Maldita CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

Y llegó la primogénita —la heredera fundamental, de necesidad urgente en toda familia nobiliaria con ansias por eludir la desaparición— a las vidas de Erzsébet y Ferencz.

Al fin la condesa sola y sin esposo a quien amarrarse dio a luz a una ínfima Anna que se dio a conocer con todo y la fanfarria de su llanto en un gélido atardecer castellano.

La criatura irrumpió en el siglo como ofrenda de un desesperado sometimiento del tiempo, tal vez como garante de la persistencia de la vida en este mundo.

Erzsébet estaba a punto de cumplir los veinticinco años y dio por seguro que exhalaría el último aliento durante el pujo final, pero no fue así.

Con el cuerpecito untado en sangre y desechos, la pequeñina se dio a conocer con la bravura de un gigante.

A la madre, en tanto, le sobrevino la náusea ante lo desconocido, la premura de la carne de su carne y, sobre todo, el terror de la dependencia.

La miraba y se reconocía, la tocaba con la punta de algún dedo y se hundía en un escalofrío caliente, humano, bestial.

Era su hija, sobre todo suya. Entonces, la pavura.

El nombre lo eligió Erzsébet. Esa no era tarea de su esposo, quien, por otro lado, andaba dando muerte a un sinfín de turcos por los confines de la tierra mientras ella se ocupaba de dar vida.

Era el nombre de su madre, tal vez con esa ofrenda lograría regalarle el respiro a su Anna eterna y fugitiva.

Una corte de criadas y nodrizas se hizo cargo, en el acto, de la supervivencia de la criatura.

Cuando se sentía en condiciones, Erzsébet la tomaba entre los brazos y la besaba una y otra y más y sin cesar, restringiendo, como podía, el temblor en el que se sumía.

La acariciaba, la olía, la perseguía, la acechaba, la miraba y miraba y miraba con sus ojos redondos buscando en los gorjeos de la niña, aunque más no fuera, un poco de sosiego.

Nunca era suficiente. La amaba con desesperación, se despreciaba en aquel tembladeral en el que se sumergía.

Pero la presencia del cuerpo diminuto de su hija, aunque ausente tantas veces gracias al rescate de la servidumbre, comenzó a horadar sus cimientos que creía tan sólidos. Algo en su cuerpo se había quebrado. ¿Y si el advenimiento de su hija le hubiera inoculado el veneno de la hiedra?

—¡Vengan ahora mismo! Necesito que me asistan a mí, no a ella.

Y ni fuerzas para mantener el grito tuvo, se desmoronó sobre las alfombras de hilado exótico.

La turba de sirvientas corrió a socorrer a su ama.

Erzsébet gemía desconsolada. Desde ahí abajo pidió que la socorrieran y que le trajeran su espejo.

Las doncellas se miraron entre ellas, cada vez entendían menos, pero cumplieron las órdenes.

Acomodó el cristal frente a su cara y se enfrentó a su propia imagen, mezcla de Dios y demonio, y contempló un destello sombrío que no conocía.

Una figura irreconocible, unos senderos que no sabía hacia dónde iban en una cara con un cansancio que no era el suyo, ajada, de sombra violácea y piel gastada.

Estaba vieja y todo lo que se dibujaba en su cristallo era pura fealdad.

Y sintió un gusto nuevo en la boca, sabía a peligro.

—No puedo soportar esto. Deben encontrarme el remedio, quiero la cura a este suplicio.

Mi querida hija me ha convertido en un ser mortal y no lo tolero.

Me ha entregado el pasaje a la pérdida y yo no he nacido para eso.

Ha abierto una herida en mí a la que no le encuentro ningún sentido.

¡No puedo! ¡No debo! ¡Solo ustedes deben!

Las doncellas, desconcertadas, sabían que no tendrían excusa a la hora de los resultados.

Una de ellas aventuró la osada sugerencia de que la señora estaba preciosa como siempre, o como nunca, o con la gracia que le daba la consolidación de la maternidad, y se abrieron las bocas del infierno.

Erzsébet perdió los estribos y se abalanzó contra el engendro que se había atrevido a propinarle tamaños improperios.

La pararon como pudieron y se desvaneció sobre los brazos samaritanos de alguna de ellas.

La recostaron sobre un diván y la fregaron en ungüentos especiados e intentaron, por todos los medios, de anestesiarla aunque fuera un poco. La condesa se agitaba en unas ondulaciones desacompasadas, en un presagio de tormenta.

* * *

Erzsébet estaba sentada, entregada a los afeites de rutina desde hacía unas cuantas horas.

Su larga cabellera siempre era trabajada por las mismas doncellas.

Eran tres criadas con rango y algún linaje las que acompañaban a la condesa desde los primeros días.

No confiaba en la mano rústica de las muchachas de campo, ávidas del jornal y una cama caliente, pero carentes de levedad a la hora de manipularla.

—¿Dónde está Katryna? Les hará falta ella para la faena última, sus dedos como gusanillos apenas cosquillean mi testa sensible. Y no la veo por aquí.

La joven tan deseada había sucumbido a una peste y la habían confinado extramuros, no fuera que trajera el mal al castillo del señorío. En tanto, Ficzkó, el mayordomo y hombre de máxima confianza de la condesa, había puesto la voz de alerta para reclutar a alguien que ocupara su lugar.

El dúo de la eficiencia había empezado a cepillar el pelo clareado desde la coronilla hasta las puntas, y aquellos flecos acariciaban los dos hoyuelos dibujados debajo de la cintura, la antesala de las redondeces de la carne, el santo y seña que ostentaban algunas pocas Báthory.

Erzsébet se había entregado en una satisfacción de éxtasis inmóvil a la felicidad del embrujo estético.

Ilona y Dorota —doncellas y oráculo de la primera hora— peinaban y peinaban las hebras fulgurantes.

Luego, dividieron el pesado telón capilar en dos mitades.

No se dirigían la palabra entre ellas, pero sabían bien que faltaban otras manos para dar comienzo al final del peinado.

Se miraron y dirigieron el reojo a la puerta para ver si el mayordomo entraba con buenas noticias de una vez y por todas.

Se hizo la luz y apareció Ficzkó, empujando a una jovencita de mejillas regordetas y alegría en el mirar.

En un movimiento, le indicó dónde debía ubicarse, e Ilona y Dorota le hicieron lugar. Antes, había sido advertida:

“No se habla”.

“No se mira”.

“Tampoco se sonríe”.

“Sin ruido al respirar”.

Las avezadas no quitaron los ojos de centinela de la espalda de la condesa, intuyendo y sin necesidad de confirmación que el entusiasmo de la rubicunda se velaría en cualquier momento. Pero no había tiempo que perder.

Levantaron el pelo como ofrenda al cielo, la novata tomó la redecilla de perlas, la apoyó sobre la coronilla espléndida y con el bastoncillo de boj fue a la busca de pequeños mechones de pelo que fueran el hilado a traspasar cada hoyuelo de la red, para luego ondearlos sobre la testa.

De un lado y del otro en un justo equilibrio y sin enredar.

Era el trabajo de una artista y esa faena brilló por su ausencia.

La regordeta había peleado contra la corona de pelo sin demasiada suerte. Ilona y Dorota sintieron un frío nuevo en el espinazo y la condesa mantuvo los ojos cerrados mientras duró la manipulación.

—Tráiganme el espejo.

Una de las criadas desde la otra punta de la habitación se apuró a cumplir la orden.

La enfrentaron al reflejo, Erzsébet levantó la vista y creyó que se había extraviado, que se había vuelto ciega.

Vio la maraña monstruosa en la que la habían convertido y un fuego le quemó las entrañas.

No pensó más, giró y, con todas las fuerzas de sus ancestros, le plantó una cachetada a la mejilla rozagante de la nueva, que terminó herida.

De la nariz malhadada brotaron dos gotas de sangre que salpicaron el antebrazo y la mano —no la que fuera la prueba del delito— blancos de la condesa Báthory.

El séquito corrió a poner un poco de calma aunque también a detener el tiempo, por temor a que estallara el fin del mundo. Intentaron limpiar las manchas sanguinarias con cuidado, pero la sangre, en vez de desaparecer, devino en pócima nutritiva.

Erzsébet se dejó hacer y observó los efectos de la mancha y la limpieza.

Le pasó los dedos por la zona de conflicto y sintió una suavidad nueva; la rozó con sus labios en un movimiento demorado y la sensación de tibieza la convirtió en gato.

Pidió una vela para mirarse mejor. La acercó al sector afectado por la sangre fresca de la nueva para confirmar que brillaba con un resplandor diferente.

No podía dejar de mirar su piel renovada. Se olvidó por completo del peinado errado, del espanto en el espejo. Contemplaba, extasiada, su carne trémula, y como si se se hubiera relamido las heridas, la sangre de otra se había convertido en propia para salvarle el día.

Aquella negrura del comienzo resplandecía ahora en un chispazo divino con gusto a sangre.

Con lágrimas en los ojos y olvidándose de que no estaba sola, Erzsébet sintió que nacía una fuerza desconocida dentro de ella.

* * *

Los días se convirtieron en noches y en claridades que se agazaparon debajo de las sombras de una eternidad en suspenso.

Erzsébet no podía dormir, o no quería, pero importaba poco.

Estaba segura de que si el sueño lograba vencerla, un nervio indómito sería capaz de quitarle el estado de clarividencia que había encontrado.

¿Era aquello un delirio de su razón indispuesta o una hebra de un instinto secreto?

¿Qué motivo, si existiera tal, la llevaba a la persistencia de ese afán nuevo?

Precisó confirmaciones, quería ser ungida por la verdad de la vida.

¿O de la muerte? No soportó más la mansedumbre de aquellas estadías interminables en las habitaciones del palacio, de los pocos pasos que daba entre los corredores y la alcoba, y del estímulo carente que le inyectaba aquel trayecto, y entonces decretó que la solución estaría en el viaje constante.

De Sárvár a Lockenhaus, de ida y de vuelta, junto al séquito chico, aquel de confianza —idea brillante, ya que las casas estaban a unas leguas entre sí, aunque había que cruzar límites de Austria a Hungría y del reino magiar al Habsburgo, pero eso no era relevante—.

Seguidme los inadecuados, aparentó ordenar la condesa Báthory, presta a encontrar respuestas en los caminos boscosos de sus dominios.

Con una rabia suficiente en el corazón, se acomodó en el carruaje.

Abandonada la mirada en el camino, sus ojos parecieron despedirse, confiando en que la dejaran partir para que pudiera ocultar en el fondo de la tierra su tristeza infinita.

Recobró algo de su alicaída esperanza y, cuando llegaban esas noches con claros de luna, lideraba unos paseos hacia lo más aislado de su propiedad con Dorota Szentes, alta, más que alta y fuerte, como un animal de carga, e Ilona Jo, las elegidas.

Sobre todo esta última, que la acompañaba desde tiempos inmemoriales.

—Dorkó —así le decía a su íntima Dorota—, apura el paso, que no quedes rezagada por un caminar de anciana, mujer, que para algo eres la más joven —la apuró la condesa jadeante—. Mira los bríos de mi Ilona y aprende.

Su antigua nodriza sonrió con una mueca torcida, regalando truculencia más que la serenidad de una sonrisa al viento helado.

La fealdad de ambas hubiera aterrado a cualquiera, no a la condesa.

Continuaron con la caminata, Erzsébet perseguía algo que no declaraba, aunque así era siempre. Por lo menos hasta ese momento.

—Vamos, mis escuderas, ayúdenme. Algo se ha modificado en mí desde aquel día, creo que todo ha cobrado algún sentido.

Las sombras de los árboles recreaban formas extrañas, indecisas, parecían abrazar o expulsar, siempre y cuando que el desprevenido no sucumbiera al terror de la noche. Erzsébet iba y venía, elegía correr detrás de ellas, más que sentirse amedrentada. Allí se sentía a salvo.

—¿Adónde vamos, señora?

—No lo sé, tampoco importa, Ilona. Lo único que puedo aseverar en este preciso instante es que a partir del nacimiento de Anna me he sentido cada día más muerta.

—Sin embargo, la vemos, señora, viva y en la plenitud de sus formas.

—Mira esto. —Erzsébet se levantó la falda, con la mano tomó el borde superior del calzón y se lo bajó hasta el pubis—. Estoy casi segura de que estoy encinta de nuevo. Volverán a comerme, Dorkó, la muerte se apura, Ilona.

El viento silbaba a través de las hojas y un pájaro escondido entonaba su lamento a la espera de una respuesta.

—A ver, señora, permítame. —Ilona extendió una mano huesuda y la apoyó en el bajo vientre de la condesa—. Así es, late la criatura.

La dueña de los saberes supo con solo palpar. Erzsébet le entregó su confianza.

—Ayúdame, Ilona, te lo ruego.

Con las manos tomó las de la nodriza y se las pasó por todo del cuerpo, palpó las piernas y entre ellas, y subió por la panza y los pechos, que habían empezado a cargarse, el cuello, la cara, arriba y abajo, dirigiendo el tanteo como un comandante a su ejército.

—Existe una posibilidad de detener el tiempo, señora.

—Eso ansío, Ilona. Ahora mismo. Dóname el secreto, que seré su mejor carcelera.

Ilona le susurró al oído lo que ya había discurrido con Dorota desde hacía unos cuantos días. Habían deliberado, en soledad, la receta magistral de la eterna juventud para su señora. El conjuro debía cumplirse, ella y solo ella.

La sangre de niña debe cubrir la piel de la condesa.

La faz sangrienta de sangre de ninfa atravesará los poros hasta el final.

El velo ensangrentado otorgará la solución.

Erzsébet dejó de respirar y una calma nueva la abrazó.

Contempló a las criadas con la gracia de la complicidad, con la misma emoción que latía cuando se sentaba a la mesa de un banquete descomunal de carne y comía hasta caer rendida.

Ya no caería, solo temblaba de impaciencia porque necesitaba dar comienzo al pacto que llegaría en su ayuda.

—¿Me veré joven?

Asintieron las criadas.

—¿Lo prometen?

Prometieron las criadas.

—¿Permaneceré eterna?

Afirmaron las criadas.

—Júrenme que seré amada. Intensamente, con devoción.

Y juraron.

Ahora debían ponerse a trabajar. Ilona murmuró algo más, unas palabras secretas, desconocidas para los de a pie, reveladas para los cofrades: les vendría como anillo al dedo la colaboración de una mujer que lo sabía todo.

Erzsébet aceptó al instante. Se trataba de Anna Darvulia, la bruja consultada por toda la comarca para menesteres pedestres.

Para ellas, develaría otras sabidurías. La condesa conminó a Dorkó a que se la trajera cuanto antes y que se aliara a su corte, que ya vería con qué la tentaría, y quién sabe, tal vez podría nombrarla institutriz de su hija y de lo que estaba por venir.

Con los ojos ardientes, inició el regreso al castillo.

Se cubrió la cabeza con la caperuza, se adhirió el terciopelo al semblante y se relamió con la idea de que dejaría de estar ajado.

Esas gotas lavarían la fealdad que traía el tiempo.

La condesa quería caminar por otros senderos, los conocidos estaban colmados de piedras y ella prefería las rosas.