Maldita CAPÍTULO VIII #2
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CAPÍTULO VIII #2

Erzsébet dejaba su estela incluso aunque no buscara desplegarla, imprimía a sus pasos el ritmo de una danza nocturna ejecutando, en el resto, una inexorable fascinación.

De uno de los salones salieron Nádasdy y Thurzó, ambos con las manos tomadas por detrás como réplicas exactas, en un diálogo sigiloso.

Departían acerca de lo que se deliberaba puertas adentro, pero agregaban otros asuntos a la cosa, menos beligerantes y cercanos a la cotidianidad: que los hijos, que la educación, que la ampliación de la riqueza y los nuevos negocios.

Y hacia los fondos del corredor, vislumbraron a Erzsébet.

Ferencz le hizo una seña con la mano y se le acercaron.

—György, qué casualidad verte por aquí. —La condesa le extendió la mano para que se la besara.

—Erzsébet, precisamente hablábamos de ti, y ha pasado demasiado tiempo sin saber de la familia —respondió Thurzó, embelesado por su presencia.

La condesa le agregó una ínfima información acerca de los suyos, pero le hizo referencia a la próxima parada del viaje, que tan ilusionada la tenía.

—Tu primo Thurzó ha sido nombrado ispán del condado de Trenčin, (67) es una inmensa alegría para todos nosotros.

Ferencz le palmeó el hombro y escrutó a su mujer para que lo felicitara o, por lo menos, esbozara algún contento.

Fue en vano, Erzsébet parecía amurallada, era una esfinge portando el anhelo de inmortalidad.

Thurzó se hizo el desentendido y continuó con la cháchara de unas visitas previas a Venecia, locación exótica pero deslumbrante para los negocios de compra y venta, y el merodeo a través de sus callejuelas misteriosas.

La condesa apenas entreabrió los labios, impostando algo de interés.

Esas regiones, tan alejadas pero cercanas en sus pensamientos, despabilaban algunas de sus ensoñaciones más subterráneas.

Pero Venecia desapareció de la conversación y del imaginario para cabalgar rumbo a las hazañas bélicas de los señores, el asedio de Esztergom, (68) aquella fortaleza tomada por los otomanos y recuperada por las lides de Thurzó, y su ojo brillante se encendió al relatar lo fascinante de la guerra.

—No puedo más que reproducir el júbilo que sentimos todos ante la fiereza extrema de las descargas de nuestras armas, destrozando la artillería otomana.

Erzsébet no disimuló un bostezo, no le interesaban esas disquisiciones tan convocantes en las mentes y los cuerpos de los hombres pero tan soporíferas para ella.

—Caballeros, me retiro, ya nada tengo para hacer por aquí. Prefiero comenzar con los preparativos para nuestra salida rumbo a Viena. ¿Te parece bien, Ferencz?

Les hizo una pequeña reverencia y se fue sin esperar que la despidieran. Thurzó quedó impactado por la belleza de la condesa. Se prometió en silencio que le escribiría a su esposa, dueña del mismo nombre que Báthory, para convidarla a una próxima visita a su propiedad.

Y al fin, dio comienzo el viaje hacia el último destino.

Los cascos de los caballos contra el empedrado anunciaron la llegada de los condes de Báthory a la ciudad imperial de Viena.

El carruaje de la pareja lideraba la caravana y, varios cuerpos detrás, marchaban los edecanes de Nádasdy montados en sus alazanes y, por último, el coche con el séquito de Erzsébet, formado por Ilona, Dorkó, Darvulia, dueña de la palabra revelada, y Ficzkó, su contrahecho favorito.

El carruaje de los Báthory se detuvo en la esquina de Augustinerstrasse y Dorotheergasse.

Ferencz le tendió la mano a Erzsébet y la ayudó a descender.

Ella miró la fachada sombría de la nueva adquisición que había hecho su esposo, que le había costado tanto conseguir.

La negociación se había puesto difícil, pero Nádasdy había demostrado su perseverancia de hierro y pagado lo que le pedían por ella.

La condesa contempló la entrada, tan diferente al resto de sus propiedades.

No era un castillo de muros infinitos y torres que propiciaban la custodia de un vigía, pero la casa era importante y llevaba, en sus cimientos, su historia.

Ya en el año 1313 el príncipe Federico de Habsburgo había atesorado, en sus bóvedas, un arsenal de pólvora.

Tras su uso como depósito de armas, había sufrido una seguidilla de cambios de manos.

La primera dueña de la residencia había sido Johanna Sofia von Bayern, la mujer del duque Alberto IV, quien tuvo que deshacerse de la propiedad el 25 de mayo de 1410 para pagar unas deudas a la espléndida casa nobiliaria de los Stubenberg.

Diez años después, la vivienda regresó a manos de los Habsburgo, con Alberto V.

El duque de Austria, Ladislao I, entregó la construcción a los hermanos Hans, Heinrich y Ulrich von Rosenberg en 1457 en agradecimiento por unos servicios prestados, y estos la vendieron, otra vez, a Federico III tres años después.

Matías I, rey de Hungría y Croacia desde 1458 hasta su muerte en abril de 1490, en cuyas manos finalmente había caído, donó el área en 1488, luego de mudarse a la Hasenhaus.

(69) Y las vueltas de la vida habían concluido que ese día cercano al 1600 las arcas de Ferencz Nádasdy compraran la propiedad.