CAPÍTULO I
A galope tendido, Erzsébet regresaba al castillo por los senderos de las cercanías de la finca.
No iba sola como acostumbraba hacer y que tanto le placía.
Cuando necesitaba respuestas que solamente el bosque podía brindar, o los dolores la dejaban en paz, salía a cabalgar como una doncella furtiva persiguiendo al viento helado sobre su cara.
Sin embargo, se dejó acompañar, aquella vez, por un joven centinela de palacio quien, al verla partir, intempestiva, se ofreció a hacerle de ladero para protegerla de cualquier peligro que invadiera los caminos.
No era un excusa vil o un argumento falaz, los asedios otomanos eran constantes, incluso, un par de años atrás, habían sembrado el terror en la finca de Čachtice.
La condesa sabía bien que la vida estaba infectada de muerte, y no serían los turcos, precisamente, quienes consiguieran amedrentarla.
Pero jugueteó a la inocencia perenne y aceptó la custodia del soldado.
Lo provocó una y mil veces, entendiendo al dedillo cuál sería el talón de Aquiles del mozo.
A la hora del galope, exhibió toda su destreza y le quitó varios cuerpos al centinela malhadado.
Cuando sonaron las campanadas del regreso, Erzsébet aminoró la marcha y permitió que el joven sin nombre marchara a su lado.
El sendero se estrechó y empezó a empinarse, faltaba menos para llegar al puente levadizo que despediría a la condesa de su súbdito tras aquel paseo imprudente.
A la vera del camino e interrumpiendo el vaivén de la señora y su lacayo, apareció la figura diminuta de una campesina de edad avanzada que caminaba con la dificultad propia del paso del tiempo.
—¿Qué harías, joven efebo, si te conminara a besar a esta vieja? —le preguntó la condesa y lanzó una carcajada al verla trastabillar.
—¡Eso sería horrible, mi señora! —respondió el muchacho con un gesto aterrador. Y los dos caballos pasaron al lado de la anciana, quien, a voz en cuello, replicó al improperio.
—¡Condesa Báthory, a bien poco estarás como yo, si no peor!
Erzsébet percibió un escalofrío que la recorrió de arriba abajo, la realidad irrevocable se había infiltrado en su cuerpo, regalándole una inquietante sensación de pérdida.
Se hundió en una maraña en la que no encontraba la salida, como una enferma contagiosa que acaba en el lecho irresoluble de la fealdad.
Desmontó la yegua y apuró el tranco hacia sus aposentos.
Corría con el aullido atrapado en la garganta.
Y daba vueltas como una bestia enjaulada, perdiéndose en el reflejo que le ofrecía el gran espejo.
¿Qué eran esas sombras que no había visto antes?
¿Y cuál era el motivo por el que sus mejillas, aquellas, ya no brillaban como el diamante?
Solo había oscuridad allí donde antes brillara la frescura.
Con cierto reparo, se tocó la piel de su cara y se arrepintió. A los gritos llamó a sus asistentas.
—¿Dónde estás mi Darvulia? ¿Qué se ha hecho de mis tintas? ¿Por qué no cumplen sus promesas, arpías del infierno?
Erzsébet aplicó dos trompadas brutales sobre las mejillas de Ilona y Dorkó, que permanecieron mudas, con el orgullo intacto.
Trataron de sosegarla como pudieron, le ofrecieron pócimas, ungüentos y venenos para que fueran colocados donde mejor le pareciera a la señora.
Le recordaron que Darvulia había desaparecido, sin más y de buenas a primeras, pero que ellas podrían asistirla mejor; que también habían escuchado, en la desolación de la comarca, que allí se encontraba una renombrada hechicera, capaz de matar a los dioses y revivir a los peores demonios,
que su gracia era Erzi Majorova y que podían convocarla a que les prestara sus servicios, que seguramente aceptaría porque nadie podía negarse al abrazo de la condesa Báthory.
Esas palabras surtieron el efecto esperado y Erzsébet pudo encaminar su conciencia del extravío en la que se había sumergido.
Pidió doncellas, varias, en cantidades suculentas, lozanía, sangre, mucha sangre para aplacar su desasosiego, pues solo el torrente que late podía revivirla.
La sangre y el odio, que no eran otra cosa que amor hasta el final de los finales, y solo para pocos como ella, que se deslizaban hacia su cabeza en oleadas hirvientes y abrían sus ojos en el eterno insomnio, aquello era su vida.
Sus pedidos eran órdenes y sus leales estaban para cumplirlas.
Desfilaron las jovencitas del campo al castillo y de ahí a la tortura y el desangramiento para saciar el jadeo de la condesa.
Quería mirar, hacer, acariciar y triturar.
Así amaba la condesa Báthory, dominada por la oscuridad de la noche, coqueteando con la muerte de otras aunque también con la propia.
¿Qué valor tenía la vida para alguien a quien todo aquello no le causaba ni la más mínima preocupación?
“Que cada uno permanezca en su sitio, que el mío es privado, secreto e impregnado de gloria, y nada ni nadie podrá extraerlo de mí”, repetía Erzsébet a quien quisiera escucharla, pero, sobre todo, para que sus palabras se hicieran carne en su naturaleza vacilante.
* * *
András dejó de respirar. Con tan sólo ocho años, el primer hijo varón de la condesa Báthory y su esposo quedó tendido en el lecho de muerte, custodiado por su tutor István Magyari.
Los niños Nádasdy residían en Sárvár, sin el cuidado de sus padres que cumplían con sus obligaciones, que nada tenían que ver con la crianza y la educación de la descendencia. Para eso estaba el pastor luterano.
Erzsébet, a esa altura de su vida, detestaba el palacio húngaro y había elegido Čachtice, donde tenía libertad de acción.
El Caballero Negro, en tanto, desplegaba su talento en el campo de batalla, aunque unos meses antes de la muerte de su hijo había enviado una misiva confiándole a su esposa que estaba postrado en una cama, gravemente enfermo, y que ni siquiera podía salir de sus habitaciones,
tamaña peste se había contagiado.
Estaba confinado en la residencia de Presburgo. Y con el hijo muerto.
La condesa se vistió de negro, subió al carruaje y se dirigió hacia el castillo que alojaba la mortaja de su pequeño.
Pidió ir sola, no quería testigos que presenciaran la intimidad de su dolor.
Los sirvientes, cubiertos por la misma negrura, la siguieron en un coche más modesto con los mismos crespones mortuorios.
Erzsébet lloraba sin lágrimas la muerte de su hijo.
El primogénito, su primer niño, su András que no había llegado a hombre.
Se preguntaba si aquel exilio de la vida, de ese sistema que ella dominaba tanto, estaba regido por puro destino.
¿Por qué había sido tan impaciente su pequeñín, arrojándose a la taciturnidad de la muerte?
Aseguraba que aquel final inextricable no era para su niño, se hubiera entregado ella, en vez, a la dura llama del deceso.
Mientras las ruedas de la carroza aplastaban los caminos a su paso, los pensamientos oscuros como escombros roían su mente para luego admitir que todo estaba preñado de muerte, y que tal vez el abandono al que lo había sometido era el responsable.
Tras un viaje eterno, Erzsébet descendió hacia el territorio del adiós que no hubiera querido dar nunca.
Entró a la recámara que lo alojaba, tan fría como el frío del cadáver diminuto de András, su András, su querubín alado.
Le tendió los brazos y apoyó la cara sobre las mejillas heladas de su hijo.
Un silencio atronador envolvió a los allí presentes.
El pequeño Pavel contemplaba todo, desconsolado, y con el terror propio de los infantes ante la muerte.
A su lado y tomándole de la mano, estaba Magyari, el Rojo le decían, con cara de pocos amigos.
—Si se quedan a despedir a mi hijo, que no vuele una mosca. No quiero oírlos, silencio y honra para András, señores, y quiero advertirles que mi esposo está malo y no ha podido llegarse hasta aquí. A callar, profanos —sentenció la condesa con los ojos inyectados de ira.
Y no se escuchó ni el murmullo de la vida.
Erzsébet dio comienzo a una danza de besos, caricias y susurros en la cara azulada de su hijo.
Lo vio más bello que nunca, distante, como detenido, y no asumió que en algún momento debía separarse de él.
La madre quiso explorar la muerte de su hijo, la migración de su existencia y entablar un pacto supremo con su angelito de alas quebradas.
Vagabunda y confundida, Erzsébet se recostó a su lado, ante la mirada atónita de los pocos presentes.
—Me regalo el abrazo de la muerte, mi adorado András, te has convertido en una mera desaparición en este terreno, mas seguirás vivo en mi interior.
Anna y su flamante esposo mantenían las formas, Katalina y su prometido, György Drugeth, enhiestos, ocupaban la segunda fila, el niño Pavel lloraba desconsoladamente, pero su madre no escuchaba.
Erzsébet se clavaba las uñas en la palma de las manos para mutar el dolor que sentía en el corazón y así liberarse.
¿Era conveniente admitir lo que estaba sucediendo hasta lo más hondo de sus adentros?
Y se sintió tan débil que sus fuerzas flaquearon.
¿Debía mentir para seguir viviendo? Necesitaba a su esposo.
Ferencz era la única persona que podía entenderla, al único hombre que le urgía abrazar.
Y asumió que lo que realmente le importaba era lo imposible.
Desde la otra punta de la recámara, el Rojo la observaba con suspicacia.
Acariciaba la cabecita de Pavel y meditaba con la mirada entrecerrada.
Algo olía mal en las cercanías de la condesa Báthory.
Las lenguas injuriosas hablaban de su sed de tortura, de su ansia mortuoria, de su afán por la sangre joven.
El pastor luterano no sabía demasiado, pero que las había, las había.
* * *
A las ocho de la mañana del 28 de septiembre de 1603, envueltos en una pesada niebla que apenas los dejaba ver en las cercanías de Buda, el ejército de Húsares, comandado por el Caballero Negro, entró en combate contra la caballería otomana liderada por el pasha Deli Hassan.
Si bien una peste lo había postrado en la cama pocos meses atrás, impidiéndole despedirse de su hijo, el deber lo había levantado para enfrentar al ejército de mil quinientos turcos armados con sables corvos y hondas, defendiendo su posición con uñas y dientes, aunque, al final, no tuvieron suerte.
Fueron aplastados como ratas.
Unas semanas más tarde, el cuerpo volvió a jugarle una mala pasada. Estaba débil, se había vuelto a enfermar y le escribió a Erzsébet confiándole lo que le sucedía.
Sin perder un minuto de tiempo, ella le respondió:
A mi esposo querido, quien solo podrá leerme:
Vuelve a casa, Ferencz, que allí donde estás, nadie podrá curarte.
Soy la única digna de protegerte, y nadie más será capaz de entender tu cuerpo malo.
Conmigo está la salvación. Ven a mí, te lo ruego…
Tu esposa, Erzsébet
Pasó un mes y la salud de Ferencz no mejoró. Pero ahí entendió que debía volver a casa, algo le decía que esta vez era diferente. Envuelto en pieles para protegerse del frío que avanzaba a paso redoblado, el Caballero Negro y una junta de soldados tomaron los caminos rumbo al castillo de la colina.
El rumor del viento era apenas perceptible, las ramas peladas se inclinaban sobre el séquito magiar.
Un silencio universal arrullaba los párpados cerrados del conde Nádasdy, quien creía asistir, inmóvil, al concierto de su vida suspendida.
Por momentos, sentía miedo, aquel sentimiento tan desconocido para él.
La condesa, con la máscara intacta, lo aguardaba en la inmensidad del portal interpretando su mejor papel, la distante, la que puede con todo, la dueña de la intemperancia.
Sus lacayos le habían rogado que aguardara adentro, que las bajas temperaturas podrían jugarle una mala pasada, pero ella, sin mediar argumentos, salió al gélido sendero de la amarga espera.
A lo lejos, vio llegar a la caravana. Corrió, destemplada, los guardias detrás de ella.
Se detuvo frente al carruaje, los caballos relincharon ante la intrusa, vestida de plata por los rayos de luna.
—¡Abre la portezuela! ¡Ferencz!
Los caballeros se abalanzaron contra la condesa de ojos centelleantes, el esposo malhadado abrió y le extendió la mano.
—¿Qué haces acá, señora mía? Por favor, entremos de una buena vez, que todo esto te hará mal.
Se acomodó a su lado y lo rodeó con los brazos. Erzsébet estaba despeinada, con la inabarcable cabellera suelta. Nádasdy se la acarició una y otra vez, buscando los efectos reconfortantes de aquella pelambre sagrada, perfumada por la brisa del bosque, que tanto bien le hacía.
Ella lo envolvió con las cobijas, le había preparado la cama con sus propias manos. No quiso que nadie introdujera su sombra repugnante en la alcoba de su esposo. Ella podría con todo, ella repondría la salud de Ferencz, ella, la todopoderosa.
Pasaron los días, las semanas y llegó el último mes del año.
El 31 de diciembre de 1603 los condes no pudieron celebrar Fin de Año como lo habían hecho antes.
No eran momentos para fiestas y excesos que duraban días, que dejaban cuerpos sin conciencia tirados por doquier.
Nádasdy abandonaba la vida, sus bríos se estaban extinguiendo.
Erzsébet no se despegó de su lado, iba y venía con las pociones preparadas por los galenos, pero también de las otras, las que se cocían a fuego lento en el bracero de los rituales de las nigromantes.
La condesa intentaba unas sonrisas suaves con el postrado, para que no descubriera la realidad de su salud, pero sus ojos no sabían mentir. Detrás de la llamarada latente de su mirada se vislumbraban las chispas dolorosas de quien ve más allá. Sabía que su esposo no saldría de la alcoba en pie.
El 3 de enero Ferencz supo que el fin estaba demasiado cerca, que la intemperie lo asolaba, que al fin y al cabo había terminado por consumirse, que había gastado su salud, la que poco lo había acompañado durante esos años.
—Erzsébet, ¿puedes llamar al reverendo Barosius? Necesito hablar con él —le pidió su marido con más aire que voz.
Ella mezquinaba las audiencias en la alcoba, no quería que agotaran a Ferencz, la única persona que entendía de sus ritmos era ella.
Sin embargo, no tuvo alternativa y ordenó a la servidumbre que buscaran al pastor de Čachtice.
Cada uno de los castillos tenía su representante luterano, así como en Sárvár regía István Magyari desde el púlpito de Dios, en la finca eslovena se desplegaba el poder de András Barosius como hombre de la Iglesia, tutor o consejero familiar.
—Estoy a punto de morir, reverendo. Le pido que proteja a mi familia. Tráigame papel y pluma que debo escribir.
Barosius, a pesar de que contaba unos buenos años sobre su cuerpo, apuró la marcha y le acercó lo que le había pedido. Nádasdy le escribió a su camarada György Thurzó, encomendándole, también, la protección de los suyos, sobre todo la de su querida esposa.
El 4 de enero de 1604, Ferencz Nádasdy dejó de respirar. Tenía cuarenta y nueve años.