CAPÍTULO VIII #3
Frente a la casa se encontraban la iglesia y el convento de la orden de los agustinos, fundada en el año 1330 y elegida como el punto de partida de la casa imperial para las peregrinaciones y procesiones, además de las honras fúnebres.
En la gótica capilla de San Jorge, en otros tiempos se solían encontrar los caballeros de San Jorge —la orden de caballería ligada al culto del santo guerrero cristiano— para deliberar sus asuntos.
La iglesia ocupaba una pequeña parte de la larga fachada que albergaba a los agustinos.
Modesta y recoleta, daba a la plaza abandonada, cercana al palacio imperial.
El convento, en cambio, era más alto y de mayor importancia.
Las celdas de los frailes, al otro lado de la calle, se encontraban exactamente frente a las ventanas de las habitaciones de la condesa.
Cruzaron el umbral y Erzsébet recorrió la casa en el mayor de los sigilos, observando todo, deteniéndose en cada sala, recámara y muro, como un sabueso tras su presa.
Para llegar a las habitaciones inferiores con bóveda de ojiva, había que descender cuatro peldaños, con el mayor de los cuidados.
Estaban algo destartalados y su altura era bastante imprecisa.
En el centro, como solía suceder, se encontraba el patio, que alumbraba la vivienda.
—Me gusta este sitio, querido. Pasaremos los largos inviernos aquí, si te apetece.
—Como siempre, acuerdo contigo, Erzsébet. Y me vendrá de maravillas reposar un poco, no me siento demasiado bien, creo que el frío me ha subido la temperatura.
La condesa ordenó a la servidumbre que le acomodaran la habitación a su esposo, que le tendieran la cama con cobijas frescas, que abrieran las ventanas para airear un poco y que hicieran silencio.
—¿No podremos ir a Hofburg a visitar al emperador? —preguntó Erzsébet, ansiosa por reencontrarse con su estimado Rodolfo II.
—Ha trasladado la corte a Praga hace un tiempo. No te lo había contado. Una pena para ti, no podrás verlo esta vez. De cualquier modo, estimo que está haciendo una temporada en Pilsen, escapando de la plaga.
—¡Oh, qué desgracia! Gracias a los cielos que ha podido salvarse de esa inmundicia, entonces. Y ya veré de qué modo me entretengo.
Cuando caía el sol, la condesa se convertía en una paria de la civilización y salía a vagabundear por las calles de Viena.
Dejaba a su esposo bien protegido del viento invernal y, junto con sus adláteres en los abismos, montaba el coche y partían rumbo a lo desconocido.
Erzsébet buscaba nutrir su alma, apaciguar la voz que le gritaba desde bien adentro, darle respuestas a su conciencia, que la dejaba en carne viva.
Se internaba en las callejuelas más apartadas, esas donde imperaba el bullicio, a diferencia del susurro que dormía detrás de los muros del palacio y sus alrededores.
Erzsébet buscaba alejarse de los sitios que se dedicaban a vivir bajo el orden establecido.
Buscaba jovenzuelas que satisficieran sus tumultuosas necesidades, esas oleadas de voluptuosidad que la zambullían en un profundo insomnio, imposible de paliar.
Recién cuando se asomaba el día y lograba reposar el espíritu, podía cerrar los ojos.
Las habitaciones del sótano de la residencia vienesa se iban colmando de jovencitas que no llegaban a los catorce años.
Se las tentaba con promesas de trabajo, de pertenencia, de comodidades, de afeites, de cualquier cosa que oficiara de sebo humeante.
La condesa escrutaba la oferta, estudiaba los detalles que lograran encender el sinsentido de sus entrañas y elegía a la más joven, a la más bonita, a la de la lozanía adictiva, aquella que, mágicamente, le inoculara su lágrima de niña que la llevaría rumbo a la inmortalidad.
Las elegidas subían a la amplia recámara y allí daba comienzo la brutal lección. Primero las caricias, reclamadas y ofrecidas, que encubrían a la bestialidad inminente, para luego continuar hacia el descenso a las catacumbas. ¿Por qué hacía falta tanto dolor? Nadie tenía la respuesta.
Las núbiles aullaban de miedo y tormento, y el estruendo interrumpía el silencio de la noche, despertando a los monjes del convento, quienes empezaron a preocuparse por lo que sucedía en la casa de enfrente.
Cuando los gritos sacudían los cimientos de la ciudadela, las puertas del convento se abrían de par en par y los hombres de Dios salían, estrepitosos, y apedreaban las ventanas de la residencia del terror.
Algunas veces, Ferencz participaba, como un mero espectador, de las andanzas de Erzsébet. Alejado pero de cuerpo presente, gustaba de mirar lo que ensayaba y ejecutaba su esposa. Después se reunían, secretos, en la intimidad del lecho.
—Cuéntame todo, señora.
—Si lo has visto, mi señor.
—¿Tal vez sea un augurio de muerte, Erzsébet?
—No, es mi conjuro contra ella.
Cuando las noches acababan y se hacía el día, Ilona y Dorkó arrojaban cubos de agua ensangrentada a la callejuela sin el menor remordimiento. Compartían las habilidades con esos moradores malditos.
67 Ciudad situada al noroeste de Eslovaquia, ubicada en el valle del río Váh.
68 Ciudad histórica en el norte de Hungría, localizada en la orilla derecha del río Danubio, frontera con Eslovaquia.
69 Casa de los Conejos, situada en el centro de Viena, sirvió como alojamiento imperial.