Maldita CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

Embriagada por una fuerza suprema, cabalgaba Erzsébet.

En un espasmo vertiginoso, libraba su propia batalla contra los cielos y la tierra, contra lo que vendría y lo pasado, contra la condena final, la quietud y el dolor, contra la muerte y la vida, a través de los sembradíos del palacio.

Había abandonado el lugar de mera observadora de los desangramientos para tomar mano activa en ellos.

Se movía impetuosa sobre el caballo, sintiéndose, ella, la venganza de Dios.

Había elegido, con un cuidado rayano en lo amoroso, su preciado filo para penetrar la blanda carne de su presa, enterrándolo hasta el fondo para que corriera la sangre divina que saciaría su sed de lozanía.

No había esperado a la recolección del torrente en las vasijas destinadas a la faena, allí mismo y con el corte de motu proprio oficiando de jurado, había sumergido las manos en el flujo para, luego, distribuirlo sobre su cara.

Se había sentido abrumada por la intensidad de la sensación.

Ella y solo ella era capaz de entender la dimensión del amor que contenía su aspiración a lo absoluto, a lo bello.

Ese era su interés ulterior, su atisbo de alegría, la búsqueda, el camino —cada vez menos farragoso— hacia la belleza, su destino oculto.

Jadeaba, gritaba sostenida por el viento, con la mirada fija en lo alto de las ramas donde toda estabilidad desaparecía, buscando aplacar su tempestad.

Con la cara limpia ya, rememoró esa sangre seca que había penetrado en su torrente, inyectándole su miasma juvenil para luego ser barrida por los paños bendecidos en agua de deshielo, pura y mágica.

Era joven y era niña, con la piel tersa y poderosa, secreta y letal.

Era el albergue de la ilusión, se habían renovado sus esperanzas, precipitándose en esa empresa nueva que ya no podría abandonar.

Y le ordenó a su cabeza que acomodara el inmenso desorden en el que se había sumido tras el ritual de la eterna juventud.

Pero se perdía en su propio laberinto y jadeaba aún más, como una loba solitaria en una noche de luna llena.

Y volvía a perderse en la ceremonia sangrienta: le fascinaba mirar, ejecutar, diseccionar.

Le encantaba el color y la vacilación de la sangre, la luz que provenía de esa correntada.

Estaba viva al fin. Suficiente ya de los antiguos temblores, los había reemplazado por la concreción de sus sueños.

Se detuvo, desmontó el caballo en un movimiento con la prestancia magiar y se perdió entre los árboles.

Las mejillas le latían y el ardor se deslizó por todo su cuerpo, exhibiendo las más terribles pasiones, semejantes a una nube flamígera empujada por el atardecer.

A lo lejos descubrió la figura de un hombre con un hacha entre las manos, en plena labor.

No lo pensó dos veces, le imploró a sus piernas que la llevaran hasta donde se encontraba él.

Una desesperación impiadosa la dominó y corrió.

—¿Quién me limpiará esta sangre?

Y lo miró a los ojos. El leñador no supo qué responder.

—¿Qué juego sagrado tendremos que jugar? —insistió Erzsébet con unas ganas locas de poseerlo.— Estás demasiado pálido. No llegaremos al silencio de la noche sin estrellas para hundirnos en nuestro fuego.

No esperó más y en un impulso enloquecido le arrancó la camisa y hurgó, con las manos como garras, el cuerpo viril escondido bajo las vestiduras, que se despertó en el acto y la penetró en una vuelta.

Con fuerza, la obligó a ponerse de rodillas y la llevó al más profundo abismo, la sumergió donde ya nadie podría salvarla.

Erzsébet fijó la mirada húmeda y devoradora en el desconocido de un modo tan perturbador que metió miedo.

Cuando el ansia se vio calmada, Erzsébet se incorporó, barrió los rastros de aquella vejación aceptada por ambos y sintió una arcada. Sin mediar palabra ni despedidas, se retiró del claro del bosque para ir en busca de su alazán. Montó de un salto y regresó al castillo.

“Soy la erupción del centro del universo”.

“La pasión de mi Dios se ha desencadenado”.

“Mi acto sagrado no tiene límites”.

“De aquí en más se han roto todas las fronteras, mi razón y mi moral”.

“Soy mía”.

Aullaba Erzsébet, apretando los ijares del caballo con los muslos y los brazos extendidos al cielo.

* * *

El Caballero Negro había regresado a casa, una vez más, y traía buenas nuevas para su esposa. O eso creía, al menos. Llegaba con las manos repletas de propuestas que, daba por seguro, Erzsébet recibiría con toda la alegría de la que era capaz.

—Querida mía, dichosos mis ojos al verte, he pasado demasiados meses lejos de ti.

A pesar de sí, perdida en sus cavilaciones, Erzsébet se fundió en un abrazo apretado con Ferencz.

Los brazos de su marido apaciguaban sus antiguos temblores, serenaban —ignoraba cómo— hasta el más mínimo atisbo de incertidumbre.

Nádasdy, incluso envuelto en el más pesado de los silencios, le regalaba seguridad.

—Esposo mío, al fin en casa.

—Pero vengo a sacarte de aquí por una temporada, ¿qué te parece? Tanto me habías reclamado que estos densos bosques impedían el paso del aire y que necesitabas respirar que nos vamos.

La condesa se aposentó, majestuosa, sobre su asiento y demoró una respuesta, aunque era evidente.

Igual, impondría sus condiciones. No podían partir de inmediato.

Tenía demasiadas cuestiones que resolver antes.

Por lo pronto, la familia se había agrandado: además de las niñas, habían llegado dos varones a la vida de Erzsébet.

Primero András, con sus ojos renegridos, y a los nueve meses Pavel, el benjamín.

Pero aquel acontecimiento no había sido el único que había modificado las costumbres del castillo.

Anna, la hija mayor, había sido prometida al conde Miklós Zrínyi, integrante de un clan croata, igual de importante en prosapia y territorio que los Báthory.

Había que preparar el éxodo de la jovencísima novia hacia el dominio del novio en Croacia para que recibiera la tutela de su suegra, como había sucedido años antes con Erzsébet.

—¿Y adónde iremos? ¿A cuál de nuestros vastos castillos? —preguntó la condesa, abrumada porque debía organizar todo.

—Uno que aún no conoces, todavía no nos pertenece, pero vamos a hacernos de él. Y por otro lado, quiero que me acompañes a la Dieta en Presburgo.

—Ah, qué alegría, mi querido Ferencz, sabes colmar mis vacíos sin que te lo demande. Pero no puedo moverme sin mi séquito, sabrás entender. —La condesa no estaba dispuesta a renunciar a su entorno que la rodeaba mañana, tarde y noche y sabía alimentar su alma ardiente.

—Claro que sí, señora mía, contaba con eso.

Sin embargo, una de tus criadas de confianza deberá acompañar a Anneta a la corte del conde György Zrínyi y su esposa, la baronesa Sofie Stubenberg, nuestros futuros consuegros.

Pensé en Dorota, que la ha visto nacer y, tengo entendido, la estima y cuida en igual medida.

La condesa se incorporó con los ojos inyectados en sangre.

De ninguna manera le iban a quitar a su leal Dorkó, y para asistir a su hija, tantísimo menos.

Sintió que algo le quemaba bien adentro, un dolor de lo más punzante la hizo trastabillar.

No podía perder a su corte de confianza, ¿quién la ayudaría a calmar sus cuitas si no era ella?

—Lo rechazo categóricamente, Ferencz. Anna puede ir con cualquier otra, Dorkó debe quedarse conmigo y de seguro entenderás por qué.

Me entretiene con sus conocimientos y sus amables prácticas.

Me ha enseñado algo nuevo, su sabiduría es casi como la tuya.

—Se acercó a su marido y lo tomó de las manos suplicando, con el gesto, su aprobación—.

Escucha esto, se debe golpear con un palo blanco a una gallina pequeña y negra hasta matarla.

Y poner un poco de sangre sobre el enemigo; si no está al alcance, se debe poner la sangre en alguna ropa que le pertenezca. Y ya no podrá causar daño.

Ferencz se alejó un poco, miró a su esposa y le acarició la mejilla, tiernamente. Erzsébet vaciló y pasó una mano por el rastro que había dejado la caricia.

—¿Qué pasa? ¿Qué tengo? —preguntó Erzsébet, inquieta, intuyendo el surco de algún año, alguna sombra del tiempo o tal vez un vestigio de un conjuro infértil.

—Nada, mi alondra, solo siento un orgullo inconmensurable de ser tu esposo. Haremos lo que me digas.

La condesa esbozó una sonrisa triste y bajó la vista.

La voluntad de vivir le volvió al cuerpo.

Sus doncellas eran las únicas que la comprendían, las que habían colaborado a reducirla a ese estado, aquel limbo en el que ella danzaba sus mejores pasos.

Se deslizaba, en esa suerte de locura original, como en el hielo del estanque en enero, con testigos que la aplaudían a rabiar, pero también de los otros, los que creían vislumbrar en ella una crueldad extrema e instintiva, de la que no se avergonzaba.

—¿Y los niños, tan pequeñitos, los dejaremos solos? —suplicó, con la mirada perdida, como si no le hiciera falta una respuesta. Ferencz buscó serenarla, no quería que se alterara más.

—No debes preocuparte más, Erzsébet. Convocaré a un hombre de mi entera confianza, al pastor luterano István Magyari, para que se encargue de mis varones.

La condesa solamente se dignó a emitir un murmullo indescifrable.

—Muy bien, cuando todo esté listo y el sol muestre sus resplandecientes rayos, partiremos rumbo a la aventura.

Ferencz besó a su esposa en ambas mejillas en un arrullo viril y salió de allí. Ella, en el más absoluto silencio, aulló y deliró como una bestia encadenada.

* * *

Erzsébet deambulaba por los laberínticos corredores del castillo de Presburgo.

La Dieta se celebraba en los salones, que se encontraban desbordados de caballeros prestos a la negociación constante.

A ella le interesaban muy poco las deliberaciones políticas que se llevaban adelante en la capital del Reino de Hungría que, por cierto, eran de cupo masculino.

Sin embargo, su amante esposo gustaba de llevarla y exhibirla como trofeo de caza a cuanto conciliábulo de señores se presentara.

Subía y bajaba las escalinatas, entraba y salía de las habitaciones con la altanería y el hastío de siempre, como si de sus hombros se deslizara la capa de armiño, propia de una reina que desprecia lo que no siente a su altura.

Los caballeros, al verla pasar, perdían la concentración y encontraban en ella un renovado interés.