Maldita CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

Ahora que la vida le sonreía, Erzsébet volvió a respirar.

La opresión en el pecho que la había perseguido durante aquel tiempo en Čachtice no estaba más.

Su marido la había mudado a Sárvár, con la servidumbre y todo.

Pero lo que la contentaba a más no poder era el motivo vinculante a tamaña decisión.

Su suegra había muerto y, con la exhalación última de la finada, y el equipaje presto, se había armado el contingente vitalista rumbo a Hungría.

Al instante se sintió como en casa, sobre todo porque el desembarco la había convertido en ama y señora del palacio.

Sin Orsolya de cuerpo presente, Erzsébet había tomado aire y demostrado quién daba las órdenes en Sárvár, y en todos los castillos en los que pusiera pie.

A suegra muerta, la nuera se hacía con todo y aquel enigma casi insultante de ser una esposa sin fueros era desvelado con creces.

Erzsébet se acostaba cuando le daba la gana, lo mismo hacía al levantarse de la cama, no tenía a nadie que la conminara a cumplir horarios, labores y, sobre todo, pensamientos.

Porque ya nadie le propinaba indicaciones, o no eran las de Orsolya, que siempre la habían agobiado.

Ya no existía esa mujer que se demoraba en pequeñas disputas para ganar supremacía.

Con la mayor de las calmas y la seguridad que había ganado gracias al tiempo y a la muerte, estaba en condiciones de ejercitar su dominio, que quedaba fuera de los cánones habituales.

En un postrer acto de lucidez, vivía la vida con sus propias reglas, la transitaba en vuelo rasante, sin adentrarse demasiado en ella.

A veces rodeada de cortes ávidas por adivinar, sin conseguirlo jamás, su secreto; pero en general, furtiva.

Su día comenzaba con el ritual del acicalamiento, que estaba a cargo de un séquito de criadas bien adiestradas. No salía de la alcoba hasta no sentirse preciosa, y las sirvientas, a medida que adornaban a su deidad, debían sumarle elogios al encantamiento.

“Es la más bella”.

“La belleza es su patria”.

“No existe persona más hermosa que usted”.

Y así repetían, como arrullo infantil devenido en urgencia de las furias vengadoras, de una tragedia griega, implorando a los oráculos que aquel intento devorador no fuera inútil.

La vestían y la desnudaban en busca de la perfección de una segunda piel para volver a cubrirla con la colección de trajes que conformaban su vestuario.

Se cambiaba unas cinco o seis veces al día, dependiendo de su humor o de la actividad que la llamara, pero, sobre todo, porque deseaba mirarse al espejo, contemplar el reflejo en sus cristalli, la vasta colección que se había mandado fabricar o traer desde las recónditas tierras italianas.

Cuando se sentía lista y conforme, cuando veía frente a sí una figura fulgurante, deidad de todos los tiempos, elevada desde la cumbre de los Cárpatos, donde rige el diablo más que Dios que se arremolina y ruge con el inmenso soplo de la humanidad, salía de la recámara,

no sin antes mojarse los labios y algo más en algún vino de Eger, (64) su favorito.

Así reforzaba su ímpetu, alimentando la caminata ígnea en la recorrida castellana.

Erzsébet saboreaba con gusto el placer que le daba el paso de las horas y la llegada del crepúsculo.

Era el momento adecuado para el reconocimiento del bosque.

Ya se había perdido antes en aquella frondosidad, pero habían sido otros tiempos, sus años habían sido breves y aún estaba en la edad de la inocencia.

Ahora era mayor y acumulaba otras necesidades.

Salía sola en busca de raíces, semillas, espinas y hojas que le servirían para sus preciados menjunjes mágicos, que ansiaba preparar en el encierro de alguna de las habitaciones del castillo.

Por sus venas corría el fluido de los Báthory, compuesto por sangre y partículas divinas que la arrastraban a una insaciable sed de infinito, lista a obedecer su propio deseo.

Se aislaba entre las sombras de los árboles cuando la claridad empezaba a desvanecerse.

A ella poco le importaba, porque tenía la vista de un gato que no necesita iluminarse para ver.

Corría, iba y venía, sumida en reflexiones, sin perder la avidez.

El viento gemía entre las hojas con sonido metálico y los búhos le daban la bienvenida con su grave canto, que bien podía inquietar a tantos, mas no a ella.

Con los ojos encendidos, Erzsébet andaba a la caza de su panacea.

O también preparaba los lujosos salones de Sárvár para recibir grandes comitivas.

Le gustaba rodearse de adeptos, incondicionales y esbirros, oportunistas bien elegidos para aplaudirla o venerarla cuando estaba sola, que era la mayor parte del tiempo.

Su querido Ferencz, en tanto, exterminaba turcos.

* * *

Como esa vez que acabó en una seguidilla de noches de jolgorio y excesos, Erzsébet quería divertirse, precisaba horas de desahogo y dejarse llevar por una corriente tumultuosa. Fueron días de preparativos, a pura tensión y poca paciencia, y las invitaciones fueron enviadas a destino y a tiempo.

Los convidados llegaron en carruajes desde distintos puntos del reino.

Esta vez podían dejar los trineos de lado porque la nieve aún no transformaba el paisaje en una cubierta blanca y profunda.

Pero, sobre todo, porque Sárvár se erguía sobre una planicie.

Otra cosa bien distinta eran Varannó, Čachtice, Lockenhaus y otros más, construidos en las cimas de las alturas, vigías de piedra y hielo.

Todo aquello quedaba para otras convocatorias, las fiestas en Sárvár se vivían desde la facilidad de la planicie.

Los salones se habían abierto de par en par, millares de llamas titilantes marcaban el camino para recibir a los invitados nuevos, los habituales conocían bien la senda alejada de la mesura.

La corte de los incuestionables ni siquiera debía anunciarse, era el grupo de choque de la condesa y tenían vía libre para entrar y salir. Claro que la salida la practicaban poco. Se arremolinaban junto a ella, les costaba demasiado desligarse de su red.

—Lo más importante es pertenecernos —deslizaba Erzsébet y perpetraba su condición sine qua non.

Aunque gustaba de declamar con palabrerío de filo y ruido, sabía bien que era capaz de diluir las palabras, como la tinta en el agua, para quitarles el fulgor ancestral. Era dueña y señora de sus dichos, solo cuando le servían.

Fue llegando parte de la familia Báthory, a quienes había visto poco y nada tras su boda.

El castillo eslovaco despreciaba a las visitas.

Sus hermanas Klára y Zsofia arribaron del brazo de sus consortes.

Hacía tiempo que no veían a Erzsébet, desde la despedida de su madre.

Prestas, se fundieron en un abrazo. También István fue de la partida, hacía poco que se había desposado con Fruzsina Drugeth, y todo aquel devaneo sensual de otros tiempos se había calmado de la mano de su mujer.

—Qué afortunado eres, hermano mío, que no precisas huir de esta —susurró Erzsébet, aunque tampoco tanto, mientras lo rodeaba con los brazos—. ¿Te hace estremecer y palpitar con suficiencia que tanta calma se vislumbra en tu mirar?

Le rozó con un beso la mejilla y continuó con los saludos, entre giros y exhibiciones de la lujosa vestimenta de terciopelo y sedas. En una de las vueltas, se topó con uno de sus tantos tíos.

—Mi querido Kristóf, ¡qué alegría que me acompañes esta noche! Pensé que no llegarías esta vez por la infinidad de compromisos que te atañen.

Erzsébet se abalanzó a los brazos del robusto caballero. Estaba conmovida con el reencuentro, demasiado tiempo sin verse, ya había perdido la cuenta.

—Oh, aquella niña que fuiste, y convertida ahora en esta mujer. Tan parecida a tu madre, mi querida hermana, nuestra Anna, que ha dejado un vacío imposible de llenar.

Erzsébet intentó una sonrisa y le agradeció las palabras.

Le gustaba que la compararan con su madre, aunque, a veces, semejantes dichos se convertían en tempestades que le hervían en el pecho.

Suficiente ya de sumisiones, necesitaba liberarse, abandonar la subordinación tácita hacia esa señora, al espectro que sobrevolaba de tanto en tanto.

—Tío amado, no me encierres en las fronteras de la piel de mi madre. —Le besó ambas manos y elevó la vista para contemplarlo desde allí, mientras engendraba una suerte de maleficio para escapar y abismarse en un pozo insondable.

Kristóf Báthory se había convertido en el voivoda de Transilvania tras el nombramiento como rey de Polonia de su hermano István, que había preferido mantener el título de príncipe y exhibir al sanguíneo como mascarón de proa.

El corpulento de los Báthory había prometido que mantendría la paz con los turcos, como lo había llevado adelante su hermano.

El problema era que el dueño del castillo de Sárvár —en ausencia— estaba embarcado en una campaña feroz contra el Imperio otomano.

Esos Báthory y Nádasdy no compartían enemigos.

—¿Y tu esposo, sobrina querida? —preguntó, arqueando una ceja.

—Quién sabe, Kristóf. Ocupado en sus menesteres, pero tal vez aparezca de un momento a otro.

Erzsébet respondió y lanzó una carcajada para evitar cualquier desmán.

Además, su pariente compartía el ansia que había sostenido su hermano István de reforzar la posición de la Iglesia Católica Romana en Transilvania, en las antípodas de aquella rama de los Báthory.

Había promovido la entrega de tierras a los jesuitas para establecer un colegio en Koloszvár. (65)

—Espero que tus hijos se encuentren bien.

¿Han venido? No los veo. —La condesa miró en derredor fingiendo asombro.

Sabía bien que Balthasar, el mayor, había muerto ahogado en el río Vístula tras la coronación del tío István; que el segundo, Nikolas, también había abandonado este mundo, y que solo quedaba la pequeña Griselda, de corta edad para asistir a una fiesta—. ¡A comer, mis amigos!

Erzsébet cursó la invitación para huir de ahí y todos corrieron a la mesa.

Se sirvió la mejor comida y aún más en el sector de la bebida.

La condesa alentaba a los convidados a disfrutar de la mesa servida y a que continuara el servicio.

Quería que no conocieran de límites: había mucho para dar y ella era una anfitriona soberbia, encantada de ofertarles placeres, proveedora de una vida palpitante, ninguna como ella.