CAPÍTULO V
Erzsébet estaba tendida sobre la cama intentando aplacar los dolores. El séquito de sirvientas ensayaba todo tipo de pociones para sanarle el mal de la cabeza. Eran las primeras horas de la mañana, a la noche debía asistir junto con su marido a una recepción oficial en Hofburg.
Ferencz había recogido a su esposa y se habían instalado en Viena, en una casa cercana al palacio imperial.
El monarca había dado el visto bueno para el desembarco de la condesa en su corte y Nádasdy había considerado que ya era hora.
Hacia la espléndida residencia de la calle Schulerstrasse, con una comitiva chica y enseres en calesas y carruajes, había partido Erzsébet, sabiendo que ese sería un alojamiento temporario.
Si el vaivén cortesano era de su agrado, buscarían algo que agregara categoría al enclave vienés.
Pero ese caserón ya venía habitado por presencias y prácticas cargadas de historias atroces.
Detrás de aquellos muros se encontraba un sendero muy angosto, la Blutgasse, o mejor conocida como la “callejuela de la sangre”, donde se erigía una fortaleza con una infinidad de puertecillas con blasón propio y escaleras que daban a varios patios internos.
Aquella casa, que inquietaba por el dominio de cornamentas en las paredes, había oficiado de albergue de la Orden del Temple algunos siglos atrás.
Los Pobres Compañeros Soldados de Jesucristo, mejor conocidos como los Caballeros Templarios, habían comenzado su guerra mística alrededor de 1120, cuando una junta de ocho caballeros cristianos se habían acercado al patriarca de Jerusalem, de nombre Warmundo,
y solicitado la venia para defender al Reino de Jerusalem.
El patriarca les había encomendado el deber de mantener los caminos seguros de forajidos.
Los caballeros cumplieron la encomienda durante nueve años hasta el Concilio de Troyes llevado adelante en 1129, convirtiéndose en una orden militar legitimada por la Iglesia.
La regla de la Orden del Temple se basaba en la de la Orden Cisterciense, regida por la obediencia, la pobreza y la castidad.
Los templarios conformaron una de las huestes de las Cruzadas lanzadas por el papado entre los años 1095 y 1291 contra los líderes musulmanes para la recuperación y defensa de la Tierra Santa, alentadas por la promesa de una recompensa espiritual.
Pero con el fin de las Cruzadas, los hombres fueron expulsados de la zona.
A lo largo de sus años de actividad, la Orden del Temple se enriqueció y se volvió poderosa.
Recibieron grandes donaciones de dinero, fortalezas, iglesias, incluso aldeas con sus maravillosas rentas, propiedad de reyes y nobles europeos, muy interesados en ayudar en la lucha por la Tierra Santa.
Por orden del papa, los templarios estaban exentos de peajes y diezmos, y sus casas e iglesias tenían derecho de asilo. Y solo respondían al Santo Padre.
Pero todo se acaba al fin y, a veces, la frontera que separa justos de pecadores se convierte en un peligroso pantano. El derrumbe de los Caballeros Templarios empezó de la mano del rey Felipe IV de Francia, más conocido como el “Rey de Hierro”.
“No es un hombre ni una bestia, es una estatua”, denunciaban sus opositores. Incluso el papa Bonifacio VIII se dirigía a él como “el falsificador”.
Felipe estaba muy endeudado porque había soñado con la gloria del poder eterno gracias a la acumulación territorial.
Y había imaginado en la eliminación de los templarios, un importante rival, una forma de aliviar las dificultades financieras.
Por si aquello no hubiera sido suficiente, el rey de Francia se había enfrentado, a capa y espada, contra Bonifacio VIII por la disputa de poderes entre la Iglesia y la Corona.
Tras la muerte de aquel papa y la asunción del renovado Clemente V, al que había sometido bastante, el francés vio la oportunidad perfecta para agigantar su control sobre los asuntos eclesiásticos.
Le ordenó que suprimiera, de una buena vez, a la Orden del Temple.
El viernes 13 de octubre de 1307 los templarios fueron apresados por orden de Felipe IV y acusados de los delitos de herejía, blasfemia, idolatría, corrupción financiera y prácticas degeneradas.
En el mes de noviembre, se emitió la bula papal Pastoralis praeeminentiae que ordenaba el arresto de los templarios en toda Europa.
En Alemania, en esos años, reinaba el Habsburgo Federico el Hermoso.
El gran maestre de la Orden era Friedrich Wildgraf von Kyrburg y residía en Viena, en su inquietante castillo de salas subterráneas y catacumbas, a espaldas de la catedral de San Esteban.
Todas las casas que rodeaban a la fortaleza pertenecían a la Orden.
Allí se reunían los templarios para todo menester que los convocara, y los curiosos de todas layas podían verlos deslizarse por los alrededores en tareas misteriosas, entre gallos y medianoches.
Pero cuando llegaron las noticias del apresamiento y ejecución en la hoguera del gran maestre francés Jacques de Molay a orillas del Sena, Wildgraf ordenó a sus caballeros que salieran de Viena de inmediato.
La hueste templaria montó los corceles rumbo al norte.
Pero nunca contaron con la traición artera del Consejo Eclesiástico, que los encomendó a que volvieran prometiéndoles que estarían a salvo bajo su ala.
Las capas blancas de cruz roja surcaron los cielos en la campaña de regreso.
Entraron a Viena y, al instante, los eclesiásticos cerraron las puertas de la ciudad bajo mil llaves.
Los del Temple galoparon hacia su fortaleza y allí se atrincheraron.
Sin embargo, fueron cercados a través de los patios y las catacumbas.
A golpe de maza, una y otra vez, los masacraron entre aullidos de dolor y exterminio.
Corrieron arroyos de sangre hacia la Singerstrasse, convirtiéndola en la Blutgasse.
Y por allí reposaba Erzsébet, acomodando el cuerpo para el crepúsculo en el palacio.
Probaba los filtros sanadores, aspiraba pomadas de mandrágora, que tan útiles habían sido alguna vez, e imploraba que lo fueran en aquella oportunidad.
Precisaba aletargar el destemple que la acompañaba y no sabía bien por qué.
—¡Sírvanme, doncellas! ¡Quiero algo para que se duerma el suplicio de una buena vez!
Y el tropel de sirvientas apuraba, como podía, el conjuro que les otorgara, a ellas, un poco de paz. Las tempestades hervían en el pecho de la señora y les era menester aplacarlas.
Erzsébet se aplicó un paño frío que le quemó los párpados. Quiso apagar las luces alicortas del día.
* * *
Los salones de Hofburg ostentaban el esplendor y poder ejercido por Rodolfo II, más cercano al arte y al intelecto que a los banquetes de desenfreno lascivo.
No era que los estímulos más bajos no fueran del agrado de nobles y cortesanas que ocupaban aquellos estrados, claro que la exhibición de la belleza era un bien preciado de tener y contemplar.
Además, no debía de olvidarse del ojo censor de la reina madre, que aunque ya había optado por el cobijo del regreso a España, de cualquier modo estaba atenta a la ejecución de las prácticas permitidas por la Santa Iglesia.
Sin embargo, los intereses del monarca navegaban otras aguas, menos voraces de la carne, más hambrientas de los misterios de vida.
Y se fueron colmando las cámaras y antecámaras del palacio con lo mejor de Viena y alrededores: artistas, astrólogos y alquimistas, algunos de los mejores soldados del emperador y una corte de espléndidas señoras, ávidas por mostrar el último mandato de la moda.
—¡Los condes de Báthory! —anunció el maestro de ceremonias a la pareja magiar con la nominación adoptada por ambos.
Entraron con la frente en alto, la de ella rasurada en las sienes como marcaba la tendencia de las mujeres bonitas y cubierta por un tocado con hilos de oro; la de él, exhibiendo toda su frondosa cabellera.
Erzsébet lucía su mejor vestido de terciopelo carmín y mangas blancas, y su larguísima melena negra que contrastaba con la piel blanca, aún más nívea por la aplicación de la cerusa.
El salón, en su totalidad, dirigió la mirada hacia la joven pareja.
Eran jóvenes, bellos, y la actitud que ostentaban era del más absoluto poderío.
Erzsébet estaba contenta, los invitados la escrutaban y daban el visto más que bueno con lo que tenían frente a ellos.
Las señoras también estaban atentas con la nueva adquisición de la corte.
Y Ferencz, hinchado de orgullo, poseía a la mujer más observada de la recepción.
—¡Pero qué lugar para encontrar a la divinidad dentro!
—Todas estas personas de aspecto rudo y gestos brutales se convierten en algo diferente a la luz de Erzsébet.
Murmuraban todos, hombres y mujeres, en voz baja o buscando ser escuchados mientras los Báthory deambulaban y destemplaban a su paso. Continuaron el derrotero y llegaron hasta donde se encontraba el emperador, bien rodeado por sus hombres de confianza.
—¡Comandante! Qué alegría que me haya hecho caso y traído a su misteriosa esposa al palacio. —Rodolfo II extendió los brazos, dándoles la bienvenida.
—Excelencia, le presento a Erzsébet, condesa de Báthory, mi esposa.
Ella le ofreció la mano para que se la besase y ensayó una tibia reverencia.
Ni lerdo ni perezoso, el emperador la conminó a que se sentara a su lado; ella aceptó.
Y en segundos se entendieron. Toda la desconfianza con la que Erzsébet había arribado desapareció ante las buenas formas y autenticidad del Habsburgo.
De inmediato se trenzaron en una conversación eterna, era de esperar que los asuntos alquímicos y esotéricos los envolvieran bajo la misma manta. Rodolfo II la introdujo a algunos astrólogos de la corte y ella buscó verdades donde no las había encontrado antes.
Casi sin querer, aunque no daba puntada sin hilo, Erzsébet fijó el ojo en algunas cortesanas que circulaban por el salón.
Los peinados rubios la dejaron sin aliento, aunque disimuló.
Quería ese pelo, ansiaba esas melenas soleadas para ostentar sobre su cabeza.
Y el emperador percibió el reojo de su invitada de lujo.
—No estás hecha de la misma carne y la misma sangre que ellas, mi honda Erzsébet. ¿Qué es esa zozobra que incomoda tu pecho? No pierdas el tiempo —le dijo al oído.
La condesa tomó envión para responder, pero antes le salió una carcajada.
—¿Soy tan predecible?