CAPÍTULO V #2
—No lo creo Erzsébet, eres la creadora del sentido de la belleza, mereces la adoración de todo el mundo. —Y chasqueó el dedo para llamar a un lacayo. Le susurró algo al oído y este salió disparado para luego regresar con una nota. Se la entregó al emperador y este a la mano de la condesa.
—Aquí tienes lo que precisas para aclarar tu melena.
Erzsébet la observó por arriba y le dedicó una sonrisa de agradecimiento.
Llegaron unos compases desde la sala contigua, anunciando que comenzaba el baile.
Un compuesto caballero le extendió la mano a la condesa y ella lo siguió.
En ningún momento exhibió una duda ante el atrevimiento del desconocido. Ella solo quería bailar.
Y Ferencz regresó al lado del emperador a la busca de retribuciones.
—Su esposa ha salido a bailar, comandante.
—Imagino, Excelencia. Le gusta hacerlo, a veces me reclama que lo hace poco.
—Es algo que hacen las esposas, aquello de los reclamos, ¿no es cierto?
—Yo no sé lo que es certero o lo que no.
Me he desposado con esta mujer sin razones mías.
Sé que puedo correr riesgos porque tiene todas las faltas de su sexo.
Posee ánimo caprichoso y algunas debilidades femeninas, pero no tengo tiempo para cuestionarme.
Ni ganas, con dedicarme a observarla tengo bastante ganancia.
—Muy bien, Ferencz. Pero su temple deberá ser de acero. Ella no es para cualquiera. Usted tendrá lo fundamental. Además, el matrimonio es un asunto de mero sentido práctico, más que de cualquier gratificación.
Nádasdy asintió y frunció el ceño, otorgándole una expresión de severidad y dominio a su cara.
No le parecía interesante tocar los temas domésticos con el hombre más poderoso de Europa Central.
Había asuntos más importantes en el horizonte.
Y ya resolvería sus cosas en los muros de su castillo que, por cierto, descansaba en ellos poco y nada.
De pronto, un extraordinario alboroto de aplausos irrumpió desde otra de las salas.
Los afectos a la música se entregaban al baile.
Erzsébet era una de las tantas que demostraba su talento, pero la única que atraía todas las miradas.
Entre los acordes y los pasos, escondió su verdadera naturaleza.
Le gustaba impostar y jugar a ser una criatura de ojos tímidos y asustados, y un rubor leve como el pétalo de una rosa le subió a las mejillas y los labios parecieron temblar.
Las líneas de su cuello eran como las de un lirio blanco y sus manos, talladas en un gélido marfil.
A lo lejos vio la sombra de su marido. La máscara de la noche se le transformó en el acto, pareció decaída.
Le agradeció a su pareja de baile y fue tras la estela de Ferencz.
Él apuró el paso y ella fue detrás, como pudo.
Le colocaron el abrigo y el sombrero y salió al patio, a la espera de la calesa.
Erzsébet llegó a tiempo y subió el escalón que la llevó a acomodarse al lado de su esposo.
* * *
—Ya es hora, nos vamos de aquí.
—Pero si apenas han pasado unos meses.
—No debo perder el tiempo y en este sitio es lo único que se me propone. No tengo nada que hacer ya.
—Te comportas como si estos meses hubieran sido años o siglos. Y tan luego debo soportar que me llames altanera e intolerante a mí. Es de no creer.
Una oleada de una furia vívida ascendió hasta el cerebro de Ferencz, que pareció presto a estallar.
Estaba cansado de las veleidades de Viena, era como estar inmerso en un claustro eterno.
Además, esa corte ya no tenía nada para ofrecerle y poco a poco lo sumía en un total desasosiego.
El deber lo llamaba y bien lejos de ahí.
—Y cuando yo, al fin, empezaba a entretenerme… —resopló Erzsébet, exagerando un ápice. Con tal de confrontar con su esposo, buscaba cualquier excusa.
—Si sabes bien que la urgencia de la batalla me aclama y no quiero dejarte sola en esta corte. Salimos rumbo a Sárvár, los dejo ahí y continúo viaje hacia el sudeste, que ahí me aguardan. Conocías mis deberes, ¿o acaso no gustabas de ellos?
Erzsébet mantuvo la calma y se tragó el chicotazo que hubiera dado por respuesta. Su marido tenía razón.
—Además, será una temporada bastante larga la que tengo por delante. Será mejor que te afinques en el castillo del sur que está mejor abastecido. ¿O prefieres Čachtice? En ese caso, haré lo que me pidas, mujer.
La rodeó con los brazos y ella abandonó el cuerpo durante unos segundos. Se giró, con él adherido a su pecho, le tomó las manos y lo miró a los ojos, contemplándose en el reflejo de un modo muy particular, tan perturbador.
—Prefiero Lockenhaus, mi señor.
Desmantelaron la residencia que daba a la Blutgasse, acopiaron todos los enseres y los Báthory y su acotada corte partieron hacia el sur de Austria.
Erzsébet se acomodó con la felicidad intacta por haber vencido a su marido en la pulseada.
La afrenta había sido breve pero suficiente para la caricia de su amor propio.
Con su marido lejos, se dedicó a ir y venir por la finca y a dar órdenes y contraórdenes a las criadas que, como era de prever, no daban abasto: que le consiguieran aquella hierba, que ahora mismo se apercibieran con la pertinente seta mágica, que pronto,
no hay demora que apruebe si no aparece el polvo para el revoltijo, y así un ritornello de diatribas e imprecaciones que ya nadie entendía.
Y la servidumbre dale que te dale alrededor del brasero, revolviendo el menjunje de turno.
La condesa buscaba la soledad de ese instante para encontrarle el provecho al embellecimiento. Mejor sola que fea. Y así disparaban sus anhelos, sin reparo, aunque nada la conformaba.
Ferencz recibía los reportes domésticos de su esposa con una asiduidad pasmosa.
Le interesaban poco, pero ya se había acostumbrado; él respondía con palabras escuetas, así se enlazaba la relación matrimonial.
Le temía un tanto, casi en la misma dosis de amor y admiración que sentía por ella.
Que hiciera lo que quisiera si así se sentía feliz.
En una de las tantas cartas que habían ido y vuelto, Erzsébet encontró la solución para ajusticiar a las sirvientas que entraban en pánico o sufrían crisis que ella no entendía, o tenía insignificantes ganas de hacerlo.
Pegaba gritos al cielo cuando esto sucedía o apretaba los dientes hasta que rechinaban.
Pero su amado Ferencz le apuntó el santo remedio: que tendiera a las irresolutas sobre la piedra y les metiera un trozo de papel embebido en aceite entre los dedos de los pies y les prendiera fuego.
Así aprenderían, que eso mismo hacía él con su tropa y surtía efecto.
¿No era acaso el ejercicio de la cólera una práctica fundamental para hacerse obedecer?