Maldita CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

—Todo resuelto, mañana a primera hora partimos rumbo a Füzer. Acabo de recibir la nueva que esperaba. Ahora siéntate a la mesa para comer la última comida en esta casa.

Más rabiosa que iracunda, Anna tomó del brazo a su hija y la llevó hasta el comedor, donde las esperaban con la mesa tendida y sus tres hermanos sentados, bien puestos, en sus asientos.

—Y come el potaje. Todo y de una buena vez, que debes descansar en lo que queda del día —le ordenó su madre y Erzsébet, aguantando unas lágrimas de encono, le hizo caso.

Tenía hambre y sed, pues claro que comería.

La jerarquía fraterna ordenaba los permisos y las obligaciones de sus integrantes.

Zsofia y Klára, sus hermanas menores, congelaron la mirada en sus cucharas, que bajaban al plato y de ahí a sus bocas, las cuales solo se abrían y cerraban para tragar el alimento. De hablar, ni hablar.

En cambio István, el hermano mayor, disfrutaba la escena con una mueca socarrona y se permitía lo que le venía en gana.

—¿Te llevan lejos, hermanita? ¿Quedas sin boda? —le preguntó y se echó para atrás, bien despatarrado.

—Se callan y comen, que la que habla en esta mesa soy yo. Y que no seas tú, István, quien reciba un castigo ejemplar.

Anna increpó a su hijo y apuró a Erzsébet. Con ojos de lince, controló la última cucharada y cuando acabó, le indicó que podía irse a su alcoba a descansar unas horas. La jovencita se levantó y, con caminar lento y cadencioso, salió del comedor.

Pero no pudo pegar un ojo: la cabeza le giraba como trompo, y no porque hubiera bebido de más.

Ella nunca había probado ni gota de esos brebajes que destemplaban a quienes hacían abuso de ellos.

Porque había visto, en las fiestas, lo que producía en los que sorbían uno y dos y varios más.

Incluso había escuchado por ahí, cuando creían que no atendía porque ponía cara distante, que algunos integrantes de la familia habían sucumbido a sus malos efectos.

Su abuelo István, el padre de su madre, aunque bien muerto ya, no lograba saciar su sed a pesar de la ingesta de una copa detrás de otra y los barriles sin fondo de vinos intensos.

Había escuchado que aquel Báthory había sido un amante del despilfarro y de lo ajeno, y que se había llevado consigo los caudales de Transilvania siendo palatino de la región y que había mandado a acuñar moneda falsa tras el derroche.

¿Sería a ese mismo castillo, donde el abuelito se había guarecido para que no lo decapitaran y vendido lo que no tenía a los turcos y donde había confundido el verano con el invierno para conminar a sus lacayos a que lo llevaran en trineo sobre avenidas de arena creyendo que eran pistas de nieve,

adonde llegaría para ocultar su estado de total gravidez?

El crujido de la puerta la sacó de su ensimismamiento. Una sombra se deslizó hacia su cama y se tendió a su lado. Era noche cerrada, ni la luna aclaraba la oscuridad, pero la voz de su hermano alivió la incertidumbre.

—No tengas miedo, Erzsébet.

—Si no lo tengo, no sé qué es eso.

—Bravo, hermanita —le dijo y pasó un brazo debajo del cuerpo de Erzsébet mientras ella se mantenía pétrea.

—Y ni se te ocurra escapar de los brazos de tu futuro esposo.

La niña bufó un no.

—Nuestra madre solucionará el problema. —Apoyó el peso de su mano sobre el vientre de su hermana. Erzsébet tomó la mano de su hermano y, en vez de quitarla de ahí, la empujó con fuerza—. A nosotros nos gusta domar lo indomable, nos apetece captar la fuerza joven, y cuanto más terrible, mejor.

—¿Hablas de los hombres?

—Mejor te lo susurro al oído, que las paredes oyen, aunque poco me importa. Y escucha con atención lo que me ha enseñado mi amada amante francesa, así aprendes…

István tenía diecinueve años y aún no le habían encontrado prometida, pero aquello no le impedía desembarcar en cuanto lecho se le abriera.

La última liason había sido con la esposa de un oficial húngaro que había sido enviado a la Corte de Viena para cumplir varios menesteres.

István se había ofrecido de cuerpo entero a ser el depositario de los devaneos y miradas de la esposa angurrienta, que en pocos minutos se convirtió en amante y maestra de los hábitos amatorios de la corte de los Valois.

Erzsébet tragó, sedienta, las prácticas afrancesadas de boca de su hermano.

—Nosotros codiciamos la fuerza que nos desafía, Erzsébet.

—No has respondido, István. ¿Me hablas de ustedes los hombres?

—Hablo de los Báthory, niña. Ya te enterarás, ya verás. Es imposible escapar de ello.

La puerta se abrió de par en par y la figura de madre Anna se recortó en el umbral, imponente.

—¿Qué hacen aquí? —gritó, con la mirada sangrienta.

István se movió y de un salto se incorporó. Anna lo echó, indignada porque no habían cumplido sus órdenes.

—Y tú, Erzsébet, arriba que nos vamos.

Miró a su hija mientras esta pasaba las manos, una y otra vez, sobre los pliegues de la falda. El plan que comenzaba a ponerse en marcha ¿marcaría un hito fatal en la vida de Erzsébet? No quiso pensar más. Ya tendría tiempo suficiente para poner cada cosa en su lugar.

* * *

Volvió a sentirse libre como en otro tiempo, como cuando era pequeña y no debía darle explicaciones a nadie que no las mereciera.

En Füzer tenía el rastrillo siempre abierto para salir, y cuando le faltaba el aire o necesitaba escapar de la realidad que la asolaba, montaba su caballo y galopaba por la ciudadela.

Ni su madre le reclamaba protecciones; si perdía el embarazo a través de los caminos escarpados, tanto mejor. Aunque aquello no sucedió.

Erzsébet había llegado a la guarida custodiada por su madre, una dama de compañía y otra mujer de extrema confianza, la indicada para oficiar de comadrona cuando llegara la hora.

Anna había estudiado a las posibles aspirantes durante días.

Muchas se ofrecieron para el puesto, sin embargo, no debía privilegiar la calidad de las candidatas por sobre un sometimiento asegurado a cualquier requerimiento.

Mientras la junta de señoras preparaba todo para la fecha del parto, Erzsébet descendía a paso cuidado por la colina, hasta llegar a suelo plano.

El castillo estaba emplazado en la cima, como si fuera en busca de la pureza del aire, y llegar hasta él era toda una proeza.

Y descender, ni hablar. Anna lo había elegido porque era de difícil acceso y un refugio contra los otomanos.

El único pedido que le había hecho a Erzsébet era que aprovechara los senderos menos transitados.

Tras la orden inmediata de desplegar el rumor de que la joven Báthory padecía una enfermedad contagiosa a algunas de las criadas del castillo, que no la vieran con tanta salud en el cuerpo se había convertido en una premisa de fuerza mayor.

Sin embargo, los cuidados de Erzsébet fueron insuficientes y su presencia causó estupor entre los aldeanos.

Cuchicheaban, la contemplaban sin disimulo y daban rienda suelta a las elucubraciones más disparatadas que pudieran imaginar.

Aunque enferma no parecía, y de un mal mortífero como habían escuchado, bastante menos.

“¿Es esa que anda erguida?”.

“Una poco saludable no podría exponerse al riesgo de la helada”.

“¿Y con el vientre desprotegido?”.

Berreaban los pobladores. El misterio no quedó en Füzer, el rumor se desparramó como hojarasca al viento.

Llegó el día en que la tripa se le hizo pesada y Erzsébet ya no pudo caminar más. Los aullidos de dolor pusieron al palacio en estado de alerta. Las puertas y los postigos se cerraron, nadie pudo entrar o salir de las instalaciones. Anna Báthory tomó el control.

—Antes de entrar a la recámara, juran guardar el secreto de lo que suceda aquí dentro. Si faltan a la promesa, acabaremos con sus vidas.

La comadrona asintió con los ojos redondos como plato y la señora le concedió el permiso para entrar. La dama de compañía esperó su turno, pero Anna la conminó a que permaneciera afuera.

Luego de horas de pujos, lamentos, desesperación y desechos humanos, Erzsébet dio a luz a una niña. Apenas pudo verla deslizarse entre sus piernas. La comadrona rajó el cordón y aseó al cuerpecito chillón mientras Anna asistía a su hija.

—Se llamará como tú, Erzsébet. Pero no necesitas verla.

—¿Está viva?

—Para ti da lo mismo que esté muerta. No debes pensar en ella.

—No puedo siquiera pensar, madre. Que me pase el dolor, que el agotamiento se detenga, te lo ruego. Esto es el infierno.

Anna apoyó el paño húmedo sobre la frente de su hija y lo deslizó por su cara arrebatada.

Mientras tanto, tarareó una canción de cuna, la misma que le cantaba para hacerla dormir en aquellas noches difíciles cuando era pequeña.

A Erzsébet se le llenaron los ojos de lágrimas y la cabeza de pensamientos.

Había sido madre sin quererlo, se desposaría con un joven a quien no conocía y la colmaba de temores, se preguntaba por qué las personas estaban llenas de defectos y por qué padecía una sensación de necesidad constante, se sentía en apuros y necesitaba a alguien que la calmara, alguien como ella,

igual a ella, con la misma valentía, una persona dispuesta, incluso, a ser expulsada del mundo para habitar una vida perfecta. La de ella, con ella.

La criatura fue entregada a la dama de compañía junto a una importante suma de dinero y la promesa de una renta vitalicia.

Las desterraron al principado de Valaquia (41) bajo la orden de que no pisaran suelo transilvano nunca más.

Anna se encargaría de mandar a llamar al esposo abandonado en Lockenhaus para que las acompañara. La comadrona tuvo el mismo destino.

—Ahora solo debes descansar y recuperarte, Erzsébet. Harán falta unos meses nada más, en todo caso nos iremos directo a Varannó, (42) a la bendita boda. Ya me apresto a anunciarlo a los Nádasdy.

La postergación del encuentro amoroso con Ferencz azuzaba la imaginación de Erzsébet. Fantaseaba con un descontrol de los sentidos de ambos, se daba el lujo de recrear una unión sin dilaciones, una cópula animal.

Tenía la mirada centelleante, estaba dominada por acertijos nocturnos. ¿Cómo sería su vida de ahora en más? ¿Un sueño o una pesadilla?

* * *

Mientras tanto, los habitantes de Lockenhaus estaban con los nervios a flor de piel.

Orsolya estaba intranquila con las noticias que le llegaban desde Transilvania.

Le habían informado acerca de la salud frágil de su futura nuera, pero las misivas que ella enviaba en busca de mayores aclaraciones no obtenían respuesta.

Ferencz estaba poco en el castillo y no se encontraba al tanto de nada.

Lo único que sabía era que faltaban algunos meses para su boda y que su madre se ocupaba de todo.

Los preparativos en Varannó no se habían detenido.

Carruajes con la mejor vajilla, alfombras y mobiliario partían rumbo al castillo donde se oficiaría la boda, para luego emprender el regreso y volverlos a ocupar de otras suntuosidades.

Faltaba un poco todavía, pero cuando menos se dieran cuenta, tendrían la fecha encima.

Y con la consuegra brillando por su ausencia.

Orsolya debía entregarse sola al armado de la fiesta.

Serían más de cuatro mil invitados, celebrarían durante una semana y el emperador era el invitado de honor.

La temporada que su hijo había pasado en la Corte de Viena era la garantía de que los Habsburgo animaran la fiesta.

Una mañana, cuando el sol ya había comenzado a escalar el azul del cielo, Orsolya se encomendó a la primera recorrida del huerto principal del castillo. Asistida por sus cortesanas, no le escatimó fuerza a remover la tierra, plantar bulbos y arrancar hojas muertas.

Inesperadamente, un caballero entró en el patio causando un alboroto. Orsolya y su séquito detuvieron la tarea y prestaron atención al revuelo. El recién llegado venía de Füzer, con noticias para el esposo de la acompañante de la niña Báthory. La señora levantó una ceja, ávida de más.

—Tráeme al correo. De inmediato.

La viuda de Nádasdy ingresó al castillo y esperó que cumplieran su orden. Sujetando el sombrero por delante, el caballero anunció su entrada con el tranco pesado de las botas contra la piedra.

—Señora, para lo que sirva.

Y le dedicó una reverencia.

—Quiero saber a qué has llegado hasta mi dominio.

—He venido en busca de un caballero, aunque no forma parte de su corte. Es el esposo de una señora que sí lo fue.

Y bajó la mirada, además del tono de voz. No quería continuar, temía extralimitarse y hablar de más.

—¿Vienes del castillo de los Báthory?

El caballero asintió con premura.

—¿Ha mejorado la salud de mi nuera?

—Nunca ha estado mejor, señora.

Y se mordió la lengua. Detestó su imbecilidad, esa franqueza que a veces le ganaba la partida y lo convertía en un endeble. Orsolya quiso continuar con el interrogatorio pero fue en vano. El demandado selló los labios y hasta sus gestos fueron imposibles de desvelar.

—Gracias por su información, caballero. Diríjase a los fondos para que refresquen al animal y le den aviso al esposo de mi dama. Y así podrá emprender la marcha cuando tenga todo listo.

Salió el caballero sin mirar atrás y apuró el paso, por si acaso. La señora convocó a sus damas y cerró la puerta.

—Ese hombre sabe más de lo que ha dicho. Extírpenle lo no hablado como sea. Denle vino, amenácenlo, poco me importa, pero cumplan mi pedido.

Las cortesanas fueron tras el correo humano. Le ofrecieron comida, también una botella con el fruto del viñedo de Lockenhaus, que era de los mejores vinos de la zona, y comenzó la fiesta. No hizo falta mucho más, la garganta del hombre vomitó todo lo sucedido en el alejado paraje.

La señora Nádasdy escuchó con atención. El compromiso seguiría adelante, el abominable desliz de Erzsébet no arruinaría el contrato marital de su familia.

Apuntó todo lo sucedido en un papel, lo selló con el lacre familiar y lo envió a la ciudadela donde aguardaba su hijo.

Ferencz se enteró de todo. Un rapto de locura dominó sus emociones.

Pasó del desvelo al ansia de muerte en el mismo instante.

Rememoró la boca de capullo de Erzsébet y la imaginó sobre la carne de aquel hombre, y otra vez el impulso mortal. Sintió un espanto repugnante.

El joven se sentó a la mesa, embebió la pluma en la tinta y escribió.

Quería justicia y exigía que no le hicieran preguntas.

Intuía, o quería que así fuera, que su novia había sido la víctima de un depredador.

No iba a permitir que su honra, la de él, se viera derrotada por un campesino.

Ordenó que lo buscaran y lo castraran. Y que no se preocuparan por la sangre que se perdiera en el camino.

Total, los plebeyos no merecían juicios justos.

Ferencz se sumergió en una noche larga. Despertó cuando le confirmaron la faena y devino en un cuerpo luminoso que interrumpía la oscuridad. Cerró los ojos y la ira se detuvo.

41 El sur de Rumania en la actualidad, emplazada al sur de los Cárpatos y al norte del río Danubio.

42 Al este de Eslovaquia. El nombre deriva de la palabra eslovaca vrana, que significa “cuervo”.

El castillo ya no existe, las ruinas fueron demolidas en la década de 1980.

Los restos subterráneos, donde se desarrollan investigaciones arqueológicas, se encuentran bajo un campo de juego de la escuela secundaria local.