Maldita CAPÍTULO I
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CAPÍTULO I

Algo empezó a oler feo en los reinos de Europa Central tras el deceso de Maximiliano II. No fue fácil acostumbrarse a la muerte del venerable monarca, aunque era bien sabido por todos que la guadaña le había respirado muy cerca durante demasiado tiempo.

Desconociendo que a poco se encontraría con su noche más oscura, el emperador había salido rumbo a la ciudad imperial de Ratisbona (45) junto a su hijo, el archiduque Rodolfo, flamante rey de Hungría y Bohemia.

Corría agosto de 1576 y en octubre se llevaría adelante la Dieta Imperial, la fastuosa asamblea convocada para tratar el devenir de las tensiones religiosas entre príncipes católicos y protestantes, y la persistente amenaza turca.

Con entusiasmo, padre e hijo se habían dirigido hacia el paraje germano.

Pero el mal que lo aquejaba desde hacía un buen tiempo no le dio tregua y el 27 de agosto recrudecieron sus dolores, obligándolo a permanecer postrado. Vivió semanas de una enorme incertidumbre, sin embargo, sus delirios de poder no cejaron.

—Quiero que se preparen para invadir Polonia. Es el momento perfecto.

Desde el reposo obligado, había ordenado el malhadado a sus acompañantes, entre quienes se destacaba su heredero.

El archiduque había mirado hacia los costados, la situación no estaba para entusiasmarse por demás, pues el voivoda de Transilvania, István Báthory, había sido coronado rey de Polonia en mayo, en la catedral de Wawel, (46) y la sola idea era una derrota garantizada.

La salud de Maximiliano II, líder del Sacro Imperio Romano Germánico, sufrió el último revés y los principales de la corte intentaron acercarle algunos emisarios de la Santa Iglesia Católica.

En el lecho de muerte, se negó a recibir los últimos sacramentos católicos, ni siquiera de la mano de su hijo, ardiente acólito de la religión de su madre.

Maximiliano murió el 12 de octubre, con Rodolfo hincado a su lado.

El cuerpo fue enterrado en la catedral de San Vito, en Praga, en el Reino de Bohemia, (47) junto a la tumba de sus padres.

Los preparativos para la coronación de Rodolfo se hicieron a toda prisa.

Colmaron el templo de San Vito con gradas de madera, pero muchos de los ciudadanos de Praga no pudieron ingresar.

Preocupado por que no se le notaran los temblores ocasionados por una incipiente pavura, el flamante emperador irrumpió en el silencio sepulcral recitando la promesa solemne en checo, asistido, al oído, por un edecán que le indicaba lo que debía decir.

Luego le acomodaron la corona de San Wenceslao sobre la cabeza, y Rodolfo regaló una mueca de alivio a los presentes.

Tras la ceremonia se ofreció un banquete que dejó bastante que desear.

Las justas brillaron por su ausencia, también las representaciones teatrales y ni que hablar de las danzas, tan habituales en los acontecimientos regios.

Nada, y presencias rutilantes, menos. El cuerpo pétreo y enterrado de su padre parecía regalarle a la Corona muy pocas ganas de celebrar.

El flamante Rodolfo II apuró el éxodo a Viena.

Allí lo esperaba su madre, que tenía mucho amor para darle, pero, sobre todo, una asistencia a tiempo completo.

A toda hora y en todo lugar, María pregonaba que su querido Rodolfillo abrazaría, más que nunca, la religión de Nuestro Dios Todopoderoso; que el santísimo catolicismo lo cubriera para siempre y que la herejía que había cercado a su amado esposo quedara enterrada en San Vito y sanseacabó.

La madre María estaba atenta. Con el rosario en mano y la cruz sobre el pecho, perseguía a su hijo mañana, tarde y noche.

Rodolfo había recibido, en la corte de Felipe II de España, hermano de María, la educación que merecía todo vástago de la mujer, pero aquello no había alcanzado.

Los espías en la corte de la monarquía española le habían advertido de las veleidades del delfín.

Entregado a la magia y a otras costumbres inquietantes, Rodolfo no buscaba respuestas en Dios, aunque se declarara católico acérrimo.

El ahora emperador gustaba de rodearse de adivinos y astrólogos.

Doña María se persignaba, vade retro, y repetía el rezo.

El flamante monarca acumulaba objetos raros, juguetes muy poco corrientes.

Un sector del palacio estaba ocupado por sus relojes de todo tamaño y color; también por unas máquinas de movimiento perpetuo y varios autómatas traídos directamente de sus tiempos en El Escorial, espiados a la distancia por los más valientes porque, en general,

causaban estupor en los habitantes de Hofburg.

Sin embargo, lo que guardaba bajo mil cerrojos era su enorme colección de manuscritos y libros de magia, alquimia y misticismo, que tanto gustaba de descifrar junto a su séquito de acomodados.

—Hijo mío, yo que tanto me he encargado de la sucesión del Imperio, sabiendo que cuando el emperador y mi amado esposo faltase, aunque Dios ya lo tiene en la gloria, podríamos haber caído en manos de un hereje. Y eso no ha sucedido gracias a mí…

—Madre, pero qué dices.

—Lo que escuchas.

—Pero si estoy bien sentado en el trono, madre María.

—No quiero estorbarte…

Complaciente, intentó la reina madre, pero por dentro bullía de rabia. Su hijo perdía el eje y temía que lo encontraran otros. Caminaba de un lado al otro, exhibiendo su toca de cabos y su saya con mangas de punta.

—Me voy a rezar a la tumba de tu padre, iré a pedirle un poco de templanza. Puedes acompañarme, si te vale, Rodolfo.

—Prefiero quedarme solo, madre. Necesito pensar un poco.

Y la reina viuda se retiró, preocupada por demás. Su hijo querido no estaba bien: quien había sido su niño querido padecía de continuos cambios de humor, y Dios no lo permitiera, a veces sucumbía a accesos de melancolía. Tragó con dificultad y se fue con el muerto.

Rodolfo II se atusó el bigote mientras se perdía en sus cavilaciones.

Tenía demasiados frentes abiertos, por un lado el paso firme de István Báthory, flamante rey de Polonia y voraz coleccionista de títulos regios.

La nueva Corona polaca que se había agregado, no lo había obligado a abandonar su poderío en Transilvania.

Hábil como nadie, le había dado la regencia transilvana a su hermano Kristóf.

Todo había quedado entre los Báthory. Se protegían entre ellos, y eso le daba permiso para desconfiar.

Sin embargo, se fiaba de un séquito de nobles húngaros para cercar a los turcos que andaban de alzamiento en alzamiento.

En el flanco diestro se erguía el conde Miklós Pálffy, exultante caballero y aliado incondicional de los Habsburgo, inicialmente dapifer, (48) luego panatier (49) y finalmente jefe mayor de la vajilla de plata, y en el siniestro, el conde Ferencz Nádasdy, guerrero altivo,

siempre dispuesto a defender lo indefendible.

Y recordó que su ladero húngaro se había desposado con una Báthory.

El rey de reyes sintió un frío que le heló los huesos y se arropó con una piel sobre el jubón. (50) De la nada, sintió temor. ¿Por qué había tanto sufrimiento en el mundo?, pensó y se preguntó si la vida valía la pena, a pesar de tanta oscuridad.

* * *

Ferencz pisaba fuerte en la Corte de Viena y, poco y nada, en la residencia conyugal.

El emperador lo había convocado al palacio y solo una persona de pocas luces o con ganas de hundirse en el mismísimo oprobio lo hubiera rechazado.

Lo habían nombrado consejero del Monarca y Maestro de las Caballerizas Reales.

Y a la velocidad del rayo se le concedieron las funciones de ispán (51) de los condados de Vaš, de Šoproń y de Fogaraš.

(52) Ferencz daba cabriolas, estaba exultante por los ascensos, aunque todos esos títulos le correspondieran de antemano, gracias a sus escudos y estandartes.

Le gustaba merodear por los corredores del palacio y mezclarse con los caballeros de menor posición; escuchar sus necesidades como uno más, detenerse sin hacer aspavientos y sin revelar sus títulos.

Sin embargo, todos estaban al tanto del linaje del barón.

Ferencz era respetado y querido por los hombres del rey, conocían su historial juvenil en la corte y se corría la voz de que también era poseedor de estirpe de las tierras húngaras.

Al joven Nádasdy le gustaban las aglomeraciones de hombres, como a casi todo el universo europeo.

Era de pocas palabras. No era un hábil declarante, no tenía la capacidad de la oratoria de tantos otros y, principalmente, la que había tenido su padre muerto.

Tamás, el gran humanista, preocupado en cultivar la razón y acaparar poder por medio de la propagación del conocimiento y los libros, había vertido aquella herencia en saco roto.

Su hijo era un Adonis infinito, un procurador de la veneración de su cuerpo como templo de ataque.

Ferencz era un hombre rudo y violento, con eso bastaba y sobraba para relacionarse con el mundo turbulento que le había tocado en gracia.

¿Para qué hablar si no ganaba nada con esa práctica?

Era tanto mejor permanecer con la boca cerrada y escuchar.

De ese modo, sostenía un diálogo perfecto.

Ferencz y el resto reían, vociferaban, se reunían en las caballerizas del palacio para mantener en condiciones a los hidalgos animales.

Aunque era el Maestro Mayor y estaba habilitado para dirigir la faena, Nádasdy se quitaba la casaca y mostraba sus capacidades.

Así ajustaba cuentas con su tropa laboriosa.

—¡A ver, jóvenes, que es menester cuidar de la tropilla, que cada quien debe mantener a su animal sano ya que él será quien los lleve extramuros! No se fíen de estos días de descanso porque deben montar su caballo para defender el Imperio a fuerza de arrojo y acero.

Ferencz se acercó a su caballo, el del pelaje negro brillante, colocó el pie en el estribo y, en un movimiento, lo montó.

Con un grito de guerra le espoleó la panza y salió disparado.

No tenía límite, Ferencz quiso probar la resistencia de su animal.

Detrás de él, un grupo temerario lo siguió, dejando una estela inmortal a su paso.

Al caer la tarde, regresó a Hofburg. Rodeó el foso y, con paso pesado, cruzó la Puerta Suiza y entró a palacio.

Estaba sudado, el galope de su caballo lo había acalorado.

Apuró el tranco y dejó atrás la fila de puertas que no estaba dispuesto a abrir.

Deseaba llegar a sus aposentos, que estaban en la otra punta de la construcción maciza de cuatro torretas.