CAPÍTULO III
Abrió la misiva y antes de leerla supo de qué se trataba.
En un abrir y cerrar de ojos se enteró de la incisiva sombra que penetraba en su destino.
La letra de su hermano revelaba un “Madre muy mal”, y eso fue suficiente.
Erzsébet arrió a sus confidentes, empacó lo necesario y partió rumbo a Nyírbátor.
—Condesa, no he hecho a tiempo de avisarle a su señora suegra de nuestra ausencia.
—Tampoco lo he pedido yo, ni a ella ni a nadie.
Murmuraron Margit y Borbála, aterradas ante el posible cambio de humor de su señora. Se tomaron de la mano y le imploraron a los cielos no ser merecedoras de algún castigo. Porque la condesa pasaba del entusiasmo a la iracundia, como su anuncio a la tormenta.
—No importa. ¿Por qué habría que darle aviso a esa mujer? Ustedes me deben obediencia a mí y solo a mí. El resto es invisible hasta que yo les confirme lo contrario.
Los caballos respondieron al látigo constante mientras Erzsébet no hacía otra cosa que pensar en su madre. ¿Llegaría a tiempo? Pero a tiempo de qué, no podía, siquiera, reproducir la idea de la finitud de su querida pero anudada madre.
Los rituales de la muerte bailaban demasiado cerca y Erzsébet se escapó lejos de los que competían a su familia.
Los Báthory se merecían el tratamiento dado a los Habsburgo.
¿O no poseían la misma cantidad de blasones?
Los cuerpos muertos del clan desembozaban igual valía que al calor de sus latidos.
Pues entonces la ceremonia del adiós debía honrarlos, incluso más que a aquellos archiduques.
En la Corte de Viena, cuando la pompa y la circunstancia lo afirmaban, los cuerpos, al morir, se dividían en tres partes: el corazón del difunto era extraído y se colocaba en una urna de plata que se trasladaba a la Herzgruft, (59) situada en la iglesia de los agustinos, muy cerca del regio Hofburg.
En la Europa de entonces, el corazón era considerado el centro de la vida espiritual y de la fidelidad religiosa, e imponía un sitio destacado.
Las vísceras, retiradas durante el proceso de conservación del cadáver, se colocaban en unas urnas de cobre y se enterraban en la Cripta Ducal de la catedral de San Esteban, el principal templo de Viena.
Y el cuerpo se enterraba en la Kaisergruft, (60) situada bajo la iglesia del convento de los capuchinos.
Sin embargo, los funerales no se celebraban inmediatamente.
Durante varios días el cuerpo era exhibido en un velatorio oficial para luego dar comienzo a la gran procesión funeraria hacia el convento.
El traslado del féretro era un acto público y el momento más recoleto de la ceremonia era el esperado ritual de las tres puertas.
Al arribar al monasterio, el féretro se detenía ante la puerta cerrada.
Un representante oficial de la corte, el gran mayordomo imperial, se adelantaba y anunciaba formalmente la llegada del difunto.
Con el ataúd detenido en la entrada y la comitiva en silencio, daba comienzo el diálogo ritual que decidiría la apertura de la puerta y la entrada al descanso eterno.
Su esposo había sido nombrado gran mayordomo del imperio de Rodolfo II.
Un entusiasmo delirante inundó el espíritu de Erzsébet.
Por qué no, Ferencz podría enarbolar el ritual imperial cuando llegara el tiempo de despedir a su madre.
Y fantaseó la ejecución del rito nobiliario, inyectando sus verdades en las figuras de los protagonistas de su progenie:
Su majestad de los Cárpatos, emperatriz de Hungría, reina de Somlyó y madre, Anna Báthory.
Y desde el interior del mausoleo, el monje respondería:
No la conocemos.
Entonces Ferencz repetiría la llamada, reduciendo la lista de títulos para tentar al cancerbero:
Su majestad de los Cárpatos.
La respuesta volvería a ser la misma:
No la conocemos.
Solo en el tercer intento el anuncio provocaba la diferencia. Ferencz, como representante de la corte, debía responder:
Una pobre pecadora.
Y Erzsébet se revolvió en el asiento de la calesa.
Su madre desconocía todo pecado, su madre estaba viva, su madre vivía dentro de ella.
De nada servía bailar la danza de los muertos con una casa cercana a la creencia católica corrupta.
Bien lejos estaban los Báthory de esa mal llamada religión, que primero habían sido luteranos, ahora calvinistas.
Al fin llegaron al castillo. Erzsébet corrió hacia el puente levadizo, su larguísima melena bailó al son del viento, sus damas, rezagadas, la siguieron detrás.
—¡Mamá!
Demoró la carrera, Ecsed era un páramo. Tuvo miedo. Desde los fondos, avanzó el castellano que la había visto nacer. Erzsébet no pudo mover las piernas, sintió los pies hundidos en el foso.
—Niña, pequeña, nuestra…
Se derrumbó en los brazos del mayordomo.
—No quise darle la noticia, Erzsébet, le pido disculpas…
—Ay, qué tristeza, no puedo…
—Sus hermanos y toda la familia ya están en Varannó, allí la entierran, querida niña. No hay nada que hacer aquí.
Se abrazó fuerte al castellano, buscando robarle algo de fuerzas para seguir adelante, y regresó a la calesa.
—¡A Varannó, cochero! Vuela como un pájaro o lo que sea, ya mismo he de llegar. —Y se desplomó.
Las horas le parecieron días, tal vez meses, perdió la noción del tiempo.
Los ojos desorbitados de Erzsébet intentaron recordar a su madre.
La memoria trabajó a paso redoblado, en su busca, recreando, incluso inventando.
La hija juntó los retazos de la relación inexistente, forzada por la niña, arrastrándola a su mundo de fantasía, sola de toda soledad.
Y escuchó su risa, siempre lejos pero ahora tan cerca, las canciones de cuna cantadas al aire y robadas para sí en busca de un sueño imposible, las conversaciones con otros, pero apropiadas a escondidas, los abrazos que no tuvo, los besos que añoró y los llantos sin consuelo.
Su madre no tenía derecho a morirse.
¿Quién la consolaría ahora? ¿Quién le secaría esas lágrimas inexistentes?
¿A quién le contaría todos sus secretos?
Erzsébet dejaba de ser hija, ¿entonces en qué se convertía ahora?
Y escondió el dolor. Nadie tendría la potestad de verla en ese estadio.
Íntima, secreta, debía rendirle honores a su madre.
Llegaron a Varannó. Ya no había nada que hacer.
La señora de los señoríos, Anna Báthory ya había sido enterrada en la cripta familiar.
Erzsébet se reencontró con sus hermanos István, Zsofia y Klára.
No tuvo ánimo, siquiera, para saludarlos.
Su hermano ya estaba con los preparativos para su boda con Fruzsina Drugeth, lo mismo sus hermanas, Zsofia con András Figety y Klára con Mihaly Varday.
Se encontraron ahí para recibir las palabras compungidas del triste adiós de la señora de la comarca.
Erzsébet sintió asco. De todo y de todos.
Quería estar sola para despedir a su madre.
Se acercó a la tumba, se hincó y metió las manos en la tierra.
Al lado, yacía la tumba de su padre. Las hundió más y más, como si fuera en busca de la carne helada, ya no trémula de su madre muerta para darle calor, para ofrecerle la tibieza de su sangre, para entregarle su vida a cambio de un destino angélico.
Erzsébet era un ángel sin inocencia, alada en las noches más oscuras, alegre en sus correrías por venir.
* * *
Las banderas blancas se habían deteriorado, flameaban poco en esos días.
“La paz del lobo”, como llamaban a esos tiempos de tregua endeble entre el Imperio de Rodolfo II y las tropas otomanas, empezaba a diluirse.
Aterrado ante un posible ataque y una victoria enemiga, el monarca entendió que una buena defensa era poner al frente de las unidades del Ejército Real Húngaro al conde Ferencz Nádasdy y al capitán Miklós Pálffy.
Tras la derrota catastrófica de la batalla de Mohács para el Reino de Hungría en manos de las fuerzas turcas, allá lejos y hacía tiempo, en 1526, la región se había convertido en una turbulencia constante.
Sin embargo, para mediados del siglo XVI, los Habsburgo habían encontrado una solución provisoria con las fortificaciones en las fronteras húngaras y croatas, y sus guarniciones de más de dieciséis mil hombres a su disposición.
Hasta que en 1568 Maximiliano II y el sultán Selim II firmaron el Tratado de Adrianópolis estableciendo una ansiada tregua.
Sin embargo, las tensiones entre los dos imperios fueron en aumento.
Los predadores nunca desaparecieron. Ni de un lado ni del otro.
El asentamiento de Bicske (61) se había convertido en una localidad estratégica por la proximidad que tenía con Buda, que se encontraba bajo el ejido otomano.
Durante la primavera de 1578, las fuerzas turcas, comandadas por el líder de Buda, Mustafa Pasha Sokollu, habían intensificado las redadas contra la Hungría controlada por los Habsburgo, apuntando con los suministros y recolectando información candente de lo que sucedía en la frontera.
En respuesta, las autoridades que rendían pleitesía a Viena reforzaron algunas fortalezas clave, entre ellas, el castillo de Tata, que se encontraba bajo el mando del capitán György Paksy, y el de Érsekújvár, (62) comandado por Ferrando Zamaria Specie de Casa.
Estas medidas fueron parte de una importante estrategia para reafirmar la frontera occidental húngara.
Era imposible detener los alertas cuando las amenazas se despertaban como el viento, pudiéndose convertir, en un instante, en un tornado presto a arrasar con todo.
Hasta que llegaron los últimos días de junio y las fuerzas otomanas lideraron ataques contra los territorios húngaros controlados por Viena.
En la mañana del 26, a orillas del Danubio y en la frontera de Hungría con Eslovaquia, los comandantes Ferencz Nádasdy, Miklós Pálffy y Ferrando Zamaria Specie de Casa se dieron cita para coordinar la operación: quebrantarían las líneas de suministro turcas, cerca de Buda.
La tríada furibunda se mantuvo en espera de refuerzos de las guarniciones locales, y llegaron setecientos caballeros del castillo de Tata, entre húsares y jinetes livianos, preparados para maniobras veloces.
El contingente formó la vanguardia de la fuerza Habsburgo-Húngara, enfatizando la velocidad antes que la infantería pesada.
Los guerreros magiares llevaban el arte del combate en la sangre.
—¡Soldados, a posicionarse como reserva de defensa!
—ordenó el comandante Nádasdy a los novecientos hombres de infantería para que se diseminaran por el bosque de Bicske, permitiendo, de ese modo, que la caballería avanzara liviana hacia Buda con el objetivo de apoderarse de los caballos otomanos, vitales para su movilidad y aprovisionamiento.
Al caer la noche, los húsares avanzaron hacia Buda, a la busca de campamentos otomanos. Le echaron mano a sus tropillas, tomaron prisioneros y se llevaron equipamiento fundamental. Esta operación logró debilitar la logística otomana, sin entrar en combate.
Sin embargo, unos rastreadores otomanos detectaron la incursión húngara y alertaron al pasha Juszuf Frenk, quien, rápidamente, movilizó a un ejército de jenízaros (63) para interceptar a los invasores en la ruta hacia Bicske.
La respuesta turca transformó la incursión húngara en una retirada precaria: la columna enemiga superaba la de los húsares y amenazaba con asaltar el ganado capturado.
Inicialmente, Nádasdy y Pálffy ordenaron la retirada para evitar un enfrentamiento con una fuerza superior.
Sin embargo, la insistencia de las tropas los obligó a mantenerse firmes, convirtiendo el asedio en una posición defensiva.
Para reforzar la columna, los novecientos hombres de infantería ubicados en el bosque fueron convocados para reforzar la caballería, reorganizando el escenario para el próximo choque.
La fuerza comandada por Ferencz Nádasdy y Miklós Pálffy reunió mil seiscientos hombres, aproximadamente.
La principal fortaleza del ejército era la altísima movilidad de la caballería de los húsares y la experiencia en las irregulares fronteras.
Sin embargo, las debilidades incluían, sobre todo, una inferioridad numérica frente a la inmensidad otomana.
La armada turca estaba comandada por Juszuf Frenk, un agresivo líder de campaña de frontera.
La batalla se libró por la mañana. La táctica otomana aplastó a la húngara.
El pánico llegó a las tropas, el comandante Nádasdy fue arrastrado por la derrota, escabulléndose, como pudo, por el bosque.
Hubo entre mil y mil doscientas bajas, y ciento veinte prisioneros.
Cerca del mediodía, las fuerzas turcas cantaron victoria.
Los sobrevivientes, liderados por Nádasdy y Pálffy, emprendieron una retirada desorganizada hacia las fortificaciones más cercanas, abandonando gran parte de los caballos y del equipamiento.
Ferencz buscó el silencio. Instalados en los alrededores de la fortaleza y desperdigados por donde podían, buscaron la redención de sus heridas y algún tipo de consuelo.
Pero Nádasdy no estaba de humor. Quería estar solo.
No quería escuchar argumentos y explicaciones de nadie, ni siquiera de su camarada y amigo.
Solamente rumiaba sentimientos destructivos.
La sensación de odio era su refugio, y también su método para cancelar las dudas que lo corroían por dentro.
Buscaba explicaciones, daba vueltas como fugitivo en un laberinto sin salida.
La derrota vivida le traería consecuencias nefastas, era menester recuperar los bríos para vencer al enemigo.
La destrucción y la devastación no conocían de límites y ahí estaba él para adoctrinar al mundo.
59 La Cripta del Corazón, en alemán.
60 La Cripta Imperial, en alemán.
61 En la actualidad, una ciudad en el condado de Fejér, a unos treinta y cinco kilómetros al oeste de Budapest, en Hungría.
62 Nové Zámky en la actualidad, en el sudoeste de Eslovaquia.
63 Cuerpo de infantería de élite y guardia personal del sultán, en el Imperio otomano.