CAPÍTULO VII
Contemplaba a la recién nacida como el hijo de Liríope a su reflejo en el estanque.
Erzsébet rozaba apenas la piel del bebé porque no quería lacerarla con el peso del mundo.
A pesar del deseo de su esposo, que le había sugerido que podía ser la heredera de su madre, la había nombrado Katalina.
Pues no. Kato era suya y no la sacrificaría por pedido de su padre.
Esa hija se había impuesto a la vida como una herida que ella, y solo ella, estaba dispuesta a lamer.
Desde el mismo instante en que la parió, Erzsébet supo que el fruto de ese desgarro profano sería su protegida.
Katalina era igual a ella, tal vez quiso que así fuera.
Pero el nacimiento de una vida no fue el único acontecimiento destacado de ese año para los Báthory.
A mediados de diciembre, a una zancada de 1587 y con un frío que heló la sangre, llegó a Sárvár la noticia de la muerte de su tío István.
El último hermano de su madre que quedaba con vida.
De los hastiales por encima de ella ya no quedaba nadie.
Con lacre y escudos le anunciaron la fecha y el sitio donde se llevarían adelante las exequias.
No me encuentro en condiciones de asistir. He dado a luz y me siento indispuesta. Irá mi esposo en mi nombre.
Condesa Erzsébet Báthory
El advenimiento de Katalina fue la excusa perfecta.
No tenía ganas de movilizarse junto a su séquito hasta Cracovia.
Las bajas temperaturas y, sobre todo, las tormentas de nieve eran un impedimento letal para su salud, y aún más para el movimiento de vasijas, cuencos y la prodigalidad de tintas y frutos de la naturaleza que no la abandonaban ni a sol ni sombra.
El tío voivoda de Transilvania, rey de Polonia y gran duque de Lituania había abandonado el mundo sin motivos aparentes en la ciudad lituana de Grodnó y, con toda la pompa y la circunstancia que exigieron sus títulos, fue sepultado en la cripta de la catedral de San Wenceslao.
Rodeado por sus edecanes, el Caballero Negro se presentó a dar el pésame.
Su presencia fue una declaración de principios, más allá de la relación familiar que los unía.
Uno de los proyectos principales de István Báthory había sido la construcción de una federación de Estados —entre los que se encontraban Polonia, Hungría y Transilvania— contra los turcos.
Sin embargo, ese no era el único enemigo del conglomerado de reinos; los Habsburgo peleaban el lugar de la furia, igual o peor.
Y Ferencz Nádasdy luchaba a muerte contra el asedio otomano, pero bajo las órdenes de Rodolfo II, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Las relaciones eran peligrosas.
Mientras tanto, en Sárvár sucedían cosas de lo más alejadas del ámbito político. A diferencia de la celebración de la muerte que llevaban adelante los hombres de la familia, en la finca emplazada en el oeste de Hungría se reverenciaba la vida. O esa pasión ruinosa que se embebía de luna.
Erzsébet había recobrado la ilusión, se sentía impenetrablemente abierta. Había desechado aquella creencia absurda de que estaba a punto de morir y le había vuelto el alma al cuerpo. Y la promotora de aquella quimera había sido Darvulia, de las últimas convocadas a la corte de los milagros.
—Soluciones, necesito soluciones para esta carrera poco apetecible y tan ajenamente mía —le había pedido la condesa, replicando la sed de la sanguijuela, que traga y traga en una inercia repulsiva pero nada la sacia.
—Su vida será una obra inconclusa, un sendero que no llegará a destino. Porque el cometido, el vuestro, es estar en tránsito. Usted es el desvarío, condesa Báthory, y yo solo le marcaré el paso.
La maga recitó con decir lento, como si por medio de cada palabra fuera capaz de convocar las respuestas de todos los mundos. Los ojos centelleantes de Erzsébet, en tanto, tragaban la oferta de su nuevo oráculo.
—Por medio de aguijones, nos proveeremos de sangre joven, condesa. Sangre de campesina, sangre limpia de toda indolencia porque está viva, porque renueva y porque seremos las únicas, de aquí y de allá, que guardaremos este secreto.
—Saldré a buscarlas, entonces. —Y se incorporó con unas ganas hasta ese momento desconocidas.
—No, señora. Para eso tenemos lacayos. Ellos saldrán a los caminos a reclutar niñas para ser usadas por usted. Será un honor para ellas.
—Quiero verlas.
—¿Para qué?
—Para fiscalizar que sean las adecuadas.
—Confíe en mí. Sé lo que necesita.
—Deseo lo que me falta. Me excita eso que se me escurre por entre los dedos, los años, la juventud y, por tanto, la belleza. Consíguemelo y te entregaré mi vida.
Que no hacía falta tanto, le respondió Darvulia. Con donarle su confianza era más que suficiente.
Pusieron manos a la obra: Dorkó, Ilona y luego el fiel Ficzkó salieron a los caminos en busca de campesinas de cuerpos saludables y esbeltos, de mejillas rozagantes y con la alegría de las que aún desconocen las tragedias de la vida.
La condesa se sentó, con un ansia desmedida, a esperar la entrega.
Faenarían, sin ella, a las dadoras de la sangre.
Una pulsión voraz la obligó a tomarse, con fuerza, de los brazos de la silla.
Los nudillos, aún más blancos que la blancura de sus manos, anunciaban la determinación en la que se había sumido.
¿En qué se había convertido? ¿En una alimaña cínica e inmoral?
Sacudió la cabeza para espantar las preguntas.
Las únicas respuestas que le interesaban eran las de la eternidad, y estaba dispuesta a sacrificar lo que hiciera falta.
Se pasó la mano por el cuello suave para ayudarse a respirar.
Inspiró como si fuera la primera vez y recordó que, hasta ese instante, había considerado esa acción una práctica inútil. Empezaba a sentir el placer verdadero.
* * *
Te doy gracias, mi Padre celestial, por medio de Jesucristo, tu amado Hijo, que me has guardado este día de todo peligro y mal; y te ruego que perdones todos mis pecados en los que he obrado mal y me guardes esta noche.
En tus manos encomiendo mi cuerpo, mi alma y todas las cosas.
Sea tu ángel conmigo para que el Maligno no tenga poder sobre mí…
Ferencz rezaba, apartado de todos, en pleno campamento. Los enfrentamientos estaban a la orden del día, las escaramuzas a lo largo de la frontera Habsburgo-Otomana se habían intensificado, convirtiendo al 1591 en la puerta de entrada a una guerra que duraría quince años.
El Caballero Negro no abandonaba a sus hombres, montaba su caballo y blandía su espada en cuanto asedio incendiara las furias de la contienda.
Pero empezaba a flaquear, y no porque sus lealtades se hubieran desmoronado, nada más alejado de eso.
Con el paso del tiempo, sus inquietudes habían empezado a virar hacia la palabra de Dios.
No en vano era hijo de Tamás Nádasdy, pilar fundamental durante la Reforma de la Iglesia luterana y proveedor persistente en contante y sonante para defenderla, incluso, con las armas.
A consecuencia de la caída de Adán, todos los hombres nacidos de manera natural son concebidos y nacidos en el pecado.
Sin temor de Dios, sin confianza en Dios y con la concupiscencia.
Este pecado hereditario y esta corrupción innata y contagiosa es un pecado real que lleva a la condenación y a la cólera eterna de Dios a todos los que no son regenerados por el Bautismo y por el Espíritu Santo…
Había empezado a cansarse, los años comenzaban a pesarle un poco, la barba negra, que tanto había perturbado a amigos y enemigos, había perdido aquella estridencia.
Cuánto mejor le sabía entregarse a la plegaria para recuperar fuerzas y disfrutar de esas largas horas en la más completa soledad que verse subsumido bajo los gritos de la guerra.
Comenzaba a fatigarse de los engaños, la violencia y la envidia de los que se había visto rodeado.
… no podemos obtener el perdón de los pecados y la justicia delante de Dios por nuestro propio mérito, por nuestras obras o por nuestra propia fuerza, sino que obtenemos el perdón de los pecados y la justificación por pura gracia por medio de Jesucristo y la fe.
Pues creemos que Jesucristo ha sufrido por nosotros…
¿Pero qué sucedía en su casa? ¿Debía regresar, más temprano que nunca, al seno de su hogar?
¿No había llegado el momento ya de la vuelta del esposo pródigo?
¿Y Erzsébet, la mujer que lo aguardaba, la de la eterna espera, la de la comunicación perseverante, la de la huella imborrable, al fin y al cabo, quién era?
A veces creía entenderla, pero tantas más le resultaba insondable.
Probaba con perseguirla, cuando compartían tiempo juntos, con la mirada para descubrir los recovecos sombríos de su alma, intentaba acercarle alguna antorcha para iluminar sus velos.
Pero no. No había logrado, en todos esos años, medir la profundidad vertiginosa de sus abismos.
El verdadero arrepentimiento comprende en primer lugar la contrición, es decir, el dolor y el terror que uno siente a causa del pecado; en segundo lugar, la fe en el Evangelio y en la absolución, es decir,
la certeza de que los pecados nos son perdonados y que la gracia nos llega por los méritos de Jesucristo.
Es esta fe la que consuela los corazones y que da paz a la conciencia.
Luego de esto se debe enmendar la vida y renunciar al pecado…
Llegaban las noticias desde Sárvár, o de Lockenhaus, tal vez de Čachtice, poco le importaba desde dónde venían, sino quién era la autora de esas letras romas.
Erzsébet insistía en proveerle la información que ella creía importante.
Ferencz se enteraba de que sus niñas, Anna y Kato, se curaban de algún mal o de que les salía un diente o sucumbían a los castigos imperecederos de toda crianza nobiliaria.
De quien no había escrito ni una palabra más había sido de la preciosa Orsolya, la tercera de sus hijas, que había sido bautizada como su madre, pero que no había logrado quedarse en este mundo.
Una hija muerta prematuramente y el dolor a la distancia de un padre siempre en el campo de batalla era como una tumba que lo engullía.
Uno de los motivos de su vuelco religioso había sido la muerte de su pequeña.
Erzsébet se había vuelto muda al respecto.
No escribió, tampoco habló de eso, y aún menos quiso ponerle la oreja al susurro de su llanto.
Con qué afán celoso guardaba sus secretos.