Maldita CAPÍTULO IV #2
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CAPÍTULO IV #2

Y la música invadió los salones con sus notas animadas, aunque tañeran cuerdas taciturnas en una mezcla dionisíaca. Los invitados tragaban lo que tuvieran a la mano, se alzaban en bailes paganos y cantos de igual tenor.

La fiesta transcurría en todo su esplendor y, en uno de sus devaneos, una señora ataviada con soberbias ropas acaparó a la condesa en un apretón.

Era su tía Klára, esfinge crepuscular y gustosa de haberse transformado en el escándalo —aunque había otros— de la familia.

Había tenido unos cuantos esposos, ya había olvidado la cuenta; algunos habían perdido la vida, y se decía que ella había tenido algo que ver.

El último, Anton Lošonci, un destacado caballero que aún estaba vivo pero postrado debido a una grave enfermedad, había colaborado en el deceso turbio del marido anterior.

Klára, en tanto, respondía con sonrisas corrosivas, fulgurantes.

Murmuraban que había asfixiado a uno de ellos en el lecho nupcial.

Ella sonreía. Veneraba el encuentro salvaje con jóvenes, que siempre estaban dispuestos a satisfacerla.

También con jovenzuelas, que despertaban en ella un instinto famélico, difícil de colmar.

—¡Tía Klára! Te echaba de menos… —Se abrazaron con alegría desbordante.

—Ah, tu extraordinaria belleza, Erzsébet, propia de una divinidad, siento que me aprieta como unos ropajes alrededor de mi cuerpo…

La condesa rio a los gritos y se ciñó aún más entre los brazos de su tía.

—Me siento devorada por la implacable majestuosidad de tu belleza…

Siguió con las risas, era eso lo que precisaba, una adulación perpetua, el alimento perfecto para su vanidad. Y Erzsébet continuó con su desvarío, recorrió salones y corredores, controlando que la fiesta fuera eterna.

Pasaron las horas, el sol se alzó y los vestigios del desenfreno marcaron el paso de la servidumbre. Algunos dormitaban donde los había abandonado el temple, otros en alguna cama al paso y la condesa en su alcoba, envuelta en una espesa oleada presta a estallar.

* * *

A mi muy querido esposo, Su Excelencia Ferencz Nádasdy. Solo a él pertenece esta carta.

Muy amado mío, te escribo para dar cuenta de mis actos, aquí en el palacio, que se encuentra tan vacío sin ti.

Me ocupo de los quehaceres, recorro los jardines, me adentro en los bosques, sabes bien que la naturaleza me convoca, plasmo allí mis conocimientos, es que voy en busca de los orígenes de la vida.

En estas últimas semanas he notado que algunas sirvientas no son de mi agrado, de más está decir que son las que moraban en Sárvár en tiempos de tu madre muerta.

No responden a mis requisitos, tampoco cumplen mis órdenes.

Hacen lo que les viene en gana, que siempre queda fuera de lo permitido por mí.

Mis criadas, las mías, mi auténtico séquito, el que me he traído desde Ecsed, cumple en todo, como era de esperar.

Estimo que las tuyas actúan en venganza, como si buscaran ser las garantes de la persistencia de mi suegra.

No busco herirte, amante esposo, solo quiero hacerte entender que, a pesar de todo y ellas, Orsolya ya no está entre nosotros y que de nada servirá someter el tiempo y el universo a posarla aquí, de cuerpo pútrido presente…

Ferencz levantó la vista del papel y respiró como si emprendiera la afrenta de tragar todo el aire del mundo.

Le llegaban nuevas desde su casa, era una de las frecuentes cartas de Erzsébet.

Como habían hecho sus padres en vida, ellos repetían el ritual de la correspondencia constante, aunque el tono fuera diametralmente opuesto.

Orsolya y Tamás se habían declarado su amor, por carta, hasta el último de sus días.

Solo se habían escrito y leído uno de otro palabras bonitas, desbordantes de entrega y cariño.

Las de Erzsébet, las de la constancia a la hora de escribir, eran esquivas de las palpitaciones del corazón, en la más autoritaria ingenuidad.

El Caballero Negro, así lo habían bautizado al comandante Nádasdy en el campo de batalla por su arrojo furibundo y desconocimiento de la compasión: al enemigo, nada; al turco, tortura y muerte sin contrición.

Tal era el goce que Ferencz sentía al someter a sus derrotados que el ritual finalizaba con danzas desmesuradas junto a los suyos y entre las cabezas degolladas de sangre palpitante de sus oponentes.

Tomó coraje y continuó con la lectura de la carta de su impulsiva esposa.

… una parte de mi familia, querido Ferencz.

Porque, como bien sabes, nos hemos visto distanciados durante demasiado tiempo.

Todos me preguntan por ti, deseándote la mejor de las fortunas.

Nunca tendrás que sentir inquietud junto a mí, siempre te cuidaré, esposo mío; no sientas temor de que te delate o hable de más donde no deba.

Yo sé que tengo parientes que persiguen caminos diferentes a los nuestros, creencias disímiles a los Báthory y Nádasdy, y que buscan que abra mis fauces y les entregue tu espada más secreta, que ahora es la mía.

No temas, me retuerzo en el misterio que es nuestro, cómplices de la añoranza de lo absoluto, que hace aullar a esos hombres ateridos que nunca conocerán la verdad.

Pero a ellos los recibo poco, no tienen demasiado para ofrecerme.

En cambio, me reúno bastante con Klára, no mi querida hermana que tiene llamados conyugales constantes, sino mi tía, que al verme un tanto sola se ha ofrecido como una asidua compañía.

Me alegra bastante, hemos encontrado un remedio para mis males de la cabeza, que me han torturado demasiado.

Sabes que traigo estos dolores desde mi más tierna infancia y mi madre muerta intentó calmarlos en vida, aunque en vano.

Klára ha sabido apaciguarlos, ¿serán sus carcajadas?

¿O tal vez sus caricias… en mis sienes? Me ha dicho que le gustaría compartir alguna tarde contigo, a tu regreso. Podría ser, ¿qué te parece?

Ferencz exhaló con fastidio. Debía continuar con la lectura de la extensísima misiva de su esposa, pero no tenía paciencia.

Todo el ahínco que le ponía Erzsébet a la lectura y a la escritura de cartas era inexistente para él.

Exigía que fueran cortas y que enunciaran la urgencia a aplacar.

No le interesaban las teorías, era un hombre de prácticas, era un mero servidor del ansia ejecutora, no tenía tiempo que perder. Y mucho menos de cavilar.

El asunto de la tía acompañante le encendió las alertas.

No la conocía, pero había escuchado demasiados rumores que teñían el proceder de Klára Báthory.

Los asesinatos de los maridos que fuera y pasara, los amantes de aires juveniles no le interesaban para nada, pero las orgías con cortesanas gráciles y prestas a experiencias precipitadas no le parecieron pertinentes.

Esas prácticas pervertían el fundamento sobre el que estaba basado el linaje Nádasdy, la subyugación y profanación del cuerpo luterano desembocaban en un suicidio anunciado.

No permitiría que su Erzsébet estuviera a merced de esa injuriosa de lo sagrado.

La sensualidad de su esposa estaba encomendada a él. Y solo a él.

… y he tenido la suerte de recibir un arcón repleto de pétalos de peonías que me ha enviado uno de mis primos y me servirá para una de mis recetas fundamentales.

Aquí en Sárvár no he encontrado algunas flores imprescindibles a mis ojos.

Querido Ferencz, debemos ordenar nuevos cultivos en los jardines y, además, me haré de nuevas ayudantas para la recolección y cocina de pócimas que, sabes bien, debo ejecutar.

Me he hecho traer unos libros de una tierra lejana con recetas fascinantes.

Me gustaría probar alguna contigo, ¿qué te parece?

¿Estás en condiciones de ofrecerte a mis pruebas?

Y revivió la imagen de Erzsébet con esa forma peculiar que tenía de bajar los párpados de pestañas tupidas y negras, tragando el cuerpo y el alma de quien posara sus ojos sobre ella. Y sintió un escalofrío. Y tomó la decisión de que era el momento adecuado para traerla consigo a la Corte de Viena.

64 Región vitivinícola del condado de Heves, en el extremo norte de la Gran Llanura Húngara.

65 La ciudad de Cluj-Napoca, en el noroeste de Rumania, en la actualidad.