Maldita CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

Las necesidades del emperador tambaleaban.

De ser el dueño de todos los poderes había pasado a ser una marionera fácil de dominar.

Un buen día, Rodolfo II, harto de las disquisiciones y el poco vuelo de Viena, había ordenado que la corte y todos se mudaran a la ciudad de Praga, transformándola en uno de los principales centros de las artes y las ciencias de Europa.

Rodolfo transitaba por los salones del castillo, que había transformado de cuajo.

Aunque vestía de negro, a la usanza española, decidió borrar el estilo gótico, sombrío y tenebroso de la ciudad, y de cuanto sitio visitaba.

Mandó a construir el Segundo Patio y el Nuevo Palacio Real, el Patio de los Leones, el Callejón de Oro y le imprimió colores renacentistas a todo lo que tocaba.

Praga era el sitio ideal para que el emperador llevara adelante sus fantasías de gran mago y mecenas de las artes.

Se rodeaba de artistas, filósofos, arquitectos, matemáticos, pero también, y sobre todo, de alquimistas, astrólogos y hechiceros, atentos por demás al aislamiento de su mentor.

Rodolfo había perdido el interés, si alguna vez lo tuvo, ante la amenaza constante de los ataques turcos —asunto imperioso en esos tiempos— y lo único que le levantaba el ánimo era el constante conciliábulo con los hombres de su más estrecha confianza.

El emperador desconfiaba de todos. Y que no lo interrumpieran con desatinos bélicos.

Sus intereses estaban en otros mundos, bastante menos tangibles.

El alma le volvió al cuerpo cuando recibió al pintor milanés Giuseppe Arcimboldo y este, veloz como saeta, entendió que debía aprovechar las excentricidades del Habsburgo: entregó su arte a la confección de trajes festivos, decoró mascaradas y dirigió espectáculos rimbombantes de teatro, nupcias,

circo, bailes y justas.

El despliegue del italiano incluyó ornamentos y artificios de fuego, a los que Rodolfo vivaba como un niño.

También acogió al pintor flamenco Bartholomeus Spranger, quien supo responder a las preferencias extravagantes del emperador, que reclamaba pinturas eróticas para ampliar su vasta colección.

Al grabador de Amberes, Aegidius Sadeler II, le encargó, incluso, que le reprodujera varios dibujos de Durero.

Al más grande observador del cielo, el astrónomo danés Tycho Brahe, lo recibió en audiencia, le concedió el título de matemático imperial, además de una renta considerable, y le dio a elegir entre tres castillos para que instalara su observatorio.

Tycho eligió el situado en el poblado de Benatky, a algunas leguas de Praga, y de inmediato mandó a llamar a su familia para que no lo dejaran solo.

Giordano Bruno, el filósofo y cosmólogo italiano, también gozó de los favores del desprendido emperador durante una breve estancia en la renacentista ciudad imperial, en 1588, para luego ser recompensado con trescientos táleros (70) por sus Articuli adversus mathematicos.

Sin embargo, la errancia de Bruno acabó en la hoguera: en febrero de 1600 fue condenado por la Santa Inquisición por sus opiniones contrarias a la fe católica, por decir que existían múltiples mundos y por brujería. ¡Al fuego con el hereje!

Rodolfo quedó devastado. Deambulaba por palacio.

Su desequilibrio era cada vez mayor. Pero quien no perdió oportunidad para acercar posiciones fue su hermano menor, Matías, hambriento de poder desde unos cuantos años atrás.

El Habsburgo díscolo había coqueteado con las provincias rebeldes de los Estados Generales en 1578, aceptando el nombramiento de gobernador de los Países Bajos, contra la voluntad de su tío Felipe II de España y sin el conocimiento de Rodolfo II, del Sacro Imperio Romano Germánico.

En 1583, Matías regresó a Austria e hizo varios intentos desatendidos para ser elegido obispo.

Tres años después, las negociaciones para la sucesión del rey polaco István Báthory —tío venerado de Erzsébet— también fracasaron.

Incansable, solicitó la regencia en El Tirol y la Austria Anterior.

Recién, en 1593, Matías logró gobernar Austria.

A diferencia de su hermano, que le aburrían soberanamente las discusiones religiosas y las abandonaba en cuanto aparecían en escena, Matías se enfrentó de inmediato a la enérgica defensa de sus derechos entre los estamentos protestantes.

La postura religiosa del joven Matías fue en defensa acérrima de la Contrarreforma.

Católico como su madre, piadoso a ultranza.

El emperador estaba desnudo. Y no de ropas, sino de espíritu.

Su mente le jugaba una mala pasada y aquello no era nuevo.

También su cuerpo empezaba a mostrar flagrantes signos de deterioro.

Víctima de sífilis desde muy joven, caía en pozos melancólicos una y otra vez, afirmando que la cama y el encierro de su recámara eran su única salvación.

De tomar decisiones políticas, ni hablar.

Y como era de esperar, la sucesión se convirtió en un tema de extrema preocupación para la casa real y la excusa perfecta para los conciliábulos secretos.

Rodolfo no se había casado, era un soltero empedernido, la infinidad de ofertas de posibles candidatas a consortes le había tenido sin cuidado.

Mantenía una relación non sancta para la moral regia con Kateřina Stradová, hija del pintor Ottavio Strada el Viejo, y nieta del mercader, anticuario y cortesano Jacopo Strada.

A los catorce años, Katita se había convertido en su amante y, de inmediato, se le concedió el título de condesa.

Matías, el archiduque con intenciones expuestas y convencido de que él era el indicado, se dirigió a Praga para deliberar con su hermano.

—Estimado Rodolfo, vengo a cuidar de ti y a proponerte que guardes reposo en las afueras de la corte para organizar la sucesión —expresó Matías en una reunión a puertas cerradas.

—Has venido en vano, hermano mío. Sigo en funciones, mal que te pese.

Rodolfo II despidió al archiduque y se retiró a sus aposentos. Se sentía acorralado, pero no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer. ¿Dónde estaban sus oráculos? ¿Por qué no lo asistían sus astrólogos?

En noviembre de 1600, en la ciudad de Schottwien en la Baja Austria, los archiduques Matías, Maximiliano —su hermano y gran maestre de la Orden Teutónica— y Fernando —su tío y suegro— firmaron un acuerdo de oposición conjunta contra el emperador.

A Rodolfo se le avecinaba la noche.

* * *

Me he enterado, de buenas a primeras y porque aún tengo amigos que me estiman como Su Excelentísima Majestad, mi querido Rodolfo II, que te habías trasladado de Vaš a Transilvania, lo que me parece asombroso, ya que nada bueno puede venir desde ese sitio…

Erzsébet escribía, destemplada, a su marido, que faltaba de la casa hacía demasiado tiempo. Su corte milagrosa la asistía, pero necesitaba a Ferencz.

La misma tierra de donde recolectamos la cosecha es la misma tierra de la que recibimos malas noticias. Están todos asombrados porque no has tomado posesión de ninguna propiedad allí. Vives de los excesos y el rendimiento de este país, ¿por qué lo abandonas, entonces?…

Se sentía abandonada, poco atendida por su esposo. Su amor se le presentaba como un abismo profundo y sin fondo, en el que se iba sumergiendo y del que ya nada ni nadie podía salvarla.

Esto es algo que no asimilamos, señor mío, y me ha afectado por demás, y cuando me he enterado, me sentí amargada como nunca. Dios mantenga tu salud…

Y convocó a sus acólitos tras un grito desesperado.

Ya no sabía qué hacer, su marido era un espectro que elegía esquivarla, su primogénita estaba a punto de desposarse y ella había cumplido cuarenta años.

No podía ni imaginar ese número, el paso del tiempo, la acumulación de meses, días y los despojos de sí misma.

—¡A conseguirme arreglos! —aulló la condesa y con la mirada perdida, continuó en el trance—.

Mírenme bien, monstruos del averno, tráiganme doncellas, que no hay nada que pueda calmar mi pena.

Quiero vaciar mi copa hasta la última gota de tortura y dolor.

Sangre, sangre de su sangre, ¡toda esa sangre!

Y se derrumbó sobre el lecho, abatida en una noche de hielos, que ni las cobijas lograban calentar.

A veces, cuando Ilona presentía que algo funesto estaba por suceder, le acercaba alguna doncella y la introducía en la cama bajo la promesa de que arropara a su ama, de que la abrazara para contagiarle el calor de las campesinas, que la entibiara con la transpiración de su cuerpo joven.

Lo que comenzaba con lujuria, a poco llegaba a su fin con el arribo de la crueldad.

El alma de Erzsébet empezó a encenderse, aunque en su fuero más íntimo se debilitaba.

Su naturaleza solo gozaba con el dolor de sus víctimas.

Cada vez más jóvenes, más inocentes, poseedoras, las doncellas, de una ingenuidad angelical.

Buscaba las torturas más terribles para que, por medio de ellas, conjurara su sino horrendo: la juventud esquiva, ya no era joven, no era bella, era un monstruo.

Lloraba cuando nadie la veía, no quería testigos que presenciaran tamaña vulnerabilidad. Y cuando el río de lágrimas se secaba, su corazón se endurecía como una piedra, observaba al resto con fuego en los ojos, estiraba el cuello albino como el de un cisne y salía al mundo completamente renovada.

Y se encomendó a los preparativos de la boda de su hija Anna, que se llevarían adelante en Csepreg, en el condado de Vaš, en su venerada Hungría.

Porque no quiso poner un pie, nunca de los jamases, en Sárvár.

Se había enojado con el castillo de los Nádasdy, el fantasma de Orsolya había vuelto a los corredores y la asaltaba.

Que allí se quedaran su marido y sus hijos varones, con los tutores y su mundo, que drenaban su interés por completo.

Anna, al fin, se casó con el imponente conde Miklós Zrínyi en una fiesta que duró días que parecieron meses, aunque por qué no, también siglos.

La madre hizo el traspaso de saberes, como había hecho su madre con ella, y todas las madres Báthory con sus niñas.

La llenó de talismanes, le susurró al oído embrujos infinitos y le apoyó los dedos en los sitios adecuados del cuerpo de su primogénita.

Anna se dejó hacer y osciló entre la pavura y una felicidad difíciles de explicar.

El firmamento húngaro estuvo salpicado de incontables estrellas para iluminar el amparo de tal romance.

Erzsébet fue la reina de la celebración.

Se exhibió como una esfinge de civilizaciones antiguas, lució sus joyas —se las había puesto todas—, que refulgieron hasta dañar la vista de los presentes.

Los terciopelos blancos y las pieles que cubrieron su cuerpo disputaron el sitio de Anna, que lo tenía bien ganado por haberse desposado con un noble de vasta estirpe.

La madre de la novia observó todo. Y un temblor nuevo le sacudió las entrañas.

Cayó en la inmensidad, cayó sobre sí misma y sintió que la vida era un grito que no deseaba aliviar, que lo único que quería era aferrarse ardientemente a sus tormentos más salvajes.

Y no satisfecha con haber colocado los pensamientos de furor a flor de piel, bajó la cabeza, casi imperceptiblemente, como en un asentimiento, una aprobación, para convocar a sus gárgolas, para que dejaran de abrir tan grande sus bocas, que presentía que se la iban a tragar.

Sin embargo, la boca que se abría para no ser satisfecha nunca, y cada vez estaba más abierta, con ganas de deglutir todo y el mundo, era la de ella.

Insaciable de vida, insaciable de muerte.

70 Antigua moneda de plata que apareció a principios del siglo XVI y que circuló principalmente en Alemania, y luego en el resto del mundo durante casi cuatrocientos años. Acuñada en los estados y territorios del Sacro Imperio Romano Germánico y la monarquía de los Habsburgo durante la Edad Moderna.

TERCERA PARTE

Ensangrentada y fatal