CAPÍTULO VI #2
Ya vería, luego, qué haría con la criatura no deseada por nadie.
Ese no era el problema, lo que debían prever era que los caminos transilvanos no ofrecieran peligro para el desplazamiento de las Báthory.
Qué calamidad esa criatura por venir, fruto del desenfreno y la ilegitimidad, prácticas que eran bien conocidas dentro de la familia.
István se atusó el bigote y largó el aire que había contenido durante demasiado tiempo.
Gruñó en soledad, aunque bien lo hubiera hecho rodeado de lacayos.
No estaba para esas impertinencias, a pesar de que hubieran sido orquestadas por su hermana querida.
La realidad lo tenía a muy mal traer. La corona de voivoda lucía muy bien calzada sobre su testa, pero los enemigos, cual moscas sobre bofe, zumbaban a su alrededor.
La corte de adulones alfombraba los corredores por donde circulaba y él les regalaba cabeceos de aprobación.
Pero, entre ceja y ceja, dejaba entrever que con él no se jugaba.
Le había ganado el cetro, en buena ley, a Gáspár Békés, un lánguido litigante y cómplice en las sombras de Maximiliano II.
Sin embargo, Báthory no podía ni debía dedicarse al reposo.
La sangre le bullía, estaba en estado de alerta constante y tenía por qué.
Estaba enterado, gracias a una junta de zalameros bien dispuestos para la delación, de las reuniones secretas entre el emperador y el noble húngaro, siempre lánguido, para recuperar el poder.
El dueño del Sacro Imperio Romano Germánico aflojaba la mano por un lado, pero, en las sombras, litigaba en pos de no perder nada.
István insistía con el acicale de su bigote, lo ayudaba a calmar la bulla que le llegaba de afuera.
Estaba al tanto de las trapisondas entre el Habsburgo y el húngaro.
Se hacía el distraído, pero ejecutaba sin temblores en el pulso.
No lo iban a quitar de ese trono. Ya lo había derrotado a tiro limpio en Fogaras, (36) apropiándose de su fortaleza y obligando a Békés a salir disparado de allí.
Báthory sonreía con iracundia, mientras organizaba en su mente el desplome de sus enemigos.
Ah, orates de acción corta, que yo todo conozco y aún más lo sé.
Békés sin coraje, hombre sin estirpe que supones que podrás contra mi clan, que asumes que ignoro tu plan enano, que tientas a sajones y a sículos (37) para alzarlos en mi contra…
, farfullaba a cambio de no salir a sablazo limpio.
Le causaba gracia, por no decir desprecio, que el Habsburgo tuviera la torpe idea de disputarle poderío dentro de su territorio.
Que Maximiliano tuviera la idea loca de apoderarse del trono polaco, que había quedado vacante, le resultó una broma sin gusto.
Los únicos que poseían gracia y humor, pero del bueno, eran ellos, los húngaros, y sobre todo los transilvanos.
Segismundo II Augusto, rey de Polonia y gran duque de Lituania, había dejado el mundo en julio de 1572 con el problema enorme de no haber traído hijos al mundo y dejando el trono sin herederos.
Prestos, fue otorgada la potestad al Sejm (38) para que eligiera al nuevo soberano y, en 1573, la elección real polaco-lituana optó por el rey francés Enrique III.
Pero si hubo un monarca flojo de credenciales fue ese.
Cuarto hijo —y por este motivo nunca contemplado como candidato al trono de Francia— de Enrique II y de la florentina Catalina de Médici, fue el favorito de su madre.
—Ojos preciosos, ven a mí —lo llamaba la reina consorte y el niño corría a abrazarla.
Estas diferencias insuflaron la furia de Carlos, el hermano mayor, que no hizo otra cosa que detestarlo. La descendencia del rey francés, en tanto, era criada por su amante, la cortesana Diane de Poitiers.
El III de los Enriques encendió su mirada preciosa en la lectura y las artes, aprobado por la mamma italiana.
Para qué entregarse a las intrigas palaciegas, era tanto mejor montar a caballo y salir con la escopeta a cazar lo que se le pusiera enfrente.
Cuando Enrique estuvo en edad de merecer, se lo solía ver deambular por los barrios más poblados de París en busca de alegrías.
Le gustaba la música, los bailes de máscaras y aprovechaba las licencias para liarse en ardores sexuales con los mignons, sus cortesanos favoritos.
En 1570, su madre, inquieta por las predilecciones de su hijo, lo arrimó como posible candidato al abanico de cortejantes de la reina Isabel I de Inglaterra. Ella tenía treinta y siete años; él, diecinueve. Pero el joven Enrique pegó el grito en el cielo.
—¡Putain publique! (39) —la señaló sin tacto.
Enrique tuvo una activa participación en las guerras religiosas.
A fines de 1573, desconociendo qué habas se cocían, se enteró de que había sido elegido rey de Polonia.
El Valois, subsumido en un sinfín de órdenes y contraórdenes, se acercó a la frontera polaca con la cabeza presta a que le colocaran la corona.
Báthory, en tanto, andaba con la atención despabilada en las intrigas de poder.
Quién sabe, tal vez, por qué no, ese trono podía ser suyo, más que del francesillo amante de otras cosas y, sobre todo, de las aspiraciones del emperador Habsburgo, que tenía el coraje de postularse en la disputa.
Sin embargo, la familia era su interés principal y el reclamo de Anna era importante.
Protegería la espesura de la sangre, no permitiría que los rumores de la preñez abyecta se dispersaran por los caminos de Transilvania. Ordenaría a sus hombres de confianza que las escoltaran hasta el castillo de Füzer (40) para que llevaran adelante su faena.
36 Ciudad rumana, en el distrito de Brașov.
37 Subgrupo húngaro que, en torno al siglo VIII, ocupó las tierras del sudeste de Hungría. Mantuvieron sus privilegios hasta el siglo XVI, cuando los monarcas del principado de Transilvania empezaron a mermarlos.
38 Los Consejos Reales, el primer Parlamento polaco.
39 “Puta pública”, en francés.
40 Situado en el condado de Borsod-Abaúj-Zemplén, en Hungría.