Maldita CAPÍTULO II
67%

CAPÍTULO II

No, no estás muerto, mientes, Ferencz, esposo inmortal, que solo has cuidado de mí y me juraste protección eterna de la falibilidad humana, abrigo para cuando la fragilidad me desnudara y la devastación no conociera de límites.

Mi Caballero Negro por siempre, mi juez ante tanta injusticia, mi comandante en la gloria de la guerra.

No puedes dejarme sola, a la funesta merced de la incomprensión del mundo, en el campo de batalla donde se libran las luchas entre el vicio y la virtud…

¿Quién me cuidará de los señalamientos, de las cruces que se me impongan?

Tu muerte no traerá más que trágicas consecuencias…

, cavilaba Erzsébet al lado del cadáver de su marido.

A Ferencz Nádasdy le había llegado la hora final sabiéndola cerca. No lo había tomado por asalto, tampoco a su esposa, a pesar de la infinidad de plasmas y cataplasmas que le había colocado. Pero todo aquello no sirvió de nada. La condesa se convirtió en la señora de nadie.

El anuncio mortuorio fue expedido de inmediato, el cuerpo del conde sería exhibido, con toda la pompa, en el castillo de Sárvár, donde yacía el sepulcro de la familia.

Allí estaban enterrados sus dos hijos, Orsolya y András, además de sus ancestros.

Erzsébet padecía de un revoltijo en el estómago, detestaba el palacio húngaro, pero no podía negarse a la tradición de los Nádasdy.

Decidió hacerse a silencio, envolverse en terciopelos negros y aguardar a que llegaran los parientes para el banquete fúnebre; luego llegaría la procesión que los encomendaría al duelo eterno en Sárvár.

La servidumbre acomodó el cuerpo helado en un catafalco y dispusieron cientos de cirios encendidos para alumbrarlo.

Erzsébet, de punta en blanco más blanco que nunca, se sentó en la silla más importante del palacio, una réplica de los asientos regios de los Habsburgo, al lado del cadáver amado, y le tomó la mano muerta.

Allí permaneció hasta que llegó el último deudo, sin mover ni una pestaña.

Fueron algunos días, tal vez demasiados, ya que los caminos cubiertos de nieve demoraron el arribo de los trineos hasta la cima de la colina.

Quien sabe, tal vez algún pariente no había podido ser parte del séquito doloroso por las inclemencias de aquel enero gélido; a la viuda no le interesó en lo más mínimo.

Se sentaron a la mesa, liderada por la condesa.

Ella no probó bocado; el resto, sí, aunque la oferta era poco apetecible.

Los sirvientes acomodaron las fuentes con algunas hortalizas crudas y unas hierbas extrañas de un amargor desagradable, y buenas cantidades de vino.

Los familiares intentaban, con alguna que otra palabra de aliento, apaciguar la tristeza de Erzsébet, pero ella se mantuvo enhiesta y con la mirada extraviada.

—Es más difícil pensar en la vida que en la muerte —atinó a decir y se levantó para retirarse de la sala, dejando una estela sombría al partir.

Detrás, entró el pastor Barosius, advirtiendo a los enlutados que se entregaran a unas horas de descanso ya que al alba partiría la comitiva y el cortejo, con la condesa Báthory y el cadáver a la cabeza, rumbo al castillo de Sárvár, donde se conmemorarían las exequias del venerado conde Nádasdy.

Cuando la noche se convirtió en aurora, la caravana de trineos liderada por la viuda y el cuerpo helado de su esposo en el carruaje fúnebre tirado por seis yuntas de caballos partió rumbo a Hungría.

Erzsébet cubrió el cadáver con una piel de oso, la más grande y pesada, para que no pasara frío.

Sus doncellas le rogaron que la usara ella, que Nádasdy ya nada sentía, que incluso era mejor que anduviera a la intemperie, para que el frío lo congelara de una buena vez y lo mantuviera lejos de la putrefacción.

Erzsébet les regaló una maldición con la mirada y lo cubrió aún más.

¿Cómo se atrevían a hablar de su Ferencz?

Regio, impoluto y eterno, así viajaría hasta llegar a su morada final.

La condesa no miró hacia el horizonte, solo contempló el gesto pétreo de la muerte durante los dos días de viaje como si aguardara alguna revelación.

Arribaron al dominio del oeste de Hungría, y cada quien ocupó su alcoba para asearse y dirigirse, cuando llegara la hora, a las exequias y el entierro.

La viuda se vistió de luto entero, el encaje de los puños sobre las manos y el óvalo perfecto de su cara, fueron lo único blanco blanquísimo, como si hubieran subsistido sin sangre.

El cuerpo de Ferencz estaba ataviado con sus mejores galas de tafetán verde, y la espada, que tantas vidas se había llevado, yacía entre sus manos cruzadas.

Así descansaba sobre la caja que dominaba la sala más amplia del castillo.

Un conjunto de violinistas cíngaros interpretaban la melodía más triste jamás escuchada.

Los habitantes del pueblo, los campesinos, los caballeros y sus señoras, y todo aquel que se llegara hasta allí, entraron a ofrecerle las condolencias a la condesa Báthory. Ella, congelada en el tiempo, las aceptaba y consolaba, como una matriarca ancestral, las lágrimas de dolor de todos.

Y llegó el turno del sermón fúnebre en la voz del reverendo Barosius, ajada por la ancianidad que llevaba a cuestas.

Despedimos, en esta jornada de inmensa tristeza, a nuestro más querido mentor, el caballero Ferencz Nádasdy, hijo de András y descendiente excelso del clan de todos los clanes, magiar supremo de la Hungría completa y noble de toda nobleza de la Europa Central…

Erzsébet entrelazó los dedos de las manos sobre el regazo y bajó la cabeza.

No quería mirar a nadie, la contemplación iba por dentro.

En la otra punta del catafalco, su hija Anna intentaba dominar el temblor de la barbilla mientras su esposo Miklós Zrínyi la rodeaba con un brazo.

Katalina lloraba sin disimulo y Drugeth oscilaba entre el cuidado de su prometida y el pasmo frente a su futura suegra.

… y no debo ni puedo soslayar la piedad de nuestro principal congregante, réplica acabada de quien fuera su padre, hombre piadoso si los hubiera, siempre atento y vigilante de la palabra de Dios, y promotor de su divulgación a través de todas las comarcas. Bendito sois, Ferencz Nádasdy…

Contemplando la nada, Erzsébet escuchó por arriba las palabras del pastor, sin prestarle atención.

En cambio, se escuchó a sí misma bien adentro, en la oscuridad de su hondura, y percibió el soplo de un viento y la tierra llorosa de lágrimas espesas que la privaban de cualquier sentimiento.

En otra habitación, a varios pasos de allí, su pequeño hijo Pavel sollozaba con voz queda la pérdida de su padre, consolado por su tutor Magyari.

… siempre moderado en la comida y la bebida, alejado de los infernales excesos, el buen samaritano que ayuda a pobres y necesitados, bienaventurada su lucha contra el demonio y su lectura de las Sagradas Escrituras…

insistía el predicador, aunque sabía bien que sus dichos no revelaban toda la verdad: el difunto había sido severo y cruel con la servidumbre, incluso había practicado torturas a las sirvientas díscolas, o así se decía, de la condesa,

desnudándolas a la intemperie para untarlas de miel y abandonándolas al asedio de todo tipo de insectos.

Luego de las sentidas palabras, el pastor enterró al Caballero Negro, que se reuniría con su padre, con el padre de su padre y con todos sus ancestros. Extendió los brazos para proteger su alma en un gesto heroico y los deudos oraron su plegaria más íntima.

La condesa se mantuvo en silencio, con la mirada perdida. Los pies se le hundieron en el suelo helado, el incendio bullía en su interior. Primero le devoró la cabeza, luego las piernas y los brazos, hasta llegar al torso, y así durante el tiempo que duró el entierro, que pareció una eternidad.

“Mi más enaltecido pésame”.

“Ha sido el hombre más esplendoroso de Hungría”.

“La fortuna que tiene de haber sido su esposa”.

“Su alma yace junto a Dios Todopoderoso”.

“La abrazo de aquí al fin de sus días”.

Recibió las muestras de respeto con el gesto de una reina.

Permaneció inmóvil, aunque por dentro temblaba como tiembla la hojita al viento.

Erzsébet entreabrió los labios de su boca y lanzó un grito desgarrador que nadie escuchó.

Guardó un silencio religioso que ningún presente se atrevió a interrumpir, cruzó las manos, humildemente, sobre el pecho y dejó caer los párpados con ese ademán tan propio que podía simular un recogimiento, pero que ella sabía bien de qué se trataba.

Esa apariencia de beatitud y decencia humana escondía la sed de sangre que la arrastraba a la asfixia, al abrazo de un terror repentino y la necesidad de negar el orden en el que ella no podía vivir.

La condesa se irguió, escrutó al mundo dispuesta a hacerse cargo de todo. Dominaba, al fin, los castillos, sus propiedades, su vida y la muerte.

* * *

—Preparen mis arcones, armen mi equipaje que necesito salir de aquí. No puedo respirar en Sárvár, el aire es demasiado pesado en este lugar.

Ilona, la temible Dorkó, la nueva adquisición nigromante de rituales más oscuros, la Majorova, y el único hombre permitido, el enjuto Ficzkó, organizaron los trastos de la señora y partieron rumbo a Lockenhaus.

Fueron once horas de viaje, Erzsébet y la novedosa Erzi en su calesa, la servidumbre y el equipaje en el coche posterior, discutiendo vaya uno a saber qué.

Las disputas por el cariño de su ama eran constantes y, por momentos, beligerantes.

Me quiere mucho, poquito o nada, y seguro terminaban a los golpes.

En el carruaje principal reinaba, en cambio, el vaivén de los modales, y la condesa aprovechó ese tiempo para acercar la relación.

—Majorova, ahora tú serás quien maneje los destinos de mi vida —le dijo Erzsébet con brasas en los ojos. ¿Habría sido mejor concluir la sentencia con el sino de su muerte? Prefirió hacerse a silencio y penetrarla con la mirada.

—Solo ayudaré, señora.

Y la hechicera la tomó de las manos, con un gesto protector. La condesa respiró aliviada, necesitaba volver a confiar en alguien. La muerte de su marido la había desestabilizado un poco, le había horadado la pisada, que siempre había sido tan segura en su tiempo de vida.