Maldita CAPÍTULO II #2
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CAPÍTULO II #2

—Tengo miedo de sentirme acorralada por el mundo, Majorova. Sin Ferencz, los rapaces buscarán desplumarme. El dominio es mío y, sin él a mi lado, creerán que soy presa fácil.

—Jamás podrán hacerlo, señora. A mi juego me han llamado, para eso estoy yo aquí.

La viuda de uno de los campesinos más honestos de la región se había internado, a hombre muerto, en las negras artes del bosque. Sin marido, había encontrado solaz en los recovecos más oscuros de la magia negra, y se había convertido en su pregonera.

—Estoy desesperada, Erzi, en unos meses cumplo cuarenta y cuatro años. —La condesa sintió un sudor helado que le recorrió el pecho—. Te lo ruego, sálvame de este oprobio. Temo que los brebajes y los hechizos de Darvulia no han hecho efecto. ¡Mírame!

La tomó de la cara y se la acercó demasiado. Le respiró encima, los labios de la maga rozaron la piel de esa gran impúdica llamada Erzsébet Báthory. Y la olió, sabía a hierbas y a pétalos de rosa y a incienso de extramuros, embriagaba a todo aquel que se le acercara por demás.

—Haz algo conmigo porque si no, volverás a tu infierno tan temido —insistió la condesa, abrasada por la llama de lo imposible.

Majorova se alejó y la contempló con el instinto ciego de un animal. Una vaga náusea la hostigaba, tal vez fuera el traqueteo de las ruedas contra el sendero rocoso, tal vez el extraño deleite que le provocaba la condesa.

—Tengo la solución, señora. Nuestra venerada Darvulia se equivocó con la selección de damiselas. A no preocuparse, solo usted será merecedora de la verdad. La sangre de las nobles es mucho más efectiva para conseguir la eterna juventud que la de las simples campesinas.

Erzsébet tuvo un escalofrío. Entró en una escalada salvaje hacia el infinito.

Quiso llegar al castillo, y cuanto antes.

Caía la tarde, la noche comenzaba a extender la negrura de su velo sobre la naturaleza.

Se convirtió en un animal atormentado por su futura desaparición, enjaulada en sus privaciones, sorda por los latidos de la sangre.

Sin embargo, para ella no existía lo prohibido, se vio empujada por la sed del mal.

Llegaron a Lockenhaus en medio de una noche espesa, implacable. Desde lejos sonaba la irrupción de unos truenos que retumbaron entre unos relámpagos, que iluminaron la oscuridad. Descendieron de los coches y se aposentaron en el castillo.

—Mañana a primera hora salen a reclutarme jóvenes de buenas familias, y niñas también. Cuanta más frescura, mejor. Vístanse con sus mejores ropas. —Erzsébet los miró de arriba abajo con algo de asco—: Y ofrézcanles mi compañía, mi asistencia, lo que les parezca, ¡pero tráiganmelas!

Majorova se acercó y le susurró algo al oído.

—¡Y quiero que me traigan una doncella de hierro! No acepto un no como respuesta.

La hechicera sabía de los resultados de los sarcófagos con cubierta y clavos internos de hierro, que al cerrarse desangraban a sus víctimas hasta matarlas. La servidumbre intercambió miradas y supo que debería mover cielo y tierra hasta acercarle el artefacto de tortura al castillo.

Con el primer rayo de sol, los sirvientes se pusieron en movimiento. Se ocuparon de complacer a su señora. Ilona y Dorkó salieron a reclutar el botín, Ficzkó la parafernalia y Majorova se internó en los senderos del bosque en búsqueda de tallos y raíces para arrojar al caldero.

Erzsébet se recluyó en sus aposentos: díscola hacia el exterior, intentó con oraciones sombrías para sus deidades heréticas, que tanto amparo le habían ofrecido.

Las lamentaciones se escuchaban detrás de los muros de su alcoba, consagraba su cuerpo de una edad execrable al torrente próximo a llegar.

Nadie conocía su alma, la sangre núbil, en tanto, podría desvelarla.

¿Tal vez…? Se encontraba ávida por burlar su destino.

Pasaron los días, las semanas, llegaron infinidad de jovencitas de la nobleza más esplendorosa que, debido a la guerra contra los turcos, habían caído en desgracia.

Y los padres, agradecidos por la buena vida que les prometían los vasallos de la condesa Báthory, las entregaban con entusiasmo.

No tenían ni la más remota idea de hacia dónde se dirigían ni de las prácticas a las que serían sometidas.

Cuando los señores de los castillos de las cercanías optaban por no ceder a sus hijas, la tríada del mal tomaba campesinas —siempre fáciles de seducir— y las disfrazaba con vestidos y encajes para engañar a la condesa.

La dama de Ecsed entró en una espiral inabarcable.

No podía detener su hambre de belleza, tampoco entendió cómo había vivido, hasta ese instante, sin ese goce voluptuoso.

Contemplaba con mirada voraz la cadena de torturas a las que sometían a las ninfas, se perdía entre los hilos sangrientos convertidos en torrentes que caían de los sarcófagos enhiestos, se le daban vuelta los ojos al escuchar el hierro de los clavos penetrar la carne ingenua,

se zambullía con algarabía en las tinajas repletas de sangre, bajo la promesa de que esos baños la llevarían a la eterna juventud.

Y dominada por la obsesión del control y el orden, Erzsébet comenzó a apuntar en sus papeles los nombres de sus víctimas, que guardaba en una caja de roble bajo mil cerrojos. Una, dos, tres… y sumaban decenas de trágicas proveedoras de la gracia de la belleza. Ardía por dentro.