CAPÍTULO VII #2
El hombre posee una cierta libertad para elegir una vida exteriormente justa y puede elegir entre las cosas accesibles a la razón.
Pero sin la gracia, la asistencia y la operación del Espíritu Santo no le es posible al hombre agradar a Dios, arrepentirse sinceramente y poner en Él su confianza y remover de su corazón la maldad innata que posee.
Esto no es posible sino mediante el Espíritu Santo que nos ha sido donado por la Palabra…
Pero encontró un aliado fiel en György Thurzó, un pariente de su esposa con la misma devoción luterana que él.
Integrante de la familia noble más adinerada del condado de Szepes, (66) en el Reino de Hungría, el caballero había entrado al servicio militar hacía poco, enfocándose en la guerra contra el Imperio otomano.
Nádasdy y Thurzó comandaban los ejércitos contra los turcos en cada asedio que les tocaba en suerte o desgracia.
Cuando la sed de venganza y odio mermaba, se encontraban en el campamento para compartir sus aventuras.
Sentados a la vera del fuego, dialogaban en voz baja.
Sus esposas, los hijos y su Dios los mantenían a cubierto, bajo su propia soledad.
* * *
Ujváry János, el fiel Ficzkó, formaba parte del ejido de Nádasdy desde su más pobre infancia.
A los cinco años había sido abandonado en los caminos cubierto por unos andrajos y nada más.
Algún alma samaritana lo había arrastrado hasta el castillo de András y Orsolya, y los nobles, benefactores a ultranza, lo adoptaron.
Con los años, se convirtió en el receptáculo de todo pedido posible.
Ficzkó era dócil y siempre dispuesto, y, en la misma medida, tarado y algo deforme.
En la corte de los Nádasdy era el bufón al servicio de todos.
En las fiestas era el encargado de deleitar a los presentes con sus gracias y cabriolas, pero cuando se encerraba en sí mismo y no recibía aplausos, el resentimiento ganaba y una fuerza vengativa le oscurecía la mirada.
Erzsébet supo, apenas puso pie en Sárvár, que János le pertenecería. Mientras que algunos pegaban la vuelta, horrorizados ante tamaña fealdad, ella quedó fascinada. Ficzkó era suyo y respondía a todos sus reclamos.
—Harás todo lo que te pida, ¿comprendido, mi leal siervo?
—Claro que sí, condesa.
Así se consolidó el pacto entre esa ama y su esclavo, sin vacilaciones ni titubeos y con la consistencia de la palabra de un oráculo.
El gnomo preparó las alforjas con algún que otro alimento, una vasija con agua y un abrigo por si la noche se hacía eterna y helada, montó en la carreta y condujo hacia el norte.
Iba en busca de doncellas. Su querida condesa le había solicitado, por medio de las necesidades de la señora Darvulia, que recolectara muchachillas en flor.
Y emprendió el viaje hacia la región de Nyitra, donde, se decía, las jóvenes se destacaban por su belleza.
A la vera de los caminos y, de tanto en tanto, aparecían comarcas ínfimas que envolvían los muros de fortalezas.
Ficzkó tenía el ojo bien entrenado en un constante patrullaje para encontrar lo que le habían solicitado: doncellas de ojos azules como el cielo y rubias como el sol.
Como por arte de magia, aparecieron las núbiles de faldas de colores y camisas blancas, y el entusiasmo intacto.
—Buenas y santas, niñas, disculpen mi impertinencia —saludó el reclutador, impostando una bondad que no había conocido nunca—. Soy un enviado de mi señora en busca de mano de trabajo adecuada.
Las jóvenes sonrieron y cuchichearon entre sí. Lo miraron de reojo con una pizca de desconfianza, la deformidad de sus rasgos les inspiró un poco de miedo.
—Les pido perdón por esta cara. Dios no ha sido bueno conmigo, pero sí lo es mi ama, dueña de toda la bondad del mundo. Y de la belleza, pues rodearla solo alimentará la de ustedes.
Se afligieron por haber sentido asco ante la monstruosidad de aquel hombrecillo y desestimaron la petulancia inicial. Abrieron los ojos y lo escucharon con atención.
—Las colmará de ropajes bonitos y demás regalos. ¡Vengan a su dominio!
No hubo que prometer más: algunas, las que no tenían nada que perder, las que no tenían que rogar permisos, las que habían soñado con encontrar su dueño, o algo más fuerte incluso, se treparon a la carreta y, sin más, reclamaron que se moviera con el ímpetu de los dioses.
Y emprendieron el viaje, desconociendo su destino oculto.
El corazón de Ficzkó galopaba con el mismo retumbe de las ancas del caballo. La cabeza le daba vueltas y no dejaba de aullarle furias sacrílegas.
“¡Aquí llegan las soluciones!”.
“¡Condesa eterna e insurrecta, será bella por siempre!”.
“Es la única que se permite que sus impulsos recorran los caminos de las pasiones”.
“¡Destruya los principios de la vida!”.
“¡Vaya por lo prohibido, a violar lo vedado!”.
Fue un viaje interminable, el primero de una infinidad. Fueron las horas más inquietantes vividas por el bufón de la condesa. Imploraba a su dios que la elección de doncellas fuera la adecuada.
Arribaron a Sárvár, y Ficzkó se dirigió hacia los fondos del castillo.
Dorkó e Ilona aguardaban en el patio, erguidas y majestuosas.
Extendieron los brazos y ayudaron a descender a las doncellas, quienes departían y reían tontamente.
Habían llegado al paraíso, pensaban. Y preguntaron por la condesa Báthory a viva voz.
Las laderas de Erzsébet las chistaron, silencio, que se les urgía ser discretas.
Como ellas, como su ama. Pero callaron que, como toda señora que se preciara, la condesa se debía a los excesos y ellas, campesinas y vírgenes, serían el fruto que los alimentaría.
—Vamos adentro de una buena vez.
Y las arriaron como ganado hacia una puertecita que daba al patio de armas.
Ilona blandió la llave, la introdujo en la cerradura y abrió.
Descendió unos peldaños e invitó a pasar a las recién llegadas.
La hermética habitación estaba iluminada por dos teas, al fondo había una tarima de madera apoyada por cuatro patas en las esquinas y un cubo debajo.
—Quítense las ropas y suban —ordenaron Ilona y Dorkó ante los gestos de estupor de las doncellas.
No había tiempo que perder, la condesa aguardaba en sus aposentos con el corazón palpitante.
Desnudas, las tres jóvenes se ubicaron donde se les marcó.
Las secuaces de Erzsébet metieron mano en sus bolsillos y sacaron dagas de mangos brillantes y piedras exóticas.
De a una por vez hundieron el filo en las ingles blanquecinas, que se tiñeron de la sangre que corrió por los muslos suaves hasta gotear en el recipiente.
Los gritos de muerte de las muchachas quedaron clausurados por los muros de Sárvár.
Ilona y Dorkó continuaron hasta drenar la última gota de vida de aquellos cuerpos por donde el tiempo no había pasado.
Con los ojos inyectados, controlaban el comienzo del ritual de su condesa, asfixiadas por sus oscuras obsesiones.
66 Localizado, en la actualidad, entre el noreste de Eslovaquia y una pequeña área del sudeste de Polonia.