la Judenplatz, en lo que sería un martirio de tres días de hambre y sed que los llevó a un suicidio colectivo.
Los cerca de doscientos sobrevivientes fueron acusados de crímenes tales como el tráfico de armas a los husitas (74) y de profanación de la hostia, (75) y el 12 de marzo de 1421 fueron encomendados a la pira y quemados vivos.
El duque decidió que no era el momento de aceptar judíos en Austria.
Las propiedades les fueron confiscadas, las casas vendidas y las piedras de la sinagoga quitadas y entregadas a la antigua universidad vienesa.
En 1451, algunos judíos pudieron regresar a Viena y recibieron protección de los Habsburgo.
Para 1521, había en la ciudad doce familias judías.
Un pequeño número de judíos continuó viviendo en Viena, aunque lo hicieron bajo la amenaza constante de la expulsión.
A pesar de que Rodolfo II se hubiera instalado en Praga, la convivencia en Viena entre cristianos y judíos nadaba en aguas serenas.
Cuando llegaba la noche de oscuridad propicia para el escondite, la condesa regresaba a su palacete de muros vieneses.
Su corazón galopaba como caballo salvaje, con la alegría que sienten las criaturas supersticiosas, listas a escuchar los rumores velados que traspasan las puertas y ventanas cerradas bajo mil cerrojos, mientras que el viento nocturno silba con jactancia.
Llegaba con las manos repletas de talismanes de todos los colores, pues el negro estaba prohibido.
Su renovada hechicera de los mil y un rituales la había conminado a abandonar el color de las sombras: que eran preferibles el blanco y el carmín para la nueva vida de viuda, que el negro era un color abusado y ella se merecía el cambio de tonalidades cercanas a la dorada juventud,
que solo piden entrar a los palacios del placer, como una reina.
—No quiero pensar en mis primaverales años, Majorova, que pasaron ya, pero necesito que me envuelvan otra vez —las palabras le brotaron con dificultad, dominada por las amargas voluptuosidades del desencanto—.
Te conmino a que me borres las pestilentes arrugas de mis casi cuarenta y cinco años, y el terror de la soledad, y las hogueras del dolor.
Erzsébet se arrojó a los brazos de su bruja, dominada por una vulnerabilidad que gustaba de esconder, pero que se hacía evidente con su séquito, sobre todo con Erzi Majorova.
—Condesa, la miro a los ojos y, bien al fondo, puedo ver torrentes de sangre donde hierve su inocencia más secreta.
Olvide los pavores que ahora, como nunca, estará más cerca de la verdad, de la trascendencia y, sobre todo, de la belleza más absoluta.
Poseo el desvelamiento del misterio, achicaremos la proporción entre el dolor y la pasión. Confíe en mí.
La condesa asintió con la cabeza, frenéticamente.
Se arrojó a la tempestad que le ofrecía su nigromante, sintió que aquella sangre que había contemplado Erzi, en el fondo de su mirar, le había sido extraída por un verdugo incorpóreo durante los sueños de las últimas noches.
Pero ella se la devolvería, la maga del bosque se desprendería de sus poderes para ayudarla.
Emprendieron, entonces, la recolección de muchachillas para saciar el hambre de la señora, dispersándose por las distintas zonas de Viena.
Dorota se encomendó al sur; Ficzkó, el leal, a las inmediaciones de Hofburg y sus grandes jardines; y Jo, en tanto, a la judería.
Con los años a su favor y el manejo de la impostura, Ilona logró convencer a unas cuantas judías muy jóvenes de formar parte del servicio de la condesa.
Se les prometía a todas que recibirían un trato diferencial y clases de protocolo para luego integrar la corte de Erzsébet Báthory.
Incluso le trajeron a una niña judía de diez años que habían encontrado deambulando por las callejuelas.
Los castigos infringidos en Viena fueron de una violencia pavorosa. Tras la muerte de su marido, la condesa había abierto la puerta a una crueldad pocas veces vista.
—¿Acaso le duele a la cobarde? —gritaba Erzsébet sobre la cara de la víctima.
La sangre tibia salpicaba sobre la piel de la condesa y ella se la extendía todo lo que podía, augurándose la eternidad.
Se convertía, y a puro entusiasmo, en una esclava de la sensualidad que le provocaba el crimen, el mínimo indicio de placer refutaba, al instante, el sufrimiento que había acumulado.
—Busco estos placeres hasta el infinito. Soy una exploradora de lo sagrado, atravieso páramos, más allá de la piedad.
La condesa sentenciaba ante sus súbditos, quienes respiraban con alivio haber sido elegidos para asistirla en los conjuros.
Aunque, a veces, el espasmo sacrificial se ampliaba y podían caer en su mira.
Una mañana, una de sus doncellas de cámara había omitido la sutileza obligada al calzarla y la pateó, ordenándole que no se moviera de allí.
A los gritos, pidió que le trajeran una plancha ardiente.
—Ahora tú tendrás unos bonitos zapatos con las suelas encarnadas. —Y le planchó los pies a la criada, quien perdió la conciencia en el acto.
Los charcos de sangre eran de tal magnitud que sus leales debían cubrirlos de ceniza para que Erzsébet llegara hasta su cama cuando necesitaba descansar.
Estas muertes pequeñas, de núbiles sacrificiales, no son otra cosa que el mero simulacro para conseguir la más grande, una existencia verdadera sin la corrupción de la vida y la muerte, tal como existe para la mayoría, pero que no es la mía, que ocupa el sitio inmaculado de la oscuridad…
, pensaba Báthory, tendida sobre su lecho frío.
Insistía con el conteo de desangradas, con esas bocas de capullo y pieles tersas e inocencias raptadas. Una, dos, tres, decenas, más de ochenta. La saciedad nunca era alcanzada.
71 “Chambelán mayor”, en alemán.
72 Judíos eximidos por la Corte.
73 Situado en el noveno distrito de Viena.
74 Movimiento protoprotestante cristiano checo, parte de la Reforma Bohemia.
75 Una forma de sacrilegio en la denominación cristiana, que sigue la doctrina de la real presencia de Cristo en la Eucaristía.