Maldita CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

Caía la tarde, Erzsébet ya no sabía qué hacer.

Se aburría, como sucedía a toda hora, todos los días y casi siempre, en el castillo de Čachtice.

Su marido la había depositado allí, como hacía un labriego en la temporada de cosecha, luego del fasto de la boda.

Su querido Ferencz tenía muchas cosas que hacer, demasiados compromisos que lo obligaban a comparecer ante el rey, y una joven esposa no ameritaba otra entrega que la que estaba en condiciones de darle.

Eso sí, a falta de hombre, le había sido dada su venerada madre, como Nádasdy de compañía.

¿Qué más podía pretender, la angurrienta condesa?

Orsolya tuvo la deferencia de elegirle dos damas de honor para acompañarla, además de las sirvientas facilitadas por su madre. Ferencz había acomodado a la junta de mujeres en el castillo, metido espuela y dejado una estela de polvo a su partida.

—Ve en busca de Borbála y Margit, las necesito de inmediato.

Erzsébet le dio la orden a la sirvienta que hacía la recorrida por sus aposentos. Al rato, llegaron sus damas de compañía, la condesa suspiró.

—Ayúdame, me voy a cambiar la vestimenta —dijo y se quitó lo que llevaba puesto. Ya se había cambiado unas cuantas veces durante el día.

—Pero ya lo ha hecho, señora —respondió la intrépida Borbála.

Erzsébet torció la cabeza y la escrutó con severidad.

¿Cómo se atrevía a cuestionarle una orden?

Era la única manera que encontraba para soportar el hastío que le provocaba esa larga espera.

¿Pero qué era lo que aguardaba? De seguro, la presencia de su esposo, el regreso del hombre del castillo y su mirada, esos ojos negros posados en su figura de ninfa del bosque, la vista depositada en ella, en un acto de veneración.

Le gustaba que la admiraran, que le dijeran cuán bonita era, porque era preciosa, ¿no era cierto?

—No me busques, Borbála, que me encontrarás demasiado pronto y tendrás que soportar, luego, mi embate. Necesito divertirme un poco, ¿no van a unirse a mi fiesta?

Y las damas se abalanzaron sobre la joven condesa. Le quitaron todas las prendas, dejándola como Dios la había traído al mundo. Antes de empezar a vestirse, Erzsébet corrió hacia uno de los arcones donde guardaba sus talcos, esencias y pomadas.

—Frótenme entera.

Y les entregó un recipiente que contenía un ungüento hecho a base de sándalo y almizcle. Las damas se miraron entre ellas, pero apuraron la faena del embeleso.

—Muy bien, mis ninfas, que esa fragancia me quita la presión de las sienes. Todo cuanto me sirva para enfrentar este mal, bien vale la pena.

Le dolía la cabeza, a veces las jaquecas no la dejaban siquiera hablar. Cualquier cosa que le calmara los dolores, era bienvenida. Señaló el vestido blanco que yacía sobre su cama, las perlas blancas y el tocado blanco blanquísimo para que envolvieran su cuerpo.

Las tres jovencitas reían y canturreaban, como si jugaran a la ronda. Pero no, Erzsébet ya no era una niña y estaba en edad de cumplir un sinfín de protocolos que le habían llegado con los años, la estirpe y su condición.

—Salgamos, escapemos un rato de la opresión de estos muros. Pero antes, observarán cómo realzo mi belleza, a ver si aprenden lo que es bueno —dijo la condesa y preparó los afeites sobre el tocador.

Las damas ahogaron un grito, la mujeres húngaras no acostumbraban a maquillarse, esas eran prácticas de baja estofa, aunque las campesinas desconocieran esa experiencia.

El accionar para el embellecimiento venía del este y del oeste, las señoras del centro no se permitían semejante fascinación demoníaca.

Sin embargo, Erzsébet se veía tentada por el diablo y, ocupada en descifrar las vidas y los elementos de regiones alejadas de las ciudadelas en las que se sentía atrapada, persiguió las circunstancias de dos señoras igual de ávidas que ella: la condesa milanesa de Imola y Forlì Caterina Sforza,

que ya descansaba en paz, y la bien viva y florentina Catalina de Médici.

A la condesa Sforza le había gustado experimentar y se había zambullido en las turbulencias de la alquimia.

Tanto había gustado de mezclar y revolver que incluso la habían acusado de envenenar a su padre, el papa Alejandro VI.

Pero lo que le había interesado a Erzsébet de la oriunda de Milán era su experimenti, la colección de recetas médicas, alquímicas y cosméticas.

Tomar jugo de cicuta y usarlo a diario. Aunque sus pechos sean grandes, se volverán pequeños. Si aún son niñas y no han madurado, si usan esta fórmula a diario, sus pechos no crecerán y se mantendrán hermosos y firmes.

Esta era una de las fórmulas de Sforza, pero había un elisir vitae, (57) que se elaboraba destilando hierbas en un alambique de vidrio sellado, que la había mantenido en vilo, otorgando a quien le hiciera uso unos poderes fascinantes:

Hace que una persona recupere su juventud y devuelva la vida a los muertos, y si alguien está tan enfermo que ha sido abandonado por sus médicos como un caso incurable, le devolverá la salud.

Las acciones de la florentina le resultaron deslumbrantes.

La Médici le dedicaba mucho tiempo a la fabricación de ungüentos para realzar la belleza.

Al entrar maquillada a su boda con el rey Enrique II, había introducido en Francia la moda de los cosméticos.

El monarca había quedado tan pasmado por los efectos de las pócimas de la juventud de su esposa que era muy común verlo por los corredores del palacio con mascarillas faciales de clara de huevo y harina de habas.

Erzsébet se aplicó, con extrema suavidad, la cerusa veneciana (58) para blanquear, aún más, el blanco de su tez.

Con cuidado, espolvoreó sus mejillas con una pizca de óxido de hierro y refregó sus labios con pétalos de geranio.

Borbála y Margit jadearon de placer ante la confirmación de la intensidad que se desplegaba frente a ellas.

—¡Afuera! —exclamó Erzsébet con su mirada febril.

Salieron de la recámara tomadas del brazo, dispuestas a arrasar con todo.

Pero no tuvieron en cuenta que no vivían solas en Čachtice, que había alguien siempre dispuesto a controlar los pasos de la esposa del guerrero y su séquito. Orsolya las interceptó al grito de:

—¡Qué significa esto!

La señora no estaba dispuesta a permitir que su nuera se convirtiera en una pincelada de sensualidad prohibida, dominada por el entusiasmo italianizante. ¡Lejos de su casa, esto nunca en su familia! ¿Cómo se atrevía a desafiar a su hijo querido?

Tomó la punta de su delantal y se lo refregó por la cara para quitarle los ungüentos del mal. Erzsébet intentó resistir, pero no pudo con la fuerza y se entregó a las manos de su suegra. Las damas de compañía salieron disparadas, no fuera que ligaran un golpe en el revoleo.

—¿Por qué semejante afrenta, Erzsébet? Si bien sabes que, además de no gustarme a mí, esas pinturas no son del agrado de nadie.

—Busco algo que me entretenga, señora. No encuentro nada para hacer en este sitio, estoy sola y nadie me mira. Entonces me miro yo.

Orsolya sintió pena por su nuera. Ensayó una respuesta para sosegar su ira, le dijo que faltaba menos para que su hijo le diera una visita.

Con el cuerpo tembloroso, Erzsébet le respondió que no le bastaba con una cortesía, que ella no era una invitada momentánea en la vida de Nádasdy, ella era la anfitriona.

Y ni siquiera había libros en ese castillo para poder entregarse a la ensoñación de sus páginas, que ella no era una campesina, que hablaba y leía demasiadas lenguas como para quedar sumergida en el silencio de esos muros.

La viuda de Nádasdy no supo qué decir. Tenía frente a ella a una joven condesa repleta de títulos, poder y dinero, pero todo aquello parecía no bastarle. No le era suficiente, Erzsébet era la expresión de la agonía.

* * *

Y aquella tarde de primavera, de colores intensos y pimpollos en flor, Ferencz regresó a Čachtice.

Entró junto a sus edecanes, quienes hicieron pie en el ala oeste del castillo mientras él se dirigía hacia el lado opuesto.

Su madre abrió los brazos de par en par y le dio la bienvenida, pero el barón sintió un impulso invisible que lo jaló desde arriba.

Desde una de las ventanas superiores se asomó Erzsébet, que lo contemplaba con su mirada de mármol.

El esposo pródigo se disculpó con su madre y, cansino, subió los escalones de piedra hasta el primer descanso. En la arcada de recibo, aguardaba la condesa. Ferencz se le acercó y Erzsébet dio un giro que lo obligó a que la siguiera hasta la alcoba.

Nádasdy era pura cautela guerrera, Báthory descansaba en su propia lava. Parecían contrincantes obligados a vincularse durante un corto tiempo, poseedores de sensibilidades diferentes y ávidos por imponer, uno sin saber muy bien cómo, la otra desconociendo esa vacilación, su poder.

“Adórame…”.

“Domíname para que te domine…”.

“Que me codicies…”.

“Soy injusta a sabiendas…”

“Tengo sed de ti y nada logra saciarla…”.

“Mi lubricidad…”.

Se dijeron durante el apareamiento. Meses sin verse, demasiado tiempo había pasado como para reclamar.

Erzsébet estaba entregada y eso hubiera contentado a cualquier hombre que se preciara de tal.

Ferencz le temía y a su vez la deseaba, pero no la entendía.

Su esposa era toda belleza y sensualidad, aunque en igual medida y por momentos era despótica y helada, como si buscara devorarle el alma.

Lo percibía en su mirada, lo exudaba. Sin embargo, allí estaba, sintiendo la muerte cerca luego de la bestialidad sexual que tan vivo lo había hecho sentir.

Se agotaba y lo vaciaba para volverlo a llenar con su apetito cruel, inconstante, caprichoso.

Se hizo la noche para que los cuerpos se entregaran al descanso.

Ferencz no demoró ni un segundo y se durmió profundamente.

Erzsébet, en cambio, rumió el rechazo del sueño.

El silencio y la oscuridad iluminaron sus pensamientos.

Le costaba dormir y aún más después del encuentro sexual tan esperado.

A diferencia de su esposo, que caía vencido luego del frenesí carnal, ella no se rendía, su cuerpo se convertía en el receptáculo de una potencia insólita.

Se deslizó fuera del lecho y salió de allí, dejando los resoplidos de Ferencz detrás.

Cubierta solo por una piel de oso, Erzsébet se escabulló por los pasillos hasta el descanso de una de las torres.

Se acodó sobre la baranda de piedra y se limitó a vislumbrar lo que pudo del paisaje iluminado por la luna.

Una voz inquisidora desde el interior de su mente dio comienzo a un batallón de preguntas.

¿Amaba a su esposo? ¿Por qué sentía un aguijón constante, y no de abeja, en sus entrañas?

¿Qué buscaba? ¿Estaba en condiciones de resistir ese desencadenamiento de ferocidades? ¿Quién la husmeaba? ¿Alguien…?

Daba por seguro que aquello de la alianza matrimonial que le proponía, hasta ahora, su esposo no era lo que ella había imaginado.

También aseguraba que Ferencz la quería, ¿pero apasionadamente como había invocado su madre?

¿Morbosa y demencialmente como solo puede amarse a un mujer? Pues no le parecía.

Erzsébet entrecerró sus ojos y se rindió ante la noche con una mueca sonriente, muy calma, inerte. Las estrellas titilaban con miedo desde la bóveda azul profundo y alumbraban la piel extremadamente tersa y transparente de sus hombros y cuello que revelaba la sangre azul de sus venas.

Perdió la noción del tiempo, le daba igual que hubieran pasado minutos o todas las horas, y escuchó un crujido que venía de atrás. Giró la cabeza y a unos pasos de allí, vestido para salir, se erguía Ferencz.

—¿Qué haces aquí desnuda? Te vas a enfermar, Erzsébet.

—Estoy cubierta, no tengo frío —le respondió y lo miró de arriba abajo—. Estás listo, salgamos a cabalgar, entonces.

La condesa le dedicó un mohín burlón y se le crispó el labio superior, como si le reclamara que la distrajera un poco, que la quitara de ahí, que le propusiera algo novedoso, excitante. Necesitaba algo que le modificara el ánimo.

—Regreso a Viena, mujer. No puedo, debo salir.

—Llévame contigo, Ferencz.

Erzsébet caminó hacia su esposo con paso lento y cadencia pagana.

—No puedo, debes quedarte a acompañar a mi madre, no se encuentra bien de salud y no debe quedar sola.

—¡Yo soy la que no puede más en este páramo! ¡La escuálida de Orsolya no come para amedrentarme, me persigue, me hostiga!

Ferencz la tomó de los brazos y la apretó tan fuerte que la obligó a derrumbarse sobre el piso. Entonces se agachó sobre los despojos de Erzsébet y le espetó que era aún peor que una hereje. En un movimiento se incorporó y, en cuatro zancadas, salió de allí, sin despedirse de su esposa.

La condesa se hizo un ovillo sobre la piedra.

Respiró sin prisa hasta que se quitó el odio del cuerpo.

Se levantó, ajustó la piel para que no se le deslizara y corrió hacia el exterior del castillo.

No quiso perseguir al fauno de su marido, mitad hombre mitad caballo, fue detrás de su espíritu que, por un momento, se le había escapado.

Sus piernas se precipitaron por los confines del bosque.

Apuró el tranco como si alguien la corriera, elevó unas plegarias a sus dioses implorando venganzas para la impostora de su suegra, emblema de una piedad mentirosa.

Y sintió una suerte de alivio, el mismo que se siente al encontrarse vencedora ante el pacto ulterior con la naturaleza.

Una fuerza inquietante subió desde sus entrañas. Sospechó que aquellas formas vividas hasta aquel momento, recorriendo los días como una sonámbula, más dormida que despierta, llegaban a su fin. Y allí, sola pero consigo, se juramentó a sí misma en una ceremonia sagrada.

57 “Elixir de vida”, en latín.

58 Cosmético utilizado en el siglo XVI como blanqueador de la piel. Se decía que estaba hecho de blanco de plomo puro, que era intenso y concentrado en su forma.