CAPÍTULO III
Pavel lloriqueaba asomado a una de las ventanas superiores del castillo.
Había arrimado una banqueta al muro y, trepado sobre ella, había logrado agregarle altura a sus pequeños siete años.
La muerte de su padre lo había rodeado de un silencio infinito.
La tristeza había hecho nido en su corazón, extrañaba mucho a su madre.
Pero Erzsébet hacía su vida lejos de allí.
Cuando el niño veía a la distancia algún corcel al galope acercándose, envuelto en una enorme ilusión presentía que podía ser ella.
Pero no, la desilusión insistía colmándolo de tristeza y llenando sus ojos de lágrimas.
Se sentía muy solo, rodeado de criados, sin niños con quien jugar y, sobre todo, sin el regazo de su madre donde descansar.
Pasaba horas en vilo, haciendo fuerza para que la realidad fuera otra, para que su madre lo contemplara desde abajo y corriera a sus brazos, lo protegiera de los extraños, lo cubriera con su manto, le acariciara la mejilla y lo colmara de besos.
—¿Qué haces ahí, Pavel? ¡Te vas a caer por la ventana! —gritó Magyari al suponer que su pupilo estaba presto a arrojarse.
El niño giró la cabecita y la congoja ganó la partida: se largó a llorar a los gritos. El Rojo lo tomó de la mano y lo ayudó a descender de las alturas; se sentó y lo puso frente a él para darle una lección.
—¿Qué sucede, niño Pavel?
—Quiero a mi madre, reverendo István.
La paciencia del Rojo se terminó antes de empezar.
La relación que había logrado con el hijo de Nádasdy era entrañable, pero esto era gracias a la deferencia que había tenido con el conde.
El niño era bueno, no conocía el destemple y la iracundia, tan comunes en la descendencia nobiliaria.
Pavel era tímido y de pocas palabras. Tal vez era digno hijo de su padre muerto, sin embargo, tenía poco y nada de los Báthory.
Magyari tragó bilis y prefirió callar lo que se rumoreaba en las inmediaciones de Sárvár.
No se escuchaban palabras esplendorosas de la condesa, tampoco él la tenía en demasiada estima.
La cercanía siempre había sido con Nádasdy y a él le rendía honores, incluso después de muerto; Erzsébet Báthory, en cambio, le provocaba desconfianza, le hacía sentirse impotente para prevenir el mal que ella desperdigaba.
Porque se decían cosas de la condesa; había escuchado por ahí que el Caballero Negro no había muerto de causas naturales o debido a la acumulación de enfermedades que habían lacerado su gallardo cuerpo. Las paredes hablaban, y en voz alta.
“Lo intoxicó la esposa”.
“Báthory, envenenadora de Ferencz Nádasdy”.
“¡Asesina del marido!”.
“¡Mujer siniestra!”.
La imagen corrupta de Erzsébet circulaba por algunas calles de la comarca. Murmuraban que, en vez de proporcionarle la salvación, lo había atragantado con venenos muy bien preparados por ella y su séquito.
El luterano hacía cuentas y daba por hecho que Báthory había ultimado a su esposo para convertirse en la dueña de todo y la mujer más poderosa de Hungría, Transilvania, Eslovaquia y aledaños. Pero él la desenmascararía a su debido tiempo.
—Niño Pavel, levanta el ánimo. Salgamos a cabalgar un rato, y así podrás disfrutar de tus tierras. Y luego, al regreso, le ordeno a la cocina que prepare alguno de tus platos favoritos —le propuso el reverendo con firmeza.
El pequeño aceptó y salió de la habitación a la carrera.
Magyari cambió la mueca soberbia que traía y calmó los pensamientos.
El menor de los Nádasdy, su pupilo, había recibido el título de heredero, además de las propiedades, tras la muerte de su padre.
La desgracia, en tanto, era que Erzsébet manejaba todo porque el niño era menor de edad.
Él se encargaría de proteger los bienes de Pavel.
Los rumores de envenenamiento no eran los únicos que envolvían a la figura de la condesa.
También se decía que maltrataba a la servidumbre.
Aquello no hubiera sido un problema, la nobleza europea dispensaba el rigor como la fórmula adecuada contra sus vasallos.
En cambio, parecía que la ofrenda de la señora era un compendio de torturas llevadas hasta la muerte.
El pastor había escuchado algunas acusaciones por aquí y por allá: que acumulaba doncellas muertas, que se entregaba a prácticas non sanctas con jovenzuelas, que abusaba de la sangre y que había testigos que podían acreditarlo.
Una víctima había escapado de la cámara de torturas, pero nadie sabía dónde se escondía, tal era el pavor que sentía la chiquilla.
Él se encargaría de vigilar a la señalada de semejantes rumores. Por algo se había escapado a Lockenhaus, necesitaba esconderse del acecho del bien, del control ejercido por la Iglesia luterana.
El Rojo cruzó la puerta, allí lo aguardaba Pavel, montado sobre su potrillo, custodiado por un mozo de cuadra. El niño sonreía, le gustaba cabalgar, sentirse grande y adentrarse en el bosque. Tal vez allí, entre la maleza, encontrara a su madre.
* * *
Abrumada por el peso del insomnio y la siniestra respiración de los rumores de la noche, Erzsébet levantó a todos de sus reposos y los conminó a seguir sus órdenes.
—Ya que estamos en territorio austríaco, emprendamos viaje al norte, nos vamos a mi residencia en Viena. Estoy cansada de esta gente, busquemos gotas de sangre sagrada en otro lugar.
Se acercaba el hielo del invierno y la condesa prefería los muros de Viena, donde se sentía más a gusto.
Y llegaron al número 12 de la Augustinerstrasse, el palacete que le devolvió el aire y las ganas, donde se sentía por fuera de todo, sin tiempo ni lugar, y podía ser la encarnación de la resistencia.
Por un instante, se olvidó de los últimos desencantos, todo en ella volvía a ser flamígero.
—Cuán felices eran aquellos tiempos de fiesta junto a mi querido emperador.
Esos días en la corte, aquellas largas noches con mi venerado Rodolfo II en las que compartíamos canturreos y estados alquímicos, ¿se acuerdan, mis estimados?
—expresó la condesa con ojos soñadores, tendida sobre una tumbona—.
Le escribiré a Praga, a ver si encontramos algún motivo para celebrar.
Se dispuso a escribirle a su amigo Habsburgo, el único de ellos en el que confiaba, con quien se carteaba, de tanto en tanto, aunque cada vez menos.
Su marido le había contado que había mudado la corte y poco más.
Pero Ferencz estaba muerto. Se había enterado, por los corrillos de palacio, de que había tenido algunos hijos bastardos con su amante Kateřina Strada, pero aquello formaba parte de su presente, no de cuando intercambiaban risotadas y un calor suave les rodeaba el cuerpo.
Erzsébet había compartido otras entregas de su Habsburgo, cuando él desvariaba de lascivia por su obersthofmeister (71) Wolfgang Siegmund Rumpf vom Wullroß y por alguno que otro de sus sirvientes, como Philipp Lang von Langenfels,
el más odiado de los odiados por quienes buscaban congraciarse con el emperador.
La condesa disfrutaba de esos amores famélicos que se devoraban a sí mismos.
La respuesta del emperador nunca llegó, estaba aplastado por las cuestiones de Estado, que iban de mal en peor.
Los súbditos húngaros, hartos de los vaivenes de la guerra, se habían rebelado, liderados por István Bocksai, que no era otro que un tío y mentor del exiliado del poder Segismundo Báthory, en manos de su primo hermano András, ambos primos de Erzsébet.
La rebelión de Bocksai contra el Habsburgo se llevaba adelante en Transilvania, Hungría y Eslovaquia.
Las guerras otomanas habían causado hambruna, pestes y debilitamiento de los ejércitos cristianos, hasta que el noble húngaro se cansó y entró en rebeldía.
Rodolfo II, en tanto, se vio impedido de hacerle frente, no porque no tuviera las armas y el poderío a su disposición, sino por los rugidos de batallas internas que habitaban en su mente cada más endeble.
Erzsébet se acomodó en su litera y ordenó que la dirigieran hacia la judería, en las cuadras aledañas de la Judenplatz, adonde gustaba de perderse.
Era una ferviente coleccionista de amuletos y sabía que en las tiendas atendidas por sus dueños judíos podía conseguir tesoros inhallables.
Envuelta en su capa, la condesa Báthory revolvía las mesas y también ofrecía monedas por debajo de ellas para que le trajeran lo imposible, lo ancestral, aquello que no estaban dispuestos a entregar, lo que guardaban para ellos y ocultaba toda la historia de la humanidad.
Durante el Imperio de Rodolfo II la situación de los judíos en Viena había sido compleja.
A las restricciones de residencia, se sumaba, además, una tolerancia práctica impulsada por las necesidades económicas.
El Habsburgo tolerante había autorizado a los Hofbefreite Juden (72) el asentamiento de familias judías nobles o privilegiadas en Viena, permitiéndoles abrir las puertas de una sinagoga y de un cementerio en la Seegasse.
(73) El monarca dependía financieramente de algunos prestamistas y mercaderes judíos, a quienes les había otorgado algunos privilegios especiales, eximiéndolos de ciertos impuestos y de usar la insignia amarilla obligatoria.
Los judíos habían empezado a establecerse en esa zona de Viena alrededor del año 1150, coincidiendo con el establecimiento de la Casa de Babenberg, la dinastía de los duques y marqueses austríacos creada en el siglo X.
En el 1400, unos ochocientos habitantes vivían allí, incluyendo comerciantes, banqueros y eruditos.
La judería se extendió hacia el norte con setenta casas construidas de forma tal que las paredes del fondo formaban una delimitación que las mantenía unidas; además, se podía entrar al barrio a través de cuatro portones, los dos principales situados en la Wipplingerstrasse.
En los tiempos del duque Albrecht V, la persecución a los judíos comenzada en el otoño de 1420 creció hasta convertirse, al año siguiente, en una sangría.
Primero los encerraron, hambreándolos y torturándolos, para luego ejecutarlos.
Los niños fueron privados de alimentos, y quienes desafiaban a sus captores eran vendidos como esclavos o bautizados contra su voluntad.
Los judíos pobres fueron expulsados de Viena, mientras que los ricos, encarcelados.