CAPÍTULO VIII #2
La ligereza de la tela de la blusa del traje nupcial gozaba de unos permisos que otras ropas no tenían, permitía la adherencia a la piel.
—Qué bonito el vestido, mi color… —murmuró Erzsébet, encandilada por el terciopelo carmesí extendido sobre la silla.
Y se abandonó al despliegue de las manos de las damas de honor que terminaron de vestirla.
Con ojos febriles, se contempló: la falda carmín bordada en hilos de oro, ceñida en la cintura por un ancho cordón dorado, y el corsé de transparencia, apenas cubierto por las solapas aterciopeladas; las mangas cubrieron sus brazos, dejando ver, apenas, las manos blancas de toda blancura.
Al fin la sentaron en la silla, ungida por la riqueza de la tela, fiel a la tradición magiar aunque intervenida por la opulencia otomana, y se sintió una deidad exótica.
Le colgaron vueltas y más vueltas de perlas alrededor del cuello y tomaron los cepillos para peinar la larguísima cabellera oscura.
Erzsébet controlaba con ojo de lince y, bien erguida, se dejaba acicalar. Un bucle por aquí, la frente despejada allá, una tiara, o tal vez un tocado, y las joyas, las piedras preciosas, pendientes y collares, y el toque final, la gola de plata abrazando su cuello.
—¡Fuera de aquí! Necesito estar a solas con mi hija.
Anna había entrado sin aviso y, del mismo modo, echó a las damas de honor. Erzsébet aguantó la respiración, su madre la observó de arriba abajo.
—Estás preciosa, hija mía, me enorgullezco de ti.
Los ojos de la novia temblaron de emoción. Su madre la aprobaba.
—Falta algo aún. Ponte de pie, que aquí llego con la protección.
Anna abrió un pequeño bolso que traía en la mano y desplegó el interior sobre una mesilla de arrimo.
Una buena cantidad de talismanes brillaban sobre la madera.
Con la prestancia propia de una hechicera, ajustó uno por uno en distintos recovecos del traje: cerca del pecho para que fuera amada, en el calzón para garantizar la fecundidad, y por arriba y por abajo los que prometían belleza, para que fuera así de bella siempre y gustara,
y gustara al infinito y gustara hasta la muerte.
Erzsébet y Ferencz se vieron por primera vez —fuera de aquel efímero encuentro en Sárvár— en la capilla de Varannó, situada en las cercanías del castillo.
Parados sobre una plataforma, recibieron las ofrendas de la familia, dedicatorias exultantes de amor y prodigalidad, asistidos por el ministro protestante.
Aunque los Báthory eran calvinistas, la ceremonia se hizo bajo la religión de los Nádasdy.
Hubo intercambio de anchos anillos de plata con la inscripción interna que rezaba: Nemo nisi mors, (44) como dictaba la costumbre.
Y se miraron. Él, con ojos de pavor, ella, de delirio.
Se abrieron los salones y se sirvieron las mesas.
El banquete para cerca de 4.500 invitados ofreció un menú de más de 30 bueyes, casi 120 terneros, 100 ovejas, cerca de 60 corderos, 120 cerdos, 185 conejos, 790 gallinas, 180 litros de miel y 5.400 huevos.
También ofrecieron 1.000 limones y 500 naranjas.
Los vinos y los licores fueron imposibles de calcular, nunca faltaron.
Los novios se sentaron apartados, rodeados, cada uno, por su séquito familiar.
El emperador no pudo asistir, pero envió desde Praga su consentimiento y un representante plenipotenciario en su nombre, que no fue su hijo Rodolfo.
El enviado llegó con el regalo de Maximiliano II: una jarra dorada valuada en doscientos florines.
A su vez, la emperatriz envió su presente: un cáliz de cien florines.
La celebración persistía, todos sabían que tenían una semana de excesos por delante.
Los nobles se dedicaron a comer y no morir en el intento, a beber hasta perder la conciencia y a cantar y bailar hasta que el cuerpo les dijera basta.
Era difícil que eso sucediera, la nobleza húngara resistía, su ascendencia animal los protegía de cualquier flaqueza.
Erzsébet comía y deambulaba por los salones del castillo. Le desesperaban los aullidos de los señores, le daban rechazo sus estados deplorables, necesitaba murmullos para vivir. Volvía a su lugar y se sentaba con desgano para probar los platos que servían los criados.
—Come estos, hija —le dijo su madre y le separó una porción de gallina y manzanas, alimentos mágicos para fortalecer la fertilidad.
Pero, al contrario, Erzsébet metió la cuchara en una fuente de puré de sémola con miel que se murmuraba exaltaba el deseo sexual, y le clavó los ojos a su madre.
El baile continuaba, la celebración estaba en su apogeo y a nadie le importaba el afán de los novios.
Hasta que, durante alguna noche y a una hora que nadie supo bien cuál fue, las madres de ambos asintieron y fueron en busca de Erzsébet y Ferencz.
Los tomaron de sus manos y los encaminaron a la alcoba nupcial.
Cerraron las puertas y los dejaron solos.
Atolondrado, él se quitó las ropas y se arrastró a la inmensa cama.
Ella, en cambio, gustó de mostrarse falible y fue de a poco, sutil y conforme con lo que mostraba y veía.
Ferencz la envolvió con sus brazos de guerrero y a ella se le encendió la carne.
Entraba una brisa primaveral por las ventanas del castillo, inservible a la hora de aplacar el calor de Erzsébet.
El joven Nádasdy hizo todo, tenía junto a él a su fierecilla perfecta, sedienta de ardor.
Concluyó la faena y sintió la muerte cerca.
Giró su cuerpo joven y perfecto y se durmió en ese instante.
Erzsébet permaneció despierta, con la vista detenida en la bóveda del alejado techo. Se preguntó si eso era el matrimonio, y supo que sería intransigente, que la flamante condesa sería difícil de domar.
43 El Patio Suizo, en el Palacio Imperial de Hofburg, Viena.
44 “Nada más que la muerte”, en latín.
SEGUNDA PARTE
Ceremonia sangrienta