Maldita CAPÍTULO VIII
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CAPÍTULO VIII

Caía la tarde, el emperador y su esposa departían en una de las habitaciones del Schweizerhof (43) a puertas cerradas y sin los entrometidos que nunca faltaban en los salones de palacio.

Maximiliano y María compartían una hora al día en soledad y lo hacían de buena gana.

No era fácil de lograr, pero la corte estaba acostumbrada a no enfrentar a la reina.

Desde el mismísimo día de su boda, María de Austria había impuesto su presencia, sin lugar a posibles reveses.

Por algo era la hija del excelentísimo Carlos V, ya muerto y sepultado.

Sabía bien que, en jerarquía, le peleaba en iguales condiciones a su esposo, además de primo regio.

María no cejaba con la penetración hispana en el cuerpo, pero sobre todo en el alma, de su amantísimo Maximiliano.

Porque una cosa era el contrato amoroso y otra bien distinta la lealtad de linaje.

El espectro, aunque a veces hecho carne, del odio ancestral a lo español por parte del emperador nacido en Viena definió la persecución constante de la españolísima.

Con mirada tierna u ojos de pájaro, María acechaba.

Es que el marido había nacido protestante y, cruz diablo, aquello era un tormento para la piadosa Corona de España.

Maximiliano se había dejado seducir por el tutor y predicador de la corte, el germano Sebastian Pfauser, caballero de tendencias protestantes.

El círculo hispano, con María a la cabeza, desde el primer día persiguió las entregas religiosas del emperador, acercándole la figura del nuncio papal y defensor acérrimo del catolicismo, Hosius de Ermland, quien le señaló las inconsistencias de la doctrina enemiga al grito de “¡Falsedad, mentira,

herejía!” .

Sin embargo, en el lecho de muerte de Fernando I, Maximiliano le había jurado a su padre que siempre se mantendría católico.

Gracias a tamaña promesa, había sido ungido con la corona de Roma y luego con la de Germania.

El papa le había concedido comulgar, como los luteranos, con las dos especies sacramentales: la gracia del pan y el vino.

Pero no hubo caso, su actitud religiosa siempre fue un tembladeral.

Cuando se aseguró todas las coronas sobre la frente, Maximiliano abrió la mano y proveyó cargos a diestra y siniestra.

Entregó la cátedra de la Universidad de Viena a sus queridos luteranos, a la nobleza de Austria le concedió la libertad de culto luterano en sus casas y feudos, y demás prebendas a quienes consideraba adecuados para aquellos privilegios.

Sin embargo, supo nadar las aguas tempestuosas de ambas religiones, y todos felices y contentos.

—¿Nuevas, esposo mío? —preguntó María y le clavó la mirada.

Tenía que aceptar que Maximiliano fuera un hombre de bella presencia y, como buen amante de las Artes y de las Ciencias, que exhibiera un carácter benévolo e iluminado y una conducta digna.

Sin embargo, no todo lo que brillaba era áureo, puertas afuera se lo tildaba de inseguro y poco dispuesto al trabajo ordenado, además de privado de escrúpulos y mal de fiar.

“Enigmático”.

“Malfido”.

“Infiel”.

“Incierto”.

Los corredores hablaban, así decían de su emperador.

—Esposa mía, acompáñame, te lo ruego.

Se levantó y extendió su mano para ayudar a la reina a incorporarse del asiento. Maximiliano no gozaba de buena salud, pero la galantería con las señoras supo acompañarlo desde siempre.

A paso lento, recorrieron los salones, salieron del área residencial y atravesaron el inmenso patio seguidos por el séquito, siempre a una distancia considerable. Sabían hacia dónde se dirigía el monarca.

El emperador y su esposa abrieron una pequeña puerta y entraron. Era el taller donde Maximiliano despuntaba su afición por la orfebrería. En sus ratos de ocio, se ejercitaba como orfebre y lo hacía muy bien. Con orgullo, le mostró a María sus últimas creaciones y ella las aplaudió.

—¿No sería bueno, querido, que descansaras un poco? Te has exigido demasiado.

Maximiliano dejó de disimular y asintió con la cabeza. Una vez más, los ataques de agudos dolores intestinales blanquearon su tez y lo obligaron a apoltronarse. María se apuró a socorrerlo.

—Gracias, ya me encuentro mejor, tenías razón, necesito reposar. ¿Y sabes que nos ha llegado el anuncio de la boda del joven Nádasdy?

—No, querido, no estaba al tanto.

María le seguía la conversación, pero poco le interesaba todo aquello; su única preocupación era el estado de su marido.

—No creo que estemos en condiciones de asistir, ¿acuerdas conmigo?

—Claro que sí, Maximiliano. Pues que vaya Rodolfo entonces. ¿Para qué arriesgar el cuerpo en un viaje tan largo, teniendo a nuestro vigoroso hijo?

El mayor y sucesor obligado a los tronos del monarca había hecho migas con Ferencz en la Corte de Viena, y lo había agenciado a su favor cuando su padre le había cedido la Corona de Hungría en 1572.

Rodolfo II había precisado un acercamiento a la nobleza húngara, favoreciéndola en la lucha contra los otomanos.

El joven barón Nádasdy había sido perfecto, también el barón Miklós Pálffy, cómplices ideales para acciones de variada épica.

Pero Rodolfo no era aquel vástago dotado de vigor, reflejo de los ojos amorosos de una madre sin rigurosidad ante su descendencia.

El flamante rey de Hungría tenía un carácter débil y enfermizo, pasaba de la euforia a la apatía y de ahí a la melancolía en instantes.

A la edad de once años y en la corte española de su tío Felipe II, se había entregado a los deleites de la alquimia y la astrología, regresando a Viena para provocar miradas de reojo en los círculos germanos.

María protegió a ese hijo con su capa católica, en las sombras y no tanto.

—Gran idea, María amantísima. Nuestro hijo será el rey perfecto para engalanar esa boda.

* * *

Anna calculó todo con la frialdad del hielo. Ella y su hija, sin la asistencia con la que estaba prohibido hasta vivir, subieron a la calesa conducida por un hombre de confianza que, de tanta, parecía vendado y amordazado. Llegarían a destino por la noche, cuando todo sería sombras y silencio.

Erzsébet descansaba con la vista puesta en la intemperancia del paisaje y se hacía preguntas al ritmo de los cascos de los caballos contra el suelo.

De ahí en más, ¿su vida sería un camino de rosas o se enfrentaría a tormentos nada deseados?

Tenía ilusión, no quería desmoronarse ante la incertidumbre de su porvenir.

Torció la cara y atisbó el cuerpo de su madre, tan erguido, tan compuesto, adueñándose de todo, incluso de lo que no le pertenecía.

¿Estaba a su altura? ¿Era una digna heredera de su madre, poseedora de un perfeccionismo implacable?

Ya era de noche y libre de luna cuando comenzaron el ascenso por los escarpados senderos rumbo al castillo de Varannó. El bamboleo de la calesa revolvió el estómago de las viajeras, que elevaron una plegaria al cielo cuando los muros de piedra les dieron la bienvenida.

—Vamos, Erzsébet, desciende que hemos llegamos —dijo su madre y puso pie en la entrada, anunciando su majestuosa presencia.

La guardia bajó las armas y las invitó a entrar.

Anna no pronunció palabra, solo indicó que se ocuparan del equipaje.

Con su hija detrás, casi el calco una de otra, marcharon rumbo a sus aposentos.

—Refréscate un poco, hija mía. El servicio nos traerá algo para comer y luego a descansar.

—Puedo ir yo por la comida, madre.

—De ninguna manera, te mantendrás aquí, por lo menos esta noche. Luego veremos. Mañana dará comienzo la ceremonia. Nadie puede verte, mucho menos el novio, que estimo estará aquí con el sol del día.

Las criadas les sirvieron unas porciones de carne, verduras y frutas. Erzsébet comió con la compañía de su madre, que fiscalizaba, con la intransigencia de la mejor guardiana, cada movimiento que realizaba su hija. Y como si nada, descubrió un parpadeo diferente en los ojos de Erzsébet.

—¿Qué te sucede? —preguntó la madre y la tomó de la barbilla para mirarla mejor.

—Nada. —La jovencita hizo fuerza para quitarse de encima los ojos de su madre. Anna apretó con dureza y no la soltó.

—A mí no me mientes.

—¿Y si me tratan de loca incurable?

—¿Por lo que has hecho? ¿Por el desliz con consecuencias? Ha sido resuelto, Erzsébet, todo tiene solución para nosotros. ¿O es que no entiendes? Pero a no jugar con el diablo…

Erzsébet suspiró aliviada. Como si su madre la cubriera con un manto de serenidad, dejó de ser vulnerable para ser indestructible.

—Quiero ser inmortal, madre.

—Muy bien, hija mía, solo debes ser feliz. Debes cumplir con ese pacto.

Salió de allí y Erzsébet se quedó sola. Aquel atisbo de melancolía que había intentado dominarla fue triturado al instante.

¿Tenían sentido todas esas dudas? La novia en ciernes se preguntaba y respondía, aquello era como un goteo cínico deslizándose por su cabeza que desdeñaba el statu quo.

Estaba dispuesta a armar un nuevo mundo, el suyo, porque el que acontecía a su alrededor no valía la pena.

El corazón de Erzsébet latió fuerte, se dejó avasallar por un sentimiento de ansiedad.

La aguardaban tiempos inquietantes, sería poderosa, tomaría decisiones, haría sucumbir a toda persona que ella eligiera, quebraría su condición humana.

Sería una mujer nueva y se llamaría condesa.

Los susurros de su voz llenaron el vacío imperante.

En las primeras horas de la mañana, el castillo empezó a cobrar vida. La servidumbre abandonó el reposo y se entregó a los preparativos de la boda, que daría comienzo a la tarde.

Los familiares de los Báthory y los Nádasdy empezaron a llegar, pero cada quien se dirigió al ala correspondiente.

Aún no tañía la campana que anunciaba la fiesta.

Al mediodía dieron inicio a los afeites de la novia.

Sus aposentos bulleron de sirvientas y cortesanas, dispuestas a acicalar a la reina de la ceremonia.

Erzsébet se incorporó y, aguantando la conmoción que sentía, se dejó desvestir.

Dirigió la mirada al espejo y el reflejo le regaló su desnudez; con igual templanza y, desafiante, se miró en los ojos de las criadas.

Levantó un pie, le pusieron una de las piernas del calzón, la tomaron de la cintura, le calzaron el otro orificio y lo deslizaron hacia arriba.

Con suavidad, elevó los brazos y soltaron la camisa blanca, de tejido leve, sobre su cabeza.